Parte I: El jardín de los condenados
Tras la muerte de su madre, Carlos, un joven de 18 años, quedó devastado por el funeral. Mientras los asistentes comenzaban a retirarse, el sacerdote que ofició la ceremonia se acercó a él y lo tocó suavemente del hombro.
—Lamento mucho tu pérdida—dijo con voz grave—. Quizá esto no alivie el dolor, pero hasta donde sé no tienes otro familiar a quien acudir. No sé si te interese trabajar como jardinero en el monasterio donde sirvo, acercarte a Dios tal vez sea la respuesta a tus problemas.
Carlos se encogió de hombros y se limitó a mover la cabeza de arriba abajo. El sacerdote le entregó una pequeña tarjeta con la dirección y, sin decir nada más, Carlos la guardó en el bolsillo.
Los días pasaron y Carlos no dejó de pensar en la oferta de trabajo. Tomaba la tarjeta una y otra vez, revisándola sin cesar, esperando que mágicamente las cosas se resolvieran. Pero sin un rumbo fijo, se preguntaba qué otro camino podría tomar.
Hace rápidamente una maleta pequeña con lo indispensable y, sin estar del todo convencido, toma un camión y se dirige al monasterio.
Durante el trayecto, el cansancio se mezcla con el peso de la pérdida: el recuerdo de su madre vuelve una y otra vez, su voz, su ausencia, el silencio que dejó en casa. Carlos aprieta las manos y mira por la ventana, intentando no quebrarse.
La carretera se hace interminable. Son poco más de diez horas sentado en un camión solitario, donde apenas se escucha el motor y el golpeteo constante de las llantas contra el asfalto. El aire se siente pesado, el tiempo avanza lento, y cada kilómetro parece alejarlo de lo poco que aún reconocía como hogar.
Por suerte, el destino ya está próximo y pronto podrá bajarse, aunque una extraña sensación le oprime el pecho, como si algo le advirtiera que no hay vuelta atrás.
El camión se detuvo justo frente a la enorme edificación. Carlos bajó y se acercó con cautela, golpeando la pesada puerta de madera. Casi de inmediato, los monjes aparecieron y lo recibieron sin decir una sola palabra.
Desorientado, buscó con la mirada a alguien que lo guiara, que le indicara dónde dormiría o por dónde comenzaría a trabajar. Sin embargo, antes de que pudiera preguntar, una puerta se abrió lentamente detrás de él, como si el lugar mismo le señalara dónde debía hospedarse.
Entra al dormitorio y sus fuerzas apenas le alcanzan para dejarse caer sobre el edredón, sin detenerse a observar las condiciones de la habitación.
*******
Cuando la noche ya había caído por completo, Carlos despertó de su larga siesta. El silencio que se sentía dentro del monasterio era profundo, casi pareciendo irreal. Pero Carlos se incorporó con pesadez y comenzó a desempacar sus cosas, acomodando sus pocas pertenencias con movimientos lentos y torpes.
Fue entonces cuando, por accidente, una botella de desodorante se le resbaló de las manos, golpeó el suelo y rodó hasta perderse debajo de la cama. Al inclinarse para recogerla, notó un hueco oculto en la parte inferior del mueble, donde algo llamó su atención.
Al revisar con cuidado, se dio cuenta de que se trataba de un teléfono celular.
Impulsado por la curiosidad, sacó su cargador de la maleta y lo conectó al dispositivo. Cuando el teléfono encendió, comenzó a revisarlo. Por las fotografías y las fechas de las llamadas y mensajes, comprendió que había pertenecido a alguien que, al parecer, había estado en el monasterio hacía más de dos semanas.
Pero un chat llamo particularmente su atención pues este era un mensaje para su mamá que decía:
MAMÁ, ESTE LUGAR ESTÁ POSEÍDO POR EL DIABLO. LOS MONJES NO SON HUMANOS.
POR LAS NOCHES JUEGAN CON LA OUIJA Y HACEN RUIDOS EXTRAÑOS, COMO SI ALGUIEN SUPLICARA.
INTENTÉ AVISAR AL CHICO QUE ESTABA EN LA HABITACIÓN DE AL LADO, PERO CUANDO ENTRÉ A SU CUARTO VI CÓMO SE LO ESTABAN COMIENDO VIVO. NO SÉ CÓMO, PERO UNO DE ELLOS ME MIRÓ. TENÍA TODA LA CARA DEFORMADA Y LA BOCA ABIERTA DE UNA FORMA IMPOSIBLE.
ASUSTADO, ESCAPÉ Y BAJÉ CORRIENDO AL SÓTANO. AL ABRIR LA PUERTA VI AL JARDINERO TENDIDO EN EL SUELO. ME ACERQUÉ Y ENTONCES ENTENDÍ POR QUÉ ME OFRECIERON EL TRABAJO DE JARDINERO. CUANDO LO GIRÉ PARA VERLO BIEN, LO ENTENDÍ TODO, MAMÁ: NO TENÍA CARA. ESTABA DESGARRADA, MALTRATADA, COMO SI HUBIERAN QUERIDO HACERLO SUFRIR LENTO, MUY LENTO.
TENGO MIEDO.
HOY POR LA MAÑANA, CUANDO INTENTÉ ESCAPAR, ME TOMARON DEL BRAZO Y LO TORCIERON HASTA ARRANCÁRMELO. LUEGO LO DEVORARON DELANTE DE MÍ, SIN DECIR UNA SOLA PALABRA.
POR FAVOR, VENGAN A BUSCARME.
Allí se acababa el mensaje.
La pantalla mostraba que nunca había sido enviado; ninguna respuesta, ninguna confirmación. Nadie lo había leído. Su madre jamás supo lo que ocurrió en ese lugar.
Carlos dejó caer el teléfono sobre la cama. Las manos le temblaban y el estómago se le revolvía. El silencio del monasterio se volvió insoportable, como si las paredes estuvieran escuchando. Trató de convencerse de que todo era una broma macabra, un error, algo viejo que no tenía relación con él… pero la sensación de peligro no desaparecía.
Sin embargo, la curiosidad pudo más que el miedo.
Con el corazón golpeándole el pecho, salió del dormitorio y caminó lentamente por el pasillo oscuro hasta llegar a la escalera que descendía al sótano. Cada escalón crujía bajo sus pies, y el aire se volvía más frío y pesado conforme bajaba. Al llegar al final, se detuvo frente a una puerta vieja y maltratada. Dudó un instante… y la abrió.
El olor lo golpeó primero.
Dentro encontró una cama de metal oxidada. Sobre ella yacía un muchacho atado, completamente inmóvil. Al acercarse, Carlos entendió la razón: estaba muerto. Le faltaba un brazo, tenía las cuencas vacías donde antes estuvieron los ojos, y su cuerpo había sido abierto sin piedad, dejando las entrañas expuestas. Las paredes estaban cubiertas de símbolos satánicos, trazados con lo que parecía sangre seca. No había duda alguna: aquel lugar no era un monasterio.
Carlos retrocedió con náuseas, respirando con dificultad. Entonces escuchó voces.
Corrió.
Subió las escaleras y salió al patio central del monasterio, buscando desesperadamente una salida, pero lo que vio lo paralizó. Los monjes estaban reunidos en círculo, iluminados por antorchas. Todos portaban túnicas teñidas de un rojo oscuro, rígidas y manchadas. Frente a ellos, un anciano estaba amarrado, suplicando por piedad.
Uno de aquellos entes demoníacos se acercó lentamente al anciano y soltó un rugido profundo, inhumano, que resonó en todo el patio. El hombre gritó, pero nadie acudió en su ayuda. De entre las manos de la criatura emergió una garra afilada, oscura y retorcida. Sin dudarlo, la hundió en su cabeza y la cercenó de un solo movimiento.
El grito se rompió en un sonido ahogado mientras la sangre brotaba, salpicando el suelo de piedra y apagando parte de las antorchas. El cuerpo cayó pesado, aún convulsionando. Los cánticos se transformaron en gruñidos.
Entonces todos se abalanzaron sobre él.
Manos, dientes y garras se hundieron en la carne caliente. La sangre corría entre las losas del patio formando charcos oscuros, mientras los monjes se desgarraban unos a otros por un pedazo más. El sonido de huesos quebrándose y carne siendo arrancada llenó el aire, mezclado con respiraciones agitadas y risas bajas.
Mientras desgarraba la carne con los dientes, uno de los monjes levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos se clavaron en Carlos. Habia sido descubierto husmeando.
No gritó.
No se detuvo.
Solo sonrió.
Una sonrisa lenta, torcida, imposible. Sin apartar la mirada, inclinó apenas la cabeza, como si estuviera anunciando algo al resto. Los cánticos comenzaron a apagarse, uno por uno, hasta que el silencio se extendió por el patio.
El pánico invadió a Carlos y comenzó a correr por todo el monasterio en busca de un lugar donde pueda estar seguro. Con manos temblorosas sacó su teléfono e intentó llamar a la policía, pero la pantalla devolvió el mismo mensaje una y otra vez: sin señal. Aquel lugar estaba completamente aislado.
Entonces lo recordó.
El teléfono que había encontrado debajo de la cama.
Con el corazón desbocado, abrió el dispositivo. Sus dedos se movían torpes, resbalando sobre la pantalla. No sabía si el mensaje saldría, ni siquiera si alguien llegaría a leerlo, pero era su única oportunidad. Escribió apresuradamente, dirigido a la madre de aquel chico:
SI LOGRA VER ESTE MENSAJE, LLAME A LA POLICÍA.
QUE COMIENCEN UNA BÚSQUEDA.
ESTE MONASTERIO ESTÁ LEJOS, PERDIDO ENTRE LA NADA.
POR FAVOR, INTENTEN ENCONTRARNOS.
Carlos cerró la puerta de golpe y apoyó la espalda contra ella, jadeando, creyendo haber encontrado por fin un lugar seguro.
Entonces lo oyó.
Un leve crujido detrás de él.
No estaba solo.
Antes de que pudiera girarse, una mano fuerte y fría le cubrió la boca. Un golpe seco en la nuca le nubló la vista. El mundo dio vueltas y sus piernas cedieron.
Mientras caía al suelo, alcanzó a ver una túnica roja emergiendo de la oscuridad de la habitación.
Había un monje esperándolo allí desde el principio.
Cuando despertó, un dolor punzante recorría su cuerpo. Intentó moverse, pero no pudo. En cada extremidad lo sujetaban enormes cadenas de acero oxidado, incrustadas en la piedra fría. El aire era pesado y el olor metálico le quemaba la garganta.
Cuando de repente, Carlos escucha abrir la puerta principal y unas pezuñas rozan el suelo...
© 2025 Nael Alexander Rivera Aguirre.
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