Capítulo 1: La preparación de la audiencia de juicio
Parte 1.1 - La Interrupción Inesperada y el Expediente Pendiente
El timbre del teléfono celular irrumpió en el silencio del estudio como un latigazo seco y persistente: ring... ring... ring.
Alejandro levantó la vista del expediente abierto sobre el escritorio, sintiendo un pinchazo de irritación en la nuca que le tensó los hombros. El aire de la habitación estaba quieto, cargado con el olor sutil a papel viejo y tinta de impresora, mezclado con el aroma residual de la madera del mueble que siempre parecía emanar un leve calor terroso.
Contestó con voz baja y cortante, profesional hasta cuando estaba molesto.
—Hola.
—Hola... ¿Pablo?
—No, se equivocó de número, señora!
—Disculpe.
Colgó sin más, dejando que el silencio volviera a caer como una manta pesada. El pulso le latió un segundo más rápido en las sienes, un recordatorio de lo preciado que era cada minuto en noches como esta.
Faltaban pocas horas para el juicio, el lunes a las ocho de la mañana, inexorable, y él necesitaba esa concentración absoluta, esa claridad mental que solo surgía cuando nada lo distraía.
Volvió a inclinar la cabeza sobre los papeles, sintiendo el tacto áspero de las hojas bajo las yemas de los dedos, el peso del expediente como un ancla que lo ataba a la realidad cruda del caso.
Gabriela Borges, de veinticinco años, detenida hacía más de seis meses en la cárcel de mujeres, estaba acusada de haber asesinado a su novio, Juan Carlos, a quien todos llamaban JC.
La versión oficial era fría, implacable: el 2 de febrero, a las 5:30 de la mañana, JC abrió la puerta del departamento en el quinto piso y se encontró con Gaby esperándolo. Sin una palabra, ella le acertó un disparo en el pecho. Muerte casi instantánea. El fiscal lo catalogó como un crimen, mal llamado pasional: celos, la sospecha de una amante que lo mantenía fuera hasta altas horas, supuestamente “trabajando”. Motivación clara, prueba irrefutable: arma con huellas digitales de ella, restos de pólvora en sus manos, y el cuerpo aún caliente cuando llegó la policía. Prisión perpetua segura si no lograba torcer el rumbo.
Pero Gabriela le había confesado algo distinto en las visitas a la cárcel, con voz baja y ojos bajos, como si las palabras le quemaran la garganta. Que sí, lo había planeado. Que sí, lo había matado. Pero que no fue por celos. Quería recuperar su libertad.
Le contó que durante los últimos dos meses de convivencia —esos sesenta días interminables—, JC la había tenido retenida en el departamento como una prisionera invisible.
Posesivo hasta la locura, la controlaba en cada movimiento: no salía sola, no hablaba con nadie sin su permiso. Y lo peor: la había fotografiado y filmado en actos íntimos, desnuda, expuesta en posiciones que ahora le provocaban un nudo de vergüenza en el estómago solo de recordarlo. Videos de ella tocándose, de sexo oral, de penetraciones que al principio habían sido consentidas pero que se volvieron herramienta de chantaje. “Si te vas o le contás a alguien, se lo mando a tu mamá, a tus amigas, a tu familia entera”, le decía él con esa sonrisa que ahora Alejandro imaginaba torcida, dominante. Esas imágenes eran su cadena invisible, su cárcel sin barrotes.
Alejandro sintió un calor sutil subirle por el cuello al pensar en eso, no de excitación, sino más bien era una mezcla de indignación y curiosidad profesional que le erizaba la piel.
“¿Cómo una chica como ella, sin antecedentes, de familia común, había terminado ahí?”, pensaba.
Se recostó un poco en el sillón, sintiendo el cuero crujir bajo su peso, el respaldo amoldándose a su espalda como un abrazo familiar.
El estudio estaba en penumbras, solo iluminado por la lámpara de tulipa verde que derramaba una luz cálida y focal sobre el escritorio, proyectando sombras largas en las paredes. El piso de madera oscura brillaba con un leve olor a cera reciente, y desde la ventana alta se filtraba el rumor distante de la ciudad nocturna: bocinas lejanas, el viento rozando los vidrios.
En ese momento pensó en que sería una buena noche para ordenar el interrogatorio de los testigos y cuando fue a tomar su notebook, el teléfono volvió a sonar: ring... ring... ring.
Esta vez el sonido le provocó un cosquilleo de fastidio más intenso, como si el aparato vibrara contra la madera del escritorio y le transmitiera la interrupción directamente a los nervios. Lo tomó con un gesto brusco, el plástico frío en la palma.
—Hola.
—Hola... ¿Pablo?
—Nuevamente se equivocó de número.
—Disculpe, es que soy psicóloga y me dijeron que la persona que busco estaría teniendo una crisis. No tengo su número actual y me pasaron este como un posible teléfono donde pudiera encontrarlo. Entiéndame, debo ayudarlo.
Alejandro sintió la voz de ella —suave, con un tono profesional pero teñido de urgencia— filtrarse por el auricular como un hilo cálido.
Había algo en esa cadencia, un leve acento neutro pero con esa entonación rioplatense que hacía las vocales más abiertas, que lo obligó a pausar un segundo antes de responder.
—Sí, comprendo lo que dice, pero lamentablemente no soy Pablo. Este es mi número de celular personal. Conmigo no trabaja ni vive ninguna persona con ese nombre. Espero que pueda solucionar el problema. Hasta luego.
—Muchas gracias, disculpe.
Colgó, y esta vez la irritación fue más profunda, un nudo en el estómago que le apretaba como si la distracción hubiera robado un pedazo irreparable de su enfoque.
Alejandro odiaba que lo interrumpieran cuando estaba en plena planificación: la estrategia lo era todo en un juicio oral, no por ego ni por el placer de ganar, sino porque aquí estaba en juego algo irreparable —la libertad de una mujer joven que él, en el fondo, creía inocente. O al menos, no culpable en el sentido que propiciaba el fiscal. Si perdía, Gabriela se pudriría en prisión perpetua, y esa idea le provocaba un vacío frío en el pecho, una responsabilidad que le pesaba como plomo.
Muchas veces se arrepentía de conocer las verdades de sus clientes ya que si no lograba probarlas, no sólo que le quedaba la duda de si había perdido por no haber sido lo suficientemente eficiente para probarla, sino que lo peor es que su cliente pagaría ese supuesto error suyo con la cárcel. Es claro que todos los delincuentes se sienten inocentes, incluso muchos frente a sus propios abogados, pero, una vez que escuchaba sus versiones, sentía había quedado atrapado en esa duda que siempre lo torturaba.
Se levantó del sillón, sintiendo las rodillas crujir levemente por las horas sentado, y caminó unos pasos por el estudio para desentumecerse.
El piso de madera fría bajo las suelas de los zapatos le transmitió una sensación sólida, anclada, mientras el aroma a lustrado reciente se intensificaba con el movimiento. Tal vez un café lo ayudara a recuperar el hilo: ese ritual siempre le despertaba las terminaciones nerviosas, el olor fuerte y amargo actuando como un puente entre el cansancio físico y la agudeza mental.
Eran casi las doce de la noche del viernes, la ciudad afuera un mar de luces parpadeantes visibles desde el piso alto, y él allí, solo con sus fantasmas, pensaba en cómo demostrar que actuó en defensa propia, o al menos bajo los efectos de una emoción violenta que podría atenuarle la pena.
Gabriela no había declarado en indagatoria —consejo del defensor oficial anterior, que, tal vez por vagancia, no movió un dedo—, así que no había pruebas a favor y ni siquiera una versión contraria a la postura del fiscal.
Solo existía la acusación: arma, huellas, pólvora, y cadáver. La hipótesis del fiscal coincidía desgraciadamente con la de la madre de ella: celos por infidelidad.
Pero Alejandro sabía que había más, algo oscuro en el control de JC, en esas grabaciones que la tenían atrapada. Sentía la urgencia como un calor sutil en las venas, la adrenalina de un caso perdido que necesitaba revertir.
El silencio volvió a reinar, pero ahora con un eco sutil de esa voz femenina desconocida, suave y urgente, que se había colado en su noche como una grieta inesperada.