Estela: La doncella de la nieve

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Summary

En la soledad y invierno ,consigo respirar,sujetándome de un pasado que me pesa,como capas de nieve que cubren mi corazón y mi alma,mi mirada congelada en recuerdos de tiempos pasados,me llaman la doncella de la nieve

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 — Comienzo


Pisadas se hunden en la nieve, dejando un rastro largo de huellas distintas: cascos y pezuñas que se marcan en lo blanco.

—Sonido de viento fuerte.

—Silbido del viento.


Un viento frío recorre aquel mar de nieve; desde lo alto, un largo camino de huellas se dibuja, dejado por dos grandes animales.

—Sonidos de pisadas sobre la espesa nieve.

—Crujir de la nieve.


Una nariz negra resopla; el vapor sale desde el interior. Un pelaje crema, ojos grandes y marrones; cuernos que se extienden a los lados de su cabeza.

—Resoplido.


Un reno.


Un gran y ancho animal avanza sobre la nieve; su pelaje gris parece lana, ojos grandes y marrones, dos cuernos gruesos y puntiagudos se elevan sobre su testa.


Un yak.


Sobre ambos animales, dos personas cabalgan al mismo ritmo por aquel lugar desértico. Una capucha hecha de pieles y un gorro cubren sus cabezas, protegiéndolos del frío. El abrigo, hecho de piel de beel, cubre todo el cuerpo; el rostro está parcialmente cubierto por piel de lobo para impedir que el aire lo afecte.


Unos ojos pequeños y marrones, surcados de arrugas, revelan que es un hombre quien monta el yak; detrás de él, sobre el reno, unos ojos color celeste casi traslúcidos como hielo se muestran, con pestañas largas y negras, congeladas por el frío.


Siguen a ritmo lento por el mar blanco; las marcas aparecen y luego se desvanecen en la inmensidad nívea. Árboles oscuros, cubiertos de nieve, se alzan frente a ellos; un bosque se extiende y marca el final de aquel desierto blanco: la taiga aparece ante sus ojos cansados.


—Ya casi llegamos, Estela.

—La voz de un hombre anciano, áspera por el aire frío pero con tono paternal.

—Silbidos del viento.

—Crujir de la nieve.


Se adentraron en el bosque; árboles enormes se erguían, sus ramas cargadas de nieve espesa, como un manto sobre sus hojas.

—Árboles de saodgi.

—La voz seca del anciano.


—Este es el bosque de Saodgi, Estela, aunque antes se llamaba el bosque de Luondu.


La corteza oscura y arrugada de los troncos se extendía hasta sus copas, vestida por la nieve, el ropaje de todo ese bosque.

—Resoplido.

—Crujir de la nieve.


Desde las copas, el bosque observaba cómo ambos avanzaban lentamente. Un silencio blanco como la misma nieve resonaba en aquel lugar.


—Este bosque es sagrado, Estela. Debes tratar con respeto cada sitio; según cómo reacciones, el bosque te responderá con el mismo respeto. Cada ser vivo tiene una razón para venir y para irse, pero todos merecen respeto.


—Las palabras del anciano resonaban entre los troncos, escapando y aferrándose al viento que las llevaba lejos.


La joven, detrás, continuaba su marcha, atenta a cada palabra que el hombre exhalaba.

—Silbido de viento.


El bosque parecía un reflejo interminable de hielo, inmóvil como una presa que siente a un depredador; ningún animal se dejaba ver, ocultos bajo la nieve. La joven miraba a los lados, despacio.


—Sonidos de cuero.


El anciano que iba al frente se detuvo en seco y alzó la mano en señal de pare. La joven se detuvo al instante.

—Sonidos de cascos.

—Sonidos de pisadas.


—Algo se aproxima.

—La voz del anciano se apaciguó en un susurro.


—Sonido de cuero.


El hombre sacó una espada corta, con la hoja afilada y limpia, que destelló por la pureza del metal.


Un jinete apareció: un caballo marrón con manchas blancas, como si la misma nieve lo hubiera tocado. Montando, un hombre con abrigo de piel de beel, capucha, botas de cuero ornamentadas; rostro de rasgos estirados por el frío, pómulos marcados y una mirada imponente.


Tras él, diez jinetes rodearon al anciano y a la joven.

—Relincho de caballo.

—Resoplido.

—Crujir de la nieve.


El hombre y el anciano cruzaron miradas por unos momentos.


—Estas son nuestras tierras. ¿De dónde provienen, hombre? ¿Tú y tu hijo?

—Una voz grave e imponente.


El anciano, aún con la espada en la mano inclinada hacia el suelo, respondió:


—Somos del sur, más allá de las montañas Sieidi, cruzando el segundo mar blanco, de donde vienen los Guokta. Mi tribu se llamaba Sami.


—¿Qué los trae a este territorio? ¿De qué huyen? —preguntó el líder.


—Queremos cruzar hasta los Kamupos, para seguir más allá. No estamos con nuestra tribu porque la enfermedad de la nieve golpeó las puertas de la aldea; intentamos todo, pero solo nosotros sobrevivimos.


—Los jinetes murmuraron entre sí.


—Una aldea vecina sufrió lo mismo; se dice que fue por Degei Bolod, que bebió del río de las montañas que desciende por todo el mar blanco, causando la enfermedad de la nieve.


—Nuestro Noaidi ya curó las aguas de nuestro río del maleficio del Degei Bolod (Lobo azul).

—Dijo que la enfermedad nació por las grandes poblaciones de nuestro pueblo, que dañan y no respetan la naturaleza.


—Resoplido.

—Relincho de caballo.


—Bien, hombre, les dejaremos pasar a usted y a su hijo. Pero tenga en cuenta que esto es nuestro territorio y, cerca de aquí, hay otra aldea con la que estamos enemistados.


—Solo seguiremos nuestro camino —respondió el anciano.


El líder asintió y, con un gesto, todos los demás se dispersaron, desapareciendo entre los árboles de Saodgi. El jefe miró por última vez al anciano y se alejó galopando sobre la nieve.


—El anciano envainó la espada de nuevo.

—Soltó un suspiro de alivio.

—Continuaron su marcha lenta.


Desde los cielos, el primer animal se dejó ver: un águila sobrevolaba la tundra, plumaje blanco y marrón oscuro, ojos afilados en busca de presa y garras enormes de ataque. Se predisponía a lanzarse en picada; sus alas se plegaron tomando fuerza y, extendiendo sus garras, atrapó a una pequeña marmota de pelaje marrón que había salido a buscar alimento.

—Chirrido de águila.

—Batir de alas.


El anciano y la joven llegaron a un lago cubierto por hielo, que se estiraba como una manta sobre el agua. Al cruzarlo, sus pisadas resonaron de orilla a orilla en aquel espejo helado. La joven, montada en el reno, observaba sentada el lago; un hielo azul transparente cubría toda la superficie.


—La madre naturaleza puede ser dura, pero siempre es justa. A este ritmo todo parece congelarse.


—Estamos cerca, Estela. Recuerda lo que te dije: no permitas que nadie lo descubra —dijo el anciano.

—Viento soplando.

—Silbido del viento.


Todo esto, alguna vez, fue verde; el blanco que hoy lo cubre tiñe la vida como la muerte en estas tierras. Antes hubo un tiempo breve en que fue distinto. Desde la primera gran guerra entre el clan Morichid y los Khummus, la sangre derramada sobre la tierra fue teñida de blanco por la deidad Etugen. La primavera que llegaba con cada parpadeo tardío de la diosa cesó: el castigo fue vivir en este frío desierto de muerte. Aun así, Etugen se apiadó de nosotros y nos dio animales para proveernos alimento.


—Sonidos de niños jugando.

—Voz de mujer mayor.


Ambos jinetes salieron lentamente entre los árboles; los niños corrieron despavoridos gritando que habían llegado visitantes. Los hombres de la aldea se dirigieron rápidamente hacia ellos, sacando arcos y apuntando.


—¿Quiénes son y qué los trae a esta aldea? —preguntó un hombre con voz firme.


—Venimos de más allá del segundo mar blanco; venimos en son de paz y no para atacar. Solo somos dos.


El anciano se quitó la capucha de piel y la piel de lobo que cubría su rostro, mostrando a un hombre viejo de mirada dura pero llena de experiencia, con una gran barba gris que recorría su cara.


—Y mi nieta. Vine hasta aquí para ver al líder de la aldea, El Blanco.


Los hombres bajaron sus arcos lentamente.


—Avisaremos al líder de su llegada; si no quiere verlos, deberán marcharse por donde vinieron.


—Resoplido.

—Murmullos.


Tiendas circulares hechas con madera oscura de saodgi se levantaban en la aldea, cubiertas con lana de yak. Una puerta hecha de cortina de pieles trabajadas se abrió. Un hombre de mediana edad salió de la tienda, miró alrededor como buscando a alguien; vestía un gran abrigo de lana de mangas anchas y cuello alto, de color azul ornamentado con patrones dorados y un cinturón de seda dorada, al igual que las demás vestimentas del pueblo.


Al divisar al anciano montado en el yak, sonrió y exclamó con alegría:


—Hermano mayor.

—Una voz grave, alegre y familiar.


—Murmullos.


El anciano desmontó lentamente.

—Crujir de la nieve.


Con los brazos abiertos caminó hacia el líder y se fundieron en un abrazo fraterno. Tomándolo del rostro, lo miró y dijo con voz calmada:


—No has cambiado nada, hermano Gallab; sigues teniendo esa mirada que mata a mil hombres.


Soltó una carcajada; el anciano sonrió levemente.


—Qué gusto verte de nuevo, hermano mayor. La familia te ha extrañado mucho desde que decidiste partir de la aldea; desde entonces, las cosas fueron de mal en peor.


—Es mejor que me cuentes todo esto bebiendo un poco de airag —dijo, posando la mano en el hombro de su hermano—. Mira, esta debe ser tu nieta; la familia de mi familia es bienvenida aquí.


—Debes contarme todo lo que has hecho, hermano mayor. Mamá siempre pregunta por ti; estoy seguro de que estará encantada de conocer a tu nieta.


—La gente de la aldea, con mirada expectante, escuchaba.


Detrás del líder, un joven de pómulos marcados, piel morena curtida por el frío, alto y corpulento, se acercó.


—Padre, ¿has llamado “hermano mayor” a este hombre? ¿Es él, de verdad, familia?


El líder asintió y dijo:


—Desde hoy deberás dirigirte a él con respeto y llamarlo “Tío mayor Gallab”. Este es mi hijo; se llama Charvad.


El anciano se acercó al joven y le estrechó las manos, dándole palmadas de aprobación.


—Es un hombre fuerte; debes estar orgulloso.


—El líder soltó una carcajada.


—Aún no me has presentado a tu familia, hermano mayor —dijo el anciano.


Se volvió hacia la joven que esperaba en silencio, montada en el reno.

—Resoplido.


—Estela —llamó con voz firme y cálida—. Baja de tu montura y ven a presentarte ante el líder y tu familia.


La joven, con el ceño fruncido, descendió lentamente del reno; sus pies tocaron el suelo blanco.

—Crujir de la nieve.


El líder aguardaba con una sonrisa, al lado del anciano, con semblante apacible.

—Pasos sobre la nieve.


Estela se detuvo frente al líder e hizo una reverencia en señal de respeto. Saludó formalmente al líder de la aldea y se presentó:


—Soy Estela, hija de Eneren, de la aldea Sami del sur, más allá del segundo mar blanco.


El líder volvió a mirar al anciano y soltó una carcajada.


—No seas tan formal, joven; la familia de mi familia es la tuya, eso te convierte en una de nosotros. Mi nombre es El Blanco; puedes decir “Tío mayor”.


La joven asintió con la cabeza.


—¿Más allá del segundo mar blanco? Vaya viaje, hermano mayor —dijo el líder en tono de broma.


El hijo del líder observaba a la joven; ella era mucho más alta que la mayoría de las mujeres de la aldea, pero el abrigo de pieles cubría todo su cuerpo y la piel de lobo protegía su rostro; solo sus ojos celestes traslúcidos brillaban.

—El hijo del líder la miraba con cierto encanto.


—Padre, preséntame a la familia —pidió el joven.


El padre puso la mano en su hijo y dijo:


—Este es mi hijo Charvad.


El joven extendió la mano con brillo en los ojos.


—Hola, mi nombre es Estela —dijo ella, estrechando su mano.


Una leve sonrisa dibujó el rostro del joven; Estela siguió impasible en su expresión.


—Su madre debió ser muy hermosa; sus ojos parecen congelados por el hielo —comentó el líder.


El anciano lo miró.


—Mi hija murió pocos años después de nacer. La enfermedad de la nieve se la llevó, junto con la mayor parte de la aldea Sami.


La mirada del líder y de su hijo se llenó de preocupación al escuchar las palabras del hombre. La expresión del anciano se relajó por un instante. Estela, oyendo las palabras de su abuelo, apretó los puños en signo de enojo.


—Hermano mayor, has pasado por mucho; entremos al calor del hogar para descongelar recuerdos cálidos que mitiguen lo que te aflige.


—Abuelo —la voz suave y decidida de Estela se dejó oír—.

—Voy a atar a Vuoahppi y Buoiddas; luego entraré contigo.


—El abuelo asintió y caminó con el líder hacia una gran tienda.


El líder le dijo a Estela:


—Usa el corral para guardar a los animales del frío.


La joven asintió. El hijo del líder la observó unos instantes antes de seguir a su padre.


Estela estiró las manos y sujetó la montura de cuero marrón del reno, bajándola al suelo, seguida de la montura del yak. Acarició el rostro del reno y del yak, juntando su cabeza con ambos en señal de confianza.


—Los aldeanos miraban la escena: mujeres, jóvenes y niños.


Estela ató al reno y al yak con su correa de cuero y los condujo hacia el corral de madera oscura con techo cubierto de piel. Las botas de cuero con adornos se hundían en la nieve espesa a cada paso.


Frente al establo, con las manos cubiertas por guantes de piel de beel, observó pequeños corrales con dos renos y un caballo a ambos lados; los animales permanecían quietos y la miraban en silencio.

—Estela les devolvía la mirada, inexpresiva.


Dejó libre espacio para el reno y el yak, y antes de entrar los abrazó otra vez, como gesto de seguridad.


—El crujir de la nieve bajo sus botas resonaba al regresar hacia la salida.

—Unos niños jugaban de fondo; un río corría a un costado como un jinete sin control.


Mujeres inclinadas en las orillas frotaban ropajes sobre tablones de madera saodgi. Vestidas con abrigos finos de lana y seda ornamentados con diseños rojos y un cinto de seda dorada, llevaban vestidos coloridos con patrones en azul, rojo, verde y amarillo. Pieles morenas y claras, pómulos pronunciados, ojos almendrados color avellana o negros, cabelleras negras o castañas; fregaban la ropa en las aguas del río serpenteante.


Estela caminó hacia la tienda donde se encontraba su abuelo; un aroma a carne asada y leche caliente escapaba desde dentro; pequeñas voces corrían a través de la cortina de cuero, como si el viento las atrapara antes de escabullirse.


Dentro, el líder de la aldea estaba sentado junto a Gallab, el anciano. Le contaba con rostro preocupado:


—Tuve que enterrar a mi hija, a mis otros dos sobrinos; toda la aldea padeció aquella enfermedad. Estela es la única que sobrevivió; la enfermedad de la nieve nunca la tocó, aunque ella cuidó de cada aldeano cuando ya no había nada que hacer.


—El lamento que aún lleva en su corazón pesa más que toda la capa de hielo del lago sagrado congelado desde tiempos antiguos; sus ojos parecen quedarse allí, congelados en ese recuerdo.


El líder miraba en silencio a su hermano, comprendiendo lo ocurrido.

—El viento soplaba con fuerza.


Estela abrió lentamente la puerta de cuero y pieles; dentro, un clima cálido y acogedor contrastaba con el frío cortante del exterior.


—Toma asiento donde desees, Estela —dijo el líder, elevando una mano en muestra de cortesía—. Aquí dentro el clima es distinto; no es necesario que conserves ese abrigo.


El anciano bebió un sorbo de leche caliente en un vaso hecho con cuerno de yak.


Estela asintió en silencio y se quitó los guantes lentamente, mostrando manos pálidas y blanquecinas, delicadas pero firmes. Se despojó del pesado abrigo y del cuero de lobo que cubría su rostro, revelando una piel blanca como la nieve, mejillas enrojecidas por el frío, cabello liso color negro azabache, pestañas largas y ojos que brillaban como tímpanos de hielo; labios rosados y suaves, y una mirada que transmitía serenidad y determinación.


Un vestido cerrado color azul, con ornamentos en los bordes y un cinturón de seda dorada, ajustaba su figura; botas de cuero con diseño único completaban su atuendo.


El líder, su esposa y su hijo la miraron asombrados; su belleza deslumbraba la tienda.


—Ya veo por qué temías, hermano mayor —dijo el líder—. Si uno de los Morichid hubiera encontrado a tu nieta, te habrían matado y la habrían tomado como trofeo; incluso la habrían confundido con una princesa. Aunque eso sería si lograban matarte; un lobo viejo como tú no caería tan fácil: antes de que llegaran a tu nieta, ya te habrías comido a seis de ellos.


—Soltó una carcajada el líder.


—Tío mayor —dijo el hijo del líder, arrodillándose en señal de respeto y disculpa, inclinando la cabeza—. No sabía que usted era el gran Gallab. Las historias que mi padre me contaba sobre Gallab el sanguinario, y cómo usted frenó solo a ciento y tantos jinetes que masacraban sin piedad, salvando a la tribu… Usted es una leyenda viva. Incluso me contaron cómo fue a territorio Morichid y quemó sus tiendas, atacando todo lo que se movía como un lobo hambriento y despiadado.


La mirada del anciano se apagó; miles de recuerdos lo atormentaban en silencio.


—Es suficiente, Charvad. Te dije que no hablaras de eso; estás incomodando a tu tío mayor.


—Lo siento, padre. Lo siento, tío mayor; no quería causar mal. Solo intenté mostrar mi respeto a un héroe.


—No te preocupes, muchacho. Solo hablaste desde la sorpresa. Este viejo no se ha enojado; no tengo derecho a enojarme con la gente después de todo lo que hice.


Estela, que escuchaba en silencio, miraba con asombro todo lo que su abuelo había hecho. Su madre le había contado que él fue un gran guerrero y que incluso la entrenó, pero nunca imaginó que hubiera hecho tanto.


La mujer del líder se acercó a Estela: era una mujer mayor de piel clara, sonrisa cálida y voz serena; vestía un vestido cerrado color verde con diseños circulares dorados y ornamentos distintos, un cinturón de seda y botas de cuero con motivos cuadrados.


—Bebe esto —dijo con voz suave—. Te ayudará a calentarte; es leche de yak con miel de la cosecha anterior. Sabe muy bien.


Sus ojos almendrados, marrones claros, transmitían bondad.


Estela tomó el cuerno con leche y asintió, dejando escapar un pequeño:


—Muchas gracias, señora —dijo, dirigiéndose a la esposa del líder.


El líder, que observaba la escena con los demás, habló:


—Perdóname, hermano mayor; me olvidé de presentarte a mi amada esposa, la mujer que me acompaña en mis días y de quien me enamoré. Es más cálida que el último sol que tuvimos y su mirada más suave que la nieve. Se llama Amttai Tsan (Nieve dulce).


La mujer se inclinó en señal de respeto hacia el anciano, que rápidamente se levantó y le pidió que alzara la cabeza; la recibió con mucha cortesía.


—Es un placer conocer a la esposa y compañera de vida de mi hermano menor. Mi nombre es Shudargan (hombre justo), aunque durante mucho tiempo fui llamado Gallab.


—Espero no ser una molestia; lamento no haber correspondido a su hospitalidad, señora Amttai Tsan.


—Estela, ven aquí —llamó el anciano.

Estela se levantó y rápidamente se inclinó; me disculpo ante la señora, esposa del líder. Fui irrespetuosa al no presentarme en su hogar.


Mi nombre es Estela, hija de Eneren, de la aldea Sami del sur, más allá del segundo mar blanco.


Espero poder ayudarla y no serle de molestia, señora esposa del líder Amttai Tsan.


La mujer llevó la mano a la boca y, con ambas manos moviéndose en señal de negación, dijo con voz suave:


No se preocupen por esas cosas. Ustedes son familia de mi familia. Esposo mío, di algo —dijo la mujer buscando ayuda en las palabras de su esposo.


El líder de la aldea soltó una carcajada y dijo:


Aunque es mi esposa, Amttai Tsan se niega al trato de “esposa del líder”. Es una mujer humilde, hermano mayor. Ella no lleva puestos tradicionales como yo o mi hijo; los rechaza.


—Por favor, cuñado Gallab, joven Estela, solo llámenme por mi nombre, Amttai Tsan. Es más que suficiente.


Dijo la mujer sosteniendo las manos, con una sonrisa de calma y serenidad.


Sentándose ambos en su lugar, luego de hablar sobre ello, concordaron todo.


La joven Estela miraba por dentro de la tienda: la piel de animal que la cubría por completo, el piso hecho con piel de beel junto con los asientos. Había espadas y arcos colgados, dagas que brillaban con filo limpio.

—El viento soplaba afuera

—Silbido del viento


Estela miraba hacia la puerta hecha con pieles, cómo se movía abriéndose un poco, dejando ver afuera a niños jugando en la nieve con pequeñas ramas. Todo aquello recordaba a su aldea, a sus pequeños hermanos.

Un sabor de tristeza recorrió el corazón de Estela en ese momento.


El líder de la tribu y el hombre viejo hablaban.


—La madre del esposo de mi hija fue la Noaidi de la aldea. Era una mujer que podía ver el futuro, curar enfermedades y hablar con los espíritus.

Aunque se negaba a enseñar sus conocimientos, únicamente enseñó lo básico a un grupo de hombres y mujeres en la aldea, pero cuando nació Estela ella la declaró su única descendencia con el Don capaz de vencer.

Ella ya había previsto la muerte de mi hija; me lo había contado seis años antes.

Cuando tomó a Estela como su única aprendiz, me dijo que en ella estaría todo lo necesario para vencer. Había nacido con un Don dado por la misma diosa Etugen; ella fue tocada por su mano al nacer.

Todos los conocimientos de otros artes fueron enseñados a Estela por la mano de su abuela paterna, la Noaidi de la tribu Sami, convirtiéndola a ella en la última Noaidi de nuestra aldea.

Pero hay un problema, el arte que la Noaidi le enseñó es—


—Estela desenvainó su daga y corrió, abriendo la puerta de piel de beel.


—El hombre viejo, el líder de la aldea y su hijo se quedaron confundidos.

El hombre viejo alcanzó a ver a lo lejos cómo un grupo de jóvenes había atrapado a un Tsasan Uneg (zorro de nieve).


—Estela corría por la nieve con sus botas.

—Crujir de la nieve

—Risas de jóvenes

—Sonidos de gruñidos


—Unos cuatro jóvenes habían atrapado a un pequeño zorro blanco; lo tenían atado de las patas y lo estiraban mientras se reían.


—Estela se acercó rápidamente, rompiendo la formación de los jóvenes. Estiró su daga y, con un fugaz corte, soltó al pequeño zorro blanco, que la miró por un segundo y luego corrió, perdiéndose rápidamente en el bosque.


—Los jóvenes quedaron confundidos y con clara molestia.


—El hombre viejo, junto con el líder, su hijo y su esposa, habían visto la escena.


Uno de los jóvenes preguntó enojado:


—¿Por qué hiciste eso? ¿Quién te dio derecho a soltar a mi presa?


Estela solo lo miró con una mirada desafiante y sin temor, y se levantó, comenzando a caminar y cruzando entre ellos.

—Crujir de la nieve

—Envainar de daga


Estela envainó su daga nuevamente y, cuando iba a seguir caminando, una mano sujetó el cuello de su vestido desde atrás.


—Te estoy hablando a ti —dijo la voz de un joven molesto.


—¡Estela, detente en ese instan—¡


La joven Estela se giró dando un golpe fuerte en el estómago del joven, que lo hizo retroceder al momento, sujetándose el abdomen.


—Todos los aldeanos miraban.

—Estela —habló el hombre viejo con una voz de disgusto y claro enojo—.


Te había dicho claramente que no podías atacar a nadie sin resolverlo con palabras y que nunca debes usar lo que te enseñé de esa forma.


—Abuelo, pero ellos estaban torturando al pequeño zorro de nieve.

—Eso no importa, Estela. El joven lo cazó; tenía derecho.

No debes olvidar que vinimos aquí porque no teníamos dónde ir. Somos extraños para la gente de este pueblo, Estela.


—Te disculparás en este momento con el joven por lo sucedido y deberás cazar al mismo zorro de nieve para él, como compensación por haberlo dejado escapar.


—Pero, abuelo—


—Estela, si no aprendes a controlarte, estas cosas te llevarán a situaciones donde yo no pueda ayudarte.


Estela miró con claro disgusto al joven que se recomponía. Inclinó su cabeza, pero con ojos de enojo habló:


—Te pido disculpas por haberte golpeado y haberte hecho perder a tu presa. Como compensación te traeré al zorro de nieve que dejé escapar.


—Toda la aldea murmuraba.


—Joven hijo de Khuchtei er (hombre fuerte) —dijo el líder—.

Te corresponde enojarte y ser compensado por perder a tu presa por mi nieta Estela, pero también deberás disculparte por sujetarla del cuello de su vestido, iniciando una clara pelea.


—Hermano menor —habló el hombre viejo—.

El joven recibió más de lo que ganó. Mi nieta Estela deberá compensarlo cazando al mismo zorro de nieve.


—Abuelo, sabes bien que no puedo.


—Cazarás al mismo zorro de nieve y lo usarás como sacrificio para dar fortuna al joven, y no quiero que me respondas. Ve y haz lo que te ordeno.


Estela miró a su abuelo con una mirada de enojo, miró de nuevo al joven con claro asco en su mirada y, desenvainando su daga, corrió hacia el bosque de Saodgi.

—Crujir de la nieve


El líder de la aldea habló:


—Hermano mayor, no creo que hacer todo eso sea lo correcto por una simple pelea entre niños. Además, dejar ir a tu nieta así nada más al bosque Saodgi, esperando atrapar al mismo zorro de nieve—


—Tienes razón, padre. Iré tras ella —dijo el hijo del líder de la aldea.


—Ve, Charvad, y asegúrate de que no le pase nada —habló el líder.


—El hombre viejo estiró su mano, impidiendo el paso al joven hijo del líder—.

No hará falta, joven sobrino. Estela no es frágil como aparenta, además debe hacerlo sola.


—Tío mayor, entiendo que quieres corregirla, pero Estela no conoce este bosque. Además, podría cruzar los límites del territorio si se aleja demasiado; podría encontrarse con los Morichid y, si eso pasara—


—Mi hijo tiene razón, hermano mayor. Traeré las monturas e iremos a buscarla.


—Alto, hermano menor —habló el hombre viejo—.

No importa dónde esté Estela. La entrené para nunca perderse y sobrevivir en cualquier tipo de situaciones, incluso si se encontrara con animales salvajes o los mismos hombres. Ella es igual de fuerte que yo de joven.


—El líder de la aldea y su hijo miraron con clara sorpresa todo lo que el hombre viejo dijo—.


—Ahora entiendo cómo pudo derribar tan fácilmente al hijo de Khuchtei er, aunque este es mucho más alto y fuerte que ella.


—El líder de la aldea soltó una carcajada—.


Hermano mayor, sí que has criado a esa niña. Ni toda la aldea Morichid querría encontrarse con ella al saber que es tu nieta.


—Pero, padre —habló el hijo del líder—.


—Tranquilo, Charvad. Si mi hermano mayor está tan sereno y dijo que la entrenó, es seguro que ni diez jinetes podrían tocar a la joven Estela. Además, afirmó que era igual de fuerte que él cuando era joven.


—Eso me da cierto temor ahora, más que tranquilidad por la joven.


—Soltó una carcajada el líder de la aldea—.


El hombre anciano miró levemente hacia la entrada al bosque, observando las huellas dejadas por las botas de Estela.


—Joven —habló el hombre viejo—, espera la llegada de mi nieta.


El joven al que Estela había golpeado, aún con su mano puesta en el estómago, habló con incomodidad, sin mirar a los ojos:


—No creo que sea necesario, señor Gallab. Además, no planeaba hacer nada con aquel zorro de nieve.


—¿Ves, hermano mayor? El hijo de Khuchtei er es muy noble. Ya todo está perdonado, ¿no es así, joven Bakti?


—Sí, líder de la aldea. Todo quedó solucionado.


—Entonces volvamos a la tienda, hermano mayor. Aún no me has contado todo sobre el pasado y las cosas que has estado haciendo.


—Joven, aunque hayas dicho que todo está solucionado, es mi deber como abuelo corregir las actitudes de mi nieta. Ella te compensará con el zorro de nieve que has perdido.


—Pero, señor Gallab—


—Una mirada de Gallab, aun cuando no había enojo, silenció al joven—.


Asintió con la cabeza y se quedó sentado.


—Volvamos, hermano menor.


El líder, con los brazos cruzados, se resignó, rascándose la cabeza un momento. Se giró y se dirigieron hacia la tienda.


—El hijo del líder de la aldea puso su mano en el hombro de aquel joven Bakti—.


—Lo sé, para mí también es difícil sostenerle la mirada —dijo, girándose y caminando en dirección a la tienda—.


El joven Bakti miraba el bosque de Saodgi que se alzaba frente a él.