Cenizas Del Orden: Velkara by ZafiroLunar at Inkitt
Customize readability
Aa

Cenizas del orden: Velkara

All Rights Reserved ©

Summary

Año 2139. Al borde del colapso por la escasez de recursos, el gobierno mundial pone su mirada sobre Velkara: un continente oculto tras una inmensa muralla de rayos, habitado por clanes guerreros y humanos forjados por una tierra donde la debilidad no sobrevive. N-hael tiene trece años y lleva años desterrado del Clan del Fénix. Pero cuando el mundo exterior invade Velkara en busca de sus recursos, Kaelthar —líder del clan y hermano mayor de N-hael— ordena traerlo de vuelta para sumarlo a la guerra. Arrastrado otra vez hacia un hogar que lo condenó a morir, N-hael quedará atrapado entre invasores dispuestos a saquear su tierra y velkarianos que jamás dejaron de verlo como alguien indigno. Para sobrevivir, tendrá que enfrentar una guerra que no solo decidirá el destino de Velkara, sino también cuánto de sí mismo está dispuesto a perder para seguir con vida.

Status
Ongoing
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El continente extraño

Capítulo 1: El continente extraño

Año 2139

Alana Ríos apoyó una mano sobre el ventanal del puente de mando mientras observaba el paisaje helado que se extendía frente a la flota.

Había estudiado aquel lugar desde que ingresó a Atlas.

La Barrera de Ross.

Según los mapas oficiales, más allá de aquella inmensa muralla de hielo terminaba el mundo conocido. Ningún satélite había logrado atravesarla y ninguna expedición civil había regresado jamás.

Sin embargo, ella sabía que aquello era una mentira.

Atlas llevaba décadas cruzando la barrera.

Era su primera misión fuera del mundo que conocía, y no podía apartar la vista del horizonte.

Los bloques de hielo comenzaron a dispersarse lentamente hasta dar paso a un océano abierto.

Después apareció tierra firme.

Alana frunció el ceño.

No era una isla.

Era un continente.

Y detrás apareció otro.

Luego otro más.

Sintió un nudo en el estómago.

Toda su vida le habían enseñado que la Barrera de Ross marcaba el límite del planeta, pero frente a ella se extendía un mundo entero que jamás había aparecido en un solo mapa.

Las costas estaban lejos de ser salvajes.

Puertos inmensos se levantaban junto al mar. Grúas gigantescas cargaban minerales desconocidos, petróleo y enormes contenedores metálicos mientras convoyes militares recorrían carreteras que desaparecían en el interior de aquellos continentes.

Eran colonias de Atlas.

Colonias que el resto de la humanidad ni siquiera sabía que existían.

Su mirada se detuvo en varios camiones que transportaban enormes jaulas de acero.

Dentro había criaturas imposibles.

Pequeños humanoides de orejas puntiagudas observaban el exterior con miedo. Más atrás, una criatura de cuerpo humano y cabeza de can permanecía inmóvil, sujetando los barrotes con una inteligencia inquietante.

—Duendes... —susurró un oficial.

—Cinocéfalos... —añadió otro.

Alana no respondió.

Por primera vez sintió que el mundo que conocía era diminuto.

La humanidad nunca había estado encerrada por el hielo.

Simplemente le habían ocultado lo que existía más allá.

Desvió la vista de las jaulas y buscó distraerse contemplando el horizonte.

Entonces lo vio.

A lo lejos, una tormenta colosal envolvía el continente más distante. Miles de relámpagos descendían sin descanso sobre una misma línea, formando una muralla luminosa que parecía separar aquel lugar del resto del mundo.

Alana dio un paso hacia el cristal.

Aquello no podía ser un fenómeno natural.

Los rayos no caían al azar.

Todos golpeaban exactamente el mismo lugar.

—¿A dónde nos dirigimos exactamente? —preguntó sin apartar la vista de la tormenta.

El comandante Roderich permaneció unos segundos en silencio.

—A un lugar que durante siglos solo existió en las leyendas.

Alana giró lentamente hacia él.

—¿Las leyendas?

—Vamos al Jardín del Edén.

Ella soltó una breve risa de incredulidad.

—Pensé que era un mito.

—Yo también... hasta que estuve allí.

El puente quedó en silencio.

Las luces parpadearon cuando un relámpago impactó contra la inmensa barrera.

—Hace quince años conseguimos abrir una brecha gracias a una batería capaz de absorber la energía de los rayos. Solo permaneció abierta unos minutos, pero bastó para entrar.

Alana volvió a mirar la tormenta.

—¿Y qué encontraron?

—Vida.

La respuesta llegó sin vacilar.

—Plantas que ninguna ciencia conocía. Frutas que brillaban por sí solas. Árboles más altos que nuestros edificios. Animales imposibles... y seres humanos.

Alana sintió un escalofrío.

—Si ya estuvieron ahí... ¿entonces por qué fracasó la conquista?

Roderich tardó unos segundos en responder.

—Porque subestimamos lo que había al otro lado.

Su voz perdió firmeza por primera vez.

—Recuperamos todo lo que pudimos antes de que la batería colapsara. Muchos hombres murieron devorados por los depredadores.

Hizo una breve pausa.

—Los demás... fueron asesinados por esos humanos.

Alana frunció el ceño.

—Pero los textos sagrados dicen que la humanidad fue expulsada del Edén.

—Eso creemos todos. Sin embargo, todo apunta a que algunos de nuestros ancestros llegaron hasta ese continente... y jamás lo abandonaron.

Antes de que pudiera responder, un operador levantó la vista de sus instrumentos.

—Señor, la batería principal está lista. Campo de absorción al noventa y ocho por ciento.

Roderich asintió.

—Procedan.

El zumbido de la maquinaria inundó el puente.

Los relámpagos comenzaron a desviarse hacia un único punto mientras la tormenta rugía con una violencia ensordecedora. La luz se comprimió sobre sí misma hasta que, con un estruendo capaz de sacudir toda la flota, el espacio terminó desgarrándose.

Una grieta luminosa apareció frente a ellos.

Al otro lado no había hielo.

Había un mundo.

Bosques interminables cubrían el horizonte. Ríos plateados atravesaban enormes llanuras y montañas tan altas que parecían sostener el cielo.

Alana permaneció inmóvil.

Nunca había visto un lugar semejante.

Roderich contempló el paisaje durante unos segundos antes de hablar.

—Los antiguos mapas traducidos solo mencionaban un nombre para esta tierra.

Toda la tripulación guardó silencio.

Velkara.

Nadie volvió a hablar.

Roderich rompió el silencio sin apartar la vista del continente.

—Llamen a todos los soldados. Que cada unidad ocupe su posición. Quiero todas las armas listas antes de cruzar.

—Sí, señor —respondió Alana.

Las alarmas comenzaron a sonar por toda la flota.

A través del ventanal observó cómo los demás buques adoptaban una formación cerrada mientras la gigantesca grieta de luz permanecía abierta frente a ellos.

Entonces avanzaron.

El primer acorazado desapareció dentro de la abertura.

Después el segundo.

Luego el tercero.

Cuando llegó el turno de la nave insignia, Alana sintió una leve presión en el pecho.

Durante un instante todo quedó envuelto por una luz blanca.

Los instrumentos del puente comenzaron a fallar.

Las pantallas se apagaron una tras otra.

—Perdimos el radar.

—Sin comunicación satelital.

—Los sistemas de navegación dejaron de responder.

Nadie parecía sorprendido.

Solo Alana.

Apretó el borde del ventanal mientras la nave terminaba de atravesar la grieta.

Y entonces lo vio.

El cielo había cambiado.

Era de un azul profundo, atravesado por nubes enormes que proyectaban sombras sobre bosques interminables. Montañas colosales dominaban el horizonte y ríos plateados brillaban bajo la luz del sol como si fueran espejos.

No se parecía a ningún lugar que hubiera visto.

No parecía la Tierra.

Parecía otro mundo.

***

A varios kilómetros de allí, Tarek, un joven cazador del Clan del Fénix, levantó la vista hacia el cielo.

Al principio creyó que eran aves.

Pero ninguna criatura viva rugía de aquella manera.

Enormes monstruos de acero atravesaban las nubes dejando tras de sí una oscura estela de humo.

Sintió un escalofrío.

No pertenecían a Velkara.

Corrió.

Saltó sobre una raíz tan gruesa como una muralla y descendió por el costado de un árbol cuya copa desaparecía entre las nubes.

No había senderos.

Nunca los hubo.

Los cazadores aprendían a leer el bosque mucho antes que las palabras.

A su alrededor, el bosque también reaccionaba .

Bandadas de aves cristalinas abandonaban las copas de los árboles.

Las enormes bestias que bebían junto al río se internaban en la espesura.

Incluso un Colmillo de Hierro, uno de los depredadores más temidos del territorio, desapareció entre la vegetación sin mirar atrás.

Tarek se detuvo apenas un instante.

Jamás había visto al bosque reaccionar de esa manera.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Reanudó la marcha.

Las primeras plataformas de madera comenzaron a aparecer entre las ramas de los árboles gigantes.

Después surgieron los puentes colgantes, suspendidos a decenas de metros del suelo.

Finalmente aparecieron las viviendas, construidas alrededor de los inmensos troncos como si hubieran crecido junto a ellos.

Había llegado al Clan del Fénix.

Los niños dejaron de correr al verlo pasar.

Las conversaciones se apagaron una tras otra.

Los artesanos abandonaron sus herramientas y los cazadores que afilaban sus lanzas levantaron la vista al mismo tiempo.

Nadie le preguntó qué había ocurrido.

No hacía falta.

Su respiración agitada y la expresión de su rostro bastaban para comprender que algo había alterado incluso al bosque.

Cuando llegó al salón principal, cayó de rodillas.

Frente a él permanecía un hombre de pie.

No llevaba corona.

No la necesitaba.

Vestía una larga indumentaria ceremonial de un rojo profundo, reservada únicamente para el líder del Clan del Fénix. Los bordes dorados estaban cubiertos por fénix bordados que parecían alzar el vuelo entre llamas, símbolo del clan que había jurado proteger.

La cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda endurecía un rostro que rara vez mostraba emociones.

Kaelthar escuchó el informe sin interrumpirlo.

Solo cuando el cazador terminó levantó la mirada.

Sus ojos permanecieron unos segundos perdidos en algún pensamiento.

—Entiendo.

Sus ojos, se endurecieron.

—Vigílenlos. Recluten a todos los guerreros disponibles.

Se volvió hacia uno de sus capitanes.

—Y llamen a mi hermano. Auren.

Auren llegó sin prisa.

Tenía apenas ocho años.

Dos dagas descansaban a ambos lados de su cintura, como si hubieran formado parte de él desde siempre.

Se detuvo frente a Kaelthar.

—Supongo que no me llamaste para saludarme.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro del líder.

—Qué listo.

Auren inclinó apenas la cabeza.

—Me enteré de lo ocurrido. No sé cómo lograron cruzar la muralla, pero me aseguraré de que ninguno vuelva a hacerlo.

Kaelthar negó lentamente.

—Tengo otra misión para ti.

Por primera vez, el niño mostró curiosidad.

—¿Otra?

El líder caminó hasta una mesa de piedra donde reposaba un mapa tallado en cuero endurecido.

—Quiero que encuentres a tu hermano.

Auren frunció el ceño.

—¿Tengo otro hermano?

El silencio se volvió pesado.

—Eras un bebé cuando él te cargaba en brazos. Su nombre es N-hael.

El nombre quedó suspendido en el aire.

—¿Dónde puedo encontrarlo? —preguntó Auren, ahora más serio.

Kaelthar señaló una zona del bosque profundo, más allá de los límites seguros del clan.

—Fue desterrado hacia este lado del territorio.

Los dedos de Auren recorrieron el mapa.

—¿Motivo del destierro?

Kaelthar no apartó la mirada.

—No superó su primera cacería.

Auren permaneció en silencio.

Kaelthar continuó con la misma serenidad.

—Para nuestra madre eso significó una sola cosa.

Hizo una breve pausa.

—No tenía la mentalidad de un guerrero.

El salón quedó en silencio.

— Se negó a matar. Incluso cuando su propia vida dependía de ello.

Sus ojos descendieron hacia el mapa.

—Prefería proteger a las criaturas antes que cazarlas.

Otra pausa.

—Por eso fue desterrado.

La crudeza no llevaba odio. Solo verdad.

—Tenía siete años.

El viento agitó las antorchas del salón.

Auren permaneció en silencio.

—¿Qué edad tendría ahora? —preguntó al fin.

—Si sigue vivo… trece.

Una pausa.

—Confío en ti para encontrarlo. Y si vive, reclutarlo para esta guerra.

Guerra.

La palabra ardió como una profecía.

Auren enrolló el mapa con calma.

Sus ojos, tan jóvenes y tan antiguos al mismo tiempo, brillaron con determinación.

—Acepto la misión.

Y sin despedirse, dio media vuelta.


La búsqueda

Auren avanzaba sin hacer el menor ruido.

Cada paso encontraba apoyo sobre raíces gigantescas que se entrelazaban como si fueran las venas del propio bosque.

No seguía un sendero.

Los cazadores del Clan del Fénix aprendían desde niños que el bosque nunca necesitó caminos.

Una huella sobre el musgo.

Una rama recién partida.

El aroma de una bestia llevado por el viento.

Eso bastaba.

Se arrodilló junto a unas marcas profundas.

Las recorrió con los dedos.

—Hace poco...

La tierra aún conservaba el calor.

Las enormes pisadas pertenecían a un Colmillo de Hierro.

Una criatura capaz de partir un árbol con una sola embestida.

Auren sonrió.

—Si mi hermano sigue vivo... seguro fue por aquí.

Volvió a correr.

El bosque cambiaba a cada paso.

Árboles tan altos que sus copas desaparecían entre las nubes proyectaban una sombra permanente sobre la selva.

Enredaderas rojizas descendían desde las alturas como cascadas vivas.

Flores cristalinas se abrían cuando él pasaba y se cerraban lentamente a su espalda.

Pequeñas criaturas de pelaje azul escapaban entre los arbustos mientras aves de plumaje incandescente cruzaban el cielo dejando tras de sí diminutas chispas doradas.

Todo estaba vivo.

Todo observaba.

Y aun así...

Algo no encajaba.

El bosque estaba demasiado callado.

Auren redujo el paso.

Entonces lo vio.

Entre las enormes raíces de un árbol yacía un Colmillo de Hierro.

La bestia respiraba con dificultad.

Una profunda herida recorría su costado.

A unos metros, una espada de metal oscuro permanecía clavada en la tierra.

El combate ya había terminado.

Auren buscó con la mirada al vencedor.

Entonces lo encontró.

Un muchacho de espaldas permanecía arrodillado junto al animal.

Tenía las mangas remangadas y sostenía varias tiras de tela manchadas de sangre.

Con movimientos tranquilos, terminó de colocar un vendaje alrededor de la herida.

Sobre la tela había una pasta de color verde esmeralda que desprendía un aroma intenso.

El muchacho sonrió con satisfacción.

—Tenías razón, Katherine...

El enorme depredador levantó apenas la cabeza.

—Estas hierbas funcionan mucho mejor de lo que imaginaba.

Con cuidado terminó de ajustar el vendaje.

—Solo procura no abrirlas otra vez.

El Colmillo de Hierro emitió un gruñido grave. No era una amenaza.

Parecía una respuesta.

Auren sintió un escalofrío.

¿Está... hablando con un Colmillo de Hierro?

El muchacho se puso de pie.

Recogió la espada clavada en el suelo y la limpió con un trozo de tela.

Solo entonces el depredador consiguió incorporarse.

Cojeaba.

Pero seguía vivo.

El muchacho dio un paso hacia un lado para dejarle el camino libre.

—Puedes irte.

La enorme criatura permaneció inmóvil unos segundos.

Después desapareció entre la vegetación.

El bosque recuperó lentamente el silencio.

N-hael permaneció inmóvil.

El viento cambió de dirección.

Sus orejas se movieron apenas.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Quién está ahí?

Auren contuvo la respiración.

Era imposible.

No había pisado una sola rama.

No había pronunciado una palabra.

¿Cómo podía haberlo descubierto?

N-hael inclinó apenas la cabeza.

Como si escuchara algo que nadie más era capaz de percibir.

Entonces sonrió.

—Espera...

Su expresión cambió por completo.

—Ese aroma... y esos latidos... No pueden ser .

Desapareció.

Solo quedó una ligera ráfaga de viento.

Auren abrió los ojos.

Un instante después sintió una mano apoyarse con suavidad sobre su cabeza.

—Vaya...

La voz sonaba justo detrás de él.

—Has crecido, hermanito. Ya casi no queda nada del bebé que llevaba en brazos

—¡N-no me toques la cabeza! —protestó Auren, apartándose con el rostro enrojecido—. ¡Ya no soy un niño!

N-hael soltó una pequeña risa.

—Perdón... pero la última vez que te vi apenas podías caminar.

Auren lo observó unos segundos.

Era ciego.

Y aun así lo había encontrado sin dificultad.

—Está bien, está bien —rió N-hael, levantando las manos—. ¿Quieres pasar a tomar algo?

Auren lo observó en silencio.

—Es ciego… —pensó— ¿Cómo se mueve así?

N-hael caminó hacia su cabaña de troncos tallados, avanzando con naturalidad entre raíces y piedras.

—Mi querido hermanito vino a visitarme… —pensó con una sonrisa—. Seguro me extrañó mucho.

¡THUMP!

—Auch…

Se había golpeado la frente contra la pared lateral.

Auren parpadeó.

¿Kaelthar habrá cometido un error? ¿Este… este torpe es mi hermano?

—P-puedes pasar —dijo él, carraspeando—. Se me… corrió la entrada.


CASA DE N-HAEL

Auren recorrió la pequeña cabaña con la mirada.

Esperaba encontrar el refugio improvisado de un desterrado.

Encontró un hogar.

Las herramientas descansaban siempre en el mismo lugar.

Racimos de hierbas colgaban del techo.

Frascos de cristal contenían líquidos de distintos colores.

Libros escritos a mano ocupaban varios estantes de madera.

Sobre una mesa descansaban pequeños mecanismos de metal que Auren jamás había visto.

N-hael tomó una tetera sin dudar.

No buscó la taza.

Su mano fue directamente hacia ella.

Sirvió el agua caliente sin derramar una sola gota.

Auren no dejaba de observarlo.

Seguía sin entender cómo alguien incapaz de ver podía moverse con tanta naturalidad.

Vive como si pudiera ver.

Cuando N-hael dejó dos tazas sobre la mesa, Auren habló sin rodeos:

—Kaelthar quiere que vuelvas.

N-hael dejó la taza sobre la mesa.

—¿Por qué?

Auren bajó la mirada.

—Cada vez regresan menos guerreros.

Silencio.

—Ahora quieren que incluso los niños peleemos.

N-hael dejó de mover la taza.

La habitación pareció enfriarse.

—Eso jamás debería ocurrir

—Kaelthar dice que podría ocurrir algún día —susurró Auren.

N-hael respiró hondo.

—Me uniré —dijo al fin—. Pero tengo dos condiciones.

Auren soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Cuáles?

N-hael levantó su espada. Su expresión se endureció.

—Se las diré yo mismo.

La habitación pareció enfriarse.

Auren tragó saliva.

Algo en N-hael daba miedo.


EL PESO DEL LEGADO

El Palacio Principal del Clan del Fénix permanecía en silencio.

Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los enormes pilares de piedra, mientras el viento hacía crujir las vigas de madera del techo.

Kaelthar aguardaba de pie al fondo del salón.

Al escuchar los pasos de N-hael, una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Qué bueno volver a verte.

N-hael se detuvo a unos pasos de él e inclinó respetuosamente la cabeza.

—Me alegra saber que sigues con vida.

Hizo una breve pausa.

—¿Y tu esposa?

El silencio cayó sobre el salón.

Kaelthar no respondió.

No hizo falta.

N-hael comprendió la respuesta.

Bajó lentamente la cabeza.

—...Lo siento.

Kaelthar desvió la mirada hacia una de las ventanas.

—No fue tu culpa.

Su voz sonó firme.

Demasiado firme.

—Fue culpa de nuestros enemigos.

N-hael permaneció en silencio unos segundos.

Después levantó ligeramente el rostro.

—¿Crees que la barrera... está perdiendo su poder?

Kaelthar guardó silencio unos instantes.

—No lo sé.

Su mirada se perdió tras los enormes ventanales del salón, hacia la lejana muralla de relámpagos.

—Hace quince años consiguieron atravesarla una vez. Nadie entiende cómo lo lograron.

Hizo una pausa.

—Desde entonces sus incursiones son cada vez más frecuentes.

Frunció ligeramente el ceño.

—Empiezo a temer que la protección que nuestro dios nos concedió... ya no sea tan impenetrable como creíamos.

Hizo una breve pausa.

—La tecnología de esos invasores... parece magia.

N-hael guardó silencio.

Finalmente habló.

—Entonces lucharé.

Kaelthar lo observó.

—Pero antes debes prometerme dos cosas.

El líder del clan asintió.

—Habla.

—No llevarás a Auren al campo de batalla.

Kaelthar frunció ligeramente el ceño.

—Es el mayor prodigio que ha nacido en nuestro clan.

Una sombra de orgullo apareció en su rostro.

—Lo entrené personalmente para que algún día me supere.

N-hael sonrió con tristeza.

—Precisamente por eso.

Su voz se volvió más suave.

—Quiero que todavía tenga la oportunidad de ser un niño.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Kaelthar no respondió.

Pero tampoco discutió.

—¿Y la segunda condición?

—Mamá no irá a esta guerra.

Por primera vez, Kaelthar mostró sorpresa.

—Aún puede derrotar ejércitos enteros.

—Sí...

N-hael bajó la cabeza.

—Pero su cuerpo ya no puede seguir ese ritmo.

Su enfermedad avanza.

Si pelea...

No volverá.

Kaelthar cerró lentamente los ojos.

Sabía que tenía razón.

—Acepto.

No hubo juramentos.

Ni ceremonias.

Solo dos hermanos comprendiendo una verdad que ninguno quería aceptar.

Después de unos segundos, Kaelthar volvió a hablar.

—Entonces volverás a vivir aquí.

N-hael sonrió apenas.

—¿Y si mamá pregunta por mí?

Kaelthar guardó silencio.

Luego respondió.

—Nunca lo hizo.

Otra pausa.

—Para ella... sigues siendo un error.

Las palabras golpearon con más fuerza que cualquier espada.

N-hael respiró profundamente.

No hubo enojo.

Solo tristeza.

—Entonces... dile que cuide su salud.

Kaelthar asintió lentamente.

Después levantó la voz.

—Katherine.

Una mujer dio un paso al frente e inclinó respetuosamente la cabeza.

Vestía un sencillo uniforme de servicio, impecable como siempre. Su expresión era serena, aunque sus ojos se suavizaron apenas al escuchar la respiración de N-hael.

Habían pasado seis años desde el destierro de N-hael.

Frente a los ojos del líder del clan, debían comportarse como dos personas que apenas volvían a verse.

—Acompáñelo. Debe recibir nuevamente las vestiduras del Clan del Fénix.

—Sí, mi señor.

Katherine se acercó.

—Ha pasado mucho tiempo, joven amo.

N-hael sonrió con naturalidad.

—Sí... demasiado.

Ella observó la pequeña marca rojiza sobre su frente.

—Espero que ya no siga golpeándose con las puertas como cuando era niño.

N-hael dejó escapar una pequeña risa.

—No se preocupe. Mi mapa mental ya mejoró bastante.

—Me alegra escucharlo.

Ambos sonrieron.

Era una conversación completamente normal.

Al menos para cualquiera que los estuviera observando.

Ninguno mencionó la cabaña.

Ni las visitas.

Ni las herramientas.

Ni las plantas medicinales.

Ni las largas tardes en las que Katherine le enseñó a distinguir los aromas del bosque, las raíces curativas o el funcionamiento de los pequeños mecanismos que construía con sus propias manos.

Todo aquello quedó oculto bajo unas pocas frases cuidadosamente elegidas.

Kaelthar no sospechó absolutamente nada.

N-hael volvió ligeramente el rostro hacia ella.

Su sonrisa se hizo más cálida.

—Gracias por acompañarme.

Katherine inclinó apenas la cabeza.

—Siempre será un honor, joven amo.

Y ambos abandonaron el salón.

Let ZafiroLunar know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Read Now
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Read Now
Chroniken der Werwölfe Band 1 Der Gefährte

Stefanie : Manchmal irritieren die Schreibfehler aber die Geschichte ist sehr spannend und ich freue mich das ich weiter lesen kann und es sogar noch weitere Bücher gibt... Bin gespannt wie es weiter geht..

Read Now
Luna auf der Flucht

Grazia: Wirklich tolle Geschichte mit Klasse Charakter 👍🏻

Read Now
Werewolf Hollow

Nikole: I hadn't read a werewolves story with this kind of werewolves and dynamics, really interesting

Read Now
Alpha Zach

Ma: Es increíble muy bien es rito

Read Now
The Luna Trials

Jamie Zahra: i like everything about this book, keeps me on edge at the same time curious and interested

Read Now
The Alpha's Exiled Mate

Sandra Hosler: I like the character development. Aria, Declan, and Celeste are all solid characters. I’m curious what twist the author is about to make with the introduction of this new character, who recognizes Aria.

Read Now
The Alpha and His Rogue

FRIDAH: This author never disappoints the story is so beautiful.....the dialogue is out of this world hilarious 😂😂😂... The characters omg are wonderful I love Shayna and Bella so much I will definitely read it again.

Read Now