Cupido ¿Me amas?

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Dicen que Cupido une corazones… pero nadie habla de lo que pasa con el suyo.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo único 💘


Siempre he soñado con un príncipe azul, aquel caballero que me ame de verdad y tengamos nuestro «vivieron felices para siempre».

Pero, ¿Qué es el amor?

Crecí pensando en cartas, chocolates y flores, donde un hombre hacía lo imposible por conquistar el corazón de su dama.

Pero ahora me he enamorado de muchos, y ellos apenas daban un poco de lo que yo ofrecía. Mi corazón aprendió a sangrar, no a brillar.

Entonces pienso en él, Cupido.

Me hace pensar que sus flechas solo se dirigen a mí, pero «¿qué sentido tiene si la otra persona no me quiere?»

«¿Por qué me hace entregar todo de mí si yo recibiré tan poco?».

«¿Acaso te diviertes viéndome llorar?»

—¡Oye, Cupido! Si me escuchas, baja y responde mis preguntas —grité al cielo.

La noche, oscura y estrellada, con nubes amenazando lluvia, parecía contener la respiración ante mi reclamo.

—¡Eres un cobarde! —grité con todas mis fuerzas.

Y de verdad estaba molesta, era el quinto chico que me dejaba con el corazón en las manos. Yo le entregué todo desde que lo conocí y él simplemente se atrevió a mirar en otra dirección.

Suspiré cansada y mi mirada se dirigió a mis pies. Derrotada, di la vuelta en esa calle llena de árboles rosados primaverales; mis pasos resonaron por el silencio que me acompañaba, cuando de repente el viento se atrevió a desacomodar mi cabello rizado.

—¡Oye! ¿A quién llamas cobarde? —Una voz masculina muy molesta me hizo girar para llevarme una sorpresa.

Era alto, con ropa casual pero elegante. Sus ojos azules me atravesaban, y su cabello oscuro y despeinado me invitaba a tocarlo. Lo que más me sorprendió: sus alas blancas, suaves como nubes, y el arco dorado con flechas que brillaban como el sol, adornado con delicadas rosas en las puntas.

—¿No vas a responder? —Cruzó sus brazos y me miró con el ceño fruncido.

Su voz varonil me dejaba sin palabras; sentía mis mejillas calientes, y más cuando lo observé acercarse a mí. Su cuerpo cerca del mío me hacía sentirme pequeña.

—¿Quién eres tú? —No pude evitar tartamudear ante la presencia de aquel hombre bello, cuyo rostro era idéntico al de un dios.

—¿Quién soy? —Sonrió con diversión y tomó mi barbilla suavemente—. Cariño, ¿acaso no estuviste hablando conmigo?

—¿Eh? —Mis ojos se agrandaron por la sorpresa—. ¡¿Cupido?!

—Él mismo —acarició mi mejilla—. Ahora dime, ¿por qué me has llamado cobarde?

Era verdad, lo dije hace un momento, pero su presencia me hizo olvidar las palabras; y es que no sabía que su existencia era real. Me aparté un poco, provocando que su mano cayera a su costado y me mirara con curiosidad.

—Tú sabes la respuesta —puse mis manos en mis caderas y lo examiné de arriba hacia abajo.

—Entonces dices… que soy un cobarde por proteger a la mujer que amo —su cuerpo se relajó y sus alas se movieron suavemente, mostrando vulnerabilidad.

—¿Disculpa…? —Relajé mi postura—. Dijiste… ¿amor?

«¿Acaso escuché bien?».

—Sí —frotó su mano en su cabello con frustración—. No me hagas repetirlo, es la primera vez que lo digo.

Su rostro se sonrojó y sus alas revoloteaban suavemente. Sus ojos brillaban con una luz que no pude descifrar.

«¿Acaso Cupido me ama?»

Me acerqué poco a poco hacia él y tomé la manga de su camisa con mis dedos.

—Cupido, ¿yo te gusto? —Solté las palabras de forma curiosa y sorprendida.

Su mirada determinada se dirigió a mis ojos; era la primera vez que me observaban con tanta intensidad que no pude evitar sonrojarme.

—Sí —dijo firmemente, tomando mis manos entre las suyas; podía sentir la calidez emanar de ellas.

—¿Por qué? —Ya podía sentir mis manos sudar de los nervios—. No, espera, entonces…

—¿Por qué hago que no tengas una relación? —Entrelazó nuestros dedos y acarició mi dorso con su pulgar suavemente.

—Es verdad, haces que me enamore y después todo es un mar de lágrimas para mí —reproché con ganas de golpear su pecho, como si reclamarle fuera la solución a mis problemas amorosos.

—Lo siento, cariño —me jaló a su pecho en un abrazo cálido y lleno de amor, cubriendo mi espalda no solo con sus brazos, también con sus alas.

—Explícame, ¿por qué tengo que llorar? —Mi voz sonaba quebrada. Estaba a punto de derramar esas gotas gruesas que mojaban mis mejillas y empapaban la almohada.

—No es la intención —me miró con cariño—. He tenido la mala suerte de lanzarte una flecha para que me veas a mí, pero siempre se atraviesan ellos —sus palabras tristes resonaron en la noche estrellada.

—¿Ellos? —pregunté confundida.

—Los hombres que se cruzan en nuestro camino.

—Entonces disparas tu flecha desde enfrente para que me veas y me enamore, pero ¿siempre hay un obstáculo? —mencioné conectando hilos.

—Sí, y no puedo disparar detrás de ti, pues sé que no voltearás —acarició mi mejilla como si fuera una figurilla de cristal; la suavidad de sus dedos me dejó sin aliento.

—Pero…

—Es por eso que no te permito estar con nadie, aunque sea de la forma más dolorosa. No es que no te quieran, es que yo no quiero y… si tu corazón se rompe, créeme que el mío se rompe en millones de pedazos.

Esa confesión me hizo sentir perdida, entre un amor inocente y una injusticia.

—Sé que no es justo para ti, cariño, pero te amo desde que te conocí y sé que es mi culpa que derrames lágrimas —agachó la mirada, avergonzado de sí mismo.

—Tienes razón, pero nunca algo había tenido sentido —alcé su rostro cuando lo tomé por las mejillas.

—Solo quiero amarte y protegerte; tu amor es hermoso y no lo merece cualquier persona. Tu corazón debe bailar y brillar para aquel que esté en sintonía contigo —dijo con determinación, mientras recargaba un beso en mi palma.

—¿Protegerme?

—Sí, los chicos de ahora han destruido el concepto de amor que yo mismo creé; romantizan palabras y acciones erróneas —hizo una mueca de total molestia—. Hasta yo me siento furioso, pues no es lo correcto.

—Entonces... ¿Qué es el amor? —pregunté, mientras fijaba mi mirada en sus ojos, intentando descubrir la respuesta.

Su mirada me sorprendió por un segundo, como si no esperara la pregunta; el viento revoloteó mi cabello y los pétalos de los árboles caían. Sus alas se movieron con suavidad y las plumas que se desprendían volaron hacia mí, rozando mis mejillas.

—El amor es… un todo.

Su respuesta me sacó de mi órbita; era algo que no esperaba y no entendía.

—Quiero decir que es complejo, pero entendible. Es atracción, es cierto, pero cuando una persona te entrega su corazón y tú a ella, ambas partes deben atesorarlo. El tiempo que se dedican deja de ser un juego, y las acciones y palabras tienen un gran peso emocional.

—Sí, lo entiendo —definitivamente tenía razón.

—También el amor es ser comprensivo, estar en las buenas y en las malas, ser un complemento, ser leal y acompañar a tu pareja sin tener dudas.

—Y tú quieres que yo…

—¿Qué te demuestren eso? Sí, cariño. Y más que eso, tú mereces que te entreguen el mundo y jamás suelten tu mano —apoyó su mano sobre mi corazón—; que lo cuiden como si fuera el tesoro más hermoso que alguien pueda conservar.

Sus palabras me hicieron derramar una lágrima. Quería llorar, pues nadie me había dicho nunca que merecía el mundo y más. Cupido se acercó y besó mis mejillas con sumo cuidado.

—No llores, corazón; no quiero seguir siendo la razón de tus lágrimas.

—Dime… ¿acaso eres tú el único que puede amarme de verdad?

—Lo soy, si tú me lo permites.

Con su rostro a centímetros del mío, observé sus labios rosados y suaves. Un olor a rosas se impregnó en mi nariz y, entonces, cerré mis ojos esperando que sucediera algo mágico. Cupido tomó eso como un sí. Sus labios rozaron los míos en un beso suave y tierno que, poco a poco, se profundizó. Me sostuvo desde la cintura y la cabeza para no soltarme y comenzó a volar, demostrando su amor puro y real en ese beso que no fue nada fugaz.

—Te amo —susurró sobre mis labios—. Te amo tanto... Eres la dueña de mi corazón y quiero que seas la única. Te lo entrego sin duda; quiero despertar contigo a mi lado, bailar entre flores y entonar las más hermosas canciones, llenarte de poesía y… entregarte mi vida inmortal a ti, solo a ti.

Desde aquella confesión entendí que era verdad: Cupido me cuidaba de aquellos que jugaban con el amor. Acepté sus sentimientos y aprendí a quererlo. Comenzó a llenar mi vida de flores y momentos puros. Cupido me mostró muchas cosas, pero la más valiosa fue el amor verdadero.

Ahora estoy con él. Su hogar es hermoso, hay muchas nubes y me deja acurrucarme entre sus alas, las más suaves. Sostiene mi mano y repite palabras de amor como solo él sabe hacerlo.

—Ahora lo noto —sonreí cálidamente—. No necesitaba un flechazo, solo necesitaba ser valiente.

Hola lector, gracias por acompañarme en este pequeño encuentro con Cupido.

A veces, las lágrimas solo son el camino para limpiar la vista y reconocer el amor que realmente merecemos. ¿Alguna vez has sentido que Cupido se equivoca contigo? Me encantaría leerte en los comentarios. ✨

«Porque el amor verdadero no necesita flechazos, solo valentía».

Gracias por ser parte de esta historia. Nos leemos pronto. 🌸