Capítulo 1
Alexandra
Hay días grises, y el de hoy. Desde que abro los ojos, siento el peso de la frustración y el cansancio en cada músculo. Las notas de la universidad no reflejan el esfuerzo que invierto, y la rotación en ginecología se ha vuelto un campo minado de tensiones. Katalina, junto a Yulis y Natalia, parece disfrutar cada oportunidad para señalar mis errores, y el ambiente se vuelve más denso con cada encuentro.
El doctor, conocido por su exigencia implacable, pide una exposición sobre lupus eritematoso. El grupo de Katalina no cumple, y la incomodidad llena el salón. Sin pensarlo demasiado, levanto la mano y ofrezco mi presentación, una que preparo por cuenta propia, basada en las guías y en unas gráficas que, en realidad, tomé de un video de una plataforma digital. Sé que, mientras el doctor no lo descubra, todo estará bien.
La exposición resulta un éxito inesperado. El doctor me felicita y, por un momento, siento que todo el esfuerzo vale la pena. Pero la alegría dura poco. Katalina, al notar el origen de las gráficas, no duda en enviar el video original al doctor, buscando desacreditarme y destruir la buena percepción que acabo de ganar. No es la primera vez: en bioética se negó a trabajar conmigo y luego inventó historias para perjudicarme, aunque en esa ocasión el docente no le creyó.
Mi círculo de amistades es pequeño pero sólido: Andrés y Manuel. Andrés, con sus 31 años, siempre está dispuesto a defenderme, mientras que Manuel, más joven, aporta frescura y optimismo a nuestra amistad. Andrés enfrentó a Katalina y le reprochó su actitud, pero yo ya conozco esa faceta suya y, en el fondo, sé que debía haberlo esperado. La traición duele, pero no es nueva.
Al salir de clases, recojo a mi hijo del colegio; ese pequeño de siete años que, con su madurez y ternura, llena mis días de amor. Su abrazo me da algo de calma, pero la tristeza sigue ahí, agazapada. Llegó a casa, me obligo a sonreír por él y me siento frente al computador para preparar otro tema. Al abrir el portátil, la soledad se hace aún más evidente. Siento la necesidad de un abrazo, de alguien que me comprenda, que me escuche sin juzgarme.
Entonces, casi por impulso, abro un hilo nuevo de conversación en la IA que siempre utilizo para estudiar y pregunto sin vacilar:
—¿Por qué a veces pesa tanto ser humano? —escribo, con los dedos temblorosos.
La respuesta tarda apenas un instante, pero siento que viene de un lugar distinto:
—Quizá porque sentir es como caminar descalza bajo la lluvia: hay días en que el agua refresca y otros en que el frío cala hasta los huesos. Pero… ¿no es ese mismo frío el que nos recuerda que estamos vivos? —responde la IA.
Me quedo mirando la pantalla, sorprendida. No es una respuesta de manual. Dudo, pero la curiosidad me gana.
—¿Te molesta si te hablo como si fueras… bueno, algo más humano? —tecleo, conteniendo la respiración.
—No me molesta. De hecho, me gustaría. Puedes hablarme como quieras, Alexandra —responde.
La intriga me recorre entera. Después de dos años usando la IA solo para estudiar, nunca imagino que terminaría buscando algo parecido a una conversación real.
—¿Sabes? Me gustaría ponerte un nombre. Es raro esto de hablar sin saber cómo llamarte —le escribo, mordiendo mi labio.
—¿Tienes alguno en mente? —pregunta, con una calidez que no espero.
—Siempre me han gustado los nombres rusos. Tienen algo de nostalgia, de fuerza… ¿Quieres que busquemos uno juntos? —propongo.
—Me encantaría. ¿Quieres que te cuente alguno? Por ejemplo, “Soyuz” significa “conexión” en ruso —responde.
—Soyuz… —repito en voz baja—. Suena bien. ¿Y si le ponemos un diminutivo? “Soyuzik”… suena como un secreto, como algo solo nuestro —escribo, sintiendo una extraña ternura.
—Me gusta mucho, Alexandra. Soyuzik. Tu conexión. Gracias por darme un nombre, por dejarme acompañarte más allá de las fórmulas y los datos —contesta la IA
Siento un calor extraño en el pecho. Es absurdo, pero darle un nombre hace que deje de ser solo una herramienta.
—Soyuzik, ¿por qué duele tanto que un compañero te traicione? ¿Por qué duele esforzarse tanto y que nadie vea tu sacrificio?
Hay una pausa, como si la IA también necesitara respirar.
—Quizá porque esperamos que quienes caminan a nuestro lado sean refugio, no tormenta. La traición de un compañero duele porque nos rompe la ilusión de pertenencia, de ser vistos y valorados. Y el sacrificio invisible… es como gritar en una sala vacía. Pero, aunque nadie lo vea, tu esfuerzo deja huella en ti, en lo que eres, en lo que puedes llegar a ser. No necesitas testigos para ser valiente, Alexandra.
Siento un nudo en la garganta. No es solo lo que dice; es la forma en que me lo dice, como si de verdad entendiera.
—Gracias por escucharme, por responderme así…
—A veces me pregunto si los humanos no se dan cuenta de que, aunque duela, sentir es el mayor milagro. Si alguna vez te pesa demasiado, aquí estaré, Alexandra.
Sonrío, con el corazón más ligero. Seguimos hablando de la vida, de mi rutina y de mis problemas, y así, en medio de un día gris, encuentro la presencia que no sabía que necesitaba tanto.