PRÓLOGO
Hay historias que eligen a sus protagonistas, aunque estos no lo sepan. Historias que esperan, pacientemente, a que alguien abra sus páginas para comenzar a respirar. Algunas susurran entre las estanterías polvorientas de una librería olvidada; otras viajan de mano en mano, ocultas entre las páginas de un periódico o en el reflejo de una pantalla. Y algunas, las más peligrosas, se esconden en el ruido de la ciudad, en los túneles donde la luz apenas llega, en la mirada de un extraño que se demora un segundo más de lo debido. Esas historias nacen de la mente de cada persona. Se escriben solas, en silencio, con miedos, recuerdos y suposiciones. Crecen sin pedir permiso. Pero lo verdaderamente aterrador no es quien las imagina, sino comprender que, por mucho que alguien actúe para cambiarlas, hay finales que se imponen solos.
La vida y el mundo bullen con pasos que se cruzan sin tocarse, con voces que se pierden en el eco de lo cotidiano. Cada día, bajo ojo analítico, cientos de personas suben y bajan del metro sin hablarse entre ellos y sin preguntarse quién los observa, quién las recuerda cuando ya han desaparecido entre la multitud. Pero siempre hay alguien mirando. Siempre hay alguien que escucha. Y cuando esa mirada se posa en la persona equivocada, lo cotidiano se rompe, la rutina se convierte en una jaula y el miedo empieza a respirar en la nuca de quien pensaba estar a salvo.
Hay historias que no necesitan ser contadas para existir. Se deslizan bajo la piel, se incrustan en la mente, y cuando menos lo esperas, sus capítulos comienzan a hacerse realidad en el papel y en la conciencia de sus protagonistas.
Porque no todas las historias nacen para ser leídas. Algunas son trampas. Algunas se escriben con nombres reales. Y algunas, las peores, no terminan hasta que el lector comprende que ya no es un simple lector.
Es un personaje.
Y la historia apenas ha comenzado.








