PRÓLOGO: El peso de la seda.
Baviera, 1866.
El aire en el salón de los Von Esten siempre ha olido a sándalo y a secretos guardados bajo llave. Mi madre decía que una dama de la nobleza debe ser como un lago en calma: hermosa a la vista, profunda, pero, sobre todo, silenciosa. Nunca me dijo que los lagos también pueden congelarse hasta volverse piedra.
Hoy, mientras las doncellas tiran de los cordones de mi corsé, siento que no solo están apretando mi cintura; están asfixiando mis pulmones, mis sueños, y esa pequeña chispa de rebeldía que aún late en mi costado. Cada vuelta del cordón es una moneda de oro que mi padre debe. Cada encaje que se ajusta a mi piel es un recordatorio de que he dejado de ser Amelia para convertirme en una propiedad.
A través de la ventana, las montañas de Baviera se alzan imponentes, coronadas por una nieve que parece eterna. Ellas son libres. El viento que golpea los cristales no tiene dueño. Pero yo, vestida con la seda más fina y el apellido más pesado de Europa, he sido vendida.
Me miro en el espejo y apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. Me han dicho que mi deber es callar. Me han dicho que mi honor es el sacrificio. Pero mientras el frío de la traición se filtra por las grietas de este palacio, me hago una promesa silenciosa:
Podrán vender mi mano, podrán subastar mi futuro y podrán encerrarme en una jaula de oro. Pero mi alma… mi alma es el único territorio que la guerra de los hombres nunca podrá conquistar.
No olvidaré quién soy. Aunque el mundo entero insista en que no soy nada más que una rosa de adorno en un jarrón prestado.