Prólogo
Soy Yae Akari, y yo no debería estar aquí.
El aire de la plaza central del palacio, está cargado de un hedor horrible: madera húmeda impregnada de resina, mezclada con el olor nauseabundo que se adhiere a la garganta como miel pegajosa. No es el gran sacrificio anual elaborado, sino uno de esos castigos diarios, votados por la realeza para "purificar" el reino de Seijō no Kuni.
El yogore atado al poste grueso es un anciano flaco, su piel arrugada y moteada por deformidades... brazos torcidos como raíces expuestas de un árbol seco, un ojo que cuelga flojo de su cuenca como una fruta podrida (es demasiado similar a una de verdad).
Su crimen: no pagar los impuestos mensuales.
-Kegamono ingrato, las castas superiores no van a mantener tu ocio. -declara el sacerdote con voz ronca, mientras los guardias Tokkensha prenden la yesca a sus pies. Las llamas lamen primero sus sandalias raídas, trepando por sus piernas como si las llamas fueran lobos voraces. El hombre grita, un aullido gutural que se quiebra en borbotones de saliva y sangre cuando el fuego alcanza su carne.
-Esto pasa si no cumplen con su único deber: pagar. ¿Creen que para nuestro nuevo Rey es fácil soportar sus desobediencias? ¡Deberían darles verguenza! -dice, mientras los más pequeños yogore lo miran aterrorizados, y el anciano sigue gritando.
Su piel se ampollaba y revienta, liberando fluidos que chisporrotean en las brasas, y el humo negro se eleva en espirales, que lleva pedazos de su esencia hacia el dios que supuestamente nos equilibra a todos.
Desde el balcón elevado, flanqueada por sirvientes yogore que han ganado su puesto en el concurso mensual de humillaciones (esos que se arrastran por el suelo o cuentan chistes grotescos para hacer reír a los Tokkensha), siento que mi estómago se revuelve al ver al anciano agonizando.
Podría haber sido yo ahí abajo, quemándome por pecados de una vida pasada que ni siquiera conozco. Mis yaeba son mi "prueba" de mis antiguos pecados, esos dientes torcidos que me marcan como impura, me duelen de solo imaginarlo.
Murmuro sin poder contenerme.
-Esto es innecesario... ¿no hay otra forma de cobrar deudas?
A mi izquierda, Ōji Takumi; mi futuro esposo, el rey, aprieta los puños, sus siete colas felinas azotando el aire con irritación controlada.
-Cállate, Yae. -sisea, su voz un filo helado que me corta. -Tu piedad de yogore no tiene lugar aquí. Recuerda tu posición... o terminarás como él.
Pero es Soshi Yūto, al lado de mi prometido, quien rompe la tensión con una risa estruendosa, aplaudiendo como si estuviera en un teatro kabuki. Sus siete colas se enroscan con gracia juguetona, y sus ojos negros brillan con una malicia que hace que mi pulso se acelere.
-¡Magnífico! ¡Qué drama! -exclama en voz alta, inclinándose hacia adelante. -Mira cómo baila en las llamas... como si intentara seducir al fuego. No te preocupes, cuñada. Tú no estarás allí como una sucia, solo necesitas casarte con mi hermano o usar tus yaeba conmigo.
Sus palabras cargada de doble sentido, y siento el calor subir a mis mejillas. Los sirvientes yogore a nuestro alrededor; esos marginados "afortunados" con deformidades menores, como bocas torcidas o piel escamosa, se sienten obligados a unirse a su risa. Comienzan con risitas nerviosas, forzadas, que se convierten en carcajadas histéricas para complacer al hermano del rey. Uno de ellos, un hombre con dientes como cuernos protruyentes, ríe tanto que su mandíbula cruje audiblemente, exponiendo su "monstruosidad".
Takumi se tensa visiblemente ante la insinuación de Soshi, sus orejas felinas aplanándose contra su cabeza.
-Soshi, basta de molestar a mi prometida con tus... bromas inapropiadas. -gruñe, su voz teñida de celos reprimidos. Luego, voltea hacia los sirvientes con desprecio.- Y vosotros, callaos. Os veis horribles riendo... como monstruos tratando de imitar a los humanos. Volved a vuestro silencio, o os uniréis a la pira.-dijo frunciendo el ceño, señalando con la cabeza levemente al anciano en sus últimos gritos.
Soshi, con una sonrisa sarcástica que no llega a sus ojos, levanta una mano en fingida rendición.
-Oh, hermano, solo intento aligerar el ambiente. Pero tienes razón... nada como una sonrisa torcida para arruinar la vista, ¿verdad?
Su mirada se desliza hacia mí, y en ese instante, el sonrojo me traiciona. Recuerdo la noche anterior, en los jardines oscuros del palacio, bajo las hojas rojas del otoño que caían como confeti prohibido. Soshi me había acorralado contra un árbol, sus labios rozando los míos en un beso travieso, juguetón. "Prueba mi fuego", había susurrado. Para defenderme, o eso me dije, abrí la boca y mordí su labio inferior con mis yaeba, un mordisco suave pero firme que sacó una gota de sangre. En lugar de retroceder, gimió de placer, sus manos apretando mi cintura. "Eso... eso me vuelve loco, Yae. Tu deformidad es mi debilidad." Nos separamos jadeantes, el sabor metálico en mi lengua mezclándose con el deseo ardiente que ahora amenaza con consumirme como las llamas abajo.
El yogore en la pira ha dejado de gritar; solo queda un cascarón carbonizado, algunos huesos expuestos, ojos abiertos (y el otro seguía colgando más abajo aún), y el humo se disipa en el viento otoñal. Los sirvientes se callan, sus rostros pálidos y avergonzados, recordando su lugar. Takumi se relaja ligeramente, pero su mirada sobre mí es posesiva, ignorante de los secretos bajo la superficie. Soshi me guiña un ojo disimuladamente, y yo aprieto los labios, sintiendo el poder de mi sonrisa torcida.
En este reino de pureza falsa, quizás no sea el fuego lo que purifique... sino un mordisco que enciende pasiones prohibidas... manteniéndolo todo en secreto, como mordidas de amante.