Prologo
ANTES DEL NOMBRE
Nadie recuerda cómo nació el mundo.
No hubo un primer amanecer ni una palabra fundadora. No existe un creador con rostro ni un relato único que explique el origen de todas las cosas. Solo quedan fragmentos: piedra erosionada, contratos imposibles de leer y nombres que ya no significan nada.
Los registros más antiguos hablan de dos razas primigenias: ángeles y demonios.
No eran enemigos.
Compartían territorios, conocimiento y propósito. Donde unos veían orden, los otros veían cambio. Donde unos imponían forma, los otros aceptaban la mutación. Juntos aprendieron, juntos discutieron, juntos avanzaron.
Fue esa curiosidad compartida la que los llevó a tocar aquello que nunca debió ser tocado.
Lo llamaron el Umbral.
No era un lugar ni un objeto, sino una frontera: la línea invisible entre lo que existe y lo que podría existir. El Umbral respondía a quienes se acercaban a él, concediendo dones a cambio de sacrificios.
Los primeros contratos fueron simples.
Alas a cambio de manos.
Fuego a cambio de sentidos.
Fuerza a cambio de años de vida.
Los demonios observaron... y se apartaron. Comprendieron que todo poder obtenido del Umbral dejaba una grieta imposible de cerrar.
Los ángeles, en cambio, avanzaron.
Cuanto más obtenían, más deseaban. El Umbral ya no era suficiente. Querían crear, corregir, superar los límites del mundo. De sus intentos nacieron aberraciones: ogros, duendes, criaturas incapaces de razonar, condenadas a existir sin propósito.
Hasta que, finalmente, lo lograron.
Crearon a los humanos.
Seres frágiles, mortales, pero capaces de aprender. Capaces de elegir. Capaces de desear.
Los siglos pasaron, y los humanos heredaron algo que los ángeles nunca previeron: el afán.
Ese afán encendió la primera gran guerra.
Un asentamiento demoníaco fue atacado sin provocación. Los humanos saquearon, violaron y mataron, no por necesidad, sino por ambición y mera curiosidad. Los demonios exigieron lo inevitable: la destrucción de aquella creación.
Los ángeles se negaron.
Defendieron a los humanos aun viendo en ellos el reflejo de sus propios errores.
La guerra no tuvo vencedor.
Solo ruinas.
Con el tiempo, las casas se alzaron, las alianzas se sellaron y el odio se volvió ley. Cuando estalló la segunda guerra, ya no hubo lugar para la duda ni para la compasión.
Se decretó el genocidio demoníaco.
No hubo juicios.
No hubo excepciones.
Los más parecidos a ellos -los Xiom- fueron condenados a algo peor que la muerte: la esclavitud, su pecado, llevar sangre demoniaca en sus venas.
El mundo siguió adelante convencido de haber hecho lo correcto.
Pero el Umbral nunca olvida.
Y los contratos...
siempre cobran su precio.