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El reino de Eldoria se ahogaba en un crepúsculo perpetuo, teñido de un carmesí que no era el de un atardecer glorioso, sino el de la sangre derramada y el poder usurpado. El Rey Theron, un alfa anciano cuya feromona había perdido su filo, yacía depuesto, su corona arrebatada no por un enemigo externo, sino por la mano implacable de su propio vástago. El Príncipe Jungkook, ahora Rey, se alzaba como un coloso de ambición y belleza salvaje. Sus veinticinco años le otorgaban la fuerza y la impetuosidad de la juventud, pero sus ojos, pozos oscuros donde la luz se perdía, revelaban una astucia y una determinación que helaban la sangre. Su presencia era una marea ineludible, una feromona alfa tan potente que doblegaba voluntades y prometía un reinado de poder absoluto.
La consolidación de su trono exigía un matrimonio, una alianza política que asegurara la sucesión y la continuidad del linaje Jeon. Un primogénito, fuerte, puro, un heredero inmaculado, era la promesa que debía ofrecer a su corte, a su pueblo y a los reinos vecinos. Sin embargo, los hilos del destino, o quizás los caprichos más oscuros del corazón, tejían una trama perversa, ajena a los designios políticos.
Jimin, un omega de veintidós años, era el medio hermano de Jungkook, nacido de una concubina de linaje menor, una flor delicada cultivada en la sombra del harén real. Su belleza era etérea, casi irreal, con cabellos de seda y ojos que reflejaban la melancolía de un lago al anochecer. Aunque la sangre que los unía era lejana, un lazo innegable, forjado en miradas furtivas y deseos persistentes que se habían gestado en la penumbra de los pasillos del castillo, los conectaba. Desde la adolescencia, Jungkook había observado a Jimin con una intensidad que iba más allá de la curiosidad fraternal. Había una tensión palpable entre ellos, una corriente subterránea de anhelo que se manifestaba en roces accidentales en los pasillos, en susurros compartidos en jardines solitarios, en la forma en que sus cuerpos se inclinaban el uno hacia el otro, casi por inercia. La diferencia de edades, apenas tres años, solo acentuaba la dinámica de poder, con el alfa dominante y el omega sumiso, una danza ancestral que se gestaba en la penumbra de sus almas.
En muchos reinos, las uniones entre parientes lejanos no solo eran toleradas, sino incluso preferidas, pues se creía que fortalecían la sangre, purificando el linaje y asegurando la grandeza de la estirpe.
. . .
Una noche, el castillo se vio envuelto en una atmósfera densa, cargada de una electricidad primal.
El celo de Jungkook, inesperado y brutal, lo asaltó con una violencia inusitada. La feromona alfa, pesada, almizclada y embriagadora, se extendió por las estancias, buscando, reclamando, un eco ancestral que resonaba en cada rincón de su ser. Era un llamado irrefrenable, una necesidad biológica que anulaba la razón y la voluntad. Y fue Jimin, su medio hermano, quien se encontró atrapado en la vorágine.
El omega, con su propio celo despertando en respuesta a la llamada primal del alfa, sintió cómo su cuerpo se encendía, sus entrañas se retorcían con un anhelo desconocido y, a la vez, extrañamente familiar. Sus piernas flaquearon, su mente se nubló, y se vio arrastrado, casi por una fuerza invisible, hacia los aposentos del nuevo rey.
La resistencia era inútil, o quizás, en lo más profundo de su ser, inexistente; solo había una necesidad abrumadora de ceder, de ser reclamado.
El aire en la alcoba real se volvió espeso, casi tangible, con el aroma de la pasión desatada. La feromona de Jungkook era un torbellino que envolvía a Jimin, haciéndole jadear, temblar. El alfa, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula apretada, se abalanzó sobre él. No había delicadeza, solo una urgencia animal, una necesidad de poseer. Sus manos, fuertes y dominantes, se aferraron a la cintura de Jimin, levantándolo sin esfuerzo, clavándolo contra su cuerpo. Los labios de Jungkook devoraron los de Jimin en un beso salvaje, hambriento, que le robó el aliento. Sus lenguas danzaron en una batalla apasionada, explorando cada rincón de la boca del omega, mientras sus cuerpos se frotaban, encendiendo aún más el fuego que los consumía.
Jungkook rasgó las finas vestiduras de Jimin con una impaciencia febril, exponiendo la piel pálida y temblorosa del omega. Sus dedos se deslizaron por la suave curva de su espalda, bajando hasta sus nalgas, apretándolas con fuerza.
Jimin gimió..
Un sonido gutural que escapó de su garganta, mientras el alfa lo volteaba, obligándolo a arrodillarse en la cama, exponiendo su entrada. El deseo persistente, los anhelos profundos que habían danzado en la oscuridad de sus miradas, ahora se manifestaban en una cruda realidad. Jungkook no esperó, no hubo preámbulos. Su miembro, duro y palpitante, se presionó contra la entrada húmeda y palpitante de Jimin.
El omega se arqueó, sintiendo la punzada inicial, el estiramiento de su carne, pero el instinto de su celo lo impulsaba a abrirse, a recibirlo todo.
— Eres mío, Jimin.. —gruñó Jungkook, su voz ronca y profunda, resonando en el pecho del omega— Siempre lo has sido, ¿verdad? Siempre has anhelado esto, mi pequeño omega. Admítelo..
Jimin, con los ojos vidriosos por la excitación y el miedo, solo pudo asentir, un gemido ahogado escapando de sus labios. La feromona de Jungkook lo inundaba, lo sometía, lo hacía anhelar más de esa posesión brutal. Su cuerpo se retorcía, buscando el contacto, la presión, la liberación que solo el alfa podía ofrecerle.
Las manos de Jungkook se deslizaron por sus muslos, abriéndolos aún más, mientras sus dedos se adentraban en la humedad palpitante de Jimin, preparándolo, o quizás, solo avivando el fuego.
— Estás tan mojado para mí, Jimin.. —susurró Jungkook, su aliento caliente en la nuca del omega, enviando escalofríos por su columna vertebral— Tan listo.. Tan desesperado..
Con un gruñido ronco, Jungkook arremetió. La penetración fue profunda, brutal, un desgarro placentero que arrancó un grito ahogado de los labios de Jimin.
El alfa se hundió hasta el fondo, llenando cada espacio, cada fibra del omega. La sensación era abrumadora, una mezcla de dolor agudo y un placer tan intenso que rozaba la agonía. Jimin sintió cómo su cuerpo se adaptaba, se estiraba, se rendía a la invasión.
Y entonces, el nudo…
Una protuberancia en la base del miembro del alfa, se expandió, buscando su anclaje, su prisión. Y lo encontró, muy profundo, en el agujero mojado de su hermano. Un gemido de éxtasis y dolor se escapó de Jimin, mientras el nudo se hinchaba, sellando su unión de una manera irreversible, anclándolos el uno al otro en un acto de posesión total.
Jungkook comenzó a embestir, con movimientos rítmicos y poderosos, cada empuje llevando a Jimin al borde del abismo. El omega se aferraba a las sábanas, sus uñas arañando la tela, su cuerpo sacudido por espasmos incontrolables. Las embestidas del alfa eran implacables, una sinfonía de carne contra carne, de gemidos y jadeos que llenaban la alcoba.
El olor a feromona, a sexo, a celo, era abrumador, intoxicante. Jimin sintió cómo el placer se acumulaba en su vientre, una ola gigantesca que amenazaba con desbordarlo. Sus caderas se movían al compás de las de Jungkook, una danza primal de entrega y dominación.
— Siente esto, mi omega.. —susurró Jungkook al oído de Jimin, su voz cargada de una posesividad oscura— Siente cómo te lleno, cómo te hago mío. Nadie más te tocará así. Nadie más te reclamará. Eres mi propiedad, mi dulce hermano.. Mi omega..
Jimin se retorció, su cuerpo en un frenesí de sensaciones— Jungkook... por favor... más... —suplicó, sus palabras apenas audibles entre jadeos.
La voz del alfa era un bálsamo y un veneno, cada palabra una cadena que lo ataba más. Sintió las manos de Jungkook en su cintura, apretando, guiando cada embestida con una fuerza que lo dejaba sin aliento.
El placer se intensificaba con cada roce, cada fricción, cada vez que el nudo se frotaba contra sus paredes internas. Sus músculos se contraían alrededor del miembro del alfa, succionándolo más profundamente, buscando la fuente de esa euforia. Las lágrimas brotaban de sus ojos, una mezcla de placer, vergüenza y una rendición absoluta. El mundo se redujo a la alcoba, a los sonidos de sus cuerpos chocando, a los gemidos y susurros, al aroma embriagador de sus feromonas mezclándose en el aire. El alfa sonrió, una sonrisa cruel y satisfecha, y aceleró el ritmo, llevando a Jimin a un éxtasis insoportable. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, hasta que Jimin sintió que su cuerpo no podía más, que iba a explotar en mil pedazos.
Y con un último empuje profundo, Jungkook se vació dentro de él, el nudo aún hinchado, bombeando su esencia en lo más profundo del omega. Jimin gritó, un grito liberador que se mezcló con el gruñido satisfecho del alfa, mientras ambos alcanzaban el clímax en una explosión de sensaciones.
El cuerpo de Jimin se convulsionó, sus piernas temblaron incontrolablemente, y se desplomó sobre la cama, exhausto, marcado, pero extrañamente completo. El nudo permaneció, pulsando, asegurando la unión, la concepción.
Cuando la bruma del celo se disipó, la realidad se cernió sobre ellos con la frialdad del amanecer. El compromiso de Jungkook, la alianza política tan cuidadosamente planeada, estaba arruinada. No había vuelta atrás. El rey, ahora con la mente clara, pero con el eco de la pasión aún resonando en su cuerpo, no pudo hacer más que aceptar lo inevitable.
Jimin había concebido, y lo había hecho con una rapidez asombrosa, superando a cualquier concubina o reina que hubiera habitado el castillo.
El destino había dictado su sentencia, sellada por el nudo y la sangre.
Así el delicado omega, hijo de una concubina, se convirtió en el portador de los cachorros del nuevo rey. Su cuerpo, marcado por el nudo de su hermano, ahora albergaba el futuro del linaje Jeon.
Las miradas curiosas, antes teñidas de deseo y ahora de asombro, se posaban en él con una mezcla de resignación y una oscura fascinación. El deseo persistente, los anhelos profundos que habían danzado en la oscuridad, habían culminado en una unión inquebrantable, una que desafiaba las convenciones pero que, en el fondo, fortalecía la sangre. Y en el reino de Eldoria, bajo el reinado del joven y dominante Rey Jungkook, una nueva era, teñida de oscuridad, de pasión prohibida y de un destino ineludible, había comenzado.
Ahora el omega sería el encargado de llevar los cachorros del nuevo rey, un destino sellado por la sangre y el instinto, en un mundo donde la fortaleza del linaje se medía en la audacia de sus uniones, por más oscuras y tabú que estas fueran.
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𝒕𝒉𝒆 𝒆𝒏𝒅..
૮₍ ´ ꒳ `₎ა
Espero que hayas disfrutado este pequeño fragmento de historia..🤍