Bellezas Letales

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Summary

En un mundo donde lo paranormal ya no es un secreto, dos vidas cambian para siempre. Elian conoce a una visitante inesperada en su espejo: Nahara, una entidad dulce, torpe y luminosa que comienza a volverse cada vez más real… y cada vez más difícil de dejar atrás. Y no será la única: otras presencias empezarán a manifestarse, cada una tan peligrosa, fascinante y emocional como la anterior. Mientras tanto, Liora firma un contrato creyendo haber encontrado un empleo… y termina bajo la mirada de Saradiel, el demonio más elegante y magnético del mundo. Él la convierte en su asistente —y quizá en algo más— mientras nuevas entidades comienzan a girar a su alrededor, atraídas por ella como polillas al fuego. Entre deseo, ternura, tentación y celos sobrenaturales, todos deberán decidir si huyen del peligro… …o se dejan consumir por él.

Status
Ongoing
Chapters
34
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Contrato (Liora)

Salí del Centro de Becas con la curita todavía fresca en el brazo. El técnico me había dicho que el “dispositivo de acceso sensorial” no dolería más de diez minutos, pero seguía sintiendo un cosquilleo raro, como si algo se acomodara debajo de la piel.

Antes de dejar el lugar, me habían advertido —con esa sonrisa típica de “no te preocupes, seguro no pasa nada”— que era posible experimentar cosas extrañas.

No sabían qué tipo de “extrañas”, ni cuándo, ni por qué.

Solo me dijeron que no me asustara si… bueno, algo raro sucedía alrededor de mí.

Genial. Súper tranquilizante.

Mientras caminaba por la avenida principal, las pantallas gigantes mostraban titulares sobre el tema paranormal:

anomalías visuales,

sombras independientes,

reflejos tardíos.

La ciudad estaba obsesionada con todo eso, y hasta yo empezaba a creer que tal vez había algo de verdad.

Tomé el transporte público. Como siempre, tropecé al subir —porque mi torpeza es parte del ecosistema local— y casi caí encima de un señor. Me disculpé con una voz que ni escuché y me hundí en el asiento más apartado que encontré.

Revisé mi celular:

0 ofertas de trabajo.

0 respuestas a mis correos.

Una imagen que no entendí y una notificación del banco que preferí ignorar.

Suspiré.

Cuando llegué a mi edificio, el elevador seguía descompuesto (otra tradición del lugar) así que subí por las escaleras. Entré a mi apartamento, dejé caer el bolso y puse el sobre de la beca sobre la mesa.

Un recordatorio de por qué me había metido a ese proyecto extraño para empezar.

Encendí el celular. Nada nuevo.

El silencio del lugar me envolvió mientras pensaba si realmente había valido la pena dejar que me inyectaran un dispositivo experimental que podría —según ellos— hacer que algo alrededor de mí se comportara de forma poco normal.

Justo entonces sonó el teléfono.

—¿Liora Hale?

—Sí…

—Llamamos de Aethern Corporation. Recibimos su currículum. Queremos verla hoy para una entrevista. En dos horas. Piso sesenta y seis.

Me quedé mirando la pared un momento.

—¿Está segura de que es mi currículum?

—Correcto, no falte. —Y colgaron.

No recordaba haberlo mandado ahí. Tal vez lo hice cuando envié solicitudes a todos lados en un ataque de desesperación.

Abrí mi armario y miré el único conjunto formal que tenía: falda lápiz, camisa, medias y un saco que me quedaba perfecto… hace varios años.

Ahora:

La camisa estaba a un respiro de estallar.

La falda se subía cuando caminaba.

Una de las medias estaba tan floja que parecía tener vida propia.

Y el saco ni siquiera cerraba.

—Perfecto —murmuré—. Profesionalísima.

Acomodé lo que pude —que no fue mucho— me miré en el espejo, suspiré y agarré mi bolso.

Así salí hacia la entrevista, todavía sin saber si lo primero “extraño” iba a ser el proyecto…

o todo lo que vendría después.

En cuanto salí a la calle, me quedé pensando en Aethern Corp.

¿Qué demonios querría un gigante de telecomunicaciones conmigo?

A duras penas lograba mantener al día mis correos y no tenía idea de cómo funcionaban las redes empresariales sofisticadas. Pero trabajo era trabajo… y si la paga era buena, yo podía aprender a volar si era necesario.

Mientras caminaba, pensé que tenía que avisarle a mi tía. Seguro estaría preocupada; siempre lo estaba. Pero luego imaginé su reacción cuando le dijera que me habían llamado de una empresa tan grande y me dio un ataque fugaz de pánico social. Lo dejé para después.

—Tranquila, Hale… no vas a entrevistarte con el presidente del planeta —me murmuré.



El edificio de Aethern apareció a la distancia como un monolito de cristal.

Cuanto más me acercaba, más pequeña me sentía.

La entrada era tan enorme que parecía tragarse a la gente.

Entré al lobby y todo era blanco. Blanco brillante, blanco pulido, blanco reflectante. Sentí que un ángel podría aparecer en cualquier momento y no desentonar con la decoración.

Yo, en cambio… yo desentonaba. Mucho.

Me acerqué a la recepción tratando de sonar segura de mí misma.

—Ehm… hola. Tengo una entrevista de trabajo.

—¿Nombre?

—Liora Hale.

—Tome asiento, señorita Hale. La anunciaré.

Me senté en una de esas sillas modernas donde no sabes si te estás recargando bien o si vas a caer al vacío en cualquier momento.

La presión seguía en mi pecho. No solo eran nervios… había algo más.

Quizá era el dispositivo que me inyectaron; quizá era mi imaginación.

Unos minutos después, la recepcionista me hizo una seña.

—La están esperando en el piso sesenta y seis, señorita Hale.

No pude evitar una risa irónica.

Claro. Sesenta y seis. Qué apropiado.

Me dirigí a los elevadores, intentando caminar con dignidad… y, por supuesto, tropecé antes de subir. El tirón rompió un poco la media izquierda. La miré con resignación.

—Perfecto —murmuré—. Justo lo que necesito. Primero la camisa amenaza con estallar y ahora parece que voy a coquetear accidentalmente con mi entrevistador.

Me acomodé lo que pude, entré al elevador y presioné el botón con cierto miedo de que se activara un portal al inframundo.

El elevador se abrió con un suspiro metálico. El piso 66 era silencioso, demasiado silencioso. Un escritorio minimalista, una secretaria impecable, y al fondo una puerta oscura cuyo marco parecía absorber la luz.

—El señor Seraine ya la espera —dijo la secretaria, poniéndose de pie para abrirme la puerta.

Respiré hondo y entré.

La oficina era larga y majestuosa, casi teatral. Dominada por tonos oscuros, madera brillante y detalles que gritaban poder. No lujo por vanidad… sino por declaración.

Y al fondo, de espaldas a mí, con la ciudad extendida bajo sus pies, estaba él.

Adrian Seraine.

Solo verlo ahí me dio una punzada en el estómago. El dueño de medio mundo. Una figura que aparecía en noticieros, en portadas, en rumores.

¿Y yo?

Yo apenas podía pagar el transporte.

—Siéntese.

Su voz no fue una orden.

Pero mi cuerpo obedeció igual.

Un escalofrío bajó lento por mi columna.

Me senté con cuidado.

Entonces él se giró.

Y me quedé sin aire.

Cabello plateado, peinado hacia atrás, piel tan impecable que parecía hecha para cámaras de alta definición. Un traje negro perfecto, demasiado perfecto. Pero nada de eso me preparó para lo que vi después.

Sus ojos.

De un dorado puro.

No ámbar.

No miel.

Dorado, como metal fundido.

Parpadeé, incrédula.

—Disculpe, ¿usted… usa lentes de contacto? —pregunté sin pensar.

Sus cejas se alzaron con auténtica sorpresa.

—No. ¿Por qué lo pregunta?

—Es que… nunca había visto ese color. Son… muy poco comunes. Casi… irreales.

Hubo un silencio extraño.

Sus ojos brillaron con una intensidad nueva.

La forma en que me observaba cambió, como si yo hubiera revelado algo sin saberlo.

—Ya veo —respondió, con una voz tan suave como peligrosa.

Entonces reunió su compostura y me examinó de pies a cabeza. Yo sentí el calor en mis mejillas, consciente de mi camisa ajustada y de la media rota.

—No necesitaba traer una media desgarrada para llamar la atención —comentó.

Quise desaparecer.

—Lo siento… fue un accidente. No tenía otro conjunto.

Él no sonrió, pero su expresión se suavizó.

—Revisé los currículums del nuevo personal. El suyo destacó lo suficiente para que quisiera verla en persona.

¿En persona? ¿Yo?

—Necesito hacerle algunas preguntas, señorita Hale.

Asentí, tragando saliva.

—Habilidades generales.

Respondí torpemente: organización, rapidez para aprender, eficiencia… aunque mi voz temblaba porque él no apartaba la mirada de la mía ni un segundo.

—¿Es buena guardando secretos?

—Sí… bastante.

Asintió, satisfecho.

—¿Cuál es su disponibilidad?

—Toda. Llevo un tiempo sin trabajo, así que… puedo adaptarme a lo que se requiera.

Entonces vino una pregunta que no esperaba.

—¿Profesa alguna religión?

Lo miré, confundida.

—No, no realmente. ¿P-por qué…?

—Curiosidad.

Luego:

—¿Cree usted en lo sobrenatural?

Tragué un poco de miedo.

—Últimamente parece más real de lo que pensaba… así que sí, supongo que sí.

Él se levantó. La habitación pareció encogerse.

—Estoy interesado en trabajar con usted —dijo, acercándose con una calma que me tensó los músculos—. Como mi asistente personal.

Mi corazón dio un brinco.

—¿A-asistente personal? ¿Yo? P-perdone, pero… ¿por qué?

Sus ojos dorados parecieron arder un instante.

—Porque hay algo en usted, señorita Hale.

Algo que no puedo ignorar.

Algo… singular.

Una oportunidad rara.

Y quiero saber hasta dónde puede llevarme.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—¿Le interesa el puesto?

No podía respirar.

No podía pensar.

Solo sentir cómo el suelo parecía inclinarse bajo mis pies.

Mis manos estaban húmedas.

No sabía si por los nervios, por la presencia imponente de aquel hombre, o por la forma en que la habitación entera parecía estar observándome.

—Disculpe… antes de aceptar, ¿podría decirme cuáles serían exactamente mis responsabilidades? —pregunté, con una voz más pequeña de lo que quería admitir.

Él se acomodó el saco con una elegancia que me hizo sentir fuera de lugar.

—Acompañarme a donde necesite —respondió con naturalidad—. Mantener mi agenda personal, gestionar reuniones, coordinar traslados, revisar documentos… nada fuera de lo estándar. Aunque —inclinó la cabeza— su criterio será necesario en ocasiones particulares.

Tragué saliva.

—¿Y… la paga?

Su respuesta fue inmediata, como si no representara nada extraordinario.

—Cincuenta mil al mes. Más bonos. Y aumento según desempeño.

Mi cerebro dejó de funcionar un segundo completo.

¿Cincuenta mil?

¿Cincuenta mil?

Eso era… eso era prácticamente lo que alguien ganaba en un año en mis antiguos trabajos.

Sentí cómo la sangre me zumbaba en los oídos.

—¿Por… por qué yo? —pregunté finalmente, porque alguien tenía que decirlo.

—Es decir… hay miles de personas mejor preparadas.

Él no sonrió.

Pero su mirada ardió como un metal recién forjado.

—Ya se lo dije, señorita Hale. Hay algo en usted… algo distinto.

Algo magnético.

—Se detuvo un segundo, como si midiera el peso de sus propias palabras—. Y atractivo.

Quise convertirme en aire.

Sentí mis mejillas estallar en calor, mis piernas apretarse involuntariamente y mi mente gritar ¿qué clase de broma es esta?

Quizá… quizá esto era lo que el centro experimental quiso decir con “cosas extrañas le ocurrirán”.

Respiré hondo para no entrar en pánico.

—Puedo… pensarlo —dije, aunque lo cierto era que no podía. Necesitaba el dinero. No tenía opciones.

Él asintió, cruzó la habitación y sacó de un cajón un objeto que no debería existir en una oficina moderna.

Un contrato.

De papel rojo profundo, las letras negras casi brillando sobre la superficie.

Ominoso era una palabra ligera.

—¿Puedo leerlo antes de firmar? —pregunté, sintiéndome infantil.

—Por supuesto. Eso habla muy bien de usted.

Lo revisé con cuidado.

No decía nada extraño.

Bueno… aparte de un par de cláusulas demasiado específicas, pero nada ilegal.

Mientras lo leía, pensé irónicamente:

Solo falta que esté firmando con el diablo.

“Adrian” me entregó una pluma elegante. Demasiado elegante.

Respiré.

Dudé.

Y firmé.

El aire cambió.

Un calor súbito recorrió mi brazo, el papel vibró…

y el contrato se encendió en llamas azuladas, consumiéndose ante mis ojos.

Solté un grito ahogado.

—Perfecto —dijo él, como si eso fuera lo más normal del mundo.

Yo retrocedí un paso, temblando, sin saber si debía correr o sentarme o cerrar los ojos y fingir demencia.

—Dígame, señorita Hale… —su voz fue suave, como un cuchillo envuelto en terciopelo—, ¿de qué color diría usted que son mis ojos?

Parpadeé.

—D-Dorados.

Él respondió sin tardanza:

—Interesante. Porque mis ojos son café.

Me quedé helada.

—¿P-perdón?

—Eso era lo que necesitaba saber. —Sus pupilas brillaron como si ocultaran fuego—. Usted es especial. Muy pocas personas perciben mi verdadera naturaleza.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿A… qué se refiere? ¿Y… y por qué el papel… se quemó?

Él dio un paso hacia la luz tenue y algo en su silueta cambió. Se estiró, se amplificó. Su sombra se volvió más alta, más afilada. Casi… monstruosa.

—Permítame presentarme con sinceridad, señorita Hale.

He tenido muchos nombres a lo largo de los siglos.

El Tentador.

El Intermediario.

El que susurra.

Pero el que prefiero es…

Se inclinó apenas.

Una reverencia perfecta.

—Saradiel.

Sentí que mi corazón cayó al piso.

—¿E-Eso es… una broma? —pregunté con una voz que no parecía la mía.

—Ojalá lo fuera. Desafortunadamente para usted, no. —Sus ojos brillaron peligrosamente—. Y no, no me ha vendido su alma. Ese ritual es bastante más complicado.

Sonrió con un filo suave.

—Realmente solo quiero que sea mi asistente. Y quién sabe… quizá incluso disfrute trabajar conmigo.

Mi mente estaba partida entre pánico, incredulidad, fascinación… y un extraño impulso de reír.

Porque sí.

Esto debía ser lo que el centro experimental quiso decir con “cosas extrañas”.

Muy… extrañas.

Yo seguía procesando el fuego azul del contrato cuando sentí su presencia acercarse de nuevo. No era ruido; era la forma en que el aire cambiaba cuando él decidía acercarse. Como si algo antiguo e inexplicable me envolviera.

—Tengo muchas… muchas preguntas —dije al fin, abrazando mis propios brazos para no temblar.

Saradiel sonrió apenas. Esa clase de sonrisa que no muestra dientes, pero sí intención.

Un depredador amable.

—Me imagino —respondió—. Y podría contestarlas todas.

Me levanté de la silla casi sin pensar.

Quería respuestas.

Y él lo sabía.

—Entonces… —tragué saliva—. ¿Qué es exactamente usted? ¿Cómo se supone que funcione esto? ¿Por qué yo? ¿Qué está pasando conmigo?

Mis palabras cayeron una encima de otra, torpes, urgentes, demasiado honestas.

Él dio un paso hacia mí.

No tocó nada, pero su cercanía tenía peso.

Mi piel reaccionó antes que mi mente.

—Si le respondiera todo hoy… no volvería mañana —mur­muró.

Sentí mi respiración trabarse.

No empujaba.

No imponía.

Solo dejaba el vacío entre respuesta y pregunta, para que yo misma quisiera llenarlo.

—Eso no… eso no tiene sentido —dije, intentando recuperar dignidad.

—Tiene todo el sentido —corrigió él, tono suave, voz baja, piel casi iluminada por esa luz dorada de sus ojos—. Usted va a volver porque quiere entender. No porque yo lo exija.

Me odié un poco por sentir que tenía razón.

Él se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz rozara mi oído.

—Y créame, Liora… —susurró— aún no ha visto nada.

Mi estómago dio un vuelco tan fuerte que tuve que dar un paso atrás.

No me tocó.

Pero sentí como si lo hubiera hecho.

—N-no sé si esto sea una buena idea… —logré decir.

—Por eso funciona —respondió él—. Las buenas ideas nunca cambian la vida de nadie.

Miré al suelo, intentando ordenar mis pensamientos, cuando él extendió su mano hacia la puerza.

—Mañana iremos a comprar su nueva ropa de trabajo —anunció—. Si va a caminar a mi lado, debe vestir como corresponde. Y quiero elegirlo con usted.

Mi corazón casi se salió por la garganta.

¿Por qué sonaba tan íntimo?

¿Por qué me afectaba tanto?

—¿Y si digo que no? —pregunté, sin mirarlo.

—Entonces no voy a obligarla —respondió, firme pero cálido—. Una asistente mía debe tener voluntad… no obediencia ciega.

Alcé la mirada.

Saradiel me estaba observando como si yo fuera una pregunta sin resolver.

—Pero si dice que sí —añadió, despacio—. Prometo que encontrará cosas que jamás imaginó ponerse.

Me ardieron las mejillas.

Él lo notó.

Por supuesto que lo notó.

Y no dijo nada.

No presionó.

Solo me permitió sentirme expuesta… sin sentirme insegura.

—Lo pensaré —mentí, porque ya sabía la respuesta.

Él asintió, satisfecho de una forma peligrosa.

—La llevaré al lobby —dijo—. No es prudente que salga sola después de lo que pasó hoy.

Se ofreció a caminar conmigo, pero dejó espacio.

Un gesto simbólico.

La distancia exacta para que yo fuera la que acortara el camino si lo deseaba.

No lo hice.

Pero pensé en hacerlo.

Ese fue su triunfo.

Al llegar al edificio de apartamentos, él no bajó del auto.

Solo se inclinó un poco para verme mejor.

—Descanse, Liora. Mañana será un día largo.

—¿A qué hora…?

—Yo la contactaré.

Otra no-respuesta que me hizo querer una respuesta.

Asentí torpemente y salí.

Mis manos temblaban cuando abrí la puerta de mi departamento.

Cerré con seguro, me apoyé en la pared y respiré hondo.

El sobre de la beca seguía en la mesa.

Aún olía a tinta elástica y a limpieza.

Mi vida hace doce horas era… normal.

Ahora no estaba segura de qué era yo.

Solo sabía que el aire alrededor de mí parecía distinto.

Más pesado.

Más eléctrico.

Me dejé caer en la cama sin cambiarme siquiera.

Apenas apoyé la cabeza sobre la almohada, mi cuerpo cedió.

Y antes de dormir, la última imagen que vi fue la luz dorada de sus ojos.

Y cómo me miraban.