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La sala de descanso de Blue Lock estaba en una penumbra azulada y oscura, solo interrumpida por el parpadeo de la gran pantalla de televisión. Eran las dos de la mañana. Rin Itoshi, el número uno, estaba sentado en el suelo, con la espalda tensa y los nudillos blancos de tanto apretar el mando de la consola.
En la pantalla, un monstruo deforme acababa de devorar a su personaje por décima vez consecutiva.
—¡Maldita sea!
Susurró Rin, con la voz quebrada por la rabia.
Su fachada de “chico frío” se había desmoronado por completo. Al estar solo (o eso creía él), se permitía gesticular libremente. Sus cejas, usualmente fruncidas en señal de odio, estaban fruncidas, ligeramente arqueadas y sus ojitos mostraban una mezcla de súplica y frustración adorable. Pero lo más ‘grave’, era el gesto en sus labios: un puchero involuntario, inflado por la indignación, que lo hacía lucir más como un gatito abandonado que como el hermano del mejor jugador de Japón.
—Es un juego de lógica, no tiene sentido que el patrón de ataque sea aleatorio...
Masculló para sí mismo.
De pronto, un sonido metálico en el juego lo hizo saltar del susto. El mando casi sale volando. Rin soltó un jadeo ahogado y se encogió, tratando de hacerse bolita, mirando hacia los lados con los ojos muy abiertos, asegurándose de que nadie hubiera visto ese momento de debilidad tan poco “estético” para su fachada de emo incomprendido. Tras un segundo de silencio, volvió a la pantalla, mordiéndose el labio inferior con frustración. Estaba sudando a pesar de que haya frío, y no era por el entrenamiento físico.
Lo que Rin no sabía era que en el marco de la puerta, una silueta alta llevaba más de cinco minutos observándolo.
Nagi Seishiro estaba allí, con el cabello blanco revuelto y sus ojos grises brillando con una chispa de diversión que rara vez mostraba.
Ver al indomable Rin Itoshi saltar por un susto de píxeles y hacer gestos adorables era, sin duda, lo más interesante que Nagi había visto en toda la semana.
Sin hacer el más mínimo ruido, Nagi comenzó a caminar. Sus pasos eran silenciosos, aprovechando los momentos en los que el sonido del juego ocultaba su presencia. Se acercó por detrás, viendo cómo Rin volvía a fallar un salto y soltaba un gruñido agudo, como un cachorrito enfadado, hundiendo la cara entre sus manos un segundo antes de volver a intentarlo con una terquedad absurda.
Rin estaba tan concentrado en no morir a manos de un monstruo digital que no sintió el cambio en el aire, ni el calor que empezó de la figura que se detuvo justo a su espalda.
—Qué ruidoso eres, Rin. No dejas dormir.
Soltó Nagi con su habitual tono monótono, justo al oído del peliverde.
—¡AHH!
Rin soltó un grito agudo, lanzando el mando al aire y cayéndose al suelo de culo. Levantó la vista con el corazón martilleando contra su pecho, encontrándose con la cara de aburrimiento de Nagi a pocos centímetros de la suya.
—¡Nagi! ¡¿Qué demonios haces aquí?! ¡¿Y cómo se te ocurre aparecer de la nada!? ¡Vete ya!
Nagi interrumpió el drama.
—No podías pasar el nivel, ¿verdad?
Nagi se sentó en el suelo, invadiendo el espacio personal de Rin sin ninguna vergüenza. Sus largas y fuertes piernas rozaron los muslos de Rin.
—Estabas haciendo caras... como un niño pequeño.
Rin sintió que la sangre se le subía al rostro, ardiendo de vergüenza.
—¡No estaba haciendo nada! ¡Solo...! ¡Vete a dormir!
Nagi ladeó la cabeza, observando los labios de Rin, que aún temblaban un poco por el susto.
—Te ayudaré.
Dijo Nagi, extendiendo una mano para recoger el mando del suelo.
—Pero si gano... quiero que me des algo a cambio.
Rin apretó los dientes, intentando recuperar su dignidad, pero la cercanía de Nagi y su mirada penetrante en la oscuridad empezaron a ponerlo más nervioso que el propio juego.
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