EL CANTO DE LA CENIZA.
No sé quién inventó eso de que el mundo se jodió de un día para otro.
Mentira.
El mundo se vino abajo de a pocos, como un perro lleno de gusanos que todavía intenta mover la cola.
En mi aldea decían que todo empezó cuando el sol dejó de calentar.
Otros decían que fue cuando las sombras empezaron a moverse sin que nadie las pisara.
No importa.
Para cuando yo nací, ya estábamos todos condenados.
Vivimos en las Tierras Grises, pero no son grises por el clima.
Son grises porque todo lo demás ya se pudrió.
El trigo crece con manchas negras,
el agua sabe a hierro,
los niños nacen llorando más fuerte de lo normal.
Y la gente… bueno, la gente dejó de mirar hacia arriba,
porque nada bueno baja del cielo.
Aquí mandan los templos, no los reyes.
La fe, la llaman.
Yo la llamo miedo con sotana.
Cuando los Luminaria llegan a la aldea, nadie pregunta nada.
Si preguntas, te marcan.
Y si te marcan, no vivís para contarlo.
Dicen que buscan mantener el “equilibrio”.
Lo único que equilibran es la cantidad de cadáveres que van dejando atrás.
Peor son los Serafistas.
Si ves a uno, corré.
Y si no podés correr… pedí que te maten rápido.
Les gusta jugar.
Clavos, cuerdas, fuego… todo lo vuelven ceremonia.
Pero incluso esos malditos tiemblan cuando hablan del Abismo.
La oscuridad que respira debajo de todo,
la grieta que parió monstruos, Sombras… y errores.
Uno de esos errores anda por ahí.
Un muchacho flaco, con ojos raros.
Dicen que no es humano del todo.
Dicen que tiene luz adentro.
Dicen que tiene sombra también.
Y aunque nadie lo diga en voz alta, todos saben la verdad:
El mundo está tan jodido…
que si ese chico sigue vivo,
es porque el Abismo quiere ver qué tan bajo podemos caer antes de rompernos.
Yo no sé si él salvará algo, o si lo terminará de quemar.
Solo sé esto:
Cuando lo veas pasar, no reces.
No grites.
No te acerques.
Porque si el mundo está hecho mierda…
él es la prueba viviente.