Capítulo 1 - Llegada al paraíso colonial
Ana bajó del autobús turístico en la terminal de Antigua con una mochila al hombro y el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Tenía veintidós años recién cumplidos, el pelo castaño recogido en una coleta desordenada y una sonrisa que todavía conservaba algo de la inocencia de quien acaba de dejar atrás la universidad en Madrid. Había ahorrado durante dos años para este viaje: un mes entero sola en Guatemala, empezando por la ciudad colonial que tanto había visto en fotos de Instagram. Quería desconectar, respirar aire limpio, olvidar el ruido de la ciudad y, sobre todo, olvidar a su ex.
El sol de la tarde caía suave sobre las calles empedradas, tiñendo de dorado los muros amarillos y rosados de las casas coloniales. El aire olía a café recién molido, a flores de bugambilia y a un leve toque de humo de leña que salía de alguna cocina cercana. Ana se detuvo un segundo en la entrada de la terminal, respiró hondo y sacó el móvil para hacerse una foto rápida: ella con el Volcán de Agua de fondo, sonriendo como si el mundo entero fuera suyo por primera vez.
Caminó las pocas cuadras hasta el hostal que había reservado: una casa colonial convertida en alojamiento, con patio interior lleno de macetas y una fuente que gorgoteaba suavemente. La recepcionista, una mujer de unos cincuenta años con sonrisa maternal, le entregó la llave de la habitación 7 y le recomendó probar el chocolate caliente de la cafetería de enfrente antes de que se pusiera el sol.
—Bienvenida a Antigua, mi reina —le dijo—. Aquí todo es bonito… hasta que te acostumbras.
Ana rio, pensando que era una frase turística más. Subió las escaleras de madera crujiente, abrió la puerta de su habitación y dejó caer la mochila sobre la cama. Era pequeña pero acogedora: paredes blancas con vigas de madera expuestas, una ventana con rejas coloniales que daba a un callejón tranquilo y una hamaca en el balcón diminuto. Se tiró en la cama un momento, mirando el techo, y sintió por primera vez en meses que podía respirar sin que le doliera el pecho.
Después de una ducha rápida se cambió: jeans rotos, camiseta blanca, zapatillas gastadas y una chaqueta ligera por si refrescaba por la noche. Bajó a la calle con la cámara del móvil lista. Caminó sin rumbo fijo, perdiéndose entre las ruinas de iglesias derrumbadas por terremotos antiguos, admirando los arcos perfectos de La Merced, las fuentes secas en plazas diminutas, los vendedores ambulantes que ofrecían jade y textiles con colores imposibles.
En una esquina, frente a una tiendita de artesanías, se detuvo a mirar unas máscaras de madera talladas a mano. Eran caras sonrientes, grotescas, con ojos vacíos que parecían seguirla. Mientras pasaba los dedos por una de ellas, oyó una voz a su espalda.
—¿Te gustan las máscaras?
Ana se giró. El chico que le hablaba tenía veinticuatro años, pelo negro algo largo que le caía sobre la frente, ojos oscuros y una sonrisa torcida que parecía genuina. Llevaba una camiseta gris desteñida, jeans y unas sandalias de cuero gastadas. En la mano derecha sostenía un pincel con restos de pintura roja.
—Soy Axel —dijo, extendiendo la mano libre—. Trabajo aquí al lado, en el taller de mi tío. Hago tallas y restauraciones.
Ana le estrechó la mano. La tenía cálida, callosa, con manchas de pintura seca en los nudillos.
—Ana —respondió ella—. Acabo de llegar hoy. Todo esto es… increíble.
Axel asintió, mirando alrededor como si viera la ciudad por primera vez.
—Antigua tiene eso. Al principio te enamora. Después… bueno, ya verás.
Se rio bajito, como si hubiera un chiste privado. Ana sintió un cosquilleo leve en el estómago, pero lo atribuyó al hambre. No había comido desde el aeropuerto.
—¿Quieres que te recomiende un lugar para comer algo rico y barato? —preguntó él, señalando con la cabeza hacia una calle lateral—. Nada turístico. Comida de verdad.
Ana dudó un segundo. Viajar sola le había enseñado a ser cautelosa, pero Axel parecía inofensivo: solo un chico local con pintura en las manos y una sonrisa fácil. Además, tenía hambre.
—Vale —dijo al fin—. Pero solo si me dices cuál es el mejor chocolate caliente de Antigua.
Axel sonrió más amplio.
—Ese lo tengo yo en el taller. Ven, te invito.
Caminaron juntos por la calle empedrada. El sol empezaba a bajar y las sombras se alargaban entre las fachadas coloniales. Ana hablaba de España, de la universidad, de lo que había dejado atrás. Axel escuchaba, asentía, hacía preguntas precisas. De vez en cuando la miraba un poco más de lo necesario, pero ella lo achacó al interés normal de alguien que conoce a una extranjera guapa.
Llegaron al taller: una puerta de madera vieja con un letrero pintado a mano que decía “TALLER – RESTAURACIÓN Y TALLA”. Dentro olía a madera fresca, barniz y algo metálico que Ana no identificó. Sobre una mesa había varias máscaras a medio tallar, algunas con expresiones de dolor congelado.
Axel encendió una hornilla pequeña y puso una olla con leche y cacao.
—Mientras se calienta, ¿quieres ver algo especial?
Sacó de un cajón una pieza pequeña: una marioneta de madera diminuta, con brazos y piernas articuladas por hilos finos. Los ojos eran dos cuentas negras que parecían brillar bajo la luz tenue.
—Es una de mis favoritas —dijo, moviendo los hilos para que la marioneta bailara—. La hice pensando en alguien que no puede escapar de sí misma.
Ana se acercó, fascinada.
—Es preciosa… pero da un poco de miedo.
Axel la miró fijamente, la sonrisa todavía en los labios.
—A veces lo bonito da miedo, Ana.
Ella rio nerviosa, sin saber por qué el comentario le había puesto la piel de gallina.
El chocolate llegó humeante en dos tazas de barro. Bebieron sentados en unas sillas bajas. Hablaron de viajes, de música, de lo que cada uno odiaba de su vida. Axel le contó que había crecido en Antigua, que su madre se había ido cuando él tenía diez años y que desde entonces vivía con su tío. Parecía sincero. Dolido, pero sincero.
Cuando salió del taller ya era de noche. Las calles estaban iluminadas por faroles tenues y el aire se había enfriado. Axel la acompañó hasta la puerta del hostal.
—Gracias por el chocolate —dijo Ana—. Y por la compañía.
Él se encogió de hombros.
—Cuando quieras volver, aquí estoy. Antigua es bonita… pero se disfruta más con alguien que conoce los secretos.
Se despidieron con un abrazo breve. Ana subió a su habitación, se tiró en la cama y sonrió al techo. Pensó que el viaje empezaba bien. Muy bien.
No se dio cuenta de que, desde la ventana de enfrente, una silueta la observaba en silencio. Axel, con la marioneta pequeña todavía en el bolsillo, movía los hilos con los dedos mientras sus ojos seguían la luz que se apagaba en la habitación de ella.
El primer día había terminado.
Y los hilos ya empezaban a tejerse.