Prólogo
Después de recorrer buena parte de mi pueblo —digo mi pueblo porque, aunque no nací en él, lo sentía mío— me detuve junto a la vieja chimenea de la zona de Porvenir.
Me senté al borde de la plataforma que la sostenía: una estructura de ladrillo erguida desde hacía quién sabe cuántas décadas. Nunca supe qué función tuvo, pero ahí seguía, firme, como un guardián silencioso del lugar.
A sus espaldas se alzaba el Phosokhoni y al frente el Cuchillani; montañas que parecían respirar, que daban vida con el fruto de sus entrañas. El aire olía a copajira, ese olor especial de los centros mineros, y al eco lejano de mi infancia.
Estaba allí, como un idiota.
Veía hacia el cementerio del pueblo cómo el sol se hundía lentamente detrás de las montañas, encendiendo el cielo con sombras de rojo y naranja.
A lo lejos, oscuras nubes desfilaban por el horizonte a lomos del viento frío del altiplano. Pronto caería la noche, y con ella ese silencio espeso que todo lo cubre.
Quizá por eso me sentía un idiota. Como el príncipe Myshkin que Fiódor Dostoievski imaginó en El idiota. Al fin y al cabo, siempre supe hacer bien dos cosas: amar... y hacerme el idiota. Observar el atardecer me recordaba que aún estaba vivo.
El cielo, al incendiarse, parecía prometerme otro amanecer, otra oportunidad para empezar de nuevo.
Pero la vida es caprichosa: te sacude, te empuja y, sin darte cuenta, terminas en lugares a los que nunca imaginaste llegar. A veces no hay camino de regreso, o si lo hay, es una vuelta a cualquier lugar menos al sitio del que se partió. Y aun así, cada amanecer se siente como un milagro, un regalo que no me atrevo a dejar de agradecer.
Intentaba ordenar mis ideas, concentrarme en entender por qué estoy aquí.
Sin embargo, recorrer las calles durante horas había despertado mis recuerdos; recuerdos que envejecen al mismo ritmo que yo. Algunos me parecen ya tan remotos, como si estuviesen envueltos en la neblina del olvido... ese olvido que es como el agua maldita: nos da una sed más honda que la sed que nos quita.
Otros en cambio me hacen sentir que regreso al pasado, a ese tiempo donde existieron personas tan importantes en mi vida y que estarán ahí pase lo que pase. Porque ellos son mi tierra firme, mi estrella polar, la voz de mi corazón en los días más felices de mi niñez y me acompaña donde sea que me lleva el destino.








