Sᴏᴍᴇᴛɪᴅᴏs Pᴏʀ Eʟ Dᴇsᴇᴏ

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Summary

Zarya y Gokal han sido amigos desde la infancia. Pero todo cambia tras una noche en una fiesta: Donde Gokal encuentra a Zarya ebria y decide llevársela a su departamento. Lo que comienza como un acto de cuidado se convierte en un encuentro prohibido, donde ambos ceden a la atracción que han reprimido durante años. Entre confesiones inesperadas, deseo desatado y curiosidades íntimas, Zarya y Gokal cruzan límites que jamás se imaginaron, dando rienda suelta a una pasión intensa y oscura que los consume, a partir de ese día.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ

Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.

ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:

ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ

ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.

ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©

Las luces del departamento de Iker iluminaban cada rincón, proyectando destellos de colores que hacían que todo pareciera vibrar. La fiesta por su cumpleaños no era una simple celebración; el aire estaba cargado de música estridente, risas y un aroma dulzón mezclado con perfume caro y alcohol.

La mayoría de los compañeros de clase ya estaban un poco ebrios, moviéndose torpemente entre la multitud. Entre ellos estaba Zarya Romanov, quien había asistido acompañada de Seyran Coleman, su mejor amiga dentro de la universidad.

— No crees que ya has tomado demasiado? — le cuestionó la castaña, frunciendo el ceño mientras sostenía su bebida, y se mostraba un tanto preocupada por la inestabilidad de su amiga.

— Para nada. Es solo que estoy mareada por culpa de esas malditas luces. — respondió Zarya a los pocos segundos de haberse terminado su cerveza, su voz sonó arrastrada por el alcohol, pero aún así conservando un deje de su característico encanto, una mezcla de diversión y fragilidad que despertaba en Seyran una mezcla de risa y preocupación.

A lo lejos, entre la multitud, Gokal Soykan observaba la escena con atención. El joven más popular y atractivo de la facultad mantenía la mirada fija en el rincón donde estaban las dos chicas. Su corazón latía con una mezcla de ansiedad y anticipación; cada gesto de Zarya lo absorbía, y cada risa le recordaba lo que nunca se atrevió a confesar. A su lado, Kenji, su mejor amigo, lo acompañaba con gesto relajado, pero atento, consciente de la tensión que emanaba de su amigo.

— Deberías ir a saludarla — sugirió el peli-negro, con una sonrisa que apenas ocultaba su curiosidad y el conocimiento de lo que estaba pasando por la mente de su amigo.

— ¿Para qué? — replicó Gokal con un dejo de ironía —. Si es obvio que el imbécil de su novio aparecerá en cualquier momento.

— Veo que aún no estás enterado de lo que sucedió entre ella y ese tipo, ¿verdad?

— ¿De qué hablas?

— Supe por Iker, que Zarya lo mandó al demonio. Al sujeto con el que estaba saliendo. Al parecer este le estaba engañando con Melisa.

Gokal no dijo nada, pero por dentro sintió un extraño alivio, un calor que se mezclaba con ansiedad. Saber que Zarya estaba sola de nuevo despertaba en él un torbellino de emociones, un anhelo reprimido durante años. El estaba enamorado de ella desde la primera vez que la vio, pero nunca tuvo el valor de confesar sus sentimientos. Ahora, los rumores y la fama que lo rodeaban hacían que acercarse pareciera casi imposible, y aun así, la noticia le otorgaba un consuelo silencioso, aunque inquietante. Saber que su “Angel”, como la llamaba de cariño, estaba libre otra vez, le hacía sentir que quizá, solo quizá, todavía existía una oportunidad.

Media hora después, Gokal se levantó de su lugar al notar que Zarya y Seyran ya no estaban donde las había visto por primera vez. La multitud dificultaba sus movimientos, pero pronto encontró lo que buscaba: Seyran sosteniendo a Zarya, cuyo cuerpo parecía rendido ante el alcohol. La castaña luchaba por mantenerla firme, cada músculo lo tenía tenso, y cada gesto era un reflejo de preocupación y esfuerzo.

— ¿Qué fue lo que le pasó? — le preguntó Gokal, con tono serio, sintiendo una punzada de inquietud al ver a Zarya tan vulnerable.

— Al parecer se excedió un poco con el alcohol. ¿Me ayudas? — le respondió Seyran, claramente agotada, su respiración estaba entrecortada debido al esfuerzo.

— Claro.

Gokal la tomó entre sus brazos, y la sensación de fragilidad de Zarya lo atravesó como un golpe inesperado. El peso de su cuerpo, su aroma dulce, la suavidad de su piel, todo lo hacía sentir responsable, protector, y un escalofrío recorrió su columna. Cada movimiento de ella provocaba en él una mezcla de tensión y cuidado, un torbellino de emociones que no podía controlar.

— Creo que deberías llevarla a tu departamento.

— ¿Qué? ¿Por qué al mío? — preguntó Gokal, sorprendido, mientras una parte de él luchaba por procesar la intensidad del momento.

— Yo no puedo llevarla a mi casa. Capaz y mis papás me matan.

—¿Y qué hay con el departamento de ella?

— Lo fumigaron esta mañana. Es obvio que no puede quedarse ahí, al menos no esta noche.

— ¿Y crees que es buena idea que yo me la lleve al mío?

— Si lo dices por la fama que te cargas, ni te apures. Aquí todos están totalmente perdidos en el alcohol y tal vez en algo más. Así que no hay problema. Además eres su mejor amigo. Ella confía en ti. Y yo también.

Ante las palabras de Seyran, Gokal supo que tenía razón. No podía dejar a Zarya así, no en esas condiciones. La determinación se asentó en él como un peso cálido en el pecho.

— Está bien. La llevaré al mío.

— En ese caso te ayudo a llevarla hasta tu auto.

Ambos salieron del departamento y bajaron al estacionamiento del edificio por el elevador, sintiendo cada piso pasar lentamente mientras Gokal sostenía a Zarya con cuidado, midiendo cada movimiento.

Al llegar a la camioneta, Seyran ayudó a abrirle la puerta trasera para colocar a Zarya. Su respiración era suave, apenas perceptible, y Gokal la observó con una mezcla de ternura y ansiedad.

— Listo. — expresó la castaña.

Gokal se despidió y subió a la camioneta, arrancando suavemente, mientras la ciudad silenciosa pasaba velozmente a su alrededor. Seyran observó cómo se alejaban y luego se dirigió a su coche, dejando que la noche retomara su calma relativa.

Conduciendo por calles solitarias, Gokal no podía quitarle la vista de encima a Zarya por el espejo retrovisor. Su respiración lenta y uniforme, su fragilidad, le provocaban un nudo en el pecho y un impulso de protección que no podía ignorar.

Quince minutos después, llegó al estacionamiento de su edificio. Cada sombra le parecía sospechosa, cada sonido lo ponía alerta, hasta que finalmente bajó y cargó a Zarya con cuidado, luchando contra el peso de su cuerpo pero sin dejar que ella cayera ni un instante. El elevador los llevó hasta su apartamento, cada piso subiendo lentamente como si la tensión del momento se prolongara en el tiempo.

En la habitación, Gokal colocó a Zarya sobre la cama con delicadeza, buscando unas sábanas limpias para taparla, quitándole los zapatos y apagando la luz, asegurándose de que el ambiente fuera tranquilo y seguro. La observó un momento, antes de regresar a la estancia.

Sacó su celular y envió un mensaje a Seyran para informarle que ya habían llegado. La respuesta no tardó:

> Cuidala mucho por favor.

Sonrió al leerlo, sintiendo un calor reconfortante al saber cuánto quería Seyran a Zarya.

Se dirigió hacia la cocina y bebió un poco de agua.

Al volver a la sala se dejó caer en el sofá grande, quitándose la playera y los zapatos.

Trataría de descansar, aunque fuera solo un poco.

Miró su celular una última vez antes de dejarlo sobre la mesa, y noto que ya eran más de las 2:00 a.m.

Algunos minutos después, poco a poco, el sueño lo fue invadiendo, sintiendo un peso cálido sobre sus párpados, mientras la respiración tranquila de Zarya le aseguraba que estaba segura, aunque él siguiera vigilando en silencio desde la distancia.

A la mañana siguiente.

La luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas, dibujando líneas cálidas sobre la habitación. Zarya abrió los ojos lentamente, sintiendo un leve mareo y un nudo en el estómago al percatarse de que no estaba en su departamento. Parpadeó varias veces, intentando situarse, mientras su mente repasaba la noche anterior con confusión y algo de vergüenza.

— ¿Qué…? — susurró para sí misma, incorporándose un poco entre las sábanas —. ¿Qué hice?

Su corazón comenzó a acelerarse al pensar en alguna estupidez que pudiera haber cometido mientras estaba ebria. La ansiedad amenazaba con envolverla, y un escalofrío recorrió su espalda. Se llevó una mano al rostro, intentando calmarse, y entonces algo llamó su atención.

Sobre la mesita de noche, había un marco con una fotografía antigua: Gokal y ella de niños, sonriendo juntos, con sus mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de inocencia. La imagen le provocó un calor inesperado en el pecho y, de repente, todas las preocupaciones comenzaron a desvanecerse.

— Estoy… en su departamento. — susurró, dejando escapar un leve suspiro de alivio. La sensación de peligro y confusión que había sentido se transformó en tranquilidad y seguridad, y un pequeño nudo de tensión en su estómago se deshizo lentamente.

Se recostó un momento, apoyando la cabeza sobre la almohada, y permitió que la calma llenara su cuerpo. La noche anterior aún flotaba en su memoria como un recuerdo difuso, pero ahora, al ver la fotografía, supo que no estaba sola, que estaba cuidada.

El suave murmullo de la ciudad entrando por la ventana y la luz cálida del sol creaban un refugio silencioso. Zarya cerró los ojos un instante, dejando que la serenidad la envolviera.

La puerta de la habitación se abrió con suavidad, y Zarya levantó la mirada. Allí estaba Gokal, entrando con paso tranquilo pero decidido, sosteniendo un vaso con agua y una pequeña pastilla sobre la otra mano. Su presencia llenó la habitación de una calma inesperada, y por un instante, todo el cansancio y la confusión de la mañana parecieron desvanecerse.

— Buenos días, Mi angel. — dijo Gokal con una voz suave, apenas una sombra de su habitual seguridad, mientras se acercaba a la cama—. Creo que esto te ayudará un poco.

Zarya sintió cómo su corazón se aceleraba, y una sonrisa tierna apareció en sus labios al verlo. Tomó el vaso con delicadeza, mientras sus dedos rozaban los de él sin querer, sintiendo ese calor familiar que siempre la reconfortaba.

— Gracias… — susurró, con su voz todavía algo ronca por el sueño y la resaca, pero aún así cargada de afecto.

Gokal se inclinó un poco, asegurándose de que se sintiera cómoda.

— Trata de tomar esto despacio, ¿sí? — le indicó, mientras le ofrecía la pastilla y luego el vaso de agua para acompañarla.

Usagi asintió suavemente, y mientras bebía, sus ojos no se separaban de los de él.

Gokal la observó con atención mientras tragaba la pastilla, asegurándose de que no tuviera problemas. Cada gesto de ella, cada parpadeo, cada respiración tranquila le provocaba un extraño alivio mezclado con algo que no podía nombrar del todo.

— Te ves… un poco mejor — dijo finalmente, con la voz baja, como si temiera romper la calma que reinaba entre ellos.

Zarya bajó el vaso y lo miró, todavía con una leve sonrisa tímida.

— Gracias por cuidarme… — susurró, con total sinceridad.

Gokal dejó el vaso sobre la mesita de noche y se sentó en el borde de la cama, cerca de ella, con una naturalidad que ocultaba la intensidad de sus emociones. No dijo nada al principio, simplemente la observó, tomando nota de su fragilidad y la serenidad que empezaba a llenar la habitación.

— No tenías que preocuparte por mí… — murmuró Zarya, algo avergonzada. Mientras desviaba su mirada.

— Siempre me preocuparé — respondió Gokal con suavidad, como si fuera la cosa más natural del mundo —. No importa si es por ti, por tu seguridad… o por cualquier tontería que hagas — añadió, para después esbozar una pequeña sonrisa que iluminó su rostro.

Zarya sintió un calor recorrer su pecho. La manera en que lo decía, sin orgullo, sin arrogancia, solo cuidado, la hacía sentirse protegida de una forma que nadie más podía lograr. Se inclinó un poco hacia él, y por un instante, el mundo fuera de esa habitación desapareció.

— Eres imposible… — susurró, pero con un deje de ternura que la traicionaba.

— Tal vez — dijo el, encogiéndose de hombros ligeramente —, pero también soy el que te trajo a salvo hasta aquí. Así que… puedes darme un pase — agregó con un guiño, intentando aligerar la tensión.

Zarya rió suavemente, y esa risa hizo que Gokal se sintiera extrañamente en paz. Durante un momento, simplemente se quedaron así, compartiendo el silencio, la luz cálida y la sensación de seguridad que parecía envolvente.

Finalmente, Gokal se levantó, pero sin dejar la sensación de cercanía que llenaba el espacio.

— Voy a prepararte algo de desayuno. — dijo, con un tono que no admitía discusión —. Algo ligero, para que no te sientas mal después de anoche.

— Está bien… — respondió Zarya, y su voz era tranquila, confiada.

Mientras él salía de la habitación, ella se recostó de nuevo, apoyando la cabeza sobre la almohada. Cerró los ojos y dejó que la sensación de seguridad la envolviera por completo. Por primera vez en mucho tiempo, no había miedo, ni confusión, solo la certeza de que alguien la cuidaba, y que tal vez, solo tal vez, podía dejarse sentir un poco vulnerable sin que eso la pusiera en peligro.

El aroma del café y del pan recién hecho empezó a filtrarse desde la cocina, y Zarya sonrió para sí misma, sintiendo que la mañana, prometía ser tranquila.

Suspiró suavemente mientras se levantaba de la cama, aún sintiéndose un poco débil. Su ropa de anoche estaba arrugada y con algunos rastros de bebida derramada; no podía quedarse así. Caminó hacia el armario de Gokal, con cuidado de no hacer ruido, y comenzó a buscar algo que le permitiera sentirse un poco más cómoda y decente.

Sus dedos recorrieron varias prendas hasta que finalmente encontró una camisa gris, bastante amplia. La sostuvo frente a sí misma y la evaluó un momento. Era grande, demasiado grande para ella, pero parecía limpia y lo suficientemente larga como para cubrirla mínimamente.

— Bueno… esto servirá — susurró, y se metió rápidamente en el baño para cambiarse.

Se quitó la ropa sucia y se puso la camisa de Gokal. El material le caía holgado, envolviendo su figura de forma cómoda, y el aroma tenue de él le provocó un ligero sonrojo. Ajustó la camisa ligeramente sobre sus hombros y observó su reflejo en el espejo. La sensación de vulnerabilidad mezclada con familiaridad le provocaba un calor suave en el pecho.

Después de asegurarse de que estaba mínimamente presentable, Zarya bajó las escaleras hacia la cocina. El aroma del café recién hecho y el pan tostado llenaba el ambiente, haciendo que su estómago protestara suavemente.

Allí estaba Gokal, con su habitual expresión tranquila, pero con un brillo suave en los ojos al verla bajar. Él había puesto la mesa con cuidado: un vaso de jugo de naranja, una taza de café humeante y un plato con tostadas recién hechas.

— Ah… ya estás lista — le dijo , con su voz suave pero cargada de atención —. Me alegra que hayas encontrado algo que ponerte.

Zarya se sonrojó levemente, jugando con el borde de la camisa mientras se acercaba a la mesa.

— Sí… tu camisa es un poco grande, pero suficiente — respondió, con una pequeña sonrisa tímida —. Gracias.

Gokal se encogió de hombros con una leve sonrisa, colocándose frente a ella mientras tomaba una tostada.

— Bueno, eso significa que ahora puedes desayunar sin preocuparte por nada más. Relájate, Mi angel. Hoy no hay prisa.

Zarya se sentó, apoyando sus manos sobre la mesa y respirando profundamente. La sensación de seguridad que la envolvía la hacía sentir extrañamente ligera, como si el peso de la noche anterior se estuviera desvaneciendo lentamente.

Mientras comenzaban a comer, la cercanía entre ellos llenaba el silencio con una calidez silenciosa, y Zarya no podía evitar robarle miradas de vez en cuando. Cada gesto de Gokal, cada movimiento, cada pequeño detalle de su cuidado, la hacían sentirse protegida, deseada y segura al mismo tiempo.

El desayuno transcurría con una calma inusual para ellos.

Zarya permitió que sus pensamientos descansaran, confiando en que, al menos por unas horas, todo estaba bien.

Tomó un sorbo de jugo mientras Gokal la observaba con atención, sin interrumpirla, dejando que el silencio se llenara de una calma casi tangible. Finalmente, ella decidió romperlo:

— Anoche… gracias por traerme aquí — dijo, bajando un poco la mirada, su voz todavía tímida —. No sé qué habría hecho si…

— No digas tonterías — la interrumpió Gokal suavemente, con un pequeño atisbo de firmeza en la voz —. No podía dejarte sola así. Nunca.

Zarya levantó la mirada, encontrándose con sus ojos cálidos y sinceros. Sintió un escalofrío recorrer su espalda y un calor desconocido en el pecho. Por un instante, se quedó en silencio, dejando que la intensidad del momento se asentara entre ellos.

— Es… es raro. — murmuró, jugando con la orilla de su camisa —. Me siento… como si pudiera confiar en alguien otra vez. Como si… no tuviera que fingir estar bien.

— Eso es porque conmigo puedes relajarte — respondió Gokal con suavidad, apoyando sus codos sobre la mesa —. No hay necesidad de fingir nada. No aquí, no conmigo.

Zarya sonrió débilmente, con una mezcla de alivio y nerviosismo.

— Siempre me costó… dejarme cuidar por alguien. Siempre traté de ser fuerte, aunque por dentro… no lo fuera.

Gokal ladeó la cabeza ligeramente, con esa expresión de comprensión que solo él sabía poner.

— Yo lo sé, Mi angel. — dijo, con una suavidad que hacía que Zarya sintiera que su corazón se aceleraba —. Y no tienes que hacerlo. No conmigo.

El silencio volvió, pero esta vez no era incómodo. Estaba lleno de algo cálido, casi eléctrico. Zarya bajó la mirada hacia su plato, jugando con su tenedor, mientras Gokal tomaba un sorbo de café, observándola con una mezcla de afecto y anhelo contenido.

— ¿Y tú? — preguntó finalmente, como si necesitara llenar el aire con palabras —. Siempre pareces… tan seguro de todo. ¿Nunca tienes miedo de equivocarte?

Gokal sonrió levemente, una sonrisa tranquila pero cargada de significado.

— Claro que tengo miedo. Pero… contigo, de alguna manera, siento que todo es más fácil. Incluso enfrentarme a mí mismo.

Zarya sintió un calor intenso en el pecho y, por primera vez en mucho tiempo, dejó que la vulnerabilidad se mezclara con algo más dulce: la certeza de que alguien realmente la comprendía.

— Me alegra… escucharte decir eso — murmuró, con un tono apenas audible, casi un suspiro.

Gokal se inclinó un poco hacia ella, como si quisiera cerrar la distancia sin romper la calma del momento.

— Mi angel… — susurró —. No sabes cuánto he esperado esto. Que pudiéramos… simplemente estar cerca, sin máscaras, sin miedos.

Zarya cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras la atravesaran. El silencio posterior era cómodo, cargado de promesas no dichas, de emociones contenidas que ambos sentían pero no necesitaban nombrar, al menos no todavía.

Dos horas después, el apartamento estaba lleno de risas y gritos leves, producto de la intensidad de la partida de videojuego que Gokal y Zarya habían decidido retomar. Era un juego que habían amado en su adolescencia, lleno de recuerdos compartidos y de horas frente a la pantalla, peleando y riéndose sin preocupación alguna.

— ¡No! ¡Eso no cuenta! — gritó Zarya, golpeando suavemente el control —. ¡Lo viste, fue trampa!

— Ja, ja, ja — respondió Gokal, divertido, esquivando un ataque virtual —. ¿Trampa? Por favor, Zarya, eres tú la que nunca se mueve a tiempo.

El ambiente era ligero, juguetón… hasta que Gokal, con un leve cambio en su expresión, respiró hondo ya que decidió que era el momento de hablar de lo que le rondaba la cabeza desde la fiesta:

— Oye… — empezó, bajando un poco la voz mientras intentaba no romper el clima —. ¿Por qué terminaron tú y tu novio?

Zarya lo miró de reojo, sonriendo nerviosa, mientras su corazón se aceleraba un poco. La confianza que sentía con Gokal le daba libertad para ser honesta, incluso en algo tan… íntimo.

— Bueno… — dijo con un suspiro que combinaba alivio y diversión —. Fue porque… lo que tenía entre las piernas no era lo que yo esperaba.

El rostro de Gokal se tornó de un rojo intenso casi instantáneamente. Se quedó congelado, con los dedos sobre el control, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.

— ¿Qué? — murmuró, intentando mantenerse firme, pero sin éxito —. Espera… ¿eso… en serio?

Zarya, viendo su reacción, rió suavemente, con una mezcla de picardía y nerviosismo.

— Sí… en serio — replicó, encogiéndose de hombros mientras volvía a mirar la pantalla —. No sé… siempre pensé que… bueno, simplemente no era suficiente.

Gokal apartó la vista del televisor, llevándose una mano al rostro mientras trataba de calmar el calor en sus mejillas. Su “Angel” nunca le había dado la impresión de ser alguien que se fijara en esas cosas. La combinación de sinceridad y descaro de ella lo dejó atrapado entre la sorpresa, el humor y un leve nerviosismo que no podía negar.

— Vaya… — dijo finalmente, con su voz algo entrecortada, sin perder del todo la compostura —. No esperaba… eso de ti.

— ¿Qué? — preguntó Zarya, divertida y un poco inocente —. ¿Que me conformara con cualquier cosa?

Gokal negó con la cabeza, tratando de recomponerse. Su mente giraba entre la risa, la incredulidad y… algo más que no podía nombrar. No podía creer que su Angel, la misma que siempre parecía frágil y dulce, tuviera ese lado tan directo y confiado.

— Nunca — dijo finalmente, con un suspiro y una sonrisa que no podía ocultar —. Nunca me imaginé que fueras de las que se fijan en esas cosas.

Zarya le lanzó una mirada traviesa mientras retomaba el juego, y el, incapaz de apartar los ojos de ella, sintió que cada pequeño gesto suyo lo envolvía más, mezclando humor, tensión y un calor que no podía controlar.

— No entiendo… — dijo alfin ella, con un tono algo travieso —. ¿Por qué algo tan simple como eso te asombra?. Con la fama que tienes, de seguro has salido con un montón de chicas que se fijan en lo mismo que yo.

Gokal se quedó en silencio por un instante.

— Eh… bueno… — comenzó, con un hilo de voz que intentaba sonar firme, pero que no lograba ocultar del todo su nerviosismo —. No es… que me asombre, exactamente. Es solo… no esperaba que tú… bueno, que fueras tan directa, al decir ese tipo de cosas.

Zarya arqueó una ceja, con una sonrisa que mezclaba picardía y desafío.

— Vamos, Gokal… sé perfectamente que tú no eres de los que se fijan solo en la personalidad de una chica — dijo, con voz baja y provocativa —. Se perfectamente que a ti también te importa el tamaño del busto, y del trasero. No tiene sentido que finjas ser un caballero conmigo. No con la fama que te cargas.

Gokal permaneció en silencio, mordiéndose el labio con fuerza. Cada palabra de Zarya lo golpeaba con una mezcla de excitación y molestia; la franqueza de ella lo desarmaba por completo. No respondió de inmediato, y su mirada se endureció solo un instante antes de que el control volviera a sus manos, fingiendo concentración en el juego.

Zarya, sin dejar de jugar, lo observó detenidamente. Su mirada finalmente bajó, por un instante inconsciente, hacia el abultado contorno que se marcaba en los pantalones de el.

El calor que recorrió el cuerpo de Gokal fue instantáneo. Sus dedos se tensaron sobre el control, su respiración se volvió más profunda, y un escalofrío le recorrió su espalda. Se tensó, intentando disimularlo, pero la tensión era demasiado evidente.

— ¿Estás… bien? — preguntó ella, con una voz suave pero cargada de un dejo de provocación, como si supiera perfectamente lo que había hecho.

Gokal levantó la mirada, y por un momento sus ojos se encontraron con los de ella. Sus pupilas se dilataron ligeramente, y un nudo se formó en su garganta. La mezcla de vulnerabilidad y desafío en la mirada de ella lo desarmaba de una forma que ningún cumplido, ninguna sonrisa, había logrado antes.

— Sí… estoy bien — dijo, intentando recuperar la compostura —. Solo… concentrado en ganar.

Por un instante, la habitación quedó suspendida entre la rutina de la partida y la intensidad de la electricidad que emanaba de ambos. La línea entre el juego y la provocación se desdibujaba peligrosamente.

— Claro… concentrado — replicó Zarya, murmurando casi para sí misma, mientras su sonrisa se volvía más atrevida.

Unos minutos más tarde, Zarya se levantó con cuidado, aunque todavía con la cabeza dando vueltas por el calor del juego y las palabras intercambiadas. Intento caminar hacia el baño, pero su atención estaba distraída entre sus pensamientos y la sensación persistente de la cercanía de Gokal. Hizo que no viera el cable que se enredaba entre sus pies.

El tropiezo fue súbito. Perdió el equilibrio y cayó de manera torpe sobre Gokal, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar. El golpe la hizo rodar contra él y, sin darse cuenta, su cuerpo quedó pegado al de él.

El contacto fue inmediato y brutal. Su pecho rozó el torso firme de Gokal, y una de sus manos, buscando desesperadamente apoyo, terminó sobre el abultado contorno de sus pantalones. Zarya sintió un escalofrío recorrer su columna y congeló su respiración.

— ¡Zarya…! — susurró Gokal con un hilo de voz que mezclaba sorpresa y deseo reprimido —. ¡Cuidado!

Pero ella, atrapada entre la caída y el calor que subía rápidamente por su cuerpo, no pudo apartar la mano. Gokal consciente de lo que estaba ocurriendo, tensó la mandíbula y cerró los ojos un instante, como si quisiera contener la explosión que sentía dentro.

— …Parece que… tenemos un problema — murmuró ella, con un hilo de voz que traicionaba un leve nerviosismo, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de culpa y picardía.

Gokal la sostuvo con firmeza, evitando que cayera por completo sobre él, pero su respiración se volvía pesada y rápida. Su control sobre la situación se debilitaba con cada segundo que pasaba, y su mente luchaba por mantener la calma mientras el calor en su cuerpo crecía peligrosamente.

— Zarya… — dijo él, con la voz más grave de lo habitual, un tono cargado de advertencia y deseo al mismo tiempo —. Esto… no podemos…

Ella bajó la mirada, atrapada en la tensión del momento. El roce accidental había encendido algo oscuro entre ellos, algo que ninguno de los dos podía negar. Sus dedos se tensaron involuntariamente, y el contacto prolongado pareció prolongar la electricidad que surgía entre sus cuerpos..

Gokal tragó saliva con dificultad. Su mano se movió ligeramente para estabilizarla, pero cada movimiento solo aumentaba la tensión, el contacto prohibido, la sensación de peligro que los envolvía. Un silencio cargado de deseo y peligro se apoderó de la habitación, donde el juego quedó olvidado, y lo único que importaba era el peso del otro, el roce y la electricidad que no podían ignorar.

— Esto… podría… salirse de control — susurró él, poco antes de que sus dientes mordieran levemente su labio inferior mientras sus ojos no podían apartarse de los de ella, brillando con una mezcla de furia contenida y necesidad oscura —. Y no sé si quiero controlarlo.

Zarya se quedó inmóvil un segundo, sintiendo que el mundo se reducía a ese contacto, a esa tensión casi prohibida que los atrapaba.