Ⅰ
La curiosidad de Jimin siempre había sido su mayor virtud y su defecto más peligroso. No era una curiosidad intelectual, de libros y pergaminos, sino visceral, un impulso que le quemaba en las venas y lo empujaba a tocar lo prohibido, a saborear lo desconocido, a desvelar los secretos que la vida le ocultaba. Mientras los demás miembros de la manada se contentaban con sus vidas predestinadas, con sus roles fijos y sus destinos trazados, él observaba. Y su observación favorita, su pecado secreto, su anhelo más profundo, era Jungkook.
El alfa era la personificación de la fuerza bruta y la elegancia salvaje. Cada movimiento suyo era una promesa de poder, cada mirada un desafío.
Con su presencia que dominaba cualquier habitación, con su aroma a bosque húmedo después de la lluvia, a tierra fresca y a un toque de algo puramente masculino, indomable, que hacía que las rodillas de Jimin temblaran y un calor se acumulara, denso y persistente, en su bajo vientre.
Era un anhelo inútil, lo sabía. Jimin era un humano, un simple beta en el mejor de los casos, sin el linaje ni la capacidad de procrear que la manada valoraba por encima de todo. Jungkook, por otro lado, era el hijo del Alfa, el heredero, y necesitaba un omega fértil, alguien capaz de perpetuar la estirpe, de asegurar una descendencia numerosa y fuerte. Una familia extensa no era solo un deseo, era el deber ineludible de Jungkook, y Jimin no podía ofrecerle nada más que su devoción silenciosa, sus miradas robadas y el ardor secreto de su corazón.
Fue en uno de sus paseos por el bosque, huyendo de los ojos curiosos y los juicios tácitos de la manada, cuando sus pies lo llevaron, casi por voluntad propia, hasta la cabaña de Jin. La bruja era una leyenda, una entidad que nadie se atrevía a molestar, una figura envuelta en misterio y advertencias. Pero Jimin, en su infinita y peligrosa torpeza, tropezó con una raíz retorcida y entró de golpe en el claro donde se erguía su morada.
La cabaña estaba vacía, pero el aire vibraba con una energía antigua y peligrosa, un eco de conjuros y transformaciones.
Su atención se fijó inmediatamente en un frasco sobre una estantería de madera oscura y polvorienta. El líquido en su interior brillaba con una luz iridiscente, como si un amanecer hubiera sido atrapado en el cristal, o como si las lágrimas de un arcoíris se hubieran condensado en su interior. Un rosa intenso y dorado que prometía belleza, que susurraba "tómame" directamente a su alma, a esa parte de él que anhelaba ser más, ser digno.
Sin pensar, sin medir las consecuencias, con una urgencia que superaba cualquier lógica, lo agarró con manos temblorosas y se lo bebió de un solo trago. El sabor fue dulce, como miel mezclada con pétalos de rosa y un toque de algo metálico y terroso, y se deslizó por su garganta como un beso cálido, una promesa líquida.
Aunque el efecto no fue el que esperaba. No sintió un cosquilleo embellecedor en su piel ni un brillo mágico en sus ojos. Sintió un reordenamiento brutal, una reescritura violenta y dolorosa de su propia biología.
Un calor ardiente comenzó en su pelvis, un fuego líquido que se extendió como una ola por todo su cuerpo, derritiendo y remodelando sus huesos y carne. Sus caderas se ensancharon con un crujido sordo y agónico, los huesos cediendo y remodelándose para crear una curva más suave, más pronunciada, más femenina. Sus muslos se alisaron y moldearon, volviéndose más esbeltos y firmes, y su pecho se tensó en una nueva y sensible curva, sus pezones endureciéndose y volviéndose dolorosamente sensibles.
El cambio más profundo, sin embargo, ocurrió entre sus piernas.
Su miembro, esa parte de sí mismo que siempre había conocido, se retrajo con una sensación extraña, como si se absorbiera hacia adentro, como si se disolviera en su propia carne, y se transformó, dando paso a un pliegue húmedo y sensible, a unos labios vaginales que pulsaban con una nueva vida, con una humedad que nunca antes había experimentado. Se tocó, con el corazón en un puño, con los dedos temblorosos explorando esa nueva y extraña geografía. El contacto eléctrico que recorrió su cuerpo fue ajeno y a la vez, profundamente correcto, como si esa parte de él siempre hubiera estado esperando ser revelada.
"Sigo siendo un hombre", se dijo a sí mismo, aterrorizado, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.
Su rostro, su voz, su mente, seguían siendo los de él. Era solo su cuerpo el que había sido traicionado, o quizás, finalmente, completado.
El pánico lo invadió, una ola fría que contrastaba con el fuego de su transformación, pero Jin apareció como por arte de magia, su figura alta y esbelta emergiendo de las sombras.
— No te asustes, niño curioso.. —dijo con una sonrisa maliciosa, sus ojos brillando con una sabiduría ancestral— El cambio es reversible. Si tu cuerpo permanece puro, sin ser sembrado, el efecto se desvanecerá al amanecer...
La esperanza floreció en el pecho de Jimin, una pequeña llama en medio de su confusión.
Solo tenía que sobrevivir a la noche.
Solo tenía que evitar cualquier contacto que pudiera sellar su destino.
Pero el destino, a menudo, tiene un sentido del humor cruel y retorcido.
Esa misma noche, la manada celebraba una caza exitosa, sus risas y cantos resonando en el bosque. Jungkook, en un raro momento de relajación, se alejó de la fogata principal para caminar por el bosque, buscando un momento de paz, o quizás, algo que ni él mismo sabía que buscaba. Y entonces lo olió. Un aroma increíble, único, que no era el de un omega común, sino algo más dulce, más personal, más embriagador, algo que despertaba en él un instinto primitivo y posesivo que nunca había sentido con tanta fuerza.
Era el aroma de Jimin, pero magnificado, transformado, una llamada irresistible. Siguió el rastro, sus pasos firmes y decididos, hasta que encontró a Jimin, temblando contra un árbol, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo emitiendo ese perfume celestial que lo llamaba, que lo reclamaba.
— Jimin.. —susurró el alfa, su voz grave y cargada de un deseo que era casi doloroso, una promesa de posesión.
Jimin no pudo responder, su garganta se había cerrado, su cuerpo vibraba con una mezcla de miedo y anhelo. El instinto de Jungkook era abrumador, la necesidad de marcar, de poseer, de reclamar esa fragancia como suya, de hundirse en ella.
Lo presionó contra el rugoso tronco del árbol, su cuerpo duro y caliente como una forja, aprisionándolo— ¿Qué te ha pasado, travieso? Hueles... diferente. Hueles a mí. Hueles a mi omega..
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