Lo contrario a la ley divina
El eco de las botas de los guardias sobre el suelo de piedra no era lo que hacía temblar la mano de Jimin; era el peso de la lámpara de mano que cargaba, cuya luz oscilante parecía una burla frente a las tinieblas que devoraban el corredor de la muerte.
Debió negarse; debió decir que no a esa petición que le llegó por medio de aquella carta como última voluntad.
— Tiene una hora, Padre — dijo el carcelero, con voz cargada de cinismo — no se acerque demasiado a él. Ese animal no busca el perdón, busca una última presa.
El metal de la llave chirrió, un sonido que para Jimin sonó como un veredicto. La puerta se abrió y el aire denso, impregnado de humedad y hierro lo golpeó en el rostro.
Entró.
La puerta se cerró tras él con un estruendo que hizo eco en todo el lugar, dejándolo a solas con el hombre que el mundo ya había dado por muerto. Al fondo, donde la luz de su lámpara apenas lograba lamer las sombras, Jeon Jungkook permanecía sentado, con las muñecas encadenadas a la pared y una sonrisa que no tenía rastro de arrepentimiento.
— Vaya... — su voz rasgó el silencio, profunda y ronca, como si no hubiera hablado en siglos — Esperaba a Dios, pero me enviaron a un ángel — inhaló — y huele a incienso... Acérquese, Padre. Mi alma está muy sucia... y me temo que una hora no será suficiente para que me limpie.
Jimin dio un paso, el tacón de sus zapatos pulidos resonó con una elegancia que resultaba insultante en aquel agujero infecto. Se aferró al crucifijo que colgaba de su cuello, sintiendo el metal frío clavarse en la palma de su mano sudorosa.
— Hijo... — su voz tembló con una nota de piedad que Jungkook detectó como un tiburón detecta la sangre — el tiempo es breve. He venido para que confieses tus pecados ante el Altísimo. ¿Deseas arrepentirte de lo que hiciste?
Jungkook soltó una carcajada, un sonido tan tétrico que hizo que las sombras de la celda parecieran cobrar vida. Se movió apenas un centímetro, y el estruendo de las cadenas contra la pared de piedra fue como un latigazo — ¿Arrepentirme, Padre? ¿Eso le dijeron? — levantó la vista. Sus ojos, negros y dilatados por la oscuridad, brillaron con una lascivia que hizo que a Jimin se le secara la garganta — He matado a hombres que no merecían respirar y he amado de formas que tu Biblia llamaría abominación. Pero creo que mi mayor pecado no ha ocurrido todavía. Está ocurriendo ahora, mientras imagino lo que hay debajo de esa sotana tan bien almidonada.
El padre retrocedió el paso que había dado y el aire escapó de sus pulmones en un silbido — No... no digas blasfemias. Estoy aquí para salvar tu alma — susurró, apretando el crucifijo.
— ¿Mi alma? — se puso de pie con lentitud, sus cadenas se tensaron al máximo, obligándolo a inclinar el torso hacia Jimin — mi alma está condenada desde que nací. No creo que tenga salvación. Pero tú... tú pareces tener la gloria ganada — lo escaneó de arriba a abajo — así que dime, Ángel, ¿alguna vez has sentido algo que no sea el frío de una iglesia? ¿Alguna vez has deseado que alguien te use hasta que olvides tu nombre?
— Cállate — susurró — ¿Por qué... por qué hiciste todo eso? ¿Por qué la muerte no te asusta?
El pelinegro acortó la distancia física que las cadenas le permitían, quedando a escasos centímetros del rostro del más bajo. El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador — ¿Cómo te llamas?
— Soy el padre Park.
Negó — Tu nombre...
— J-Jimin... contesta mi pregunta.
— Porque la muerte es solo un orgasmo más largo, Jimin — el uso de su nombre de pila, sin títulos, se sintió ilegal —¿Quieres saber por qué estoy aquí? Porque disfruté cada segundo. Porque la sangre es caliente, igual que el cuerpo de un hombre cuando suplica. ¿Es eso lo que quieres oír? ¿Quieres que te detalle cómo se siente romper algo?
El rubio tragó saliva, su mirada bajó involuntariamente a los labios partidos del condenado; detallando la joya incrustada que brillaba a un lado y el diamante que tenía en el centro, luego descendió a su pecho tatuado que subía y bajaba bajo la camisa de prisionero.
— Tengo que... tengo que rezar por ti — balbuceó, pero su mano, la que sostenía la lámpara, bajó ligeramente, iluminando la entrepierna del más alto, donde el bulto en sus pantalones era una declaración de pecado en contra de su santidad.
— No reces por mí, Padre. Reza por ti — bajó la voz a un susurro — Porque me quedan tres días de vida y 50 minutos contigo y voy a pasarlos enseñándote que el infierno es mucho más divertido que el cielo. Si de verdad quieres rezar, deja esa lámpara en el suelo. Arrodíllate. No ante Dios... ante mí y enséñame qué tan puro eres antes de que te corrompa.
La lámpara de mano cayó tras un movimiento brusco de Jimin, quedando de lado y proyectando una luz amarillenta que solo los iluminaba desde la cintura hacia abajo. El resto de la celda quedó sumergida en penumbra.
— No... no puedes tocarme — jadeó — no vine a eso...
— Mírame, Ángel. Mírame a los ojos y dime que no sientes cómo este lugar se está quedando sin aire — dio un tirón a sus cadenas — estás temblando. Y no es por miedo a mí, es por miedo a lo que tu cuerpo está haciendo ahora mismo bajo esa tela — estiró una mano tanto como el grillete se lo permitió, rozando con las puntas de sus dedos ásperos la mandíbula del rubio. El contacto fue eléctrico. Jimin cerró los ojos, soltando un gemido ahogado que intentó disfrazar.
— ¿Sientes eso? — susurró y su aliento caliente golpeó la oreja del más bajo — Es la muerte reclamándote.
— Cállate, por favor... — suplicó, su resistencia se desmoronaba ante aquel impresionante semental hambriento. El crucifijo de plata ahora colgaba olvidado contra su pecho, subiendo y bajando junto a su respiración errática.
Jungkook se rió, un sonido bajo y perverso — ¿Quieres que me calle? Bésame o ponme a chuparte el culo entonces. Haz que me arrepienta de una forma placentera — bajó la mano y, con una fuerza brutal, agarró a Jimin por la nuca, obligándolo a levantar la cara hacia él — Pon tus manos sobre mí, siente lo que me has hecho solo con entrar aquí. Estás tan desesperado por ser profanado que puedo olerlo — inspiró.
Retrocedió poco a poco, pegándose a la pared, obligando al padre a entrar en su espacio personal. Con un movimiento rápido de sus manos encadenadas, enganchó los dedos en el cuello del rubio, en ese pequeño trozo de plástico blanco que simbolizaba su pureza, y tiró hasta que se soltó y cayó al suelo.
— Eso es... — gruñó, observando el cuello desnudo — Ahora ya no eres un sacerdote. Eres solo última voluntad, mi último deseo antes de la soga. Arrodíllate, mi santo. Abre esa sotana y enséñame si eres tan blanco por dentro como lo eres por fuera. Si no lo haces, moriré sabiendo que fuiste un cobarde.
Jimin cayó de rodillas, sus piernas simplemente no pudieron sostener más el peso de su propia lujuria. Sus manos, antes unidas para rezar, ahora buscaban desesperadamente la hebilla del cinturón de Jungkook, guiadas por las palabras sucias y la mirada depredadora del hombre que estaba a punto de devorarlo.
El padre, doblado sobre la piedra fría, sentía la mano del condenado en su cabello. La lámpara en el suelo bañaba la escena con una luz rasante, destacando las venas marcadas en los antebrazos tatuados de aquel, mientras se desabrochaba el pantalón con una parsimonia cruel.
Cuando la prenda cayó, Jimin contuvo el aliento, esperaba cualquier cosa pero lo que invadió sus sentidos fue una fragancia perturbadoramente masculina: un almizcle limpio, cálido, como cuero. Frente a sus ojos, su polla se liberó, saltando con urgencia. Era imponente, gruesa y de un tono canela claro que brillaba bajo la luz tenue, con venas palpitantes que recorrían su longitud como raíces de placer.
— Mírala bien, ángel. Es lo más real que vas a tener entre las manos en toda tu vida. Tócala, apriétala; siente cómo late por ti.
Lo agarró por el cabello y comenzó a restregar la cabeza de su pene, ancha y húmeda de deseo, por las mejillas del sacerdote. El contraste era pecaminoso: la piel de porcelana manchándose con el rastro brillante que dejaba Jungkook. Le pasaba la carne por los labios, por la nariz, obligándolo a respirar su esencia pura.
— Saca la lengua, Jimin. Vamos, sé un buen servidor — ordenó con una sonrisa lúvica.
El rubio obedeció, su voluntad estaba totalmente quebrada. En cuanto la punta rosada de su lengua asomó, Jungkook la usó como un juguete, pasando la corona de su glande de arriba abajo, saboreando la textura húmeda. El sonido del roce, un slap húmedo y rítmico, llenaba el silencio del calabozo.
— Eso es... prueba el sabor de un hombre que no le teme al infierno — jadeó, empujando sus caderas con una fuerza controlada — Ahora, abre esa boquita. Quiero ver cuánto puedes tragar antes de que se te salgan las lágrimas.
Sin darle tiempo a procesarlo, hundió la mitad de su grosor en la garganta de Jimin. El sacerdote emitió un sonido ahogado, aferrándose desesperadamente a sus muslos para no caerse. El tamaño era excesivo, llenándole la cavidad bucal por completo, obligando a su mandíbula a estirarse hasta el límite.
— Trágala, maldita sea. Trágala toda — comenzó un vaivén metódico y sucio, sus manos encadenadas guiaban la cabeza de Jimin para que cada embestida llegara al fondo.
El sonido de la succión era obsceno, el roce de los dientes contra la piel tensa solo añadía un toque de dolor que volvía loco al prisionero que hablaba sin parar, soltando un torrente de palabras sucias que marcaban el alma de Jimin más que el acto mismo.
— ¿Te gusta cómo sabe, Padre? — decía entre dientes, mientras se hundía hasta la base, haciendo que Jimin tuviera arcadas que contraían su garganta alrededor del miembro — Siente mi polla golpeando el fondo de tu cuello. Quiero que cuando estés en el altar, todavía sientas el dolor de haberme chupado hasta el último milímetro. No vas a poder decir un solo salmo sin pensar en cómo te llené la boca de leche.
Aceleró el ritmo, el sudor de su cuerpo goteaba sobre la frente de Jimin, bautizándolo como suyo.
— Más rápido, Jimin... Usa tu lengua — echó la cabeza hacia atrás, las cadenas tintineaban frenéticamente mientras el placer lo desbordaba — Eres una perra que nació para estar de rodillas frente a un hombre como yo... venérame y prometo que te haré ver el paraíso antes de que me cuelguen.
Dio un tirón violento a su cabello, obligándolo a escupir su miembro.
El sacerdote quedó jadeando, con los labios hinchados y un hilo de saliva brillante conectándolo con su verga.
— No hemos terminado, precioso. La boca es para los novatos. Yo quiero tu alma, y tu alma está mucho más abajo — sentenció.
Con un movimiento brusco, Jungkook obligó a Jimin a ponerse de pie solo para darle la vuelta y estamparlo contra la pared. Su pecho quedó contra el muro helado y su espalda contra el pecho hirviendo de un asesino.
Jeon le subió la sotana con impaciencia, y cuando la piel blanca de las nalgas del rubio quedó expuesta a la luz de la lámpara, soltó un gruñido de pura hambre — Mierda... deberías estar viendo lo que yo... — se pegó a su espalda, sus manos encadenadas rodearon su cintura, apretando con fuerza — Tan blanco, tan puro, y estás empapado por un hombre que va a morir. ¿Sabes lo que voy a hacerte? Voy a abrirte hasta que no quede rastro de tu castidad.
Sin ninguna delicadeza, usó el mismo pre semen que cubría su polla para lubricar la entrada de Jimin, hundiendo un dedo y luego dos con una brusquedad que hizo que el sacerdote arqueara la espalda y soltara un grito — ¡Duele! — gimió, arañando la pared.
— Claro que duele... me fascina que duela — le mordió el lóbulo de la oreja mientras seguía preparándolo con dedos expertos y crueles — Respira por mí. Vamos, enséñame cómo se abre este templo para su verdadero dueño.
Se posicionó. Apoyó la punta de su verga contra el anillo tenso y se detuvo un segundo, disfrutando del temblor de sus piernas — Vamos, dilo. Di que me quieres dentro. Di que prefieres mi polla antes que tu cielo... — le exigió, dándole un azote sonoro que dejó la marca de su mano roja sobre la nalga.
— ¡Entra...! Por favor... métela, la quiero toda adentro — suplicó, perdiendo el juicio, con su frente apoyada en el muro, sudando, deseando la destrucción.
Jungkook hundió las caderas con un empuje brutal. El grito de Jimin fue desgarrador y exquisito a la vez. Entró hasta el fondo, llenándolo por completo, estirando de una forma que el sacerdote jamás imaginó posible. Se quedó ahí un momento, enterrado profundamente, sintiendo cómo ese cuerpo delicado intentaba expulsarlo y retenerlo al mismo tiempo.
— Me vas a exprimir, maldita sea — comenzó a embestir.
Eran golpes secos, animales. El sonido de la carne chocando contra la carne y el tintineo de las cadenas contra la pared creaban una sinfonía obscena. Jungkook no tenía piedad; cada estocada buscaba el punto más sensible de Jimin, haciéndolo delirar.
— Mírame — lo obligó a girar un poco la cabeza para besarlo — En unos días me pondrán la soga al cuello, pero tú... tú vas a sentir mi verga dentro de ti el resto de tu vida. Cada vez que cierres los ojos, vas a sentir cómo te rompo.
Jimin ya no era un hombre de Dios; era un ovillo de agonía y placer. Sus propios gemidos se volvieron sucios, pidiendo más, pidiendo que lo usara con más violencia. Se sentía lleno, poseído no solo físicamente, sino invadido por la oscuridad del preso.
Jungkook retiró su pene de golpe, el pop húmedo resonó mientras Jimin soltaba un lamento de pérdida. Su miembro goteaba, brillante y pesado. Con una sonrisa, se dejó caer sobre el suelo, sentándose con las piernas estiradas y la espalda en su pared.
— Aquí. Ven aquí, Ángel — dio una palmada en sus muslos, invitándolo con una mirada que era pura orden — quítate esa ropa. Toda. Quiero ver cada centímetro de piel que tu Dios te dio antes de que la convierta en mi propiedad.
Jimin obedeció con prisa. Sus manos temblaban mientras se desprendía de la sotana, luego de la camisa, el pantalón y, finalmente, su boxer. La ropa cayó en un montón lamentable a sus pies, dejándolo desnudo y vulnerable.
— De espaldas a mí. En cuatro. Quiero verte montar mi polla como la puta que eres — le indicó la posición.
Jimin se giró, su trasero temblaba mientras se apoyaba en manos y rodillas. El más alto lo observaba desde arriba, su pene erecto y chorreante, esperándolo.
— Ahora, siéntate. Despacio, Jimin. Clávatela toda, quiero ver cómo entra.
El padre, con los ojos llenos de vergüenza y excitación, se movió con lentitud. Se inclinó hacia atrás, alineando su entrada con la punta. Con sus brazos tensos, comenzó a bajar, sintiendo cómo el glande se abría paso. Soltó un jadeo profundo cuando la cabeza se hundió por completo, y el dolor se mezcló con un placer punzante y delicioso.
Se detuvo, temblando, con el cuerpo a medio camino sobre el miembro de Jungkook.
— No pares, Jimin. Sigue hasta el fondo. Quiero sentirte todo por dentro.
Obedeció. Con un movimiento decidido, bajó todo su peso, empalándose completamente en la gruesa verga. Un grito ahogado escapó de sus labios cuando lo llenó hasta la base, cayendo sobre sus bolas. El placer fue insoportable, una explosión de sensaciones que lo hizo arquear la espalda.
— ¡Oh, Dios! ¡Mmmhg! — jadeó sus palabras ahora en un ruego pagano.
Jungkook se apoyó en la pared con los ojos fijos en el punto donde su polla desaparecía y aparecía. La imagen del sacerdote, desnudo y jadeante, montando su erección mientras la observaba entrar y salir, era la fantasía más sucia y perversa que había tenido.
— Móntame — uno, dos, tres, cuatro, ocho azotes violentos. Comenzó a mover sus caderas desde abajo, haciendo que Jimin rebotara y se hundiera más profundo — Eso es... eres tan apretado. Siento cada jodido centímetro de tu interior. Mi verga te abre todo, es una maldita delicia.
Jimin cerró los ojos, el éxtasis era tan brutal que su cuerpo se movía por sí solo. Se impulsaba hacia arriba y hacia abajo, con los gemidos escapando de su garganta en un torbellino de lujuria. El vaivén de sus caderas era rítmico, sobre el miembro de un hombre condenado a muerte. La piel de sus muslos chocaba contra las piernas de Jungkook, y el sonido húmedo de la penetración se amplificaba en el pequeño espacio.
Sus rodillas estaban sangrando.
— No pares, Jimin. No pares. Hazme venir — se aferró de las caderas del rubio, guiando el movimiento, haciendo que el sacerdote se hundiera y se elevara — si te vienes antes, juro que te mato. Quiero tu semen mezclado con el mío. Quiero que mi polla sea lo último que sientas antes de que te arranquen de aquí.
Con su misma mano tomó su verga y la sacó. El rubio chilló en reclamo — Pon ese culo en el aire. Más alto.
Jimin, con la mente nublada y el cuerpo temblando por el orgasmo interrumpido, obedeció. Se apoyó sobre sus antebrazos, elevando sus nalgas perfectas y redondas, que ahora brillaban con el rastro de la penetración. Jungkook, aún sentado, se arrastró hacia adelante hasta que su rostro quedó a milímetros de su ano y sin previo aviso, enterró la cara. El primer contacto de su lengua, caliente y áspera, barriendo su entrada, hizo que el sacerdote soltara un grito que rebotó en las paredes.
—¡Dios mío, sí, así! Me gusta eso, hmm ¡Ahí! ! — arqueó la espalda, y arañó tan duro el piso que sus dedos también sangraron.
Jeon usó sus manos encadenadas para separarle las nalgas con fuerza, exponiendo el anillo rosado y palpitante. Se ensañó con una voracidad depravada, lamiendo, succionando y metiendo la lengua. El sonido era morboso y adictivo: devoraba al rubio como si fuera su última cena antes de la horca.
— Sabes a mí...— balbuceó entre lametones, su cara estaba bañada por los jugos del sacerdote — Eres un pecador tan hermoso. Abre más ese agujero para mí. Usa tus manos.
El padre pegó la cara al suelo y se abrió para él, tal como se le pidió.
Jungkook metió la punta de su lengua con fuerza, explorando las paredes mientras succionaba la piel sensible a su alrededor. Jimin lloraba mientras su cuerpo temblaba bajo el asalto lingual de aquel.
— Estás goteando y llorando para mí mientras te como el culo como a una puta — se separó solo un segundo para escupir sobre el esfínter y volver a atacar con más saña — ¿De verdad no venías a esto? Permíteme que lo dude. Lo estás disfrutando demasiado como para no haberlo querido.
Integró sus dedos al mismo tiempo, hundiéndolos mientras su lengua trabajaba el centro del placer del rubio.
— Mmhg, mhg, ahh... así, así, sigue — suplicó.
Pero el bastardo se detuvo, respirando con dificultad, con la cara empapada y los ojos pesados. Miró la obra de arte que era el cuerpo de Jimin frente a él y supo que ya lo tenía.
— Ahora... — susurró, agarrándolo de la cintura para volver a posicionarlo — voy a terminar de romperte.
Lo volteó para dejarlo boca arriba, mientras se arrodillaba entre sus piernas, abriéndolas, raspándole las nalgas al arrastrarlo — Voy a hacer que este lugar huela a ti y a mi semen hasta que llegue alguien más a habitarlo.
Le apresó la mandíbula con una mano, escupió sobre su verga y luego — abre — en la boca del otro — traga.
Se enterró en él con una estocada tan profunda que el sacerdote sintió el golpe en el estómago y comenzó a bombear, mientras sus manos apretaban el cuello contrario; — que dulce eres... — escupió otra vez pero ahora sobre la unión de sus cuerpos, creando una mezcla de saliva y fluidos que lubricaba la fricción del encuentro.
Introdujo sus dedos en la boca del pequeño mientras lo embestía, obligándolo a succionarlos.
Jimin ya no sabía quién era. Sus ojos estaban en blanco y su lengua colgaba mientras balbuceaba palabras sin sentido, entregado totalmente a la dominación del otro. Sintió cómo la verga del recluso se hinchaba dentro de él, percibiendo que estaba alcanzando, finalmente, el punto de no retorno.
— No cierres los ojos, quiero que veas esto.
Al mismo tiempo que su polla reclamaba su lugar, metió los dedos medio e índice de su mano derecha por encima de su miembro, invadiendo el cuerpo del rubio con una profundidad herética. Sus dedos brutales, buscaron el punto exacto, la próstata de Jimin que ya estaba congestionada de sangre.
El grito fue algo inhumano.
Empezó a follarlo con estocadas rápidas mientras sus dedos atrapaban y masajeaban su próstata con fuerza. Con su otra mano, envolvió su verga, masturbándolo con una velocidad frenética, buscando el colapso total.
— Vas a soltarlo todo para mí... ya — ordenó como si fuese un jodido mago controlando a un hipnotizado.
Jimin entró en un estado de convulsión. La estimulación interna era tan excesiva, tan perfecta en su crueldad, que su sistema colapsó. No fue solo un orgasmo común. Mientras su propia polla escupía chorros de semen que manchaban el abdomen de Jungkook, su cuerpo reaccionaba desde lo más profundo y un calor violento se acumuló en sus entrañas, bajo la presión de los dedos y el embate de su miembro. Su esfínter cedió ante una liberación total. Chorro tras chorro de un fluido claro y caliente salió disparado.
Teniendo un orgasmo prostático, una respuesta biológica extrema a la estimulación masiva de su próstata. Sus piernas temblaban tanto que Jungkook tuvo que sostenerlo.
— Eso es... dámelo a mí, dámelo todo — rugió.
Al sentir las contracciones desesperadas apretándolo, soltó un gruñido más. Sus caderas se clavaron una última vez y su cuerpo se tensó. Una descarga masiva de esperma caliente y espeso inundó las entrañas del contrario, llenándolo hasta que el líquido comenzó a desbordarse y a correr hacia el exterior.
Lo que siguió fue silencio, solo roto por sus respiraciones entrecortadas. Jungkook apoyó su frente contra la de Jimin, ambos empapados, manchados y temblando. Lo miró a los ojos y sonrió, confesando que — Ahora sí... Ahora sí puedo morir en paz.
El sacerdote intentó ponerse en pie, pero sus rodillas fallaron, golpeando el suelo. Se sentía vacío y, paradójicamente, más vivo que en toda su existencia. Sus manos, todavía temblorosas, buscaron entre el desorden su ropa, hallando entre ella su biblia. El cuero del libro se sentía extraño, ajeno, como si perteneciera a un hombre que ya no existía.
Jungkook no lo ayudó. Se quedó allí, recostado contra la pared fría, con la respiración volviendo a la calma y la mirada fija en el suelo, donde los fluidos de ambos se mezclaban con el polvo. Ya no era nada; era solo una sombra esperando que la luz se apagara.
Jimin se cubrió con la sotana deshecha, abotonándola con dedos torpes. Le dio una última mirada, una súplica silenciosa, pero el condenado no levantó la cabeza.
Salió de la celda con el cuerpo ardiendo y en cuanto la puerta de hierro se cerró definitivamente, escuchó el click de la lámpara apagándose.
Jungkook volvió a estar en completa oscuridad...
...
El patio de la ejecución era un cuadrado de cemento frío y gris. No había público, solo dos guardias, la lluvia intensa y la horca esperando. Jeon caminaba hacia ella con los hombros relajados, casi aburrido. Sabía que el tiempo se agotaba, pero su cuerpo todavía conservaba el calor de lo que había sucedido en la celda hace tres noches.
Era su último instante de vida. No se arrepentía de absolutamente nada...
— ¿Por qué estás tan tranquilo? — preguntó uno.
— Los psicopatas son así — contestó el otro.
— Que me responda él — exigió.
— Los psicopatas somos así — le dio la razón.
— Es un enfermo. Terminemos con esto rápido.
Cuando el primer guardia estiró la mano para colocarle la soga, un sonido casi imperceptible, rasgó el aire.
El hombre cayó hacia adelante con un agujero perfecto entre las cejas y antes de que el segundo pudiera siquiera gritar, un segundo impacto lo mandó al suelo, tiñendo el cemento de un rojo brillante.
Jungkook no se inmutó. Giró la cabeza lentamente hacia la sombra que emergía del corredor.
Allí estaba él. Pero ya no era el sacerdote de la lámpara. Jimin vestía una túnica negra, pesada, con una capucha que ocultaba sus facciones, pareciendo la personificación misma de la Parca. Avanzó con elegancia sobre los charcos de sangre, sosteniendo un arma con silenciador con la misma naturalidad con la que antes sostenía el crucifijo.
Jeon soltó una carcajada ronca — El cielo está llorando... significa que un ángel ha caído. Mi ángel... — susurró y sus ojos brillaron con pura adoración.
Jimin llegó hasta él pero no dijo nada. Se acercó tanto que sus cuerpos volvieron a pegarse, y hundió la nariz en el cuello contrario, olfateándolo en silencio, embriagándose con su olor.
Era su droga.
Jungkook se impulsó hacia adelante para besarlo, buscando reclamar sus labios y Jimin lo sujetó de la mandíbula, mordiéndole el belfo superior — Tenemos cinco minutos antes de que se den cuenta. Vámonos.
La travesía fue un caos. Salieron por los túneles de servicio, esquivando patrullas y saltando muros mientras las alarmas de la prisión empezaban a aullar como lobos a lo lejos.
Finalmente, llegaron al coche que esperaba en la maleza. En cuanto las puertas se cerraron y el motor rugió, el silencio regresó por un instante.
Jimin se bajó la capucha, revelando su rostro perfecto, ahora iluminado por la luz del tablero. Sonrió de medio lado, sin apartar la vista del camino.
— Actúas tan bien que por un momento me creí que eras un padre real — dijo Jungkook, estirando sus manos aún entumecidas por los grilletes, mirándolo con una mezcla de morbo y orgullo.
Se rió — No podía dejarte morir ahí, mi amor — aceleró, dejando atrás la silueta de la cárcel — no después de que me sacaste de ese agujero. No después de que mataste por mí. Fue el plan perfecto, ¿no crees? — dijo con calma — ellos me usaron en nombre de Dios cuando no era más que un joven inocente. Me jodieron en su sótano mientras sostenían un rosario en la otra mano — giró la cabeza un segundo, y Jeon vio en sus ojos una oscuridad que no pertenecía a un falso profeta, sino a un verdadero sobreviviente — No había mejor forma de destruirlos que convertirme en uno de ellos para robarles. Usé su propia casa para esconderme, usé sus contactos para poder entrar y tocarte y usé su creencia para sacarte de allí.
Y es que su historia no empezó esa noche en el calabozo. Empezó cuando Jimin era solo un joven atrapado en una red de trata de personas operada por altos mandos de la iglesia.
Jungkook era un sicario sin nada que perder, que fue enviado a eliminar a un poderoso, pero en lugar de cumplir su cometido sin titubear, encontró a Jimin en el sótano, roto y cansado. Mató a doce hombres esa noche para sacarlo de allí. Llevándose con él a un chico que no conocía y desde entonces, sus destinos se sellaron.
Pero Jeon fue capturado al haber asesinado al cabecilla de dicha organización.
El rubio se infiltró en el clero, planeando la táctica perfecta para devolverle el favor.
Estiró una mano y entrelazó sus dedos con los del mayor — Tú me salvaste del infierno una vez — susurró con un nudo en la garganta — y yo decidí volver para sacarte ahora a ti...
Mientras las sirenas se hacían cada vez más bajas en el horizonte, el carro con la pareja fugitiva avanzaba más rápido hacia su libertad. Manchados de sangre, dañados, rotos pero amando al otro con la misma intensidad de aquella madrugada en la que sus ojos se reconocieron en medio de la oscuridad de un sótano...




