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El flash de las cámaras seguía quemándole la retina aunque ya habían pasado tres semanas.
Para Jimin, el tiempo se había detenido la noche del escándalo, para el resto del mundo, todo había seguido avanzando con una crueldad indiferente.
Jimin se apoyó contra la barandilla oxidada de la pista municipal de su barrio, el único lugar en Seúl donde aún podía patinar sin que nadie le pidiera autógrafos ni le escupiera insultos a la cara.
El hielo estaba lleno de surcos irregulares, en su mayoría, marcas de niños que aprendían a deslizarse y parejas que se divertían.
Nadie lo miraba dos veces aquí. Nadie sabía, o fingía no saber, que el chico de sudadera negra con capucha y auriculares era Park Jimin, el mismo que hasta hace un mes aparecía en las portadas de las revistas con titulares como:
“HOCKEY COREANO EN SHOCK: UN BESO EN EL VESTUARIO ARRUINA LA CARRERA DE LA JOVEN PROMESA P. JIMIN”.
Cerró los ojos y dejó que el frío le mordiera las mejillas. El olor a hielo y colonia infantil le traía recuerdos que dolían tanto como aliviaban.
A los siete años, su madre lo llevaba a clases de patinaje artístico porque, según ella, “un niño necesita disciplina y gracia, no solo fuerza bruta”.
Jimin odiaba las mallas y las sesiones de ballet obligatorias, pero en el hielo encontraba algo que no sabía nombrar: Libertad.
Giraba, saltaba, aterrizaba como si el mundo pudiera sostenerlo.
Su padre, en cambio, lo veía con el ceño fruncido: “Eso es para niñas. Un hombre juega hockey, suda, pelea, y gana de verdad”. Al final ganó él.
Jimin dejó el patinaje artístico a los nueve años, cambió las mallas por protectores y se convirtió en la “promesa” que su padre presumía en las cenas y reuniones familiares.
La ironía cruel del destino, la gracia que su madre tanto había cultivado se quedó enterrada bajo capas de equipo y golpes. Y ahora, después del escándalo, ni el uno ni la otra lo miraban a los ojos. Su madre lloraba en silencio por el talento desperdiciado, su padre apenas le hablaba, la decepción y el qué dirán pesaba más que el orgullo herido.
Todo empezó con una foto. No era como las otras miles de ellas que los paparazzis habían logrado robar a lo largo de los años, donde Jimin se veía en actitud cariñosa con chicas que se le arrimaban como garrapatas, animadas por el aspecto varonil de jugador de hockey.
Era una sola imagen borrosa, tomada con un móvil desde un ángulo imposible, él y el entrenador asistente, en el vestuario después del partido. El hombre tenía la mano en su nuca, los labios pegados a los suyos en un beso que no era casto ni calculado.
Jimin recordaba el sabor a menta y adrenalina, el calor repentino después de noventa minutos de juego brutal. Recordaba también el silencio que siguió cuando la puerta se abrió y alguien, nunca se supo quién, tomó la foto.
Veinticuatro horas después, el club emitió un comunicado de tres líneas:
“Tras una revisión interna, Park Jimin ha sido expulsado del equipo por violación grave del código de conducta profesional”.
No mencionaron la palabra “homosexualidad”. No hacía falta. En el hockey mundial y más el coreano, el código era claro aunque nunca se escribiera, sé fuerte, sé macho, sé discreto. Jimin había sido todo menos discreto esa noche.
Los comentarios en las redes lo persiguieron como fantasmas. Qué asco, arruinando el deporte.
Él se lo buscó, siempre fue demasiado popular. Los maricas no pertenecen al hockey.
Algunos fans lo defendieron, pero la mayoría se callaron por miedo a las represalias. Sus compañeros, con los que había compartido vestidores, viajes en bus y botellas de soju después de las victorias, no dijeron nada. Ni una llamada. Ni un mensaje. Solo silencio ensordecedor.
Jimin se quitó los protectores de las cuchillas y se sentó en el banco de madera astillada.
Sus patines eran los mismos de siempre, Bauer Vapor negros con cordones rojos. Los había comprado con su primer sueldo importante, cuando aún creía que llegaría a la liga KHL y a las Olimpiadas.
Ahora parecían un recordatorio cruel de lo que pudo ser.
Se puso de pie, ajustó los auriculares y dejó sonar Euphoria en bucle.
Esa canción sonaba demasiado luminosa para su estado de ánimo, pero la necesitaba. Era lo único que lo hacía sentir que aún podía volar aunque el mundo le hubiera cortado las alas.
Empujó con fuerza y se deslizó hacia el centro de la pista. El primer giro fue torpe, los músculos aún recordaban el peso del equipamiento de hockey, no la ligereza del patinaje libre. Pero al tercer círculo ya encontró el ritmo. Los brazos se abrieron, el torso se inclinó, la cuchilla trazó una curva perfecta que dejó una línea limpia en el hielo.
Por un instante se olvidó de todo, del despido, de las amenazas de muerte en Instagram, de la mirada de decepción de su padre cuando le dijo: te lo advertí, no se puede jugar a dos bandos.
No oyó la puerta principal abrirse. No vio la figura que se detuvo en la entrada superior, medio oculta por las sombras de las gradas vacías.
Jungkook había entrado por un impulso, apagó el motor del coche a dos manzanas del skating municipal. Condujo casi en piloto automático, guiado por rumores que circulaban en grupos privados de patinadores.
El live había sido esa misma tarde-noche. Apenas horas atrás había dicho frente a la cámara:
No voy a seguir ocultándome. Quiero competir siendo yo. Si eso significa cambiar de pareja, o cambiar de disciplina... lo haré.
Durante el live, mientras los comentarios subían como una trepidantemente imposibles de contener, alguien escribió algo que se perdió entre miles pero no para él: “Si de verdad vas en serio, ve a buscar al chico del jockey que expulsaron. Dicen que lo han visto hoy en la pista municipal de Mapo, la vieja. Solo.”
Jungkook fingió no leerlo, pero lo leyó. Y luego otro mensaje. Y otro. En foros privados, en mensajes directos, en capturas que le enviaban. Rumores que olían a oportunidad. No era información confirmada, pero era una posibilidad.
Cuando terminó el live, el silencio del apartamento le pareció demasiado amplio. La declaración ya estaba hecha. El mundo ya estaba ardiendo.
Tenía el apoyo de su familia.
Quedarse quieto habría sido cobardía. Así que tomó las llaves. Si iba a dejar de ocultarse, no sería solo frente a una cámara. Lo haría frente a la única persona que podía convertir sus palabras en algo real.
No voy a seguir ocultándome. Quiero competir siendo yo…
El teléfono de Jimin no había parado de vibrar desde entonces. Mensajes de la federación, de los fans. Pero el que más le pesó fue el primero, su padre.
La llamada había entrado segundos después de que saltara la noticia, no contestó. No necesitaba oír la voz para saber qué diría: la misma frase de siempre, la que resonaba en su cabeza como un eco permanente. No manches el nombre de la familia con... tus cosas de desviado. Otras veces lo llamaba invertido, nada le dolía más que el odio con que se lo decía.
Ignoró la llamada. Lo ignoró todo. Y en vez de volver a casa, condujo hasta aquí. No sabía exactamente por qué. Solo que necesitaba estar en el hielo y hacer algo que no estuviera ensayado ni vendido.
Jimin giraba en el centro del hielo como si el mundo no existiera. No patinaba de la forma limpia y calculada de las competencias, era crudo, visceral, estaba lleno de rabia contenida y de una belleza que dolía mirar.
Cada giro era una declaración de todavía estoy aquí. Aún puedo volar. Jungkook entró sin hacer ruido y lo vio.
Se quedó inmóvil en la penumbra, con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera oversized. El corazón le latía fuerte, no estaba nervioso, era por algo que no había sentido en mucho tiempo... esperanza.
Cuando Jimin finalmente se detuvo, jadeante, con las mejillas rojas y el cabello pegado a la frente por el sudor, miró hacia la red improvisada en una esquina: unos conos viejos y una cuerda. Sacó un puck de su mochila, el último que se había llevado del equipo, y agarró su stick.
Se deslizó y empujó. El puck voló, pero se desvió por centímetros. Falló.
—Mierda.
Volvió a intentarlo. Otra vez. Y otra. Cada tiro con más fuerza, pero la concentración se le escapaba. El puck rebotaba en los bordes, no entraba. La rabia lo volvía torpe.
Entonces oyó el aplauso lento, y sarcástico, desde las gradas superiores. Clap. Clap. Clap.
Levantó la vista de golpe.
Jeon Jungkook estaba ahí, lo reconoció al instante, era alto y de espalda ancha, con unos grandes ojos oscuros y brillantes que intimidaban. Habían coincidido en varias competiciones, incluso una vez Jimin tropezó contra él y casi lo tiró al suelo.
Estaba apoyado contra la barandilla, con una sudadera negra oversized, tenía la capucha echada hacia atrás, y el cabello revuelto. Sonreía de lado, como si hubiera estado viendo un show privado, exclusivo para él.
—Vaya —dijo Jungkook, con sorna—. Ya sé por qué te mandaron al banquillo... como anotador apestas.
Jimin sintió la sangre subirle a la cara. Se enderezó, manteniendo el stick aún en la mano.
—¿Qué hace el príncipe del bling-bling dignándose a bajar al barrio con un perdedor como yo? —escupió—. ¿Vienes a reírte en persona?
Jungkook bajó un escalón, luego otro.
—No me río. Solo observo. Y lo que veo es un chico que patina como si quisiera matar al puck en vez de meterlo. Te falta técnica, hockey boy.
Demasiada.
Jimin soltó una risa amarga.
—¿Técnica? Te apuesto lo que quieras a que tú no podrías anotar uno solo. Ni con toda tu purpurina y tus coreografías de princesa.
Jungkook alzó una ceja, la sonrisa se volvió peligrosa.
—¿Qué apuestas? Me gusta. Pero si yo no fallo, tú intentas algo de lo mío. Un loop o un axel, si te sientes valiente. Porque, vamos... ¿tú haciendo artístico? Eso sí sería un milagro.
Jimin sintió el aire atascársele en la garganta. Dejó caer el palo con ruido seco. Tomó velocidad. Plantó el pie izquierdo, giró en el aire... un axel simple, pero perfecto. De rotación limpia, y aterrizaje suave, línea impecable.
Se detuvo, jadeante, mirando directamente a Jungkook. Silencio.
Jungkook no aplaudió. Se quedó quieto, con los ojos abiertos llenos de sorpresa, su sonrisa desapareció. Tragó saliva.
—Joder... ¿de dónde sacaste eso? Jimin levantó la barbilla.
—¿Contento? Ahora lárgate.
Jungkook dio un paso más, ya en el borde del hielo. Sus ojos no se apartaron.
—No me voy. Porque acabas de decidir algo por mí, llevaba días dándome vueltas en la cabeza.
El aire entre ellos se volvió denso. La pausa pareció durar más del tiempo transcurrido.
—Quiero que seas mi compañero. En ice dance. En las nacionales. Bajo las nuevas reglas.
Tú y yo, rompiendo todo lo que nos han dicho que no podemos ser. Jimin sintió el hielo tambalearse bajo él.
—¿Tú y yo? ¿Después de llamarme perdedor? Jungkook sonrió, esta vez de forma reverente.
—Porque sé reconocer el talento cuando lo veo. Un hockey boy que hace un axel como si nada... después de años pateando discos.
Eso no se aprende en un día. Eso se lleva dentro. La respiración de ambos se volvió pesada.
Jimin no respondió de inmediato. Solo miró a Jungkook, mientras su corazón le latía con fuerza.
Por primera vez en semanas, sintió algo más que rabia.
Curiosidad.
Desafío.
Y algo peligrosamente parecido al deseo.