Sujeto 1
© 2026 Mia Galdamez
Todos los derechos reservados.
Esta obra es ficción.
Los nombres, personajes, lugares y sucesos son producto de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia.
Cualquier parecido con personas reales es pura coincidencia.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin autorización del autor.
Aunque digo que quiero a alguien diferente, ¿por qué siempre termino en lo mismo?
¿Por qué el mismo patrón se repite una y otra vez? Ya no quiero seguir atrapada en este ciclo de toxicidad.
Desde pequeños, la industria del entretenimiento nos ha vendido la idea de que el amor es perfecto.
Cuando somos niñas vemos películas de princesas donde siempre hay un príncipe ideal, el hombre perfecto que llega a salvarlo todo.
Las novelas, las comedias románticas e incluso algunos libros nos repiten la misma historia: que el amor puede ser impecable, que el hombre “perfecto” existe.
Solo hay que encontrarlo.
Que gran mentira.
En la vida real nadie llega en caballo blanco.
Llegan con discurso bonito, con detalles medidos, con una versión cuidadosamente editada de sí mismos.
Al principio todo es intensidad, mensajes largos, promesas, miradas que parecen sinceras.
Los primeros meses son un sueño... y después, poco a poco, aparece la verdadera personalidad.
Y es ahí cuando la historia cambia.
La atención cambia, el trato cambia, las prioridades cambian.
Y un día te das cuenta de que ya no te habla igual, ya no te mira igual, ya no te elige igual.
Entonces empiezas a preguntarte en qué momento el “casi perfecto” se convirtió en un extraño.
En qué segundo exacto dejó de ser el hombre que te prometía el mundo y empezó a darte migajas.
Y duele.
Porque no extrañas a quien es ahora... extrañas a quien fingió ser al principio.
Tal vez el problema nunca fue que el príncipe no existiera.
Tal vez el verdadero error fue creer que alguien tenía que venir a salvarnos... cuando lo único que necesitábamos era aprender a no conformarnos.
Sujeto 1: Ethan
Todo comenzó cuando yo era adolescente.
En ese entonces, mis padres no me dejaban tener pareja.
Pero como toda adolescente que cree que sabe más que el mundo entero, yo quería un novio.
No por amor... por curiosidad, por rebeldía, por sentir que ya era grande.
El año escolar empezó normal, con los mismos compañeros de siempre, la misma rutina, las mismas caras.
Pero había días en los que llegaba tardísimo por el tráfico de la ciudad, agotada antes de que siquiera comenzaran las clases.
Un día, cansada de lo mismo, se me ocurrió una idea que en ese momento me pareció brillante.
Le dije a mi papá que quería cambiarme de sede.
El lugar donde estudiaba tenía varias sedes en distintas partes del país, y había una mucho más cerca de donde vivíamos, sonaba lógico ¿No?.
Si en ese momento hubiera sabido todo lo que iba a desencadenar esa decisión...me habría quedado donde estaba.
El primer día de clases fue extraño.
Me sentía fuera de lugar.
El ciclo escolar ya había empezado desde hace un mes y todos parecían conocerse, tener sus grupos formados, sus bromas internas, sus lugares fijos en el salón.
Yo era la nueva, la que llegó tarde.
Mientras caminaba por el pasillo buscando mi salón, escuché a un chico gritar a lo lejos:
—¡Pónganla a ella en esta clase!
No le presté atención, ni siquiera sabía quién era, pensé que solo estaba molestando, como suelen hacerlo cuando llega alguien nuevo.
Terminé en un salón diferente.
Las personas fueron amables conmigo, me hicieron espacio, me explicaron cómo trabajaban, intentaron incluirme en las conversaciones, me adapté más rápido de lo que esperaba.
Pasé alrededor de dos semanas con ese grupo, habían personas que ya conocía por actividades entre sedes y otras por las redes sociales.
Hasta que un día la directora me mandó a llamar.
Me dijo que había habido un error.
Que yo no pertenecía a esa clase.
Que mi salón era otro.
Me sentía molesta.
No quería empezar otra vez desde cero, apenas me estaba acostumbrando al otro grupo, ya tenía con quién sentarme, ya no me sentía tan perdida.
Pero ahí estaba otra vez.
Cuando entré al salón, varias miradas se clavaron en mí, las conversaciones no se detuvieron, pero bajaron de volumen, algunos susurraban entre ellos; no hacía falta escuchar para saber que estaban hablando de mí, era demasiado obvio.
Le pregunte a la profesora donde me podía sentar, ella apenas levantó la vista y me señaló un asiento hasta el fondo.
El clásico asiento de la nueva.
Me senté tratando de verme tranquila, pero llevaba ese nudo incómodo en el estómago que siempre llega cuando empiezas de nuevo y no hay ninguna cara familiar.
A los pocos minutos, dos chicos que estaban cerca comenzaron a hablarme.
Fueron amables.
Me preguntaron de dónde venía y por qué me habían cambiado de salón, intentaron bromear conmigo de una manera ligera, sin mala intención, dijeron que tenía la misma cara que alguien cuando adopta a un animalito: perdida.
Se rieron y yo también.
Me aseguraron que no tendría problema en adaptarme, que sería fácil, porque ese grupo era muy “unido”.
Todo iba bien y entonces apareció él.
Llegó como si ya me conociera, sin dudar ni un segundo en acercarse.
Se sentó cerca y empezó a hablarme como si fuéramos amigos de años.
Fue extraño, pero no me sentía incomoda.
Lo que sí fue incómodo fueron las miradas.
Las otras chicas del salón empezaron a observarme de una manera diferente, susurraban entre ellas, soltaban risitas, comentarios que no eran lo suficientemente fuertes para que la profesora los escuchara... pero sí lo suficiente para que yo entendiera que no eran halagos, desde ese momento supe que yo no les agradaba.
Mientras hablaba con él, algo empezó a hacer clic en mi cabeza.
Entonces me acordé.
—Tú fuiste el que gritó el primer día, ¿verdad? —le dije.
Él solo se rio, sin pena.
—Sí —respondió, encogiéndose de hombros como si no fuera la gran cosa— Es que me pareciste linda.
Así, directo, si nada de pena, yo sentí como me sonrojaba.
—No había nadie más linda que tú —añadió, mirándome fijo, como si lo estuviera diciendo en serio.
Me sentí demasiado avergonzada.
En mi corta vida, claro que algunos chicos me habían parecido atractivos... pero nunca había tenido una interacción así.
Nunca alguien me había dicho tan directamente que era linda.
Y mucho menos mirándome de esa forma, sin titubear.
—No bromees —le dije, intentando restarle importancia, aunque por dentro estaba en caos, mi corazón latía super fuerte.
Pero él no parecía estar bromeando.
Pasaron los días y empezamos a hablar más.
Lo que empezó como comentarios al aire, terminó volviéndose algo de todos los días.
Él se cambió de lugar y empezó a sentarse a la par mía, yo intentaba actuar normal, como si nada, pero cada interacción con él me ponía nerviosa.
Con las chicas del salon era distinto.
Los comentarios hacia mi no paraban, intercambiaban miradas cada vez que yo decía algo, siempre hacían un gesto de irritacion.
Me pusieron un apodo horrible, lo repetían entre carcajadas, mirándome de reojo, asegurándose de que lo escuchara.
Nunca pregunté por qué.
Nunca me detuve a pensar qué les había hecho, porque sabía que no les había hecho nada.
Simplemente decidieron que yo no les agradaba.
No quería darles el gusto de que me importara.
A pesar de todo yo me sentía cómoda con él... Muy cómoda, estando con el no me importaban los comentarios que me hacían las demás.
Un día salió con una de sus bromas.
Me dijo que estaba usando un perfume nuevo y que lo oliera, que a ver si sí valía la pena, me acerqué sin pensarlo mucho, … y en ese segundo me robo un beso.
Sentí que mis mejillas me ardían, me aparté de inmediato.
—Ya, basta —le dije, tratando de sonar molesta, aunque el corazón se me había descontrolado.
Él se rió, como si hubiera sido la cosa más inocente del mundo
Ese mismo día teníamos un período libre.
El profesor asignado a la clase de matemática estaba enfermo y no llegó, la mayoría incluyéndolo a el salieron del salón, para ir a jugar o comprar snacks.
Yo me quede sentada en mi lugar, mirando el celular, revisando mis redes, matando el tiempo... esperando que él entrara al salón, ya que el era con la única persona que congeniaba, del otro salón, los que antes me hablaban dejaron de hacerlo cuando me cambiaron de clase.
Pasaron varios minutos, seguía mirando el celular, aunque en realidad estaba pendiente de la puerta.
Hasta que por fin lo vi entrar.
Pero no venía solo.
Caminaba al lado de una chica que no reconocí, ella era de otro salón o de otro grado, pero note en la manera en que le hablaba, en lo cerca que iba de ella, lo cariñoso que era con ella... me ignoro por completo, era como si yo no existiera.
La chica me miró.
Fue de esas que te recorren de arriba abajo, que sospecha, que amenaza.
Y él... como si nada, se quedaron en una esquina del salón, hablando bajito, riéndose entre ellos, compartiendo pequeños besos como si el espacio fuera solo suyo.
La clase estaba vacía, yo estaba al otro lado, fingiendo que no veía, que no escuchaba, que no me importaba.
Me levanté y salí del salón sin voltearlos a ver.
Me quedé sentada en unas gradas, lo bastante lejos del salón, trataba de comprender lo que acababa de pasar, pero todo se sentía confuso.
Al rato llegó un amigo que ya conocía desde hace mucho tiempo, se sentó a mi lado, como si notara que algo no estaba bien.
—¿Sabes quién es la chica que estaba con Ethan? —le pregunté, intentando que mi voz sonara normal.
—¿No sabías? —respondió—. Ellos llevan meses siendo novios
Sentí un nudo en la garganta, me sentí usada y lo peor fue que también me sentí mal por ella.
Porque la forma en que él actuaba conmigo no era algo que debería permitirse cuando alguien ya está en una relación.
Ese día, cuando llegué a mi casa, me encerré en mi cuarto.
Lloré bajito, a escondidas.
Los días siguientes fueron pesados.
Ya no quería hablar con él, no quería seguir siendo su distracción cuando su novia no estaba cerca, yo no iba a permitirme eso.
Pero las cosas en el salón empeoraron, las chicas de mi salón empezaron a tratarme peor, después supe la razón: no les agradaba que algunos chicos se acercaran a hablar conmigo.
Como si yo tuviera la culpa de algo que ni siquiera buscaba, por eso cuando pasaba frente a ellas o alguien me hablaba, decían “Prostituta” para que yo escuchara.
Sentía que ya era demasiado, realmente ya no quería estar en ese lugar, todo era demasiado incomodo.
Una mañana no quería ir a estudiar.
Me sentía fuera de lugar.
Ese día me acerqué a mis papás y lloré.
Solo les dije que ya no quería estar allí, que quería regresar a mi antigua sede.
Que me comprometía a levantarme más temprano, a soportar el tráfico, a hacer el esfuerzo que fuera necesario... pero que no quería volver a ese lugar.
Ellos, sin hacer demasiadas preguntas, me abrazaron.
Y dijeron que sí.
Fuimos a mi antigua sede.
Llenaron toda la papelería.
El director me recibió con una sonrisa cálida, como si nunca me hubiera ido.
Cuando entré a mi antiguo salón, mis compañeros me recibieron felices.
Con bromas.
Con abrazos.
Me sentía en casa otra vez.
Pero aun así... dolía todo lo que había pasado.
Él me escribió un par de veces por redes sociales.
Preguntándome por qué me había ido.
Nunca le respondí.
Los meses pasaron.
Volví a mi rutina, a mis amigos, a mi antigua vida.
Poco a poco fui dejando a Ethan y todo lo que sucedió atrás...
Cada año había campamentos por grado que reunían a todas las sedes.
Ese año tocaba un campamento de dos días.
En el autobús íbamos cantando, riéndonos, grabando videos, molestándonos como siempre.
Llegamos al lugar del campamento, yo me mantuve todo el tiempo con mi mejor amigo.
Y entonces lo vi.
A lo lejos, entre la gente, no quise darle importancia.
Seguí caminando.
Seguí hablando con mis amistades y bromeando.
Todo iba bien hasta que el director general decidió mezclar a las sedes para hacer competencias entre grupos.
Juegos en equipo, dinámicas para “integrarnos”.
Fue divertido... hasta que dejó de serlo.
En uno de los juegos me lo topé de frente.
Él solo sonrió.
—Te extrañé —me dijo, como si nada hubiera pasado.
Como si no tuviera novia.
Como si él no fuera una de las razones por las cuales me fui.
Yo apenas le devolví una sonrisa pequeña.
No le hablé, cuando tuve la oportunidad me fui, no quería estar cerca de el.
seguimos jugando, todo estaba bien, pero mi cuerpo me traicionó en un juego.
Corrí mal, pisé mal... y me lastimé el tobillo.
No podía caminar.
Mi mejor amigo me tuvo que cargar en su espalda en casi todo el recorrido que seguía.
Yo me reía para restarle importancia, aunque me dolía mucho mi tobillo.
Cuando subimos al autobús otra vez para ir al lugar donde nos quedaríamos a descansar, lo vi desde la ventana.
Ethan me estaba mirando
Parecía preocupado, yo solo me recosté en el hombro de mi mejor amigo para apartar la mirada.
Esa noche, después de cenar, nos dieron caminatas libres.
Me separé un poco del grupo para ir a ver las luciérnagas.
El lugar estaba oscuro, apenas iluminado por pequeñas luces flotando en el aire.
—Hola... ¿cómo has estado? —preguntó, como si no hubiera pasado nada.
—Bien— le respondí cortante,me había asustado, pero no lo demostré.
Se quedó mirándome unos segundos.
—Me hiciste falta.
Lo miré directo.
—¿Y tu novia?
Él suspiró.
—Ya no es nada mío... terminamos.
Sentí algo en el pecho.
Una pequeña chispa que intenté apagar de inmediato.
Pero no dije nada.
Caminamos de regreso al campamento hablando de cosas simples, superficiales, como si nada hubiera pasado.
Cuando llegamos, nos avisaron que podíamos entrar a las aguas termales.
Todas las sedes fueron felices, entre risas y gritos.
Yo estaba con mi grupo cuando sentí su mirada.
Levanté la vista.
Él estaba en una esquina, observándome en silencio.
Su expresión lo decía todo “Ven aquí conmigo“.
Y aunque no me moví... tampoco dejé de mirarlo.
Minutos después un amigo de él se me acercó.
—Ethan quiere hablar contigo, está allá.
Señaló hacia una de las esquinas de las aguas termales.
Me negué, pero el después de un rato nado hasta donde estaba yo.
El agua estaba tibia, el aire frío, el cielo completamente oscuro y lleno de estrellas, nos quedamos hombro a hombro, hablando de cosas simples.
Disfrutando del contraste entre el calor del agua y el frío de la noche.
Por un momento... todo se sentía perfecto.
Él se movió y quedó frente a mí.
No dijo nada.
Solo me miró.
Y antes de que pudiera procesarlo, me besó.
Esta vez no fue un beso rápido.
Fue un beso real.
Y yo lo correspondí.
Fue mi primer beso largo.
Sentí nervios, calor en el rostro, el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salirse.
Todo parecía irreal.
Como si estuviera viviendo una escena de una película.
Cuando salimos, cada quien se fue a su respectiva casa de campaña.
Yo todavía estaba sonriendo cuando me acosté.
Minutos después, mi celular vibró.
Un mensaje.
“Perdóname.”
Fruncí el ceño, estaba confundida, ¿Por qué me estaba pidiendo perdón?.
“¿Por qué?”
Tardó unos segundos en responder.
“No he terminado con mi novia.”
Sentí cómo algo dentro de mí se rompió.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Mi pecho dolía.
No era exageración.
Dolía de verdad.
Otra vez.
Esa noche lloré en silencio, dentro de la casa de campaña, intentando que nadie escuchara.
Lloré hasta quedarme dormida.
Y entendí, demasiado tarde, que lo que se siente perfecto a veces es solo una mentira bien actuada.
Al día siguiente me desperté con el cuerpo pesado.
Los ojos me ardían de tanto llorar, sentía la cara hinchada.
Afuera se escuchaban risas, pasos, el ruido normal de la mañana en el campamento... y yo solo quería desaparecer.
Mi mejor amigo llegó a mi casa de campaña.
—¿Estás despierta? —preguntó desde afuera.
Cuando entró y me vio la cara, no pude fingir, le conté todo lo que había sucedido.
El solo me abrazó.
Durante el desayuno, Ethan me miraba de lejos.
Yo lo evitaba todo lo que podía.
Giraba la cara si sentía su presencia cerca, me mantenía ocupada con mis amigos.
No quería estar ni un segundo a su lado.
No después de lo que había hecho.
Sentía tristeza... una mezcla de vergüenza, enojo y mucha desilusión.
Cuando llegó el momento de irnos del campamento, todos estaban cansados pero felices, hablando de anécdotas, intercambiando fotos, prometiendo repetir la experiencia.
Yo solo quería irme.
Ya en el autobús, mi celular vibró.
Un mensaje de él de nuevo.
“Perdóname.”
Miré la pantalla unos segundos.
Y no respondí.
Pasaron los meses.
Su recuerdo empezó a borrarse, poco a poco.
Volví a concentrarme en mis estudios.
En mis amigos.
En mi rutina.
Hasta que llegaron las olimpiadas entre sedes.
Todos los años había competencias: deportes, actividades culturales, presentaciones.
Era el evento más esperado del año.
Todas las sedes se reunían otra vez, el mismo ambiente de energía, rivalidad y emoción.
El día del evento yo estaba apoyando a mis amigos que jugaban fútbol.
Les gritaba desde la orilla, les llevaba agua, aplaudía cada jugada como si fuera la final del mundo.
Cuando el partido terminó, nos fuimos caminando en grupo, riendo y comentando las jugadas.
Y entonces lo vi...Venía de frente con ella.
La llevaba abrazada de la cintura, caminaban despacio, como si no tuvieran prisa.
Él levantó la mirada.
Y me vio.
Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo.
Yo no cambié mi expresión.
No bajé la cabeza.
No aceleré el paso.
Simplemente lo ignoré.
Seguí caminando, como si no significara nada.
Mientras se desarrollaban las actividades culturales, me senté en las gradas con mi grupo.
Había música, presentaciones, risas.
Todo el mundo parecía concentrado en el escenario.
Yo también lo estaba... hasta que, sin querer, miré hacia un lado.
Y los vi.
Estaban unos asientos más abajo.
Ella le estaba reclamando algo, visiblemente molesta.
Él intentaba calmarla, mirando alrededor como si no quisiera que nadie notara la escena.
No necesitaba escuchar para entender que estaban peleando.
Aparté la mirada.
Volví a enfocarme en el escenario, en las actividades, en cualquier cosa que no fueran ellos.
Cuando todo el evento terminó y ya nos estábamos organizando para subir al autobús, sentí que alguien tomó mi mano.
Me giré...Era él.
La solté de inmediato, casi por reflejo.
—Espera, yo solo quiero...— comenzó a decir.
No lo dejé terminar.
No quería escuchar nada.
Subí al autobús sin mirarlo otra vez.
Durante el trayecto cerré los ojos, apoyando la cabeza contra la ventana.
Afuera todo pasaba rápido, pero por dentro el tiempo se sentía pesado.
Lo que restó del año pasó tranquilo.
No volví a toparme con él.
Era como si esa etapa hubiera quedado encerrada en el campamento y en las olimpiadas.
De vez en cuando, en redes sociales, me aparecía ella como sugerencia de amistad.
Siempre la eliminaba.
Simplemente porque no quería saber nada, ni de él.
Ni de lo que hicieran, ni de cómo siguiera su historia.
Quería distancia.
En vacaciones, una tarde aburrida, la curiosidad me ganó.
Busqué su perfil.
Y ahí estaba.
Esta vez sí habían terminado.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos, esperando sentir algo.
Pero no sentí nada.
El siguiente año escolar llegó.
Caras nuevas.
Las mismas amistades.
Nuevas materias.
Más responsabilidades.
Estábamos a dos años de graduarnos.
Había conocido a alguien más.
(Sujeto 2... pero esa es otra historia.)
Durante meses todo estuvo en calma.
Hasta que un día...mi celular vibró, recibí una notificación.
Ethan.
Otra vez.
Mi corazón no se aceleró como antes.
Solo me quedé mirando la pantalla unos segundos, preguntándome por qué, después de todo ese tiempo... volvía a aparecer.
Empezamos a hablar de nuevo.
Me dijo que había cambiado, que ya no era el mismo,que se arrepentía.
Yo le creí.
Niña tonta.
Después de eso las conversaciones se volvieron diarias.
Poco a poco, la comodidad regresó a nuestras vidas.
Me juró que esta vez sería diferente, que todo sería real.
Sin mentiras.
Que solo sería yo, le creí.
Empezamos a salir como pareja, aunque en secreto.
Mis papás no me dejaban tener novio, así que todo era a escondidas.
Duramos meses así.
Yo estaba convencida de que esta vez sí era verdad.
Pero había una chica de otra sede.
No sabía exactamente qué era... pero algo en mi intuición no se sentía en paz.
Cuando le preguntaba, él lo negaba todo.
—Estás imaginando cosas.
Y yo quería creerle.
Él me tenía un apodo.
Uno especial, según él.
Lo que yo no sabía... era que tenía un apodo para todas
Un día, ella me agregó a redes sociales.
La acepté.
A los pocos minutos me escribió.
—Hola, socia.
Me quedé mirando la pantalla, confundida.
—¿Socia de qué? —le respondí.
—Pues... tú sabes, compartimos lo mismo.
Sentí mucho enojo.
Entré a su perfil.
Empecé a bajar, publicación tras publicación.
Y ahí estaba.
En varias fotos, en comentarios viejos, él le escribía exactamente un apodo parecido al mío.
Me enojé demasiado.
Era enojo puro.
Esa sensación de que te están viendo la cara.
Lo confronté.
—¿Por qué le dices lo mismo que a mí?
Él no dudó.
—Es mi forma cariñosa de tratar a mis amigas...no exageres.
“Amigas”.
Como si yo estuviera imaginando todo, como si el problema fuera mi reacción y no sus acciones.
Y aunque algo dentro de mí gritaba que eso no estaba bien...volví a intentar convencerme de que sí.
Ya no seguí con el tema.
Me cansé de preguntar.
Me cansé de sentir que exageraba.
Intenté ignorarlo todo, convencerme de que no era nada.
Pero no estaba tranquila.
Así que ese año lo terminé.
Fue una decisión que me costó más de lo que admití.
Pensé que iba a sentir alivio.
Pero lo que sentí fue desesperación.
Me dolía que no me hablara.
Me dolía que no insistiera.
Me dolía que pareciera tan fácil para él quedarse en silencio.
Pasaron los meses y no paso nada.
Terminó el año... y ya no hablamos más.
Al siguiente año, una tarde de curiosidad tonta, entré a su perfil.
Y lo vi.
Ya estaba en otra relación.
Pasaron muchos meses y él seguía con ella.
Mientras tanto, yo estaba atrapada en un patrón parecido con otro sujeto.
(Pero esa es otra historia.)
Cuando me enteré de que habían terminado, sentí algo que hoy me da un poco de vergüenza admitir.
Me sentí feliz.
Ahora lo pienso y entiendo que era muy pequeña.
No sabía cómo manejar lo que sentía.
No entendía que esa felicidad no era amor... era ego herido buscando revancha.
Y corrí.
Corrí directo de vuelta a sus brazos.
Volvimos a ser novios.
Hubo una actividad entre sedes en la que pasamos todo el tiempo juntos.
Reíamos, tomábamos fotos, actuábamos como si nuestra historia nunca se hubiera pausado.
Su exnovia reciente estaba ahí.
Me miraba feo y yo la ignoraba.
Porque en mi mente... yo había ganado.
Eso era lo que sentía en ese momento.
Como si tenerlo a el fuera una competencia y yo hubiera recuperado mi trofeo.
Antes de la ceremonia de graduación teníamos ensayos.
Reunían a todos los graduandos de todas las sedes en el mismo lugar.
Era extraño ver tantas caras conocidas mezcladas con otras que apenas reconocía.
Yo lo veía de lejos.
Y él me sonreía.
Era esa sonrisa discreta, como si compartiéramos un secreto entre toda esa gente.
En el último ensayo, mientras esperábamos indicaciones, un chico de otra sede se acercó a hablarme.
Nada raro.
Una conversación normal.
Comentamos sobre lo aburridos que eran los ensayos, sobre la graduación, cosas simples.
Yo lo tomé como lo que era: una amistad más.
Minutos después, mi celular vibró.
Un mensaje de Ethan.
—¿Y ese quién es?
No le di importancia.
—Un nuevo amigo.
Pero no fue suficiente para el.
Los mensajes empezaron a cambiar de tono.
Me reclamaba.
Me decía que yo estaba coqueteando.
Que lo hacía quedar como tonto.
Yo no entendía de dónde salía tanto enojo.
Cuando terminó el ensayo, lo busqué antes de que cada quien se fuera a su casa.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
No me miraba.
—Haz lo que quieras —respondió seco.
—No estaba haciendo nada.
Pero él ya estaba furioso.
Su mandíbula tensa.
—Si quieres hablar con otros, hazlo.
No voy a estar detrás de ti.
Y así, sin más explicación...me terminó.
Me quedé parada ahí unos segundos, intentando procesar lo que acababa de pasar.
Cuando subí al carro, mi papá estaba manejando.
Yo quería llorar.
Quería soltar todo.
Pero no podía.
Me tragué las lágrimas durante todo el camino.
Mirando por la ventana, fingiendo que estaba cansada.
Días antes de la graduación me pidió perdón.
Me dijo que había exagerado.
Que había reaccionado mal.
Que no quería perderme.
Y yo... por miedo a que se fuera de mi vida otra vez, lo acepté.
No quería sentir ese vacío de nuevo.
Llegó el día de la graduación y todo fue bonito.
Fotos, abrazos, lágrimas, emoción.
Cada quien con su familia, pero entre miradas se sentía que seguíamos siendo nosotros.
Semanas después me invitó a su casa.
Ese día conocí a su familia.
Fueron amables.
Yo me comporté de la manera más educada posible, intentando dar una buena impresión.
Pero sentí algo.
Su hermana no parecía muy cómoda conmigo.
Después entendí por qué.
Era amiga de su reciente exnovia .
Aun así, mantuve la postura.
Sonreí.
Fui respetuosa.
No di motivos para que hablaran mal de mí.
Ese día terminó bien.
Salí pensando que tal vez, ahora sí, todo estaba tomando un rumbo más serio.
Los meses siguieron.
Salíamos.
Pasábamos tiempo juntos.
Parecía estable.
Un día llegó a mi casa.
Vimos una película, todo tranquilo.
Pero por alguna razón se fue antes de lo normal.
Esa noche mis hermanos querían ir a comprar comida y yo los acompañé.
A los pocos minutos, mi celular vibró.
—¿Qué haces?
—Estoy con mis hermanos —respondí.
No especifiqué dónde.
No pensé que fuera necesario.
Me llamó.
—Te vi salir. ¿Por qué me mentiste?
Me quedé en silencio.
No entendía de qué hablaba.
—No te mentí —dije confundida.
—Te acabo de ver. ¿Por qué no me dijiste que ibas a salir?
Me dijo que me esperaba.
Cuando regresé, ahí estaba en su auto.
Me subí.
No dijo nada.
Encendió el carro y empezó a manejar... rápido.
Demasiado rápido.
Podía sentir su enojo en cada movimiento brusco del volante.
—¿Por qué haces eso? —pregunté bajito.
No respondió.
Su mandíbula estaba tensa.
La mirada fija al frente.
Como si yo hubiera cometido algo imperdonable.
Cuando llegó el momento de dejarme, el carro se detuvo de golpe.
Yo intenté suavizar el ambiente, me incliné un poco para darle un beso, como siempre hacía cuando nos despedíamos.
Pero me volteó la cara.
Sin mirarme.
Ese gesto dolió más que cualquier otra cosa.
—Buenas noches —dijo seco.
Me bajé del auto con un nudo en la garganta.
Esa noche se fue molesto.
No quiso hablar más.
No respondió mensajes.
No intentó arreglar nada.
Y yo me quedé preguntándome qué había hecho tan mal.
Cuando en realidad...no había hecho nada.
Había días buenos, muy buenos.
Reíamos, salíamos, todo parecía normal. Incluso había momentos donde yo pensaba: tal vez sí exagero... tal vez así son las relaciones.
Pero también había días malos.
Días donde el ambiente cambiaba sin aviso. Donde cualquier cosa podía convertirse en discusión.
Hubo ocasiones en las que su exnovia le reclamaba.
Le decía que por qué conmigo hacía cosas que con ella no hizo.
Que por qué conmigo sí era atento, sí salía, sí presumía.
Eso me enojaba.
Pero no podía hacer mucho más que tragarme la molestia.
Él decía que no le importaba lo que ella opinara.
Y yo quería creerle.
Un día me regaló un celular.
Yo no me lo esperaba.
Recuerdo la emoción que sentí.
Lo abracé.
Le agradecí mil veces.
En mi mente eso significaba algo grande.
Pensé: si me regala algo así... es porque me quiere mucho.
No lo vi como un objeto.
Lo vi como una prueba de amor.
Hubo un día en el que simplemente me cansé, de las peleas, de los celos, de los reclamos, de que su ex novia siempre estuviera presente.
Estaba cansada y decidí terminarlo.
No fui yo quien le entregó sus cosas.
Fue mi hermana.
Yo ya no tenía fuerzas para verlo.
Sentía que, si lo tenía enfrente, iba a dudar.
Pensé que ahí terminaría todo.
Él fue mi primer novio de la adolesencia.
El primero que despertó en mí sentimientos intensos.
El primero que me hizo sentir elegida... y también insegura.
Pero también fue el inicio del ciclo que yo permití.
No por amor solamente.
Sino por miedo.
Miedo a estar sola.
Miedo a que nadie más llegara.
Miedo a perder lo que, aunque dolía, era conocido.
Pasaron los años.
De vez en cuando hablábamos.
En algún momento supe que se había comprometido con alguien más. Cuando lo vi, genuinamente me sentí feliz por él. Pensé que tal vez ya había cambiado, que tal vez ahora sí había aprendido.
Pero incluso comprometido, me hablaba.
Y hacía comentarios fuera de lugar.
Ahí entendí que algunas personas no cambian... solo repiten.
Cuando terminó su compromiso, me hablo.
Quería salir conmigo otra vez.
Lo rechacé.
Muchas veces.
Le dejé claro que por algo terminamos.
Que el pasado no fue casualidad.
Que hubo razones.
Y hasta el día de hoy, lo sigo rechazando.
No porque lo odie, sino porque ya sé cómo es.
Y yo ya no quería repetir ese ciclo para mi.