Capítulo 1
—¿Mina? ¿Estás con nosotros? Mina.
La voz de Marcus, cargada de una impaciencia que intentaba camuflar con falsa cortesía, me trajo de vuelta a la sala. Parpadeé lentamente, recuperando el enfoque sobre la mesa de ébano pulido. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía fría que, por un momento, me había resultado lejana.
Tenía los ojos fijos en un punto muerto del ventanal, pero mi mente no estaba contemplando el horizonte de la ciudad. Estaba analizando la fotografía que mi jefe de seguridad me había enviado al móvil diez minutos antes de entrar a la junta: un coche negro, un modelo blindado que no pertenecía a nuestra flota, estacionado a dos manzanas del estudio de arte de mi hermano Luca. No era una coincidencia. Era un mensaje de Alessandro Volkov, una forma silenciosa de decirme que sabía dónde golpear para que me doliera.
—Estoy aquí, Marcus —respondí. Mi voz sonó como el metal chocando contra el hielo: seca y definitiva.
Me acomodé en la silla, cruzando las piernas con una elegancia que ocultaba la tensión en mis hombros. A mi derecha, Bianca, mi secretaria, detuvo el movimiento de su bolígrafo sobre la tablet. Me miró de reojo, detectando ese cambio sutil en mi energía que precedía a una tormenta.
—Estábamos revisando los márgenes de producción de la Viper-9 —continuó Marcus, aclarándose la garganta y señalando las gráficas proyectadas—. El equipo financiero sugiere que si sustituimos la aleación de titanio del chasis por un compuesto de polímero reforzado, reduciríamos el peso un 15% y los costes de fabricación un 20%. Los inversores estarían encantados con esa optimización.
Me quedé en silencio un segundo, dejando que el peso de mi mirada lo obligara a desviar la suya.
—La Viper-9 no se diseñó para "encantar" a los inversores, Marcus. Se diseñó para no fallar jamás —dije, activando el proyector holográfico con un movimiento fluido de mi mano.
El arma apareció en el centro de la mesa, desglosada en sus trescientas piezas individuales. Era una pieza de ingeniería letal y hermosa.
—Es el primer sistema de defensa personal con reconocimiento biométrico de pulso y calor —expliqué, señalando el núcleo de la empuñadura—. El sensor de la Viper-9 lee la firma térmica de la palma y el flujo sanguíneo del tirador en milisegundos. Si el chasis no es de titanio grado aeroespacial, la dilatación por el calor de los disparos constantes descalibrará el sensor. Un error de un milímetro en la lectura y el arma se bloquea en la mano de quien la necesita.
Hice un gesto y el holograma mostró el compensador de retroceso y el cañón de precisión.
—Tiene un sistema de gases diseñado para que el retroceso sea nulo. Es un arma de precisión quirúrgica, no un juguete de plástico. Mi apellido va grabado en la culata, y el nombre de los Ferrer no se asocia con materiales de segunda categoría para ahorrar unos cuantos rublos.
El silencio en la sala se volvió absoluto. Stefan, el jefe de ingeniería, asintió con un gesto de alivio; él sabía que yo no permitiría
Me puse de pie antes de que Marcus pudiera articular una sola palabra de disculpa. No me interesaba su arrepentimiento, solo su obediencia. Salí de la sala de juntas con Bianca un paso por detrás, el sonido rítmico de mis tacones sobre el mármol del pasillo marcando el final de la jornada corporativa.
—Cancela la revisión de logística de las seis, Bianca —ordené mientras nos acercábamos a la zona de ascensores privados—. Y asegúrate de que el equipo de seguridad que vigila el distrito de las artes me envíe actualizaciones del vehículo negro cada quince minutos. No quiero suposiciones, quiero la matrícula y el rostro del conductor.
—Hecho, Mina. ¿Algo más?
—No. Retírate por hoy.
Entré en mi despacho, una estancia amplia de líneas minimalistas donde el cristal y el cuero oscuro dominaban el espacio. Me quité la chaqueta del traje, dejándola con cuidado sobre el respaldo de mi silla, y me acerqué al mueble bar oculto en la pared. Necesitaba un momento de silencio antes de enfrentar la cena en la mansión.
Justo cuando estaba sirviéndome un vaso de agua helada, la puerta se abrió sin que el intercomunicador hubiera avisado. Me tensé por instinto, girándome con la mano cerca del cajón donde guardaba mi propia unidad de la Viper-9, pero me detuve al instante.
Era Luca.
Traía el cabello revuelto, una mancha de pintura azul en el dorso de la mano y esa sonrisa despreocupada que siempre lograba desarmar mi sistema de defensa. Al verlo allí, sano y salvo, la presión que sentía en el pecho desde que vi la fotografía del coche negro disminuyó un poco, aunque no desapareció del todo.
—Sabía que estarías aquí, matando las esperanzas de algún pobre financiero —dijo Luca, cruzando el despacho con esa energía ligera que tanto contrastaba con la pesadez de mi mundo—. El guardia de abajo no quería dejarme subir sin avisar, pero le recordé que los Ferrer no pedimos permiso en nuestra propia casa
—Luca —pronuncié su nombre, dejando el vaso sobre la mesa y permitiéndome una pequeña sonrisa—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en el estudio.
—Me aburrí de las sombras y las luces —respondió, sentándose con total confianza en uno de los sillones de cuero—. Además, mamá llamó tres veces. Dice que la cena de esta noche es obligatoria y que si no te llevaba conmigo, probablemente te quedarías aquí diseñando una nueva forma de conquistar el mundo.
Lo observé en silencio. Su presencia en mi oficina era un recordatorio constante de por qué hacía lo que hacía. Él era el único rastro de pureza en una familia que negociaba con la muerte.
—Hiciste bien en venir —dije, acercándome a él y poniéndole una mano en el hombro, un gesto que jamás permitiría con nadie más—. Pero a partir de mañana, quiero que me avises cuando salgas del estudio. La ciudad está… agitada.
—¿Agitada? —Luca enarcó una ceja, mirándome con esa intuición afilada que a veces olvidaba que compartíamos—. ¿Es por Alessandro? He visto a hombres que no reconozco cerca de la plaza
Mantuve mi mano sobre su hombro un segundo más de lo necesario. Luca no era tonto; podía intentar ignorar el mundo en el que vivíamos, pero la sangre Ferrer también corría por sus venas. Sabía detectar el peligro, aunque prefiriera pintarlo en lugar de enfrentarlo con un arma.
—Solo mantente alerta, Luca. No quiero que camines solo por el distrito de las artes hasta que yo te lo diga —le dije, suavizando el tono pero dejando clara la orden.
Me puse la chaqueta del traje y recogí mi tablet del escritorio. Luca se levantó, sacudiendo una mancha invisible del pantalón con una despreocupación que yo nunca podría permitirme. Salimos del despacho y caminamos hacia el ascensor privado. En el trayecto, las luces de los pasillos se reflejaban en el cristal, dándonos un aspecto casi irreal.
Al bajar al garaje, Dimitri ya tenía la puerta del coche blindado abierta. Luca se deslizó al interior con la soltura de quien ha nacido entre asientos de cuero y cristales reforzados, mientras yo me detenía un instante para hablar con Dimitri a un lado.
—A partir de ahora, tú o Iván estarán en la puerta de su estudio cada vez que él esté dentro —le ordené en un susurro—. Si ven ese coche negro otra vez, no informen. Actúen.
Dimitri asintió con una brevedad profesional. Entré al vehículo y nos alejamos de la torre corporativa, dejando atrás el centro financiero para adentrarnos en las zonas exclusivas de la periferia.
Durante el trayecto, Luca intentó distraerme hablando sobre una nueva técnica de pintura que estaba probando, pero mi mente volvía una y otra vez a la Viper-9 y al informe sobre los Volkov. El contraste entre sus palabras y mis pensamientos era casi doloroso
El coche se detuvo con suavidad frente a la imponente escalinata de mármol. Al bajar, el aire gélido de la noche me obligó a ajustar mi chaqueta, pero la sensación de frialdad desapareció en cuanto las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par.
No fue un guardia quien nos recibió, sino mi madre. Isabella Ferrer salió al vestíbulo con los brazos abiertos, rompiendo toda la rigidez del protocolo de la casa. Su rostro se iluminó al vernos, y esa calidez que siempre la rodeaba logró que mis hombros se relajaran por primera vez en todo el día.
—Mis niños, finalmente están aquí —dijo con esa voz dulce que siempre olía a jazmín y a hogar.
Se acercó primero a Luca, envolviéndolo en un abrazo apretado y besando su mejilla con una ternura que él correspondió con una sonrisa genuina. Luego se giró hacia mí. Sus manos, suaves y cálidas, acunaron mi rostro por un segundo antes de abrazarme. En sus ojos vi ese amor incondicional que siempre me hacía recordar que, antes de ser la jefa de ingeniería de un imperio, era su hija.
—Estás muy tensa, Mina —susurró, acariciando mi cabello—. Entren, la cena estará lista en unos minutos.
—Gracias, mamá. Prometo no tardar —respondí, dándole un beso en la mano.
Ella asintió, pero su mirada se volvió un poco más seria cuando señaló hacia el fondo del pasillo principal.
—Tu padre está en la oficina. No ha salido en toda la tarde y ha pedido verte en cuanto llegaras. Te está esperando, querida. Dice que es importante.
Intercambié una mirada rápida con Luca. Él me dio un apretón suave en el antebrazo, una señal muda de que él se quedaría con mamá mientras yo enfrentaba lo que fuera que Arturo tuviera que decirme.
Luca era la razón por la que yo aceptaba el peso de la corona. A él no le gustaba la violencia; detestaba el olor a pólvora y la frialdad de los negocios familiares. Por eso él no era el heredero. Por eso yo me había convertido en el escudo, en la mente que diseñaba las armas y en la mano que, de ser necesario, las dispararía.
Me di la vuelta y caminé por el pasillo principal. Mis tacones resonaban con una precisión militar contra el suelo. Sabía perfectamente de qué quería hablar mi padre. La fotografía de la camioneta de Alessandro Volkov cerca de Luca era un mensaje que no podía ignorarse.
Alessandro.
Solo pensar en su nombre hacía que mis dedos se cerraran con fuerza. Éramos enemigos naturales, dos polos opuestos en un tablero de ajedrez donde él jugaba con el caos y yo con la precisión. Él representaba todo lo que yo despreciaba: la arrogancia sin fundamento, el desorden y la falta de escrúpulos. Si él creía que Luca era nuestro punto débil, se daría cuenta de que, para mí, era mi mayor fortaleza para destruirlo.
Me detuve frente a la imponente puerta de roble del despacho. Respiré hondo, recuperando la máscara de frialdad que solo mi madre lograba agrietar. No le permitiría a Alessandro Volkov perturbar la paz de mi familia. Si él quería guerra, yo le daría ingeniería.
Llamé a la puerta con dos golpes secos.
—Adelante —la voz profunda de mi padre llegó desde el interior.