Sfumato

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Summary

Una novela sobre el deseo, las elecciones y las vidas que construimos por obligación Valentina Ortiz lo tiene todo: un matrimonio respetable con Gabriel, el abogado perfecto; un hijo de cinco años; una carrera como profesora de Historia del Arte; y un segundo bebé en camino. Pero desde hace cinco años, su verdadera vida transcurre en el departamento luminoso de Lucía, la fotógrafa que conoció en una galería de arte y que despertó en ella una pasión que nunca experimentó con su esposo. Entre la casa impecable de Carrasco y el caos creativo del estudio de Lucía, Valentina navega una doble existencia cada vez más insostenible. Mientras Gabriel duerme con su hijo y finge no notar las llegadas tardías, y Lucía prepara su partida a Barcelona por tres meses, Valentina enfrenta la pregunta que ha evitado durante años: ¿puede seguir viviendo una vida elegida por otros mientras su corazón pertenece a alguien más? Una historia íntima sobre los amores clandestinos, las jaulas doradas y el precio de las decisiones que tomamos por miedo a decepcionar.

Genre
Lgbtq
Author
Mirindant
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Ayer

La tarde cae en el departamento de Lucía, el sol dibuja rectángulos dorados sobre el piso de madera clara. Valentina observa las motas de polvo suspendidas en esos haces de luz mientras acaricia distraídamente su vientre de cinco meses. Desde el sillón de lino beige podía ver toda la sala: las paredes blancas repletas de fotografías sin marco, algunas pegadas directamente con cinta adhesiva, otras apoyadas contra el zócalo esperando turno. Había cámaras antiguas sobre repisas flotantes, libros apilados en columnas irregulares, y esa mesa de trabajo siempre cubierta de papeles, negativos y tazas de café a medio terminar.

- ¿Querés agua?- preguntó Lucía desde la cocina americana, su voz rasposa como siempre después de fumar.

- Sí, gracias.

Valentina se acomoda el vestido negro, uno de esos diseños sencillos que realzan su figura delgada y alargan sus piernas. Se había recogido el pelo oscuro en un rodete bajo, algunos mechones sueltos enmarcando su rostro. Los labios los lleva con apenas un toque de color nude. Elegante sin esfuerzo, aunque hoy se siente cansada. O triste. O las dos cosas.

Lucía apareció con dos vasos. Lleva unos pantalones cargo color arena demasiado grandes para ella y una camisa blanca de hombre arremangada. Descalza, el pelo castaño tirando a rubio cayéndole desordenado hasta los hombros, los pómulos marcados dándole ese aire andrógino que tanto atraía las miradas en cualquier lugar donde entrara.

- ¿Cómo estuvo la universidad hoy?- preguntó mientras se deja caer en el sillón junto a Valentina, estirando sus largas piernas sobre la mesa ratona de vidrio.

- Agotador. Los chicos de tercer año no entienden que Caravaggio no es solo “el tipo que pintaba oscuro”. Tuve que explicar el concepto de tenebrismo tres veces.

Lucía sonrió de costado, esa sonrisa suya que era más una mueca divertida.

- Pobres. No todos tenemos tu capacidad de ver arte en todo.

- O tu capacidad de capturarlo.

Se quedaron en silencio. Valentina bebió su agua despacio. Los ojos marrones, grandes y expresivos, se perdieron nuevamente en los ventanales. La luz comenzaba a volverse más dorada, ese momento del día que Lucía llamaba “la hora mágica” y que aprovechaba para fotografiar obsesivamente cualquier cosa.

- ¿Cuándo te vas a Barcelona?- preguntó Valentina sin mirarla.

- En dos semanas. Te lo dije el martes.

- Lo sé. Solo quería confirmarlo.

Lucía la estudió con esa mirada suya de fotógrafa, como si estuviera componiendo un encuadre. Valentina lo sintió pero no giró la cabeza.

- Valentina...

- No, está bien. Es tu trabajo. Lo entiendo.

- Es una residencia de tres meses. Ya hablamos de esto.

- Ya lo sé, Lucía. Ya lo sé.

El silencio se volvió denso. Valentina finalmente la miró. Se sostuvieron la mirada varios segundos, ese tipo de intercambio cargado de todo lo que no se decían. Cinco años juntas y todavía había conversaciones que esquivaban.

- ¿Te acordás del día que nos conocimos?- preguntó Valentina de repente, con una sonrisa pequeña que suavizó la tensión.

Lucía exhaló y recostó la cabeza contra el respaldo.

- Punta Carretas. Aquella galería minúscula con pretensiones europeas.

- Tenía tragaluz. Y las paredes blancas más blancas que he visto en mi vida.

- Cegadoras- coincidió Lucía- todo era blanco y luz. Parecía un set fotográfico.

- Vos eras parte de la exposición.

- Yo era la única mujer que exponía- corrigió Lucía- cinco tipos y yo. Típico.

Valentina sonrió más ampliamente ahora, la tristeza retrocediendo momentáneamente.

- Llevabas exactamente la misma ropa que hoy, muy parecida. Pantalones gigantes y camisa blanca.

- Es mi uniforme, sencillo para no pensar, los que han hecho cosas grandes o dinero hacen eso- Lucía larga una carcajada. Por supuesto el tono es irónico.

- Y yo fui con Joaquín.

La galería era un espacio largo y angosto en una esquina del barrio, con enormes ventanales que daban a una calle arbolada. La luz fría inundaba cada rincón, rebotando en las paredes inmaculadas y el piso de cemento pulido. Había una mesa larga con vino blanco y quesos, gente vestida estratégicamente casual deambulando entre las fotografías con sus tote bag. Valentina recordaba haber entrado del brazo de Joaquín, su amigo desde la facultad, quien exponía una serie sobre arquitectura brutalista.

- Joaquín estaba insoportable ese día- recordó Valentina- hablando de ángulos y perspectivas con cualquiera que le prestara atención.

- Yo estaba junto a mi serie- continuó Lucía, entrando en el recuerdo- esas fotografías de manos. ¿Te acordás?

- Manos de trabajadores. Manos manchadas, agrietadas, vivas.

- Me pasé seis meses fotografiando manos en mercados, construcciones, talleres.

Valentina cerró los ojos, recreando la escena.

Había estado mirando las fotografías de Joaquín por cortesía cuando sus ojos se desviaron hacia la pared del fondo. Allí estaban: veinte fotografías en blanco y negro de manos. Solo manos. Pero cada una contaba una historia completa. Se acercó sin pensarlo, olvidándose de Joaquín y su monólogo. Las manos de un carnicero. Las de una pianista. Las de un albañil. Las de una anciana sosteniendo un rosario.

- Yo estaba parada al lado- dijo Lucía en voz baja- observándote observar.

- Lo sé. Lo sentí.

- Pasaste como diez minutos frente a la fotografía del pescador.

- Tenía las manos más hermosas que he visto. Todas esas cicatrices, las uñas rotas, los nudillos hinchados. Era como un mapa.

Valentina había girado finalmente y ahí estaba Lucía. Alta, desgarbada, con esa camisa blanca que parecía flotarle sobre el cuerpo y esos ojos claros estudiándola sin disimulo.

- Hola- había dicho Lucía.

- Son extraordinarias- había respondido Valentina, señalando las fotografías.

- Gracias. Aunque “extraordinarias” me parece mucho. Son solo manos.

- Nada es “solo” nada. Cada imagen es una vida entera condensada.

Lucía había sonreído entonces, esa misma sonrisa de medio lado.

- ¿Sos artista?

- Profesora de historia del arte. En la universidad de Bellas Artes.

- Ah. Entonces tu opinión vale doblemente.

- O no vale nada porque estoy condicionada académicamente.

Se habían reído. Una risa fácil, cómoda. Como si se conocieran de antes.

- Te vi entrar con el arquitecto- había comentado Lucía con tono pomposo.

- Joaquín. Es amigo. Y su trabajo es bueno aunque él sea pretencioso.

- Todos los artistas somos pretenciosos. Es parte del oficio.

- ¿Vos también?

Lucía se había encogido de hombros.

- Yo solo tomo fotos. No me considero artista. Soy más bien una documentalista con criterio estético.

- Eso es lo más pretencioso que he escuchado hoy.

Otra risa compartida. Valentina recordaba haberse sentido liviana de repente, como si ese encuentro fuera algo necesario que no sabía que estaba esperando.

- ¿Querés que te invite un vino?- preguntó Lucía- el de la galería es horrible pero conozco un bar a dos cuadras.

Valentina miró hacia donde estaba Joaquín, todavía hablando animadamente con un grupo.

- Ni se va a dar cuenta de que te fuiste- dijo Lucía, leyéndole el pensamiento.

- Dale- contestó Valentina sonriendo acompañando a Lucía en la huida.

Ya en la calle, Punta Carretas tiene ese aire residencial, con árboles frondosos proyectando sombras móviles sobre las veredas, edificios bajos de los años cincuenta con balcones de hierro forjado, casas con arcadas y media arcadas, Bello & Reboratti se anunciaban como constructores, en muchas puertas. Caminaron despacio, sin apuro.

- ¿Viajas mucho?- preguntó Valentina, había notando una mochila grande apoyada contra la pared en la galería que obviamente era de Lucía.

- Todo lo que puedo. Acabo de volver de Chile. Estuve fotografiando el Atacama.

- ¿El desierto?

- El cielo sobre el desierto. Es el lugar con menos contaminación lumínica del continente. Las estrellas se ven como en ningún otro lado.

Valentina había escuchado el entusiasmo genuino en su voz. Lucía se transformaba cuando hablaba de viajes, de lugares, de luz.

- Yo apenas salgo de Montevideo- confesó Valentina- mi vida es la universidad, mi casa, alguna actividad ocasional.

- ¿Te gusta?

- ¿El qué?

- Esa vida tan contenida.

Valentina tarda en responder.

- No lo sé. Supongo que es cómoda. Segura.

- Segura es otra palabra para aburrida.

- O para estable.

Lucía la había mirado de reojo, evaluándola.

- Vos no parecés alguien que necesite estabilidad.

- ¿No? ¿Qué parezco?

- Alguien que está esperando que algo pase.

El bar era un lugar pequeño con mesas de madera oscura y paredes de ladrillo expuesto. Lucía pidió vino tinto para las dos y se sentaron junto a la ventana. La conversación fluyó sin esfuerzo. Arte, viajes, familia, libros, películas. Lucía hablaba con las manos, gesticulando amplios movimientos que acompañaban sus palabras. Valentina se descubrió inclinándose cada vez más cerca sobre la mesa.

- ¿Y tu serie de manos?- había preguntado Valentina- ¿Qué viene después?

- Rostros, creo. Pero rostros parciales. Solo ojos, o solo bocas. Me interesa la fragmentación.

- Como en los retratos cubistas.

- Exacto. Aunque con cámara es más honesto. No puedo inventar, solo puedo elegir qué mostrar.

- La elección también es invención- reflexiona Valentina- decidís qué parte de la verdad contar.

- Sos demasiado inteligente para tu propio bien- dijo Lucía, y sonó como un cumplido.

Se quedaron hasta que cerraron el bar. Tres horas que pasaron como treinta minutos. Cuando salieron, la calle estaba oscura y fresca. Valentina recordaba haber sentido algo parecido al pánico al darse cuenta de que no quería que esa noche terminara.

- Tengo que volver a la galería- advirtió Lucía- a buscar mis cosas y cerrar.

- Yo debería ir a casa.

Se habían quedado paradas frente a frente bajo un farol. Lucía con las manos en los bolsillos, Valentina abrazándose a sí misma aunque no hacía tanto frío.

- Me gustó conocerte- dijo Lucía.

- A mí también- respondió Valentina sonriendo

- Podríamos repetirlo. Si querés.

Valentina sintió el corazón acelerársele.

- Sí, me gustaría- contestó apresurada

Lucía le dió su número garabateado en un papel arrugado que sacó del bolsillo. Se despidieron con un beso en la mejilla que duró medio segundo más de lo socialmente aceptable.

En el sillón del departamento luminoso, cinco años después, Valentina abrió los ojos.

- Te llamé al día siguiente- dijo en voz baja.

- Lo sé. Yo estaba esperando que lo hicieras- respondió Lucía.

- Quedamos para tomar café.

- Y nunca dejamos de vernos.

Valentina sintió el peso del bebé moviéndose ligeramente en su vientre. La realidad presente chocando contra la memoria. Cinco años de encuentros clandestinos, de mentiras necesarias, de amor robado en departamentos con luz perfecta. Cinco años de ser la amante de Lucía y la esposa de otro. Cinco años de querer más y conformarse con esto.

- ¿Te arrepentís?- preguntó Lucía.

Valentina la miró. Los ojos marrones brillantes, una película de lágrimas contenidas.

- De conocerte, nunca. De cómo nos conocimos, de cómo vivimos esto...a veces sí.

- Valentina...

- No- la interrumpió- dejame decirlo. Me arrepiento de no haber sido más valiente. De no haber elegido diferente desde el principio.

Lucía alargó la mano y tomó la de Valentina. Sus dedos largos y finos, siempre con alguna mancha de tinta o revelador fotográfico.

- Todavía podés elegir- dijo quedamente.

- ¿Embarazada de otra persona y vos a punto de irte tres meses a Barcelona?

- Sí. Incluso así.

Valentina apretó su mano pero no respondió. Afuera, la luz dorada había dado paso al violeta del anochecer. Los ventanales del departamento ahora reflejaban el interior: dos mujeres en un sillón, tomadas de la mano, rodeadas de fotografías y luz que se apagaba lentamente.

- Quedáte a cenar- pidió Lucía.

- No puedo. Hoy tengo que volver.

- Lo sé. Pero quedáte de todas formas.

Valentina suspiró. Siempre terminaba quedándose. Siempre terminaría eligiendo estos momentos robados, esta felicidad fragmentada, este amor que existía solo en espacios llenos de luz y arte, lejos del mundo real que la esperaba afuera.

- Está bien- susurró- me quedo.

Y Lucía sonrió, esa sonrisa de medio lado que había enamorado a Valentina aquella tarde en una galería de Punta Carretas, cuando todavía todo era posible y el futuro no pesaba como pesa ahora.