Linaje De Cenizas

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Summary

El mundo ya estaba roto cuando la enfermedad apareció. Tras décadas de guerras y colapsos, la humanidad sobreviviente se divide entre tres ciudades amuralladas —Oro, Plata y Bronce— y un exterior condenado por el Thanex, una enfermedad letal que arrasa con la clase baja. Mientras millones mueren, la élite se preserva, convencida de que el sacrificio fue necesario para salvar lo que quedaba del mundo. Enid Van Der Lyn, heredera de una de las familias más poderosas de la Ciudad de Oro, creció creyendo en ese sistema. Educada para gobernar sin cuestionar, se convirtió en una figura pública infalible: fuerte, respetada y peligrosa. Como portadora de un misterioso gen hereditario, Enid jamás ha temido a la enfermedad… ni a las consecuencias de sus actos. Pero cuando una serie de eventos la obliga a convivir con el exterior y enfrentar de cerca a quienes el sistema decidió abandonar, las certezas que sostuvieron su identidad comienzan a resquebrajarse.

Genre
Scifi
Author
Bley
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

La ciudad de Oro


Prólogo

El mundo no terminó el día en que comenzaron las guerras.

Tampoco murió cuando la enfermedad apareció.

El mundo se rompió cuando algunas personas decidieron que merecían sobrevivir más que otras.

Mucho antes de que existieran las tres ciudades, antes de que el nombre Thanex infundiera miedo, antes de que la palabra élite se convirtiera en una frontera invisible, hubo una sola certeza: la humanidad era frágil.

La fragilidad siempre había sido democrática.

Las enfermedades no distinguían linajes. La muerte no pedía permisos. El tiempo no negociaba.

Hasta que alguien decidió hacerlo.

Nadie recuerda con exactitud cuándo comenzó la separación. No hubo anuncios, ni discursos, ni decretos escritos en mármol. Solo decisiones silenciosas tomadas en habitaciones cerradas, firmadas por hombres y mujeres convencidos de que el sacrificio ajeno era un mal necesario.

Primero se habló de eficiencia. Luego de control. Después de supervivencia.

Y finalmente, de pureza.

Las ciudades se alzaron como promesas: muros dorados para quienes podían pagar el precio correcto; puertas selladas para el resto del mundo. Afuera quedaron las manos que construyeron esos muros, los cuerpos que extrajeron los recursos, las vidas que ya no eran indispensables.

La enfermedad hizo el trabajo sucio.

Lenta. Meticulosa. Implacable.

Mientras el exterior se llenaba de cenizas, adentro se enseñaba a los niños a no mirar atrás. A llamar peligro a lo que en realidad era abandono. A confundir seguridad con inocencia.

Nadie hablaba de culpa. Nadie hablaba de herencia.

Porque algunas cosas no mueren con quienes las crearon. Algunas cosas se transmiten.

Como la sangre.

Como el poder.

Como los pecados que se esconden bajo el nombre de los linajes.

Esta no es la historia de cómo el mundo cayó.

Es la historia de lo que queda cuando las cenizas heredan el futuro.

Capitulo 1 “La ciudad de Oro”

El Cristal tallado de su copa reflejaba las luces danzantes del salón, Sin duda era un espectáculo más interesante que el discurso aburrido del barón Charles, sobre sus nuevas adquisiciones. Enid suspiro levemente, fingiendo una sonrisa cuando la miró.

—Absolutamente fascinante, barón —dijo con tu tono que sugería todo lo contrario.

Junto a ella su hermano mayor Owen reía con genuina, aunque para enid era incomprensible su diversión

“Que fácil complacer a algunos” pensó, dejando caer una mirada condescendiente sobre la multitud elegantemente vestida pero, en su opinión, terriblemente ordinaria. El mundo continuaba girando, mientras una enfermedad Mortal acechaba desde la sombra a la gente más vulnerable, pero aquí, en la cúspide de oro, todo era una celebración infinita de la propia superioridad

Enid quien ya estaba algo aburrida de estás celebraciones se limitaba a observar a la multitud, hasta que un joven con traje elegante se acercó a ella.

— Señorita Enid le gustaría bailar un poco con su servidor —decía aquél joven extendiendo la mano amablemente.

— Sería un honor demasiado grande para ti niño —respondió con una sonrisa burlona —.ve con tus amigos a balbucear que yo estoy ocupada.

El muchacho bajó la mirada, avergonzado. Quiso replicar, pero las palabras se le atragantaron en la garganta. La humillación lo había silenciado. Sin decir una palabra, se alejó y regresó con su grupo de amigos, quienes aparentemente se mofaban de su rechazo.

“Un baile, sí, claro, con eso conquistarás a esas bobas engreídas, caviló, dirigiendo ahora su atención a un grupo de chicas que parecían coquetear con otros jóvenes. Sumida en sus pensamientos, Enid no advirtió la llegada de su otro hermano, Lucian, quien se acercaba abrazado a dos mujeres bien vestidas.

—¿Sigues divirtiéndote espantando pretendientes, Enid? —preguntó Lucian, llevándose la copa a los labios para tomar un sorbo—. Deberías intentar ser más sociable, relajarte un poco. Podrías haber usado al chico para pasar el rato.

—Cierra la boca, Lucian. ¿No tienes asuntos más importantes que atender, como complacer a tus acompañantes? —contestó, mirando explícitamente a las mujeres.

—Jajaja, por supuesto, estas bellezas no van a ninguna parte —murmuró, besando a cada una en la mejilla—. Pero mírate, pareces sufrir en estos eventos. Intenta relacionarte más; recuerda que estás en familia y todo esto es tuyo.

—¿Familia? ¿Lo dices en serio? Esta gente está aquí porque les interesa cultivar una amistad conveniente con la familia más importante del mundo. ¿Y tú? Desperdicias tu tiempo con estas dos —espetó Enid con desdén.

—Piensa lo que quieras, tú te lo pierdes. Yo no seré el que termine como un patético solterón —replicó Lucian, apurando su trago antes de marcharse, dejando tras de sí una palpable sensación de desconcierto.

—si todas fuéramos así de estúpidas, creo que serías el hombre más afortunado del mundo —murmuró en voz baja, apenas audible.

La fiesta continuó con una normalidad superficial. Los invitados se divertían y, poco después, la música cesó ante la intervención de un hombre con un traje de corte impecable que buscaba captar la atención de todos.

—Buenas noches a todos. Espero que estén disfrutando de esta velada. Me alegra enormemente tenerlos aquí con nosotros. Como sabrán, esta es una celebración previa a un evento aún más importante que me gustaría compartir con ustedes —anunció, alzando su copa—. Mañana, mi hermosa hija Enid Van Der Lyn cumplirá veinte años, y será un día especial que deseo compartir con nosotros, los dignos.

La atención de todos se centró en el padre, sus rostros reflejaban un interés palpable.

—Espero contar con su presencia mañana y, por ahora, disfruten de esta noche —concluyó el hombre.

Una salva de aplausos llenó el salón mientras la fiesta proseguía. En ese instante, una mujer de vestido elegante se acercó a Enid.

—¿Te diviertes, cariño? —preguntó su madre con una sonrisa suave, esa que Enid ya conocía bien: parecía afectuosa, pero siempre venía cargada de juicio.

—Muchísimo. Nada como compartir aire con aduladores y embajadores de la hipocresía —respondió Enid sin mirar a su madre, mientras hacía girar su copa entre los dedos.

—Ay, Enid… no empieces con tus ironías. Es una noche importante.

—Claro que lo es. Papá prometió algo íntimo, pero esto parece una subasta de apellidos.

—¿Y acaso no lo es? —su madre tomó un sorbo elegante—. Tu apellido es lo que hace que todos estén aquí. ¿No te halaga?

Enid la observó por un segundo, afilando la mirada.

—Lo que me halaga es saber que incluso en una sala llena de vanidad, sigo siendo la única que no necesita fingir.

—Cuidado con ese tono. Una Van Der Lyn puede permitirse muchas cosas, menos parecer desagradecida —su madre alzó una ceja. No había enojo, pero sí una advertencia suave, peligrosa.

—No soy desagradecida. Solo me gustaría, por una vez, sentir que me celebran a mí... no a lo que represento.

—Querida, en este mundo, lo que representas es todo lo que eres 

—respondió su madre, sin rastro de duda.

—Y ese es el problema. Te lo he dicho siempre: esta gente no es más que un montón de ratas buscando formas creativas de robar un poco de nuestro poder. Lo irónico es que los de afuera de estos muros hicieron exactamente lo mismo... y están pagando por ello. Ja, pobres imbéciles. Quizá todos estos también deberían estar allá.

Sin decir una palabra, la madre levantó la mano y le dio una bofetada seca en la mejilla. El golpe resonó por encima de la música y las risas, aunque nadie pareció notarlo, o al menos prefirieron no hacerlo.

—No vuelvas a hablarme así —dijo la mujer con frialdad—. Y respeta a tus invitados. De la clase baja podrás decir lo que quieras, pero no de tu gente, ¿entendiste?

Enid, con la mejilla roja, giró lentamente el rostro hacia su madre. Sus labios apenas se movieron mientras murmuraba:

—Entiendo…

La madre la observó un segundo más, asegurándose de que sus palabras calaran. Luego, sin decir nada más, se alejó con la misma elegancia fría con la que había llegado, como si nada hubiese ocurrido.

Enid se quedó inmóvil, con los ojos clavados en su copa vacía. Su pulso aún palpitaba en la mejilla, pero su orgullo dolía más. No era la primera vez que su madre le enseñaba con una bofetada lo que significaba ser una Van Der Lyn, pero cada vez se hacía más difícil tragar la humillación. 

Enid dejó la copa vacía sobre la bandeja del sirviente con un gesto pausado. Sus dedos, aún tensos, soltaron el tallo de cristal como si lo hicieran a regañadientes. Se levantó con la gracia que se espera de una Van Der Lyn, pero sus pasos, aunque suaves, tenían una determinación casi letal.

Cruzó el salón entre vestidos de seda y perfumes importados, ignorando las miradas curiosas que la seguían. Su porte era impecable, su expresión, indescifrable. Nada en su andar delataba la bofetada reciente, excepto el leve rubor en su mejilla, como una rosa herida en un jardín perfecto.

Empujó la puerta del baño de damas con elegancia y entró sin voltear. El silencio del interior, cubierto de mármol y espejos dorados, contrastaba con el bullicio de afuera. Finalmente sola, se permitió un suspiro contenido mientras caminaba hasta el espejo más amplio.

Se miró el rostro en el espejo, con una mirada letal. El reflejo le devolvía a una mujer perfecta por fuera, pero algo en su interior palpitaba con una rabia sorda. Cuestionaba las palabras de su madre, su tono, la humillación.

El silencio del baño se rompió cuando una joven mujer empujó la puerta con torpeza, cargando a un bebé que lloriqueaba y tenía el rostro manchado con lo que parecía papilla.

— Oh, disculpe… no sabía que estaba aquí —balbuceó, sorprendida—. Enid Van Der Lyn… lo siento mucho, soy Elizabeth.

Enid la escaneó con la mirada. Sabía de inmediato que la chica solo buscaba un rincón para limpiar al bebé, nada más. Aun así, sus labios dibujaron una leve curva.

—¿Puedo? —preguntó, señalando al niño.

—Ah… sí, por supuesto. Solo déjeme limpiarlo primero… —dijo Elizabeth, revolviendo su bolso en busca de un pañuelo.

—No —interrumpió Enid con suavidad tajante—. Yo lo haré.

—E-está bien —cedió, algo confundida, mientras le pasaba al bebé.

Enid lo sostuvo con una extraña delicadeza. De su bolso, sacó una servilleta de tela bordada, con la que comenzó a limpiar el rostro del niño. Sus movimientos eran lentos, meticulosos, y mientras lo hacía, tarareó una vieja canción de cuna que ni siquiera recordaba haber aprendido. El bebé soltó una pequeña risa, encantado.

—Es muy hermosa —murmuró Enid, sin apartar los ojos de la criatura.

—Gracias… aunque no tanto como usted —dijo Elizabeth, nerviosa, haciendo una reverencia torpe.

Enid levantó lentamente la mirada hacia ella, la sonrisa desvaneciéndose.

—Basta de cumplidos —espetó, y le devolvió al bebé con suavidad.

—Sí… perdón, es que… yo… —Elizabeth tartamudeaba, tropezando con sus propias palabras.

—¿Tienes un ataque? —dijo Enid, en tono gélido— ¿O simplemente eres estúpida?

El silencio cayó como una piedra en el agua. Elizabeth bajó la mirada, abrazando al bebé con fuerza.

—Lo siento… —murmuró Elizabeth, haciendo una leve reverencia con los ojos vidriosos.

—No quiero oírlo —interrumpió Enid, alzando la voz con una frialdad cortante—. Fuera de aquí.

Elizabeth salió con prisa, abrazando a su hija como si su sola presencia la protegiera del veneno que acababa de respirar. Enid se quedó un instante más, mirando su reflejo en el espejo. La máscara de arrogancia seguía allí, perfecta, intacta... pero por un segundo, solo un segundo, sus labios temblaron. Luego se recompuso, acomodó su cabello, y salió del baño como si nada hubiera pasado.

Mientras tanto, en el salón principal, la madre de Enid caminaba con paso firme entre los invitados, dejando tras de sí una estela de perfumes costosos y juicios no dichos. Su rostro sereno escondía el enfado que aún hervía bajo su piel. Al llegar junto a su esposo, colocó una mano sobre su brazo con la familiaridad de los años compartidos y la estrategia de quien nunca baja la guardia.

El hombre rápidamente intuyo que tenía algo que decirle 

— ¿Y bien?, ¿Qué ha pasado entre tu y Enid? — preguntó Frederick, apartándose un poco de sus invitados para poder hablar en un tono más privado 

— tuvimos una pequeña escena frente a los invitados— respondió Clarisse con frialdad elegante —. Enid sigue creyendo que es especial por encima del restó, incluso sobre su propia sangre.

— de cierta forma eso es bueno, después de todo es una Van Der Lyn. tiene que aprender a romper a los demás antes que la vida intenté romperla a ella.

— Pues yo diría que está aprendiendo demasiado bien, más que sus hermanos, pero lo que realmente me preocupa es su lengua, habla sin filtro, incluso frente a los nuestros 

— Entiendo, ¿crees que no está lista? 

— no lo sé, lo único que quiero es que no destruya todo lo que tenemos todo por uno sus caprichos.

Frederick la observó con seriedad

— mañana que sea la revelación, hablaremos con ella, tendrá que aprender a mantener la confidencialidad por el bien de esta familia, pero estoy seguro de que aceptara la verdad como todos nosotros

— ¿Y si no lo hacé?— cuestionó Clarisse 

— lo hará, estoy seguro, la educamos para eso, nadie de nuestros hijos ha cuestionado y yo me aseguraré que hacía sea 

Clarisse no respondió de inmediato. Desvió la vista hacia el balcón, donde la noche envolvía el horizonte. Las luces de la ciudad brillaban más allá de los muros, donde los "otros" vivían.

— Confío en ella Frederick, después de todo es mi única hija 

Alaric le ofreció su copa sin decir palabra. Ella la tomó y bebió un sorbo. Ambos sabían que lo que estaba por venir pondría a prueba más que el linaje. Pondría a prueba su legado.

Límites de la ciudad de oro, Sector 27 fuera del muro

Varias cámaras de seguridad parpadeaban por unos segundos, más nadie lo notaba.

Del otro lado, las calles eran oscuras y húmedas, iluminadas solo por las farolas intermitentes y las fogatas improvisadas en barriles oxidados. El concreto estaba agrietado, las casas eran ruinas habitadas, y el aire olía a metal y polvo. Una tos seca rompía el silencio con regularidad, como un coro enfermo que no dejaba de cantar. 

Entre las pequeñas casas en pie, un jóven de unos 24 años empujaba un carrito oxidado lleno de Restos metálicos y unas baterías vacías. Caminaba lentamente por la calles.

Pasó junto a un grupo de niños que jugaban entre escombros, su piel manchada por la mugre, sus ojos grandes, llenos de hambre y de historias que no deberían conocer. Uno de ellos se acercó.

—¿Trajiste algo? —preguntó un niño de voz ronca, tosiendo.

—Solo esto —dijo James, sacando una pastilla vieja de proteínas de su bolsillo—. No es mucho, pero servirá para ti y tu hermana.

El niño la tomó como si fuera oro y salió corriendo. James suspiró. En ese momento, un ruido mecánico sonó cerca: una patrulla aérea de los Erradicadores sobrevolaba el sector.

El mínimo ruido que existía desapareció de inmediato. Incluso los perros dejaron de ladrar. Todos sabían que ese sonido no anunciaba vigilancia, sino muerte.

James soltó de inmediato el carrito oxidado y corrió a esconderse tras los muros de una casa que apenas se sostenía en pie. Todo quedó en un silencio tenso, hasta que, segundos después, se escucharon gritos.

—¡No, por favor! ¡No lo volveré a intentar! ¡Puedo pagar...!

La voz cesó de golpe. El estruendo de una bala se escuchó con tanta fuerza que su eco pareció retumbar en cada rincón del barrio.

Pasaron algunos minutos antes de que la patrulla se marchara. Con su partida, el miedo también pareció disiparse un poco.

—No puedo estar aquí... —susurró James, aún temblando.

Rápidamente tomó el carrito y esta vez, con un paso mucho más rápido, se dirigió hacia lo que llamaba hogar. Era una casa mediana, de paredes agrietadas y pintura desgastada. Apenas una pequeña luz cálida se filtraba desde la ventana.

James sacó sus llaves con manos temblorosas y entró, dejando el carrito fuera. Su respiración acelerada delataba su agitación.

—James, regresaste. Hijo, te dije que no llegaras tan tarde —dijo una mujer de edad avanzada, que se acercó con pasos lentos.

—Lo siento, mamá. Necesitaba encontrar más chatarra para vender, y no podía volver con las manos vacías —respondió rápidamente, intentando calmarse.

—¿Pero qué te pasó? ¿Por qué estás tan asustado? —preguntó con preocupación, examinándolo con la mirada.

—Yo... vi un erradicador. O bueno, estuvieron muy cerca de mí. Ejecutaron a alguien. Me asusté, eso es todo...

—¿Qué? ¿Un erradicador? ¿Alguien volvió a romper la ley? —interrumpió una voz femenina más joven desde la sala.

—Sí. No sé exactamente qué pasó, pero su sola presencia... su falta de humanidad... es aterradora —respondió James, aún alterado.

—Pero ya estás aquí, y eso es lo importante. Ven, siéntate. Tu hermano ya está dormido, así que cenaremos sin él —dijo la madre con suavidad.

—Está bien... Vamos a cenar. Por cierto, ¿él está bien?

—Sí, sólo estaba cansado. Decidió acostarse temprano hoy.

—Entiendo.

La madre sirvió la comida mientras los dos hermanos tomaban asiento. El silencio solo era interrumpido por los ruidos de los cubiertos golpeando los platos.

—Qué horrible es todo esto... —dijo Gabriela con la mirada baja—. ¿Cómo es posible que vivamos así, mientras esa gente celebra con total libertad y hace lo que se le da la gana?

—Tranquila, Gabriela. Yo también quisiera que las cosas fueran distintas... pero no tienes por qué envidiar nada de esa gente hipócrita —respondió James, llevándose una cucharada de sopa a la boca.

—No es envidia... —replicó ella, molesta—. Pero es tan frustrante no poder ser alguien. Apenas si tenemos para comer, y usamos velas como luz. Es humillante. Esa gente podría ayudarnos si tan solo pudiéramos pasar esos malditos muros...

—Hija... sé que estás cansada de todo esto —intervino la madre, intentando consolarla—. Pero las cosas mejorarán, ya lo verás. La justicia siempre llega, tarde o temprano. Solo hay que ser pacientes...

—Sí... bueno. Con esa enfermedad allá afuera, no puedo imaginarme mucho futuro —murmuró Gabriela

Gabriela se quedó en silencio unos segundos, observando cómo la cera derretida se escurría lentamente por el costado de la vela. El tenue resplandor proyectaba sombras largas en las paredes agrietadas, como si el lugar mismo compartiera su frustración.

—¿Y si no mejora? —preguntó finalmente, sin mirar a nadie—. ¿Y si esto es todo lo que hay? ¿Recoger chatarra, esconderse de los erradicadores y vivir con miedo?

James bajó la cuchara, dejando el sonido hueco del metal contra la loza.

—No digas eso. No podemos rendirnos —respondió con voz baja, pero firme—. Tú eres la que siempre ha tenido esperanza, Gabriela. No te puedes quebrar ahora.

Gabriela lo miró, los ojos llenos de una rabia contenida, pero también de un cansancio profundo.

—¿Esperanza? Estoy cansada de tener esperanza. Mamá se enferma más cada día, tú arriesgas la vida cada vez que sales, y yo... yo no tengo nada. No hay futuro aquí, James. Solo hay ruinas.

La madre, que había permanecido en silencio, suspiró mientras se sentaba lentamente junto a ellos.

—Entiendo cómo te sientes, hija. Yo también me he hecho esas preguntas. Pero si no nos cuidamos entre nosotros, si no mantenemos viva la esperanza, ellos ya ganaron.

Gabriela apretó los puños sobre la mesa.

—Ellos ya ganaron, mamá. Lo hicieron el día que nos encerraron aquí. El día que decidieron que nuestras vidas valían menos. Y nadie ni siquiera nosotros los hemos hecho pagar por eso.

James la observó con atención. Había algo distinto en su voz esta vez. No era solo frustración. Era una semilla de algo más.

—¿Qué estás pensando? —preguntó, aunque ya lo sospechaba.

Gabriela lo miró, esta vez con una extraña determinación.

—Estoy pensando... que si ellos no van a cambiar las cosas, tal vez alguien tenga que hacerlo desde aquí adentro. Ya no quiero vivir con miedo.

Un silencio pesado cayó sobre los tres. Solo el crujido leve de la madera y el parpadeo de la llama acompañaban el momento.

La madre tomó las manos de sus hijos, temblorosa.

—Solo les pido una cosa... si van a soñar con cambiar este mundo, por favor, háganlo con cuidado. No quiero perderlos también.

Gabriela asintió lentamente, sin decir nada. James, por su parte, solo apretó los labios. En el fondo, también sentía que algo estaba cambiando.

Ciudad de Oro, Mansión de los Van Der Lyn

La velada continuaba con su ritmo esplendoroso. Los invitados reían, bebían y se dejaban llevar por la música. Sin embargo, Enid ya no estaba en el salón principal. Se encontraba en la biblioteca, con una copa de vino en mano, disfrutando del silencio que tanto anhelaba.

—Por fin algo de tranquilidad —susurró, tomando un sorbo con elegancia.

Pero aquella calma se rompió en cuestión de segundos. Owen entró cantando, haciendo alarde de su presencia con un escandaloso entusiasmo. Al notar a su hermana, esbozó una sonrisa burlona.

—Vaya, vaya... mira a quién me encontré. Dime, hermanita, ¿cómo se siente perder contra la reina? Pensé que ya habías aprendido cómo se juega este juego —dijo con tono sarcástico.

—¿Y tú sí? —replicó Enid con una sonrisa afilada—. No creo que alguien como tú, un simple adulador... no, eso suena demasiado elegante. Un lamebotas, sí, eso va mejor contigo. Dudo que sepas algo sobre retroceder con dignidad y mantener el orgullo intacto.

Owen soltó una risotada forzada.

—Ahí está la orgullosa niña de papá. ¿Te crees muy lista, verdad? ¿Tan lista que olvidas que cuando papá muera, seré yo quien tome el control de esta familia? En ese momento, tu opinión no valdrá nada.

—¿Se supone que deba temblar de miedo? 

—respondió Enid, alzando una ceja—. Lo que veo es a un niño desesperado por la aprobación de padre. Lo que más te duele es que ni siquiera eres el favorito. Lucian te opaca tanto que dudo que recuerden tu nombre en el futuro. No te preocupes, Owen... siempre has sido la burla. Y siempre lo serás.

La sonrisa de Owen se desvaneció. En un impulso furioso, la tomó del brazo con fuerza, atrayéndola hacia él.

—No te pases de lista conmigo, hermanita.

Enid forcejeó, pero él apretaba con violencia. Sin pensarlo, lo golpeó con precisión en su entrepierna, obligándolo a soltarla con un quejido.

—No vuelvas a tocarme —advirtió con frialdad, retrocediendo—. Puedo soportar muchas cosas, pero si vuelves a intentarlo, te aseguro que no te gustará cómo terminará esto. Y créeme, padre estará de mi lado.

Sin decir más, Enid salió de la biblioteca, dejando a Owen retorciéndose y humillado en medio del silencio.

Pasillos de mármol, noche silenciosa

Enid caminaba por los pasillos con el corazón aún latiéndole con fuerza. Su brazo dolía por el forcejeo, pero no tanto como su orgullo.

El eco de sus tacones resonaba con claridad entre los muros fríos de la mansión. Cada paso era una forma de contener el temblor interno: rabia, humillación… y algo más difícil de nombrar.

Al llegar a uno de los balcones laterales, apoyó ambas manos en la baranda. Dejó que el viento helado le despeinara suavemente el cabello. Abajo, la fiesta continuaba con luces cálidas, copas elevadas y risas vacías.

—Si todo esto fuera mío… esta gente aprendería el verdadero significado de la lealtad —susurró, con los ojos fijos en la ciudad iluminada.

Cerró los ojos por un momento. El apellido Van Der Lyn, aunque poderoso, parecía aún insuficiente para la sed de control que la consumía.

Una voz suave rompió el silencio.

—¿Estás bien?

Era Preston, más sobrio de lo habitual. Su tono apagado contrastaba con la euforia que aún flotaba en el aire.

Enid no respondió de inmediato. Giró apenas el rostro.

—No sería yo si no lo estuviera.

—Eso es cierto. Tú eres la que pisa sin mirar atrás… ¿cómo podría alguien hacerte sentir mal? —dijo con una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

—Debo admitir que me encanta cuando dices eso. Al menos tú eres menos idiota que nuestros hermanos. ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en la Ciudad de Plata?

—Sí, pero no iba a perderme el cumpleaños de mi hermanita menor. Y Verónica tampoco.

—Oh, no sabes cuánto me honra eso —respondió con sarcasmo.

—Ja… sabía que no sería fácil ocultar mis intenciones. En realidad, sabes bien que mañana es tu ceremonia, y es obligatorio que estemos todos. Pero Verónica quería verte, así que aproveché la excusa.

—¿Qué tiene de importante esa ceremonia como para que hayan tenido que ocultármela hasta ahora?

—Sabes que no puedo decírtelo. Solo diré esto: las cosas siempre pasan por una razón. Y recuerda, Enid… nosotros fabricamos nuestra propia suerte.

—¿Suerte? — Se surro así misma —.Tal vez, si sigues así, padre te deje su puesto. 

— No estoy interesado en lo más mínimo en ocupar su puesto — dijo mientras se alejaba lentamente.