Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ
Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.
ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:
ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ
ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.
ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©
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La música vibraba como un corazón desbocado dentro del club. El bajo retumbaba en las paredes doradas y los cuerpos danzaban bajo luces rojas y violetas, como si todos allí buscaran olvidar algo en medio del alcohol, el humo y el sudor. Estambul, ciudad de contrastes, guardaba secretos en cada rincón, y esa noche Zarya Romanov no podía sospechar que el suyo estaba a punto de despertar.
Se había arreglado sin mucha convicción. Un vestido negro ajustado, de seda brillante, delineaba su figura con un aire de peligro y vulnerabilidad a la vez. Su cabello rubio caía en ondas sobre los hombros, y su mirada, aunque envuelta en delineador oscuro, reflejaba esa melancolía que nunca la abandonaba. Zarya no salía mucho; prefería la soledad de su departamento frente al Bósforo, pero esa noche había aceptado acompañar a un par de conocidas —caras superficiales que la invitaban solo porque sabían que la “niña heredera” siempre podía costear los lujos del lugar.
En la mesa, copas de cristal y botellas abiertas la rodeaban. Zarya bebía despacio, con la paciencia de quien sabe que nadie escucha de verdad lo que dice. Fingía sonreír, asentía a conversaciones vacías, hasta que decidió levantarse y alejarse un poco del bullicio.
El aire del pasillo que conducía a la parte trasera del club estaba cargado de perfume barato y humo de cigarrillos. Allí, lejos de la pista, el mundo parecía más real: las paredes manchadas, los guardias de seguridad que observaban sin interés, las sombras que se alargaban bajo la luz amarilla de los focos.
Zarya encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre los dedos largos, exhalando lentamente. Por un instante, se permitió cerrar los ojos. Nadie podía tocarla allí, nadie podía hacerle daño. Eso quería creer.
No escuchó los pasos detrás de ella hasta que ya fue demasiado tarde.
— Señorita Romanov. — Una voz masculina, un tanto áspera, retumbó en el pasillo.
Zarya giró apenas, con el ceño fruncido. Tres hombres se habían acercado sin hacer ruido. Vestían de oscuro, rostros duros, miradas que no dejaban espacio a dudas: no eran simples clientes del club.
— ¿Los conozco? — preguntó, intentando mantener la calma.
El más alto sonrió sin humor.
— No hace falta. Solo necesitamos que venga con nosotros.
Zarya dio un paso atrás, el cigarrillo tembló entre sus dedos, mientras el corazón le golpeaba en las costillas.
— No pienso ir a ningún lado — dijo, con una firmeza que no sentía.
El hombre extendió la mano hacia su brazo. Ella reaccionó por instinto: aplastó el cigarrillo encendido contra la piel expuesta de su muñeca. El matón soltó un gruñido y ella corrió, pero apenas alcanzó a dar tres pasos antes de que otro la sujetara por la cintura. El grito de Zarya se perdió entre la música ensordecedora del club.
— ¡Suéltenme, hijos de puta!
La arrastraban hacia la puerta trasera, donde una furgoneta negra aguardaba. Nadie miraba, nadie quería ver. Era un mundo en el que el dinero y el miedo podían comprar silencios.
El pánico la inundó como un río helado. Recordó la indiferencia de su padre, los ojos burlones de Kerime, la crueldad de Seyran. Siempre sola, siempre a merced de otros. No, no esta vez. Se debatió con todas sus fuerzas, clavó las uñas, lanzó patadas, pero la diferencia de fuerza era brutal.
Entonces lo vio.
Una figura se deslizó desde la penumbra, rápida como una sombra. Un hombre alto, vestido de negro, con el rostro parcialmente cubierto por la luz intermitente de la salida de emergencia. No dijo nada. No necesitó hacerlo.
El primero de los secuestradores apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que aquel desconocido lo golpeara con un movimiento seco, un puño directo en la mandíbula que lo dejó inconsciente. El segundo, sorprendido, soltó a Zarya al recibir una patada en el abdomen.
Zarya cayó al suelo, jadeando, sus manos temblaban mientras el tercero sacaba una navaja, maldiciendo.
El misterioso hombre giró apenas la cabeza, como si aquello no fuera más que un juego. El cuchillo brilló un instante antes de que él lo esquivara con un movimiento elegante, casi felino. El forcejeo duró segundos: un crujido, un grito ahogado, y el tercer atacante se desplomó contra la pared.
El silencio se apoderó del pasillo, roto solo por la música amortiguada detrás de la puerta.
Zarya lo miró, con el pulso desbocado, sin poder articular palabra.
Él la observó desde la sombra, con sus ojos verdes atrapándola como un abismo. No había gratitud inmediata, ni sonrisas heroicas; solo tensión, solo la certeza de que ese hombre había cambiado algo irrevocable en su vida.
— Estás segura ahora — dijo con voz grave, y modulada, como si le contará un secreto.
Zarya tragó saliva.
— ¿Quién eres?
El hombre no respondió de inmediato. Extendió una mano hacia ella, invitándola a levantarse. Sus dedos eran fuertes, cálidos, pero en su contacto había una distancia helada, como si ofreciera ayuda solo por conveniencia.
Cuando estuvo de pie, Zarya se dio cuenta de lo cerca que estaba de él. Su perfume era discreto, amaderado, con un dejo de pólvora y peligro. Tenía el porte de alguien acostumbrado a la violencia, pero sus ojos… sus ojos eran un misterio insondable.
— No vuelvas a caminar sola — le dijo simplemente, soltándola.
Y entonces, como si fuera un espectro, se dio media vuelta y se perdió en las sombras de la salida de emergencia.
Zarya quedó temblando, rodeada de cuerpos inconscientes. El mundo había cambiado para siempre, aunque ella aún no lo supiera.
Esa noche, mientras regresaba a su departamento con la sensación de que alguien la seguía desde lejos, comprendió que el peligro no había terminado. Apenas había comenzado.
A la mañana siguiente.
El sol de Estambul se filtraba a través de los ventanales de la cafetería “Galata Brew”, un lugar pequeño pero encantador, con mesas de madera pulida y un aroma inconfundible a café recién molido que abrazaba a los clientes apenas entraban. Zarya había elegido ese sitio porque, a diferencia de los bares y restaurantes donde siempre se respiraba el peso del dinero y las apariencias, allí encontraba cierta calma.
Melisa llegó con su habitual energía, el cabello oscuro recogido en una coleta desordenada, gafas de sol en la cabeza y una sonrisa que irradiaba confianza. Era la única persona en la vida de Zarya que jamás había intentado obtener nada de ella. Quizás por eso la amaba como a una hermana.
— No puedo creer que estés despierta tan temprano después de salir anoche — bromeó Melisa mientras dejaba su bolso sobre la silla.
Zarya esbozó una sonrisa cansada y removió distraída su café con una cucharita. No había dormido más de dos horas. Las imágenes de la noche anterior regresaban una y otra vez: los hombres, la navaja, los gritos sofocados, y esa sombra que la había rescatado.
— No fue precisamente una salida divertida — respondió con un hilo de voz.
Melisa la miró con atención, captando el temblor en sus manos.
— ¿Qué pasó?
Zarya dudó. ¿Qué podía decirle? Que había estado a punto de ser secuestrada y que un desconocido apareció como caído del cielo para salvarla. Sonaba irreal, casi como un mal guion de película.
— Nada importante — mintió —. Solo… demasiada gente. Me agobié.
Melisa frunció el ceño, pero no insistió. La conocía lo suficiente como para saber cuándo callar. En su lugar, sacó su teléfono y empezó a hablar de un nuevo trabajo que estaba considerando.
Zarya intentó escuchar, pero su mente estaba en otro sitio. Una sensación extraña la recorría, como si alguien la observara. Y no estaba equivocada.
Al levantar la vista, lo vio.
Allí, en la barra del café, de pie con una taza entre las manos, estaba él. El hombre misterioso de la noche anterior. El salvador envuelto en sombras. Sus ojos verdes se posaron sobre ella con una intensidad que le cortó la respiración.
El tiempo pareció detenerse. El bullicio de la cafetería se desvaneció y todo lo que quedó fue ese cruce de miradas.
— ¿Zarya? — la voz de Melisa la devolvió a la realidad.
— ¿Ah? Sí… lo siento.
Ella se levantó sin pensarlo demasiado, guiada por un impulso. Caminó hacia él. Cada paso resonaba como un tambor en sus oídos.
— Eres tú… — murmuró al llegar a su lado.
Él arqueó una ceja, con una calma desconcertante.
— Yo.
Zarya titubeó, buscando las palabras.
— Anoche… me salvaste.
El hombre no respondió de inmediato. Dio un sorbo a su café antes de mirarla con frialdad.
— Estabas en el lugar equivocado. Eso es todo.
Zarya sintió una punzada en el pecho. Quería agradecerle, quería saber quién era, pero él parecía decidido a mantener las distancias.
— Al menos… déjame invitarte un café — insistió.
Sus labios se curvaron apenas, como si aquello le pareciera una pérdida de tiempo. Y sin embargo, aceptó.
Melisa observaba desde la mesa, incrédula, cuando Zarya regresó con él.
— Melisa, este es… — Se interrumpió. Ni siquiera sabía su nombre.
— Gokal — dijo él con voz baja, como si ese nombre pesara.
Melisa lo saludó con cortesía, aunque su instinto la mantenía alerta. Había algo en aquel hombre que no terminaba de encajar en un café soleado. Era como si llevara la oscuridad consigo.
Durante los siguientes minutos, hablaron poco. Zarya hacía preguntas triviales, él respondía con monosílabos o frases cortas. Aun así, había algo magnético en su presencia, algo que la hacía sentir protegida y vulnerable al mismo tiempo.
Hasta que, sin pensarlo demasiado, Zarya lo soltó:
— Quiero contratarte.
Gokal la miró, serio.
— ¿Contratarme?
— Como guardaespaldas. — Las palabras flotaron en el aire, sorprendiendo incluso a Melisa, que casi escupió su café.
— Zarya, ¿estás loca? — intervino su amiga —. No conoces a este hombre.
Pero Zarya estaba decidida.
— Anoche estuve a punto de… — calló, dándose cuenta de lo mucho que revelaba —. No me siento segura, Mel. Necesito a alguien como él.
Gokal apoyó la taza en la mesa.
— No soy guardaespaldas.
— Entonces, ¿qué eres? — preguntó ella con un atrevimiento inesperado.
Él le sostuvo la mirada, como si evaluara cuánto podía decir. Finalmente, murmuró:
— Alguien que sabe cómo pelear.
Zarya sonrió apenas.
— Eso es suficiente.
Hubo un largo silencio. Gokal parecía debatirse entre marcharse o aceptar. Pero entonces escuchó lo que ella dijo después:
— Soy Zarya Varkolak.
El apellido golpeó su mente como un trueno. Varkolak. La sangre fría de Dimitry, la crueldad de sus hijas, el veneno que había destrozado a su hermano menor. Su objetivo, su razón de estar en esa ciudad.
El destino acababa de servirle la oportunidad en bandeja de oro.
— Está bien — respondió al fin, con un tono que no dejaba traslucir sus pensamientos —. Acepto.
Zarya suspiró, aliviada, sin sospechar que acababa de abrirle la puerta a alguien que estaba dispuesto a destruirla a ella y toda su familia.
Gokal se inclinó hacia ella, con sus ojos brillando con un secreto que ella nunca hubiera podido adivinar.
— Pero hay condiciones.
— ¿Cuáles?
— Yo decido cómo protegerte. Y cuando diga que no camines sola, no lo harás.
Zarya, por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía confiar en alguien. Y entonces asintió sin dudar.
Melisa, sin embargo, observaba en silencio, un mal presentimiento se le clavo en su pecho.
Después de algunas horas, Zarya llevó a Gokal hasta su departamento, para que se instalara en este. Al entrar, el hombre se detuvo un instante, evaluando el espacio con la mirada fría y calculadora. El departamento era inmensamente grande y lujoso, cada detalle era impecable, desde los muebles de madera pulida hasta las obras de arte modernas que decoraban las paredes. Las ventanas amplias dejaban entrar la luz del Bósforo, pintando de azul y plata los pisos de mármol. La opulencia se sentía en el aire, y Gokal respiró profundo, percibiendo la fuerza del dinero, pero también la fragilidad que lo acompañaba.
— Aquí será tu habitación — dijo Zarya, señalando una puerta doble al final del pasillo —. Todo lo que necesites, está a tu disposición.
Gokal asintió, sin emoción, pero observando cada rincón. No era la primera vez que se encontraba en un lugar así; sin embargo, había algo en la manera despreocupada de Zarya de moverse entre las sombras del lujo que lo intrigaba. Por un instante pensó en lo frágil que debía ser la vida de alguien que nunca había conocido miedo real… hasta la noche anterior.
— Mañana iremos de compras — continuó Zarya, cruzándose de brazos —. Necesitas ropa adecuada para tu trabajo. No puedes aparecer vestido de civil cuando te necesito a mi lado.
Gokal arqueó una ceja, dejando entrever una sonrisa apenas perceptible.
— No soy un maniquí — dijo con voz grave —. La ropa no me define.
— No es por eso — replicó ella, firme —. Es por tu seguridad. Te verás como lo que eres: alguien que puede protegerme sin levantar sospechas, pero también sin perder autoridad.
El silencio se instaló unos segundos, pesado, hasta que Zarya lo guió hacia la habitación que le correspondía. La puerta se cerró tras ellos con un suave clic, y Gokal dejó su mochila sobre la cama, inspeccionando el lugar con precisión militar. Una cama grande, blanca, con sábanas de seda. Un armario amplio, equipado con cajones y colgadores. Todo organizado, todo limpio, todo listo.
— Bien — dijo finalmente Zarya —. Aquí estarás, dormirás y te prepararás. No hay más reglas que las básicas: respeto por la privacidad y no interferir en mis asuntos sin motivo.
— Entendido — respondió él, con la misma calma que un río que nunca se altera —. Pero déjame decir algo, señorita Romanov: si intentas controlarlo todo, esto no funcionará.
Zarya lo miró de arriba abajo, evaluando si aquel hombre estaba preparado para enfrentarse a su carácter tan obstinado como el suyo.
— No intento controlarlo todo. Solo intento sobrevivir — replicó, con un dejo de dureza —. Y necesito que tú también sobrevivas.
Gokal asintió, pero su mirada permaneció fija en ella. No había promesas, no había sentimentalismos. Solo una certeza silenciosa: a partir de ese momento, sus vidas quedarían entrelazadas de una manera que ninguno de los dos podía prever.
Antes de marcharse a su propia habitación, Zarya dio un último vistazo a Gokal, como midiendo hasta qué punto podía confiar. Había peligro alrededor de cada esquina en Estambul, pero también había algo más, algo desconocido y electrizante.
— Mañana empieza el entrenamiento y las compras — dijo, casi en un susurro —. No olvides que te estoy observando.
Gokal solo sonrió con un dejo de ironía que no llegó a sus ojos.
— No lo dudo — respondió, dejando que la puerta se cerrara tras ella —. Pero recuerda, Zarya, hay secretos que incluso el dinero no puede proteger.
En ese momento, el departamento quedó en silencio, pero la tensión se sentía en cada pared, en cada mueble, como si los fantasmas de su pasado y los peligros por venir ya rondaran entre las sombras. Y aunque ella no lo sabía aún, Gokal estaba dispuesto a permanecer en ese silencio, vigilante y letal, hasta que cada amenaza fuera eliminada… incluso si para ello tuviera que enfrentarse a ella misma.
El Bósforo brillaba al caer la noche, indiferente a todo lo que ocurría dentro de aquel lujoso refugio. Pero para Zarya y Gokal, ya nada sería igual.