PRÓLOGO
(Nueva York, EE.UU)
Los faros de los autos cortaron la bruma de la noche en el muelle de la fábrica de cemento, dibujando círculos de luz amarillenta sobre la madera podrida y el metal oxidado. Orm Kornnaphat detuvo su motor, dejando que el silencio de la marisma fuera invadido por el murmullo de sus amigos; Force, Becky, Fay, Pete, Erick y Lilly.
Orm bajó de su auto un Ford Mustang Obsidian del 67 con esa parsimonia ensayada que la caracterizaba. Se acercó al grupo con una sonrisa de suficiencia, repartiendo saludos con la mano, como toda chica de 16 años que se cree rey del mundo.
—Deberíamos regresar a la fiesta— dijo Fay sentándose en el capó de su auto. —No creo que Yoko llegué.
Segundos después, un motor acercándose anunció la llegada de Yoko. La chica venía jadeando, con los ojos saltándoles en las órbitas por el nerviosismo.
—Llegas tarde —sentenció Becky, cruzándose de brazos—. Si vas a ser parte de esto, la puntualidad no es opcional, es el precio de la entrada.
Yoko no discutió. En un silencio tenso, ambas comenzaron a deshacerse de sus ropas. Orm se movía con una confianza atlética, dejando que el aire frío golpeará su torso; Yoko, en cambio, parecía querer encogerse mientras quedaba en licra.
Subieron a la estructura de la vieja fábrica. El viento arriba era más fuerte, más real. Desde la viga más alta, el agua parecía un abismo sin fondo. Yoko miró a Orm, buscando una brizna de humanidad en su mirada.
—¿Tú lo has hecho? —susurró Yoko, con la voz quebrada—. ¿Has saltado antes?
—Muchas veces —mintió Orm sin parpadear, con la mirada fija en el horizonte oscuro.
Abajo, el grito de Becky rompió el hechizo.
—¡Es hora! ¡Ya, ahora!
Orm se colocó en posición, respirando hondo.
—A la de tres, Yoko. Uno... dos... ¡tres!
Yoko se lanzó al vacío con un grito de fe ciega. Orm, sin embargo, se quedó clavada en la viga. No se movió ni un milímetro. Vio el cuerpo de Yoko caer y soltó una carcajada junto a sus amigos, que celebraban la broma desde abajo con silbidos y burlas.
Pero la risa se ahogó en un instante. El sonido del impacto fue seco, como un hacha golpeando un tronco.
—¡No sale! —el grito de Lilly rasgó la noche—. ¡Orm, algo le pasó! ¡No sale!
El corazón de Orm dio un vuelco. El cinismo se evaporó. Bajó de la estructura a una velocidad suicida, sus pies golpeando el metal hasta llegar a la orilla. Sin pensarlo, se lanzó al agua helada. La oscuridad la envolvió mientras buscaba desesperadamente entre las corrientes.
Cuando encontró a Yoko, la chica estaba inerte. En ese momento, las luces de una patrulla iluminaron el muelle como un sol artificial. El pánico estalló en la orilla.
—¡La policía! ¡Vámonos! —gritaron corriendo a sus autos.
Todos corrieron, pero Erick se quedó. Ayudó a Orm a subir el cuerpo de Yoko a la plataforma. La subieron al muelle y la luz de las linternas reveló la pesadilla: Yoko tenía una herida en la cabeza, un reguero de sangre espesa manchaba la madera.
—¡Vete, Erick! ¡Corre! —le gritó Orm, empujándolo mientras escuchaba las sirenas acercarse—. ¡Yo me encargo!
Orm se quedó unos segundos más, asegurándose de que Yoko respirara, un último acto de una conciencia que no sabía que tenía. Luego, en un arranque de instinto, recogió su ropa del suelo, una masa de tela desordenada, y corrió hacia su auto.
Arrancó derrapando, el motor soltando un rugido de agonía. El miedo que sentía en ese instante era algo que nunca había experimentado. Volaba por la carretera, con el retrovisor inundado de destellos azules, hasta que una patrulla se le atravesó en el camino, cortándole el paso como un muro de hierro. Orm dio un volantazo violento. El auto salió disparado, rompiendo una barricada de madera en un estallido de astillas y cristales rotos.
El impacto fue brutal. La cabeza de Orm golpeó el marco de la puerta y un dolor punzante le recorrió el pie, atrapado entre los pedales. Aturdida, con la sangre bajando por su frente y el aliento entrecortado, vio cómo el oficial se acercaba. El muelle, la broma y su libertad habían quedado atrás, enterrados bajo los restos de su auto.
DÍAS DESPUÉS.
(Bangkok, Tailandia)
Koy Narumon se ajustaba un pendiente de diamantes frente al espejo, pero sus ojos estaban fijos en el reflejo de su hija que acaba de entrar. El silencio en la habitación era tan afilado como una flecha.
—Wow mamá estás hermosa, ¿A dónde vas?
Orm se sentó en el sillón de la habitación. Tenía un vendaje blanco en la frente y una bota ortopédica que mantenía su pie derecho rígidamente inmóvil. Cada vez que intentaba cambiar de posición, un dolor punzante le recordaba el momento en que su auto se hizo pedazos contra la barricada.
—A una subasta de beneficencia pero antes…Vamos a hablar de lo que pasó —dijo Koy, y su voz cortó el aire—. Y vamos a hacerlo sin bromas, Orm. Ni una sola.
Orm abrió la boca, quizás para relajar la tensión, pero la mirada de su madre la silenció. Koy se giró, apoyando las manos sobre el tocador de mármol.
—Ya he cancelado tus tarjetas. Se acabó el financiamiento para tus aventuras —continuó con una frialdad absoluta—. Los jóvenes siempre cometen el error de creerse invencibles, y a los ricos les pasa exactamente igual. Y tú eres joven y rica, Orm, pero no eres invencible, la prueba son esas muletas. Yo ya me cansé de limpiar tus desastres.
Koy se acercó a ella, reduciendo el espacio hasta que Orm tuvo que sostenerle la mirada.
—Tu padre siempre quiso lo mejor para ti, dándote todo el lujo que podía darte. Siempre te doy lo mejor. Pero cruzaste la línea. Te burlaste de él y de mi paciencia. Después de lo que hiciste en la fábrica, las cosas van a cambiar. Te voy a enseñar lo que es la vida real, te enviaré a una escuela aquí donde pueda verte, la escuela en el extranjero se acabó.
Orm sintió un nudo en la garganta. La mención de su padre siempre dolía, pero Koy no había terminado.
—Después de la escuela vas a trabajar conmigo. No tendrás los privilegios de mi hija, tendrás los privilegios de un empleado. Eso te mantendrá con los pies en la tierra y te alejará de las malas amistades que solo sirven para aplaudir tus imprudencias. Basta ya de meterte en problemas.
Orm agachó la cabeza, derrotada por el peso de las palabras de su madre. La idea de ser enviada a una escuela pública, aislada de su mundo, se sentía como una celda.
—Lo siento... —susurró Orm, con la voz quebrada—. ¿Cómo puedo compensarte? ¿Qué quieres que haga?
Koy volvió al espejo, retomando su máscara de perfección para la gala.
—Tu fondo universitario pagará el hospital. Si quieres ir a la universidad te lo tendrás que ganar. Cada lujo te lo tendrás que ganar.— Koy dejó escapar un suspiro — Quería que te pusieras el vestido rojo que dejé en tu habitación. Pero viendo las circunstancias tendrás que usar traje. Vas a usarlo, vas a acompañarme esta noche y vas a sonreír como la Sethratanapong que se supone que eres.
Era una orden disfrazada de invitación. El vestido rojo no era solo una prenda; era el uniforme de la rendición.








