Cenizas del orden: Velkara

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Summary

Año 2139. Al borde del colapso por la escasez de recursos, el gobierno mundial pone su mirada hacia Velkara: un continente oculto tras una gran muralla de rayos , habitado por humanos más fuertes, divididos en clanes y forjados por la guerra. Entre ellos se encuentra N-hael, un joven de trece años desterrado del Clan del Fénix, considerado indigno de portar su legado. Cuando el mundo exterior invade Velkara, su hermano —líder del clan— lo arrastra de nuevo al conflicto. Atrapado entre invasores que buscan saquear su tierra y velkarianos que lo desprecian, N-hael deberá sobrevivir a una guerra que decidirá no solo el destino de Velkara… sino su propio valor como guerrero.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El continente extraño

El continente extraño: Velkara

Año 2139

Grandes barcos tecnológicos avanzaban sobre un mar de hielo fragmentado.

No era un océano cualquiera.

Era el borde del mundo conocido.

Durante siglos, la humanidad había vivido contenida tras una muralla natural: una extensión colosal de hielo que ningún satélite lograba atravesar y que los mapas oficiales señalaban como el límite del planeta.

La Barrera de Ross.

Un desierto blanco de dimensiones imposibles, donde toda expedición desaparecía… o no regresaba siendo la misma.

Pero Atlas sabía la verdad.

Los gigantes de acero emergían ahora desde ese muro helado, atravesándolo sin rodeos, como si aquella frontera nunca hubiera existido. Sus cascos metálicos crujían como bestias antiguas, y sus reactores iluminaban la noche perpetua con un resplandor azul eléctrico.

Más allá, el mundo no terminaba.

Se expandía.

Todos los barcos pertenecían a una sola nación.

Atlas.

Alana Ríos, segunda al mando de la expedición, observaba desde el puente principal. Era su primera misión más allá de las murallas.

Y nada de lo que veía coincidía con lo que le enseñaron.

Los océanos se abrían hacia extensiones de tierra que no figuraban en ningún mapa civil. Continentes enteros surgían bajo cielos grises, atravesados por rutas marítimas perfectamente trazadas.

No eran territorios vírgenes.

Eran colonias.

Puertos de Atlas se extendían a lo largo de las costas como cicatrices de acero. Grúas titánicas cargaban minerales desconocidos. Convoyes transportaban oro, petróleo… y jaulas.

Alana entrecerró los ojos.

Dentro de ellas, criaturas que no pertenecían a ningún registro zoológico conocido se agitaban en silencio: humanoides de baja estatura y ojos brillantes, bestias erguidas con cabeza de can y mirada consciente… otros que ni siquiera lograba clasificar.

—Duendes… —susurró uno de los oficiales, incrédulo.

—Cinocéfalos… —murmuró otro.

Alana no dijo nada.

Sintió un peso frío en el pecho.

La humanidad no había sido contenida por las murallas.

Había sido contenida… para organizarse.

Y ahora lo entendía.

No importaba cuántos mundos encontraran.

Los consumirían todos.

Apretó la mandíbula.

Ella también formaba parte de eso.

Desvió la mirada hacia el horizonte, intentando escapar de la imagen de las jaulas.

Entonces lo vio.

A lo lejos, donde el cielo parecía desgarrarse contra sí mismo, una tormenta imposible se alzaba como un muro vivo. Relámpagos caían sin cesar, golpeando una misma línea invisible que rodeaba el continente más lejano.

No era una tormenta natural.

Era una frontera.

Una que nadie había cruzado.

Alana dio un paso al frente, casi sin darse cuenta.

—Existen muchos continentes más allá de las murallas… —murmuró, con la voz más baja que antes—. Nos ocultaron un mundo entero…

Sus ojos no se apartaban del espectáculo.

—¿A dónde nos dirigimos exactamente?

El comandante Roderich no respondió de inmediato. Permanecía de pie frente al ventanal blindado, las manos entrelazadas a la espalda, como si contemplara un recuerdo en lugar del horizonte.

—A un lugar que durante siglos solo pareció existir en leyendas —dijo finalmente—. Vamos al Jardín del Edén.

Alana lo miró, incrédula.

—¿Ese lugar realmente existe?

Una leve sombra cruzó el rostro del comandante.

—Yo tampoco lo creí al principio. Hasta que estuve allí.

El silencio en el puente se volvió denso.

—Hace quince años —continuó— logramos abrir una brecha. Breve. Inestable. Fue gracias a una batería del tamaño de un tanque de guerra. Absorbía el rayo… lo redirigía. Un milagro de ingeniería. O una locura.

Las luces de la nave vibraron cuando un relámpago golpeó la barrera a lo lejos.

—¿Y qué encontraron? —preguntó Alana, casi en un susurro.

Los ojos de Roderich no parpadearon.

—Vida. Una que no pertenece a nuestros registros. Plantas imposibles. Frutas que brillaban con luz propia. Árboles más altos que nuestras torres de defensa. Especies totalmente nuevas. Todo eso… al otro lado de esa muralla de truenos.

Alana sintió un estremecimiento.

—Ya estuvieron ahí… ¿cómo lograron regresar?

El comandante exhaló con lentitud.

—Saqueamos todo lo que la batería pudo sostener antes de colapsar. Pero no todos regresaron. Algunos fueron alcanzados por los depredadores.

Hizo una pausa.

—Y por esos humanos.

Alana frunció el ceño.

—Pero los humanos fueron expulsados del Edén desde el primer hombre. Eso dicen los textos.

—Aún lo estamos investigando —respondió Roderich—. Todo indica que aquellos ancestros encontraron el jardín cuando fue entregado a la humanidad. Y nunca se fueron.

Un oficial interrumpió:

—Señor, la batería principal está cargada. Campo de absorción al noventa y ocho por ciento.

Roderich levantó la mano.

—Procedan.

La barrera eléctrica se arqueó como si un titán invisible la empujara desde el interior. El cielo rugió con una furia primordial. La luz se curvó sobre sí misma y, por un instante, la realidad pareció agrietarse.

Entonces ocurrió.

Una grieta perfecta se abrió ante la flota.

Más allá, el mundo no era blanco.

Bosques infinitos se extendían como mares verdes. Ríos de brillo plateado serpenteaban entre llanuras intactas. Cordilleras colosales parecían forjar su propio clima, coronadas por nubes que nacían y morían en cuestión de segundos.

No era un mito.

Era otro mundo.

—Los textos traducidos del mapa antiguo —dijo Roderich, con voz grave— mencionan el nombre de esta nación.

El puente entero aguardó.

—Velkara.

El nombre cayó como una sentencia.

Roderich giró hacia su tripulación.

—Llamen a todos los soldados. Que se alisten. Carguen todas las armas.

Alana asintió con firmeza.

—Sí, señor.

Uno a uno, los gigantes de acero cruzaron la grieta luminosa.

Los motores rugieron.

Los radares enmudecieron.

Cuando los barcos cruzaron la grieta, el cielo de Velkara cambió.

Las aves de alas translúcidas alzaron vuelo desde las copas titánicas. Las manadas que bebían en los ríos plateados huyeron hacia la espesura. Incluso los depredadores —bestias de colmillos curvos y lomo acorazado— se internaron en la sombra.

Y entre los árboles, ocultos por pinturas de guerra y capas de fibras vegetales, los cazadores velkarianos observaron.

Jamás habían visto monstruos de acero surcar el cielo.

Uno de ellos dejó caer su lanza.

Otro murmuró una plegaria ancestral.

El mayor del grupo dio la orden con un gesto seco.

Debían informar al líder.

Corrieron como espectros entre raíces colosales, atravesando senderos invisibles para cualquiera que no hubiera nacido en esa tierra.

Clan del Fénix, Velkara

Velkara no era un continente para vivir.

Era un lugar donde sobrevivir.

La naturaleza regía sin piedad. La ley del más fuerte no era un dicho: era supervivencia. Las criaturas que dominaban sus bosques no temían al hombre, y muchas veces el hombre no era el depredador, sino la presa.

Aun así, el territorio estaba dividido.

Cinco clanes gobernaban en silencio, cada uno con su propio código, su propia fuerza.

Pero solo el Clan del Fénix conocía la verdad sobre lo que existía más allá de la muralla de truenos.

Sus pueblos eran humanos, sí… pero no como los de Atlas.

Habían sido moldeados por la guerra y la supervivencia; en Velkara, vivir significaba enfrentarse tanto a una naturaleza implacable como a otros clanes que no perdonaban debilidades.

Su cultura conservaba ecos de lo antiguo, más cercana a lo mítico y lo medieval que a cualquier mundo tecnológico.

Sus cuerpos eran más fuertes.

Sus reflejos, más rápidos.

Su resistencia… forjada en un mundo donde dudar significaba morir.

En Velkara, la muerte era preferible a la debilidad.

Y en ese mundo, la fuerza no distinguía entre hombre o mujer.

Los cazadores irrumpieron en la aldea central y se arrodillaron ante su líder.

Kaelthar, veintiocho años, portador del emblema del Fénix en la espalda, escuchó sin interrumpir. Su presencia imponía más que cualquier criatura. Alto, firme, con una cicatriz en la mejilla.

—Entiendo —dijo finalmente.

Sus ojos, dorados como brasas, se endurecieron.

—Vigílenlos. Recluten a todos los guerreros disponibles.

Se volvió hacia uno de sus capitanes.

—Y llamen a mi hermano. Auren.

Auren llegó sin prisa.

Ocho años.

Pero su andar no era el de un niño.

En su espalda cargaba un arco más grande que él. En su cintura, dos hojas curvas. En su mirada, una frialdad impropia de su edad. Prodigio en toda arma que tocaba. Cazador desde que tuvo fuerza para sostener una lanza.

Se detuvo frente a Kaelthar.

—Supongo que no me llamaste para saludarme.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro del líder.

—Qué listo.

Auren inclinó apenas la cabeza.

—Me enteré del asunto. Me encargaré de ellos. Servirán de advertencia para los demás invasores.

Kaelthar negó lentamente.

—Tengo otra misión para ti.

Por primera vez, el niño mostró curiosidad.

—¿Otra?

El líder caminó hasta una mesa de piedra donde reposaba un mapa tallado en cuero endurecido.

—Quiero que encuentres a tu hermano.

Auren frunció el ceño.

—¿Tengo otro hermano?

El silencio se volvió pesado.

—Eras un bebé cuando él te cargaba en brazos. Su nombre es N-hael.

El nombre quedó suspendido en el aire.

—¿Dónde puedo encontrarlo? —preguntó Auren, ahora más serio.

Kaelthar señaló una zona del bosque profundo, más allá de los límites seguros del clan.

—Fue desterrado hacia este lado del territorio.

Los dedos de Auren recorrieron el mapa.

—¿Motivo del destierro?

Kaelthar no apartó la mirada.

—Fue débil. No mató a su objetivo en su primera caza. Nuestra madre lo abandonó para que muriera entre los depredadores.

La crudeza no llevaba odio. Solo verdad.

—Tenía siete años.

El viento agitó las antorchas del salón.

Auren permaneció en silencio.

—¿Qué edad tendría ahora? —preguntó al fin.

—Si sigue vivo… trece.

Una pausa.

—Confío en ti para encontrarlo. Y si vive, reclutarlo para esta guerra.

Guerra.

La palabra ardió como una profecía.

Auren enrolló el mapa con calma.

Sus ojos, tan jóvenes y tan antiguos al mismo tiempo, brillaron con determinación.

—Acepto la misión.

Y sin despedirse, dio media vuelta.

EL BOSQUE DEL FÉNIX

El bosque estaba vivo.

Respiraba. Crujía. Observaba.

El Bosque del Fénix no era solo un conjunto de árboles: era un organismo antiguo, un fragmento consciente del Edén que era Velkara. Árboles colosales se alzaban hasta perderse entre nubes de hojas ígneas, con troncos retorcidos que parecían venas petrificadas por donde fluía savia luminosa. Algunas cortezas brillaban con tonos carmesí, otras con dorados suaves o verdes imposibles.

Las plantas crecían sin orden aparente: flores cristalinas que se abrían al paso del viento, enredaderas que cambiaban de color según la hora del día, hongos bioluminiscentes que latían como corazones diminutos. Criaturas ocultas se deslizaban entre la maleza: siluetas con demasiados ojos, alas transparentes, colas ígneas. Nada atacaba sin razón. Nada estaba allí por accidente.

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Auren, con apenas ocho años, avanzaba entre los árboles gigantes sosteniendo el mapa que Kaelthar le había entregado. Cada paso lo daba con cuidado, intentando no mostrar miedo… aunque el bosque parecía sentirlo todo.

—Según esto… es por aquí —susurró—. No entiendo cómo alguien puede vivir en este sitio.

Entonces lo vio.

N-hael.

Trece años.

Alto para su edad. . Sus ojos, cerrados y opacos, no reflejaban la luz del bosque.

Sostenía una espada larga, forjada en un metal oscuro que parecía devorar el brillo a su alrededor.

N-hael se movió.

La hoja describió un arco perfecto. Ataco con velocidad. El corte atravesó un tronco gigantesco como si fuera seda mojada.

Auren contuvo el aliento.

—Wow…

N-hael frunció el ceño. Sus orejas se movieron apenas, siguiendo vibraciones invisibles.

—Hay alguien ahí —murmuró.

Y desapareció.

Un destello.

Un instante después, una mano cálida descendió sobre la cabeza de Auren.

—Vaya —sonrió N-hael—. Has crecido, hermano… ya eres todo un hombrecito.

—¡No me toques la cabeza! —protestó Auren, sonrojado—. ¡No soy un bebé!

—Está bien, está bien —rió N-hael, levantando las manos—. ¿Quieres pasar a tomar algo?

Auren lo observó en silencio.

Es ciego… pensó. ¿Cómo se mueve así?

N-hael caminó hacia su cabaña de troncos tallados, avanzando con naturalidad entre raíces y piedras.

—Mi querido hermanito vino a visitarme… —pensó con una sonrisa—. Seguro me extrañó mucho.

¡THUMP!

—Auch…

Se había golpeado la frente contra la pared lateral.

Auren parpadeó.

¿Kaelthar habrá cometido un error? ¿Este… este torpe es mi hermano?

—P-puedes pasar —dijo él, carraspeando—. Se me… corrió la entrada.

CASA DE N-HAEL

El interior era sorprendentemente acogedor. Limpio. Ordenado. Cada objeto estaba exactamente donde debía estar.

Y aun así, N-hael se movía con una precisión inquietante: esquivaba muebles, tomaba hierbas, colocaba tazas sin dudar.

Encendió un pequeño fogón y calentó agua.

Auren lo observaba sin disimulo.

Vive como si pudiera ver.

Cuando N-hael dejó dos tazas sobre la mesa, Auren habló sin rodeos:

—Hermano… quiero que participes en la próxima guerra contra los invasores.

N-hael se detuvo.

—¿La guerra contra el exterior? —murmuró—. Eso corresponde a los guerreros del Clan del Fénix.

—Esta vez es diferente —admitió Auren—. Estamos… perdiendo.

N-hael inclinó la cabeza.

—Han mejorado su tecnología —dijo—. Su poder.

Auren apretó los puños.

—Estamos considerando enviar incluso a los de mi edad.

La mano de N-hael se cerró sobre la empuñadura de su espada.

—Eso es una locura —dijo con frialdad—. Enviar niños a morir nunca debería permitirse.

El silencio se alargó.

—Kaelthar dice que podría ocurrir algún día —susurró Auren.

N-hael respiró hondo.

—Me uniré —dijo al fin—. Pero tengo dos condiciones.

Auren soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Cuáles?

N-hael levantó su espada. Su expresión se endureció.

—Se las diré yo mismo.

La habitación pareció enfriarse.

Auren tragó saliva.

Algo en N-hael daba miedo.

EL PESO DEL LEGADO

El Palacio Principal de Velkara gemía bajo el viento helado.

Los vitrales temblaban, y por un instante pareció que el mundo exterior intentaba advertirles de algo que ninguno quería escuchar.

Kaelthar abrió los brazos al verlo entrar.

—Qué bueno volver a verte.

N-hael se detuvo a unos pasos. Inclinó la cabeza con respeto, pero no avanzó más.

—Me alegra saber que sigues con vida —dijo—. ¿Y tu esposa?

El silencio cayó entre ambos, espeso.

Kaelthar no respondió.

N-hael lo entendió todo.

—…Lo siento —susurró.

—No fue tu culpa —replicó Kaelthar con voz firme, quizá demasiado—. Fue culpa de nuestros enemigos.

N-hael alzó el rostro, como si buscara algo que no podía ver.

—¿Ellos podrían romper la barrera?

Kaelthar dudó. Ese gesto bastó.

—No lo sé —admitió finalmente—. Hace quince años entraron una vez. Ahora sus ataques son constantes. Su tecnología… —hizo una pausa— parece magia.

N-hael apretó los labios.

—Entonces cumpliré mi parte —dijo—. Pero prométeme dos cosas.

—Habla.

—No llevarás a Auren al campo de batalla.

Kaelthar frunció el ceño, herido en su orgullo.

—Es mi mayor orgullo —dijo—. Lo entrené yo mismo para que algún día me supere.

—Por eso —respondió N-hael con suavidad—. Quiero que tenga tiempo para ser un niño… aunque sea un poco más.

Kaelthar no replicó. La mirada se le endureció, pero no por desacuerdo.

—¿La segunda?

—Que mamá no vaya.

Kaelthar abrió los ojos, sorprendido.

—Ella es una veterana. Podría destruir ejércitos completos.

—Su cuerpo ya no resiste —dijo N-hael, sin elevar la voz—. La enfermedad avanza. Si la envías… no volverá.

El líder del Clan del Fénix bajó la cabeza.

—Tienes razón.

No hubo rituales.

No hubo promesas grandilocuentes.

Solo verdad.

—Vivirás aquí —dijo Kaelthar—. Y si mamá pregunta por ti…

—¿Alguna vez lo hizo?

Kaelthar negó.

—Dice que fuiste un error.

Las palabras cayeron como una hoja ardiente sobre la piel.

N-hael respiró hondo.

—Dile… dile que lo siento —murmuró—. Y que cuide su salud.

Kaelthar giró el rostro.

—Katerine —llamó—. Acompáñalo. Debe vestirse como un guerrero velkariano.

La mujer inclinó la cabeza.

—Acompáñeme, joven amo.

N-hael sonrió apenas. Una sonrisa sincera.

—Me alegra escuchar tu voz, Katerine.

Ella bajó la mirada, ocultando lo que sentía.

Cada semana lo había cuidado en silencio.

Cada semana había desafiado órdenes.

Pero ese secreto… aún no debía revelarse.

Kaelthar habló de nuevo, como si recordara algo que siempre estuvo allí.

—¿Te acuerdas de ella? —dijo—. Katerine. Nuestra sirvienta.

Su tono se volvió más duro.

—Es una humana del exterior. Fue capturada hace quince años, durante la primera incursión. Entonces… fue tratada como esclava prisionera. Con el tiempo adoptó nuestras costumbres y aprendió nuestro idioma.

N-hael ladeó el rostro hacia ella.

Y sonrió.

Una sonrisa cálida. Protectora.

—¿Cómo podría olvidarla? —respondió—. Para mí… es como una hermana.