Los Que Aprendieron A Quedarse by Zombie Pepper’s at Inkitt
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Los que aprendieron a quedarse

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Summary

Después de la catástrofe, la humanidad aprendió a convivir con los que regresaron distintos. No atacan. No gritan. No recuerdan. Jessica trabaja registrándolos, convencida de que el proceso de reintegración es la única forma de seguir adelante. Hasta el día en que uno de ellos le pide que no lo haga. Porque volver no siempre significa salvarse.

Status
Complete
Chapters
33
Rating
n/a
Age Rating
18+

Registro

La primera vez que vi a uno de ellos fue en el metro, a las 6:47 de la mañana.

No estaba perdido. No parecía confundido. No pedía ayuda.

Solo estaba ahí, de pie, con el cuerpo perfectamente quieto, como si alguien lo hubiera colocado en ese lugar y luego se hubiera ido.

La gente pasaba a su lado sin mirarlo. Algunos esquivaban su sombra como quien rodea una columna. Otros ni siquiera cambiaban el paso. Era como si el cerebro les hubiera instalado una instrucción automática:

No lo registres.

No lo mires.

No lo conviertas en real.

Yo lo miré.

Tenía unos treinta años, tal vez menos. Pelo oscuro, ropa limpia, manos relajadas a los costados. Los ojos abiertos, fijos en un punto que no existía.

La estación olía a metal, café barato y humedad. Las pantallas anunciaban retrasos. Un bebé lloraba a dos pasos. Una pareja discutía en voz baja. La ciudad entera sonaba… humana.

Él no.

A su alrededor, el aire parecía más frío. No por temperatura, sino por ausencia.

Saqué mi tarjeta de identificación del bolsillo sin pensarlo. Un reflejo profesional.

Unidad de Observación y Registro – Programa de Reintegración.

Mi foto. Mi nombre. Un holograma cansado que brillaba como si mi vida pudiera resumirse en un sello.

Había elegido este trabajo por una razón simple: me daba la ilusión de que estaba reparando algo. De que el mundo no se había roto del todo; solo había cambiado de forma.

En la capacitación nos lo repetían:

—No son peligrosos.

—No son contagiosos.

—No son “muertos”.

—Son recuperados.

A veces también decían:

—Son el precio de seguir aquí.

El hombre no se movió cuando me acerqué.

—Buenos días —probé, como si la cortesía pudiera abrir una puerta.

Nada.

Me coloqué a su lado, lo suficiente cerca para ver el pulso en su cuello. Latía. Regular. Tranquilo.

La piel tenía color. No había heridas visibles. No había olor extraño, ni señales de violencia. No era un caso de calle.

Solo una persona que no estaba.

Mi mano dudó antes de tocarle el brazo. Estaba tibio. Real.

—¿Me escucha? —pregunté, más bajo.

Sus ojos parpadearon una sola vez.

Eso fue todo.

El protocolo decía que no debíamos intervenir a menos que hubiera riesgo: desorientación severa, agresión, colapso físico. El protocolo también decía que debíamos reportar cualquier evento no registrado.

Yo ya estaba construyendo el informe en la cabeza:

Varón, 25–35, episodio de desconexión, estación Berri-UQAM, sin riesgo inmediato…

Y entonces, sin mover los labios, sin cambiar la expresión, él habló.

No fue una voz normal. Fue una frase que apareció en el aire, como si hubiera salido desde el fondo del pecho y no desde la boca.

—No lo hagas.

Me quedé inmóvil.

Miré su cara. No había emoción. Ninguna. Ni miedo, ni rabia, ni súplica. Pero el mensaje era claro, dirigido a mí, exacto.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Él parpadeó de nuevo. Lentísimo. Como si el acto de cerrar los ojos fuera un esfuerzo deliberado.

—No me regreses.

Un escalofrío me subió por la columna. No había una razón lógica para sentirlo, y aun así mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

—¿Me conoce? —dije.

No hubo respuesta.

La gente seguía pasando. Un adolescente con audífonos casi me empujó. Una mujer arrastró una maleta que golpeó el suelo con un sonido seco. Nadie reaccionó a lo que acababa de ocurrir.

Nadie había escuchado.

O lo habían escuchado y habían decidido no oír.

Mi pulgar presionó el botón de grabación de mi dispositivo oficial. La pantalla se encendió con mi código. Un pequeño punto rojo comenzó a parpadear.

—Necesito su nombre —dije, ahora con voz de trabajo, intentando agarrarme de algo firme.

Él giró la cabeza apenas. Milímetros. Lo suficiente para que, por primera vez, me mirara directo.

—Ya te lo di.

Se me secó la boca.

No le había pedido el mío.

No se lo había dicho.

Y aun si alguien se lo hubiera mencionado antes, los recuperados no hacían eso.

No conectaban.

No sostenían conversaciones con sentido.

No respondían con intención.

—¿A qué se refiere con “regresarte”? —susurré.

Él no respondió.

Solo levantó la mano.

Y señaló detrás de mí.

Me giré, esperando ver a un supervisor, un dron de seguridad, una cámara.

Vi a una mujer caminando hacia nosotros con paso firme, carpeta en mano, uniforme gris.

La reconocí por la placa en el pecho y por la forma en que el resto de la gente abría camino sin darse cuenta.

Unidad de Contención.

Y en la portada de su carpeta vi mi apellido impreso en grande, como si fuera un expediente.

Ella me miró directo.

Sonrió como quien ya sabe el final.

—Jessica —dijo—. Ya lo encontraste.

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