CAPÍTULO 1-El sonido de algo que esta quebrandose
Londres amaneció con una llovizna fina, de esas que parecen caricias frías en la piel.
Eran las siete y veinte de la mañana un viernes 25 de abril, y yo ya estaba cansada.
A mis 15 años ya estaba cansada antes de empezar el día, cansada de pensar, cansada de sentir cosas que no entiendo y que ojalá pudiera apagar como una lámpara.
Caminaba por Notting Hill(barrio cosmopolita y pintoresco del oeste en Londres) con la misma ruta de siempre, pero todo se sentía distinto.
El cielo estaba gris, sí, pero no ese gris suave de otoño; era un gris pesado, un techo que parecía venirse abajo.
El viento movía mi bufanda y me hacía cerrar los ojos cada tanto.
Me gustaba fingir que cerrarlos servía para borrar algo. Pero no. Lo que duele sigue ahí cuando los abrís.
Apreté los auriculares en mis oídos, aunque no tenía música puesta. Últimamente los uso para que nadie me hable. Para no tener que fingir que estoy bien cuando no sé si estoy rota o solo doblada.
La acera estaba llena de hojas húmedas que se me pegaban a los zapatos. Pasé frente al café de la esquina, “ Cafeteria Plus Gossip”, donde Oliver y yo solíamos pasar horas.
Él pedía siempre lo mismo: capuccino con dos sobres de azúcar, aunque juraba que le gustaba amargo.
Yo pedía chocolate caliente porque, según él, “era demasiado niña, por dentro, para el café”.
Ahí nos reíamos de todo, incluso de cosas que no tenían gracia y nos poniamos al tanto con algunos chismes.
Ahora no puedo ni mirar adentro sin sentir un golpe en el pecho.
Seguí caminando con los hombros tensos.
Cada mañana, sin querer, espero verlo doblar la esquina como antes… para caminar conmigo, para contarme algo estúpido, para preguntarme si soñé raro…
Pero desde su confesión, desde el momento en que me dijo “Delfi, creo que me enamoré de vos”, nada volvió a ser lo mismo.
Y yo… yo no respondí como una amiga.
No respondí como nada.
Me quedé quieta, como si mis palabras se hubieran ido a meter debajo de una sombra para no volver.
Desde ese día, Oliver dejó de caminar conmigo.
Y yo dejé de ser alguien que él reconociera.
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Cuando llegué al colegio , el “Nacel”, un edificio moderno con puerta enorme de vidrio, la puerta estaba entreabierta.
Había estudiantes entrando, riéndose, hablando de cosas que ya no entiendo: tareas, exámenes, dramas pequeños. Qué suerte tener problemas así.
Entonces lo vi.
Era el.
Oliver…
Estaba apoyado contra una columna afuera del liceo, con las manos en los bolsillos de su buzo azul oscuro y el pelo un poco mojado por la lluvia. Se veía diferente. No de cara, sino de presencia. Como si hubiera crecido en una noche, como si hubiera decidido dejar de ser el chico que me esperaba en la esquina todas las mañanas.
Me miró.
Fue un segundo.
Un segundo que me quemó como si tuviera el corazón cerca de la piel.
Antes, cuando nuestras miradas se cruzaban, me sonreía con esa sonrisa que parecía hecha especialmente para tranquilizarme.
Hoy, sus ojos pasaron por los míos como quien mira un recuerdo que no quiere tocar.
—Hola, Delfi—dijo, su voz más baja de lo normal.
Tragué saliva, intentando que mi voz no empiece a temblar.
—Hola…
El silencio entre nosotros fue largo. Pesado.
Él no dio un paso hacia mí, pero tampoco se fue.
Y eso fue lo más confuso de todo.
Oliver respiró hondo, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.
Yo bajé la mirada al piso, donde el agua hacía un pequeño charco alrededor de mis botas.
Al final, él solo se acomodó la mochila en el hombro.
Y entró.
Sin más.
Se fue caminando pasillo adentro mientras yo me quedé afuera sintiendo que algo se rompía un poquito más.
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Dentro del edificio, el olor a libros húmedos y calefacción me dio esa mezcla rara de nostalgia y tristeza.
Las paredes estaban llenas de carteles viejos de actividades y frases motivadoras que nunca funcionan. “La vida parece imposible, hasta que está hecho”.
Ojalá supiera cuál versión mía es la correcta.
O si hay alguna que no moleste a los demás.
Subí las escaleras con los pasos lentos, como si mis piernas fueran más pesadas que mis pensamientos. Mientras caminaba, el sonido del teléfono vibrando contra mi muslo me detuvo.
Mensaje de mamá:
> “Madison. Hoy no vuelvas tarde. Tenemos que hablar.”
Sentí el estómago caer.
Ese “tenemos que hablar” significaba gritos. Significaba puertas cerrándose fuerte. Significaba que papá o mamá iban a decir cosas que yo finjo no oír.
Significaba que yo iba a encerrarme en mi cuarto con el mismo nudo en la garganta que nunca termina de desatarse.
Guardé el celular, como si guardarlo sirviera para guardar también el miedo.
No funcionó.
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Cuando entré al salón, Yazmin levantó la vista enseguida.
Ella siempre nota todo.
Es el tipo de amiga que mira tus ojos medio segundo y sabe si lloraste, aunque hayas limpiado bien las mejillas.
—Parecés cansada —murmuró mientras me hacía espacio a su lado.
—No dormí mucho —intenté sonar tranquila aunque yo misma me mentía.
Yazmin me miró con esa mezcla de cariño y sospecha.
Tiene ojos que perforan mentiras, y yo últimamente soy casi pura mentira.
—¿Otra vez ruido en tu casa? —preguntó.
Me quedé quieta, bajé la mirada a mi cuaderno vacío.
—No sé —susurré, qué es lo más parecido a una respuesta sincera que puedo dar.
Mientras la profesora empezaba la clase de física, mi mente no estaba ahí.
Mis ojos iban directo a la cuarta fila, al costado de la ventana.
Donde estaba sentado Oliver.
Él tenía la cabeza inclinada hacia su cuaderno, el perfil serio, las manos quietas.
Antes garabateaba corazones y rayitas cuando se aburría.
Hoy no.
Hoy parecía dibujar distancia.
Sentí un pinchazo en el pecho, un dolor chiquito pero constante.
Un “te extraño” que no sé si tengo derecho a sentir.
Porque a lo mejor…
tal vez Oliver ya aprendió a vivir sin mí.
Y lo peor, lo absolutamente peor, es que a veces pienso que eso sería lo mejor para él.
No para mí.
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El profesor seguía hablando, pero sus palabras eran ruidos de fondo.
Todo en mí estaba puesto en otra cosa:
En cómo Oliver me había mirado como si yo fuera una puerta cerrada.
En el mensaje de mi madre que todavía vibraba en mi mente.
Yazmin suspirando al lado mío, tratando de entender qué se me estaba escapando entre los dedos.
Y en una verdad que no quería admitir:
Algo en mi vida estaba empezando a quebrarse.
Muy despacio, como cuando una grieta aparece en un vidrio.
Primero casi no la ves.
Hasta que un día, sin aviso, el vidrio entero se hizo pedazos.
Y yo…
yo no sé si voy a tener suficientes manos para sostener todo lo que se me viene.