El primer paso
El viento suave del atardecer acariciaba el rostro de Deria mientras caminaba hacia el salón principal del palacio. La luz dorada del sol se filtraba a través de las altas ventanas, iluminando las paredes de piedra con un brillo cálido. Dhalia, la reina, se encontraba sentada cerca de la mesa, revisando algunos documentos.
Era un día como cualquier otro en Draelis, pero para Deria, algo había cambiado en su interior. Habían pasado tres años desde que su hermana se casó con Vernon y el reino seguía prosperando y la paz reinaba. Aun así sentía una necesidad que crecía dentro de ella con cada día que pasaba. La ceremonia de vinculación se celebraría en tres meses y ya no podía esperar más para decirle a su hermana lo que llevaba en el corazón.
Con un paso firme, entró en la sala. Dhalia levantó la vista, sus ojos reflejando la misma calma que siempre había tenido, pero algo en su expresión cambió al ver la determinación en el rostro de su hermana pequeña.
— ¿Qué pasa, pequeña? — dijo la reina con una sonrisa suave, alzando una ceja al notar la tensión en el aire.
Deria cerró la puerta detrás de ella con serenidad y sin perder la compostura; se acercó a su hermana. El brillo de sus ojos azules reflejaba una mezcla de emoción y resolución.
— Quiero hacer la prueba de vinculación. — Las palabras salieron con tal firmeza que Dhalia no pudo evitar fruncir el ceño, sorprendida.
— ¿La prueba de vinculación? — repitió Dhalia, dejando los documentos a un lado. — ¿Sabes lo que eso implica?
Asintió sin dudarlo, con las manos tensas a los lados de su cuerpo, pero sus ojos no vacilaban.
— Sí, lo sé. — Su voz era clara y fuerte. — Ya tengo 18 años. Hace días que dejé de ser pequeña, hermana. Es mi momento. Siempre he estado esperando algo... algo que me permita demostrar lo que puedo hacer. Lo que soy.
Dhalia se levantó lentamente de su asiento, mirando a su hermana con una mezcla de comprensión y preocupación. Sabía que siempre había sido una joven llena de pasión y ambición, pero la prueba de vinculación no era algo que se tomara a la ligera. Vincularse con una criatura no solo era un honor, sino un compromiso de por vida. No todas las personas lograban vincularse y muchas veces el fracaso podía ser devastador.
— ¿Estás segura? — preguntó, acercándose a ella con un aire de cuidado. — Es una prueba que requiere mucho más que valentía, Deria. Se trata de sacrificio, de entregar algo de ti misma que... tal vez no estés lista para perder. Incluso aunque lo estuvieras, hay personas que no consiguen vincularse.
Deria sonrió, pero fue una sonrisa que no hablaba de inseguridad. Era el tipo de sonrisa que surge cuando alguien ha tomado una decisión irrevocable.
— Quiero ser parte de la Orden, hermana. Quiero seguir mi propio camino, hacerme un nombre. — su tono se suavizó, casi como si compartiera un secreto. — No quiero ser solo la hermana de la reina. No quiero ser solo alguien que observa desde las sombras. No quiero casarme ni ser una pieza de decoración en este castillo. Quiero ver el mundo, vivir aventuras.
Dhalia se quedó en silencio por un momento, observando a su hermana. En ese breve instante, vio más que a una joven llena de pasión y deseos. Vio a la guerrera que siempre había estado dentro de ella, esa fuerza que Deria había cultivado durante años sin que nadie se diera cuenta. Esa energía juvenil que la impulsaba a dar un paso más allá, a romper las barreras.
— Deria, yo... — Dhalia respiró hondo, buscando las palabras correctas. Sabía lo que significaba este momento para su hermana, pero también comprendía lo que se le venía encima. — ¿Y si lo logras? Tendrías que mudarte a Arkenhelm y allí no disponen de los lujos a los que estás acostumbrada.
La miró fijamente, sin miedo.
— No me importa, es lo que quiero. — dijo de forma contundente. — Si no lo consigo, encontraré otro propósito. Pero no voy a quedarme esperando que alguien decida mi destino.
La respuesta de Deria le hizo pensar en todas las veces que ella misma había tenido que decidir su propio destino, a pesar de las expectativas que otros tenían de ella. Sonrió, casi con una ligera tristeza en los ojos, pero llena de orgullo.
— Entonces, si realmente quieres esto, te apoyaré — dijo Dhalia finalmente. — Es tu decisión. Si vas a entrar en la Orden, me aseguraré de que estés preparada para todo lo que conlleva. Avisaré a Dara. Si vas a intentarlo, mejor que recibas formación.
Deria, que había estado esperando este momento durante mucho tiempo, sintió cómo un peso se aligeraba en su pecho. Tomó la mano de su hermana con una sonrisa.
— Gracias, hermana. — Su tono era cálido, casi infantil en su gratitud. — No te arrepentirás.
Miró a su hermana con orgullo. Ansiaba ser una mujer como ella algún día. Alguien que no se achantara ante las adversidades, sino que las afrontara de frente. Deseaba ser capaz de proteger a su reino de alguna forma. A su familia y seres queridos, aunque fuera desde las sombras. Igual que había hecho Dara, quería ser capaz de poder protegerlas de traidores o personas malintencionadas.
También quería que su padre se sintiera orgulloso de la persona en la que se había convertido. Una guerrera de corazón, leal a su familia. Alguien que protege a quienes no pueden hacerlo.
Dhalia la observó por un instante antes de dejar escapar una risa suave.
— Te conozco mejor de lo que crees. Y sé que esto no es solo un sueño. Es un fuego que llevas dentro, siempre fuiste la más aventurera de todas. Solo espero que estés lista para lo que eso significa.
Deria asintió con determinación. Sabía que no sería fácil, pero no tenía miedo. Este era su momento y nada ni nadie la detendría.