Prólogo: El Invierno del Olvido
Era una noche cualquiera… o eso quise creer durante mucho tiempo. El frío de diciembre golpeaba las ventanas con insistencia, como si algo afuera buscara entrar. Dentro de la casa, sin embargo, el calor de la cena de Navidad y las luces temblorosas del árbol nos daban la falsa sensación de estar a salvo. Mi hermano Jacob reía por algún comentario de Mía. Su risa llenaba la cocina, franca, viva. Era una de esas noches que parecen destinadas a ser recordadas solo por su calma. Mía me miró entonces. Tenía esa sonrisa cansada, dulce, la de quien ha sobrevivido al día solo para llegar a casa. —Ethan, lleva a Rose a dormir. Ya es tarde. Subí las escaleras con mi hija en brazos. El piso crujía bajo mis pasos. La acosté en su cuna y, por un instante, me quedé observándola. Su respiración era lenta, ajena al mundo. Pensé —con una ingenuidad que hoy me avergüenza— que nada malo podía tocar algo tan puro. Deseé que el tiempo se detuviera ahí. No lo hizo. Al bajar, un trueno sacudió la casa. Las luces parpadearon… y murieron. La oscuridad fue absoluta.Entonces la escuché. Una risa femenina, aguda, demasiado serena para pertenecer a alguien vivo. Después, el grito de Mía. Sentí cómo el corazón me estallaba en el pecho. Corrí hacia la cocina. Jacob ya estaba allí, sosteniendo una lámpara de mano con manos temblorosas. Su rostro, iluminado desde abajo, no parecía humano: era puro terror. La luz reveló a Mía tirada en el suelo. Pálida. Inmóvil. Dos pequeños puntos rojos manaban sangre de su cuello. —¿Qué mierda pasó? —gritó Jacob. No pude responder. El llanto de Rose, desde el piso de arriba, atravesó el aire como un cuchillo. Subimos las escaleras de dos en dos. Al entrar al cuarto, el aire era distinto: olía a humedad, a moho… y a flores muertas. Una mujer alta, vestida de negro, estaba junto a la cuna. Su piel era demasiado blanca. Su sonrisa no era cruel. Era paciente. Sostenía a Rose en brazos. —Me llevaré a la nena —susurró, como si fuera una promesa antigua. Intenté moverme. No pude. Mis pies pesaban como plomo, como si la sombra misma me sujetara al suelo. Jacob gritó y se lanzó hacia ella, pero ya era tarde. La mujer inclinó la cabeza, divertida, y su cuerpo se deshizo en una nube de moscas negras que escapó por la ventana rota, llevándose a mi hija con ella. No hubo tiempo para llorar. Solo para correr. Subimos al coche con la adrenalina quemándonos las venas. Yo conducía sin pensar, la carretera congelada brillando bajo los faros. No sabía a dónde iba. Solo sabía que debía recuperarla. Entonces algo golpeó el chasis.No fue un animal. No fue un accidente. Fue una masa de pelaje, garras y furia que no pertenecía a este mundo. El coche dio vueltas, el metal gritó, y el cielo y la tierra se confundieron. El impacto apagó todo. Mientras la oscuridad me tragaba, entendí una sola cosa: Aquella noche no había sido el final. Había sido el principio de la pesadilla.