Capitulo 1. El reflejo en el espejo
Capitulo 1. El reflejo en el espejo.
Lloyd se miró fijamente en el espejo del baño. La luz parpadeante del Bounty proyectaba sombras danzarinas sobre su rostro infantil, resaltando los rasgos que lo hacían sentir tan diferente, tan... solo.
Sus largas y puntiagudas orejas, como si de un cuento de hadas tratara su existencia. Sus ojos, de un rojo intenso y penetrante, brillaban con una intensidad impropia de un niño común. Fijándose más abajo obsevaba las oscuras ojeras que siempre lo acompañaron en su corta vida. Y luego estaban ellos: dos pequeños pero afilados colmillos que sobresalían ligeramente de su labio superior. No eran los dientes de leche puntiagudos de otros niños de nueve años. Estos eran diferentes, considerados primarios, casi depredadores.
Sus ojos observaron detalladamente el espejo, y un niño sucio le regreso la mirada. Esa era la imagen que le devolvía el espejo. Su piel, normalmente pálida, tenía ahora un tono cetrino, resultado de meses de inanición y exposición a la intemperie. Sus huesos se marcaban bajo la fina tela de la sudadera negra que le había enviado su padre con unos tipos extraños formados completamente de huesos, seres del Inframundo, hace dos años en su cumpleaños, prendas holgadas que no lograban ocultar su delgadez. Se sentía ligero, casi transparente, pero en sus ojos había una chispa de malicia que no se podía apagar. Era una aberración, un error de la naturaleza, y le gustaba, un contexto perfecto para un villano del futuro.
Su padre... ¿Estaría orgulloso de esto? La pregunta resonó fría en su mente. Señor Garmadon. La sola mención de ese nombre evocaba una mezcla de temor y una punzada de anhelo, un deseo desesperado de reconocimiento que nunca llegaba. ¿Vería su padre en estos ojos rojos un reflejo de su propia oscuridad? ¿Aprobaría estos incipientes colmillos como una señal de su legado? La idea, en lugar de consuelo, le produjo un escalofrío. Deseaba con todo su ser poder alcanzar el legado de villania, el título de un Señor oscuro. Solamente quería ser como su padre. O al menos, eso se decía a sí mismo.
Con un suspiro apenas audible, apartó la mirada del espejo. El rostro que veía no era el de un Lord, ni siquiera el de un secuaz de villano formidable. Era el rostro de un niño asustado, marcado por una soledad que se había convertido en su sombra constante. Abrió el grifo y se lavó las manos con lentitud, como si pudiera borrar con el agua fría la suciedad visible e invisible que lo cubría. Al terminar su labor, cerro el grifo y detalló por última vez de la noche su reflejo, suspiro cerrando sus ojos mientras le daba la espalda al espejo.
Al salir del pequeño baño, el instinto de supervivencia, forjado en ocho largos meses vagando por las implacables calles de la ciudad de Ninjago, se activó de inmediato. Se movió con una cautela innata, pegándose a la pared, los oídos atentos a cualquier sonido.
El pasillo que conducía al comedor estaba iluminado por la cálida luz que se filtraba por la puerta entreabierta. Voces jóvenes y animadas flotaban en el aire, fragmentos de frases sobre entrenamientos, técnicas de Spinjitzu y risas despreocupadas. Eran los otros, los jóvenes ninjas. Un equipo. Una familia. Algo que él nunca había tenido.
La ausencia de un hogar
Se detuvo a un lado de la puerta, apenas un atisbo de su sombra proyectado sobre el suelo de madera. Desde allí, pudo verlos. Kai, con su cabello peinado en puntas, gesticulaba con pasión, reviviendo un movimiento de entrenamiento. Jay, el ninja del rayo, reía a carcajadas, una risa fuerte y genuina que resonaba en el aire.
«Y luego, la patada de Jay casi me hace caer del mástil» dijo Kai con una sonrisa de oreja a oreja.
«¡Hey, fue un ataque sorpresa!» se defendió Jay, alzando las manos.
«No cuentes con que vuelva a suceder» intervino Cole, cruzado de brazos y con una sonrisa que se le formaba al ver a sus amigos. «Se ve que no soy el único con habilidades de aterrizaje un tanto... torpes.»
Zane asintió con una expresión de satisfacción. «La telemetría de Cole indica que su índice de aterrizaje es un 35% más bajo que el resto del equipo, sin embargo, eso hace que tengamos una buena relación para ayudarnos.»
Un cálido murmullo de camaradería llenó la habitación. Eran un grupo. Se entendían. Hablaban un lenguaje de bromas internas, de desafíos compartidos, de lealtad.
Lloyd se sintió como si estuviera observando una película, un mundo de fantasía que no le pertenecía. La risa de Jay le pareció extrañamente dolorosa, como si estuviera oyendo algo que nunca experimentaría. Con un movimiento silencioso, se alejó de la luz y el ruido, adentrándose en el oscuro pasillo que llevaba a la habitación que su tío Wu le había asignado.
La habitación era pequeña y solitaria, con una cama estrecha y un pequeño armario. En la mesa de noche, un plato de cerámica vacía era el único vestigio de la comida que Wu le había ofrecido la noche anterior, junto con la suave advertencia sobre la naturaleza escurridiza de las serpientes. "Nunca confíes en una serpiente, Lloyd", le había dicho su tío con una mirada triste en sus ojos. Lloyd había asentido, aunque en su interior una voz solitaria susurraba: Tampoco nadie me ha dicho si debo o no debo confiar en la gente.
Se dejó caer en la cama, la madera crujiendo levemente bajo su peso. Miró fijamente el techo de madera, siguiendo las vetas oscuras con la mirada perdida. Su mente divagó, arrastrándolo de vuelta a los recuerdos que intentaba enterrar.
Su estadía en el internado Darkley.
El nombre aún evocaba un escalofrío de disgusto y humillación. Las paredes de piedra gris, las camas duras, las risas crueles. Incluso entre los otros niños "malos", él era diferente. Su palidez enfermiza, sus ojos de un rojo inusual, eran motivo constante de burlas y empujones en los oscuros pasillos y los patios grises.
«¡Mira al fantasma!» le gritaban, rodeándolo como pequeños depredadores. «¡Sus ojos son del mismo color que la sangre!»
Lo empujaban, lo escondían sus escasas pertenencias, le derramaban la poca comida que recibían. La soledad era su única compañera constante. Nadie quería acercarse al "raro", al hijo del malvado Lord Garmadon.
Una mañana, mientras estaba de pie en fila para recibir su desayuno, un cuenco de gachas frías, un niño llamado Gene lo empujó. El cuenco se le resbaló de las manos cayendo al suelo, esparciendo el pegajoso contenido sobre sus zapatos. Los otros niños se rieron.
«Vaya, Garmadon» se burló Gene, con una sonrisa cruel y pecas que parecían constelaciones burlonas en su rostro. «Parece que hoy no comes.»
Lloyd sintió la humillación, pero no dijo nada. Se agachó, recogió el cuenco vacío y se apartó en silencio, ignorando las risas que lo seguían. Desapareciendo del desastre causado por su supuesto desayuno, y así lograr evitar otros de los castigos implicados para formar carácter de un gran villano aprobado por el director.
"Castigo", como odiaba los castigos.
Un recuerdo en particular lo asaltó con vívida claridad. Tenía seis años. Estaban en la infame "clase de risa malvada", una actividad grotesca que se suponía debía cultivar su potencial villanesco. El maestro, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla y una risa aún más aterradora, los animaba a practicar carcajadas siniestras. Lloyd lo intentaba, pero solo conseguía una risa forzada y temblorosa.
Fue entonces cuando sintió una extraña sensación en la boca. Un dolor punzante en las encías, seguido de un sabor metálico y cálido. Sangre. Sus nuevos colmillos estaban abriéndose paso, causando un dolor agudo y una vergüenza instantánea. Instintivamente, se cubrió la boca con las manos, tratando de ocultar la incipiente hemorragia.
Pero Gene, siempre Gene, alzó la mano. "¡Profesor, Lloyd quiere participar!", exclamó con falsa inocencia, su mirada fija en las manos de Lloyd.
Todas las miradas se volvieron hacia él. Sintiendo el peso de la atención, Lloyd retiró lentamente las manos de su boca. Un hilo de sangre roja resbalaba por su labio inferior, tiñendo ligeramente su barbilla pálida. Un murmullo de repugnancia recorrió la clase.
El profesor de la risa malvada frunció el ceño, su cicatriz se tensó. "¡Garmadon! ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? ¡A la esquina de castigo, inmediatamente!".
La "esquina de castigo" era un rincón sombrío al fondo del aula, donde los alumnos debían permanecer de pie, inmóviles y en silencio, durante horas. Para Lloyd, esa tarde fueron cinco horas interminables, con el estómago vacío y la garganta seca, sintiendo las miradas acusadoras de sus compañeros clavadas en su espalda.
Cuando finalmente se le permitió ir al dormitorio compartido, no sintió hambre. El nudo en su estómago era demasiado grande. Se encerró en esa pequeña habitación que compartía con Brad, esperando a que las luces se apagaran. En la oscuridad, se deslizó silenciosamente hacia el baño comunitario.
Frente al espejo empañado, examina con temor su reflejo. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra. Abrió la boca con cuidado y vio los dos pequeños picos blancos que ahora sobresalían en su encía superior. Eran reales. Eran parte de él. Eran horribles. Sintió náuseas. Esto lo hacía aún más diferente, más... Asqueroso.
El recuerdo se rompió abruptamente. Un golpe arrepentido sacudió la ventana de su habitación, seguido de un aullido del viento que se colaba por las rendijas. Lloyd se sobresaltó, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. En la oscuridad, se acurrucó bajo las delgadas sábanas, esperando con el cuerpo tenso a que alguien entrara.
¿Serían los ninjas? ¿Su tío? ¿O tal vez algo más oscuro?
Pero solo era el viento, azotando el Bounty con ráfagas frías. Lentamente, la tensión en sus músculos se aflojó. El miedo dio paso a una punzada de soledad aún más profunda.
Debo buscar la manera de irme de aquí. La idea surgió en su mente como un suspiro helado. Este lugar no es mi hogar.
Apretó la sábana con fuerza entre sus pequeñas manos, sus nudillos pálidos bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Ningún lugar lo es, susurró en la oscuridad, la voz apenas un murmullo apagado.
El sonido de su propio estómago vacío fue lo último que escuchó antes de que el cansancio y la tristeza lo arrastraran a un sueño inquieto.
CONTINUARÁ