Capítulo 1 "EL JARDÍN DE LAS ALMAS OLVIDADAS"

La nueva era empezó, los hijos de Noé tuvieron hijos e hijas y formaron tribus, estas se convirtieron en asentamientos y los asentamientos en ciudades. Los años transcurrían y el infierno se llenaba de almas perversas que en vida cometieron destrozos. Los caídos estaban libres y se transformaban en falsas deidades para llevar a la humanidad a adorar falsos dioses y a cometer delitos que el Creador aborrecía. Como el sacrificio a los niños, los cuales siempre eran vulnerables; aquellos después de muerto no podían gozar del paraíso porque su destino era vivir en el limbo.
Su ubicación estaba en la región fronteriza del infierno, aquí no existía el fuego y peor el sufrimiento. Solo reinaba el silencio. Un lugar montañoso, rocoso, lleno de grandes árboles los cuales eran protectores de los recién| nacidos que a temprana edad morían convirtiéndose en mariposas brillantes. El brillo de su inocencia se expandía por todas partes que parecían estrellas fugaces.
Cuando mi presencia invadía este paisaje, las aguas turbias de un lago feroz y misterioso me daban la bienvenida de forma pacífica. Un anciano me esperaba en un viejo bote de madera listo para bogar a lo desconocido y poder yo escribir el siguiente mito:
Emprendiendo el viaje contemplaba el paisaje viendo volar mariposas brillantes que en vida fueron bebés recién nacidos muriendo al nacer, no por causa natural si no por sacrifico a un dios pagano cuya deidad era Moloch Baal. Recuerdo mucho a este falso dios desde sus inicios…Un querubín que fue leal a Lucifer en la batalla contra el cielo; atormentado por ser un demonio, Satanás lo convirtió en principado.
Se obsesionó por alcanzar la gloria y obtener el poder divino para satisfacer sus necesidades. Los cananeos invocaban su nombre llamándole amo y señor como también fuego purificador. Su grandeza creció, su avaricia aumentó, los fenicios lo consideraban una religión. Este principado tenía la forma de un musculoso cuerpo humano con cabeza de becerro. Los siervos le hacían cultos y alimentaban su terror, honrándolo con una estatua de bronce que estaba hueca: Tenía la figura de Moloch con la boca abierta y los brazos extendidos con las manos juntas y las palmas hacia arriba, dispuesto a recibir su holocausto. ¡Qué locura!
Los adoradores segados depositaban a sus bebés en el supuesto fuego bendito que ardía dentro de la estatua de Moloch Baal, llamas que eran imparables. Eso era profanar el nombre de Elohim.
Él detesta, aborrece todo aquel que es partícipe de ese pecado. Entonces me llamó: –Azrael, eliminaré a los pueblos que cayeron en la profanación y dieron de sacrificio a sus hijos a un falso y detestable dios. ¡Eres la muerte! ¡Eres mi ley! Es por eso que debes castigar. Aquellas palabras me llevaron a tomar la decisión de enfrentarme al mal; esto ya no debía continuar, entonces visité Canaán:
Me convertí por primera vez en humano que al llegar a la tierra de los cananeos me presentaría como el profeta de Jehová, aquel que creó a Moloch Baal, aquel que estaba hastiado de la inmoralidad sexual, el paganismo y sobre todo el sacrificio de niños.
Vestía una larga túnica café que me bajaba hasta los tobillos siendo atada a mi cintura por una faja de tela. Mis sandalias eran hechas de correa, cadenillas de oro y lentejuelas, mi turbante estaba suelto cubriéndome la cabeza.
De piel canela y barba recia, de ojos negros y pelo oscuro, medía un metro sesenta y siete. En mi mano derecha tenía un antiguo bastón, el cual era el mismo poder de Dios. Lo golpeé contra el suelo originando un pequeño temblor que provocó una conmoción a dicho pueblo.
De un momento a otro el sol desaparece y las nubes negras toman el control dándole orden al viento para que soplara con furia. Caminé hacia sus altares que al llegar me encuentro con algo espeluznante: Un bebé en los brazos de aquella estatua repugnante. Corrí para salvarlo de una muerte horripilante.
Fue una tristeza llegar tarde, el recién nacido fue consumido por el fuego infernal de Moloch Baal. ¡Qué impotencia! ¡Qué desesperación! No pude salvarlo, mi coraje aumentaba, el odio acrecentaba, la ira me absorbía y mi furia estallaba. Salí enfurecido en busca de los culpables. Primero fui al centro de la calle llamando la atención de los habitantes para darles el último mensaje… –Estoy aquí por órdenes del Creador, el Padre de los falsos dioses, el que todo lo ve, el que todo lo sabe; Elohim está en todas partes... Serán invadidos por el pueblo de Dios y morirán bajo la ira de ÉL.
Mientras tanto destruiré estos altares y la muerte vendrá por ustedes al ser culpables de estos aborrecibles pecados. Al decir estas palabras todos se atormentaban, gritaban invocando a su divinidad, clamaban hasta llorar, pero nunca le pidieron perdón a Jehová. Entonces las paredes de ese templo se partieron y las estatuas de bronce se destruyeron.
Sucediendo todo esto los hebreos a Canaan invadieron para tomar posesión de su herencia que el Creador le había prometido a Abraham. La tierra de leche y miel. Al terminar la guerra castigué a todas las almas que en vida sacrificaron a sus hijos recién nacidos.