Crisol [Spanish]

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Summary

Hay límites que, una vez cruzados, te dejan una marca que ni el tiempo puede borrar. Por eso, para sobrevivir en este nuevo mundo, debes depender de algo más profundo que la suerte: la fe y, a veces, renunciar a tu propia inocencia. Para Marco, el objetivo es simple: debe mantener a la oscuridad fuera de su casa, aunque eso signifique retenerla con su propio cuerpo. Hace años, la realidad se fracturó; lo que antes nos definía como humanos se volvió difuso, y la sociedad, aterrada por la nueva realidad, aprendió a medir el valor de una persona no por quién es, sino por cuánto dolor es capaz de soportar sobre sus hombros, porque hoy, cada quien carga su propia condena, mientras vigila de reojo a su vecino, temiendo que lo "diferente" que habita en él sea contagioso. Así que Marco camina sobre esa cuerda floja de estar atrapado en una rutina que lo desgasta y en un entorno que lo asfixia. Crisol: es una historia sobre lo que hacemos para proteger a los nuestros, incluso cuando nuestro propio cuerpo se vuelve contra nosotros. Sobre la familia que elegimos, la que perdemos y la que nos persigue en los sueños más extraños.

Genre
Fantasy
Author
Gomedra
Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El mundo cambió al amanecer de un día cualquiera.

Todo empezó en el desierto de Sonora; los radares del Comando Norte estadounidense detectaron una anomalía a las 05:47 a.m. En una zona muerta del desierto, este era un lugar tan vacío que ni siquiera los satélites lo vigilaban de cerca. El convoy del 4.º Regimiento fue enviado a investigar y lo primero que notaron, fue el silencio.

Los motores de sus vehículos se apagaron sin motivo. Las radios se llenaron de estática. Hasta el viento dejó de soplar, como si el aire se hubiera vuelto denso y entonces la vieron: una esfera negra, de exactamente dos metros de diámetro, flotando a medio metro del suelo desértico. Esta esfera absorbía todo rastro de luz a su alrededor, como si fuera un agujero negro, y no emitía calor ni sonidos. Era como si alguien hubiera cortado un pedazo del espacio exterior y lo hubiera dejado ahí.

Algo que todos notaron fue que sentían una inexplicable necesidad de acercarse a la esfera y tocarla, pero lograron resistirse e informar a sus superiores. El sargento Emerson, contra todo protocolo, no pudo aguantar más y se acercó a la esfera. Las cámaras de su casco captaron cómo extendió la mano enguantada y dijo. ”Parece... frío“, fueron sus últimas palabras.

El guante se desintegró al instante; luego, su piel, sus músculos y finalmente, sus huesos se volvieron partículas que flotaban hacia la esfera como polvo de hierro, atraídas por un imán. El proceso duró 4,3 segundos. Lo que quedó de Emerson no fue un cadáver, sino una estructura cristalina que los patólogos luego describirían como “cristal de hueso”.

Ante la muerte de su amigo y sargento, el pánico y la desesperación estallaron de inmediato. Los soldados abrieron fuego sin saber qué más hacer, pero al instante notaron que las balas no rebotaron ni penetraron: simplemente fue como si dejaran de existir al contacto, trataron de destruirla con explosivos, pero la explosión fue absorbida sin dejar ningún daño aparente, horas después y de muchos intentos fallidos por destruirla, el Pentágono declaró el área como una zona de exclusión aérea de 200 km y para entonces, ya habían llegado los científicos.

El equipo del Proyecto ARIEL, especializado en las anomalías, de inmediato instaló sensores a 500 metros de la esfera, pero no detectó radiación, campos electromagnéticos ni emisiones térmicas. Solo una ausencia: minutos después, los instrumentos que apuntaban directamente al objeto registraron casi cero absoluto en la capa exterior de la esfera, pero el aire circundante mantenía la temperatura ambiente. La física fallaba y esta era una anomalía imposible de explicar en la física actual. A las 07:47 a.m., la esfera se movió por primera vez, no se desplazó, sino que cambió de posición instantáneamente, de un lugar a otro, ahora flotando a 3 metros sobre el convoy abandonado, y fue entonces cuando empezaron los efectos secundarios de la exposición prolongada a la esfera.

Los soldados que habían estado a menos de 50 metros de distancia desarrollaron síntomas en 72 horas. La piel de su antebrazo derecho se oscureció y aparecieron parches negros irregulares, comenzando por las palmas de las manos hasta llegar al antebrazo. Cuando esos parches (las primeras marcas) alcanzaron el tamaño de una moneda de mil pesos, los afectados reportaron tener sueños recurrentes: en ellos veían un lugar que no conocían, poblado por criaturas que no tenían una anatomía como la que conocían.

El personal médico que los atendió fue puesto en cuarentena. Demasiado tarde.

24 horas después de la primera marca, el laboratorio móvil del Proyecto ARIEL se convirtió en una zona de guerra biológica. Los diecisiete soldados expuestos mostraban ahora patrones idénticos: manchas negras que se extendían desde sus palmas hasta sus antebrazos, formando estructuras geométricas que los escáneres no podían penetrar. El cabo Martínez fue el caso más avanzado. Su marca ya cubría el 60% de su brazo izquierdo, y cuando los médicos intentaron tomar una muestra, la aguja se dobló contra su piel como si hubiera chocado contra el acero.

La doctora Eleonor Shaw fue testigo del primer contagio secundario. La enfermera Anderson, al limpiarle el sudor de la frente a Martínez, rozó por accidente su marca. En menos de una hora, su dedo índice comenzó a oscurecerse y, al final de su turno, el patrón ya se había replicado en su mano.

“No es un virus”, anotó la doctora Shaw en su informe. “Es una reprogramación celular que se transmite mediante un contacto físico directo con el tejido afectado”.

Mientras tanto, en la sala de cuarentena, los soldados marcados empezaron a hablar de lo mismo: de sus sueños recurrentes sobre un lugar que no podían describir con palabras.

—No es un lugar en específico—murmuraba el soldado Ríos, con los ojos inyectados de sangre. —Es como... una grieta. Una herida en el mundo, y dentro de ella hay cosas que nos miran...

A las 120 horas post-exposición, llegó el primer cambio físico observable. Martínez desarrolló la capacidad de regenerar su tejido a una velocidad acelerada. Cuando Shaw le hizo un corte de 5 cm en el brazo no marcado, la herida se cerró en 37 segundos. Pero el precio fue evidente: por cada cicatrización, su marca creció un centímetro más.

5 días después, el Pentágono autorizó el traslado de los afectados a una instalación de nivel 4 en Nevada. Nunca llegaron. A mitad del vuelo, la marca de Martínez se activó por primera vez y las cámaras del avión captaron cómo el patrón negro se extendió por todo su cuerpo en cuestión de segundos, transformándolo en algo que ya no era humano. Cuando el C-17 se estrelló en el desierto de Mojave, los equipos de recuperación encontraron el fuselaje intacto... pero vacío. Solo quedaban montículos de cristal negro donde habían estado sentados los pasajeros.

Mientras tanto, en Yakarta, un pescador analfabeto llamado Heri Kusuma se convirtió en el primer caso civil confirmado. Su video, grabado por vecinos, mostraba cómo su brazo derecho se transformaba en una masa de filamentos metálicos que reaccionaba a la luz solar y antes de que las autoridades pudieran silenciarlo, el clip había sido visto 47 millones de veces.

Para cuando el presidente de los Estados Unidos apareció en televisión nacional para anunciar “medidas de contención”, ya había 143 casos confirmados en tres continentes. La esfera había vuelto a desaparecer... y reapareció en medio de un arrozal en Indonesia; él arrozal se convirtió en un cementerio en cuestión de horas, todos los agricultores que tocaron la esfera desarrollaron marcas en cuestión de minutos, no días. Esta vez, el proceso era más rápido y más violento; un hombre de sesenta años gritó mientras los huesos de sus brazos se retorcían bajo la piel, transformándose en un exoesqueleto de color ébano. Su nieto, de solo ocho años, cayó convulsionando mientras sus pupilas se dilataban hasta cubrir todo el globo ocular, volviéndose en un par de espejos que reflejaban algo que no estaba allí.

El gobierno indonesio respondió con sus armas, pero no sirvió de nada. Los soldados que dispararon contra los marcados no entendieron lo que sucedió después. Sus armas se fundieron en sus manos; la munición se detonó en los cargadores y quienes tocaron la sangre de los infectados pronto descubrieron que su propia piel comenzaba a oscurecerse en los mismos patrones geométricos.

Al final de la semana, Yakarta estaba en llamas.

En Bruselas, la OTAN debatía en secreto el uso de armamento táctico nuclear; en Moscú, el Kremlin ordenó el cierre de todas las fronteras terrestres. En Washington, el presidente firmó la Orden Ejecutiva 1369, que autorizaba la“neutralización inmediata de cualquier individuo marcado”, pero al final nada funcionó.

Los marcados no morían como deberían.

Un bombero en São Paulo, atrapado en medio de un incendio, emergió tres días después con el 90% de su cuerpo carbonizado... y completamente funcional. Su piel se había vuelto negra y resistente al calor, como lava solidificada, cuando los equipos de rescate intentaron trasladarlo, uno de ellos rozó su brazo. segundos después, ese hombre también estaba cambiando.

En un laboratorio de alta seguridad en Alemania, los científicos descubrieron algo aterrador: las marcas evolucionan.

El primer sujeto de prueba, un exsoldado llamado Johann Kraus, había desarrollado la capacidad de exudar un líquido negro que disolvía el acero, pero cuando intentaron contenerlo, su marca reaccionó y los patrones en su piel se reconfiguraron solos, como si estuvieran aprendiendo. Cuando lo sedaron, ya era demasiado tarde. Su cuerpo había comenzado a descomponerse y regenerarse al mismo tiempo; era un ciclo interminable de muerte y renacimiento celular que lo mantenía consciente.

—¡Duele!—gritaba Johann mientras su carne burbujeaba. —¡Nunca deja de doler!—

Para el final del mes, las marcas ya no eran solo un problema médico, eran económicas, eran políticas. Era el fin del mundo tal y como lo conocían.

En los mercados negros de Manila, se vendían viales de sangre infectada por medio millón de dólares la dosis, en las favelas de Río, pandillas enteras, se inyectaban fluidos extraídos de cadáveres infectados, esperando obtener poderes. En Siberia, un pueblo entero desapareció después de que un niño de seis años soñara por primera vez con “la grieta”... y despertara con la capacidad de disolver la materia orgánica.

Las marcas habían evolucionado tanto que ya no necesitaban contacto físico para propagarse. Algunos simplemente... aparecían. Como el caso de la bebé en un hospital de Toronto, que nació con un patrón negro en forma de espiral en el pecho, o el anciano en Madrid, que despertó de un coma de diez años con los ojos completamente negros y la capacidad de predecir desastres naturales con un 100% de precisión.

Este fenómeno fue nombrado “CRISOL” y seguía apareciendo y desapareciendo por todo el mundo, dejando tras de sí caos, muerte y algo mucho peor: el miedo a lo desconocido; la humanidad había cruzado un umbral del que no había retorno.

Pero lo más aterrador ya no era el Crisol. Era lo que había traído consigo y que ahora caminaba entre ellos...

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