EL COLECCIONISTA DE MUERTOS

All Rights Reserved ©

Summary

No todos los asesinos necesitan armas. El Dr. Vincent Laurent es una figura de prestigio y autoridad, un hombre cuya inteligencia solo es superada por su falta de empatía. Desde su impecable consultorio, no busca sanar a las mujeres que confían en él; busca destruirlas. Él no dispara ni apuñala, pero sus actos fabrican muertos: almas rotas, vidas arruinadas, mentes empujadas al límite de la locura y el suicidio. Esta es una crónica de la crueldad disfrazada de profesionalismo. Un thriller psicológico oscuro e incómodo que explora cómo el poder sin ética puede convertirse en la herramienta de destrucción más letal. Porque hay personas que no matan cuerpos, pero se deleitan coleccionando almas destrozadas.

Status
Complete
Chapters
24
Rating
4.5 2 reviews
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: EL HOMBRE QUE SABÍA ESCUCHAR

El consultorio del doctor Laurent olía a papel viejo y a un perfume cítrico, tan sutil que parecía parte del aire. Era un espacio diseñado para anular el ruido del mundo exterior. Las paredes, de un gris pálido, no ofrecían distracciones. Vincent Laurent sabía que el vacío invita a la confesión.

Sentado detrás del escritorio de roble, con las manos cruzadas y la espalda perfectamente recta, dejaba que Clara hablara. Ella se retorcía un pañuelo de seda entre los dedos, deshaciendo los hilos. Lloraba en silencio, con esa vergüenza típica de quien siente que su tristeza es un estorbo para los demás.

—Perdón… de verdad, no sé qué me pasa. Siento que le estoy quitando el tiempo —murmuró ella, bajando la cabeza.

Él no la interrumpió. No hizo el gesto mecánico de alcanzarle un pañuelo; eso habría cortado el flujo del llanto, y él necesitaba que ella se vaciara. La observó como un entomólogo observa el movimiento de un ala rota. Midió la frecuencia de sus sollozos y la dilatación de sus pupilas.

—No tiene por qué disculparse —dijo al fin, con una voz que era como un sedante—. El dolor necesita salir. Si no sale, se pudre por dentro.

Clara levantó la mirada, sorprendida. Sus ojos, enrojecidos y cansados, buscaron algo en el rostro del médico. Vincent mantuvo una expresión de neutralidad compasiva, una máscara que había perfeccionado durante años. Nadie le había dicho eso antes. En su casa, el dolor era "histerismo"; en su trabajo, era "falta de rendimiento". Aquí, por primera vez, el dolor era un derecho.

Sabía que ese momento era la piedra fundacional. No ofreció una solución rápida ni recetó una pastilla milagrosa. Eso habría sido un error de principiante. Lo que Clara buscaba no era alivio químico, sino validación existencial.

Ella habló de su soledad, de un matrimonio que se había convertido en un contrato de silencios compartidos, de la sensación asfixante de ser invisible. Mientras tanto, él anotaba frases sueltas en una libreta de cuero negro. No eran notas clínicas reales. Escribía palabras como "Grieta parental", "Necesidad de espejo", "Umbral de culpa bajo". Pero para Clara, cada movimiento de la pluma era una prueba de que sus palabras, por fin, tenían peso.

—Usted es mucho más fuerte de lo que cree, Clara —dijo Laurent, inclinándose apenas hacia adelante, lo justo para invadir su espacio personal sin que ella se sintiera amenazada—. Pero está cansada. Y cuando una persona brillante está cansada, necesita un lugar seguro donde dejar de pelear.

Clara asintió con un fervor casi religioso. Sintió una descarga de gratitud que le subió por el pecho, una calidez que no sentía en años. Era el alivio de quien cree haber encontrado a un salvador. El médico notó el brillo húmedo en los ojos de la mujer. Ese brillo era el anzuelo clavándose en el tejido blando.

—Podemos vernos con más frecuencia —agregó él, bajando aún más el tono, volviéndolo una confidencia—. No quiero que atraviese este proceso sola.

No era una promesa de amor, era algo mucho más peligroso: una oferta de pertenencia.

Cuando ella salió del consultorio, caminaba de otra manera, con los hilos de su voluntad ya enredados en los dedos de Vincent. Él esperó a escuchar que la puerta principal se cerrara antes de levantarse. No sonrió. El placer que sentía no era emocional, era intelectual. Se acercó a la ventana y la observó caminar por la acera, tan pequeña, tan manejable.

Abrió su libreta y, al final de la página, escribió una sola palabra en letras mayúsculas, subrayándola con firmeza:

DEPENDIENTE.

No sentía lástima, solo sentía la satisfacción del artesano que acaba de recibir un bloque de arcilla fresca. Sabía perfectamente cómo terminaría esa historia. Todas sus obras terminaban igual. Pero el comienzo siempre era la parte más exquisita.

Porque no hay nada más poderoso que una persona rota creyendo que, por fin, alguien ha decidido repararla.


📝 Muchas gracias por darle una oportunidad a este primer encuentro. "El Coleccionista de Muertos" es una exploración sobre cómo la palabra justa puede ser más letal que cualquier arma. Si este comienzo logró inquietarte, tu ❤️ y tu seguimiento son fundamentales para que la colección de Vincent Laurent siga creciendo.

Nos vemos en la próxima sesión.

Soledad