Capítulo 1
—Padre nuestro, que estás en los cielos.
Violines siguen la armoniosa melodía del Ave María en los rincones. El eco del coro resuena en la iglesia.
—Santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu Reino.
Mis manos unidas sienten el calor de la otra, como Dios cuando me abraza. Somos uno, nos complementamos.
—Hágase tu voluntad —él conoce cada secreto— en la tierra como en el cielo —y por eso debo ofrecerle mis sinceras disculpas.
Porque hoy he pecado. Abusé de su confianza, quebré el lazo. Necesito reconectarme. Necesito saber que sigue aquí.
—Danos hoy nuestro pan de cada día —el peso de la culpa recae sobre mi espalda, cargo con el dolor de un acto atroz—; perdona nuestras ofensas…
Por favor.
—Como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden.
Perdóname.
—No nos dejes caer en la tentación —bajo la voz, mi garganta se agrieta como si fuera de cristal—, y líbranos del mal.
No me abandones.
—Amén.
El lugar calla por completo, ni una sola alma se atreve a pasar tras la última palabra. Aún no tengo la valentía de abrir los ojos. Sé que, en cuanto vea la estatua de Jesús frente a mí, no soportaré la idea de fallarle.
Acaricio el rosario en mi pecho con insistencia. En la imaginación, me derrumbo sobre mis rodillas y suplico ser perdonado, igual que anoche.
Acepta mi perdón.
Acepta mi perdón.
Acepta mi perdón.
Las palabras se detienen en seco al intentar pronunciarlas. Su juicio detrás de mí es acechante, en la espera de que termine lo que empecé. Como si hubiera clavado la mirada, me encorvo y agacho la cabeza, incapaz de enfrentar la verdad.
Sin embargo, al escuchar la pacífica tonalidad del padre, no puedo evitar mirar.
—Demos gracias a Dios —una ola de agradecimiento se repite al unísono. El sacerdote asiente y señala las enormes puertas atrás—. Pueden retirarse.
No levanto la cabeza. No quiero enfrentarme al reflejo de las vidrieras; soy consciente de que hallaré una silueta indigna.
Me doy la vuelta con piernas tambaleantes. Debo irme rápido.
—Que la paz te acompañe, querido Eunho —oigo al girar. Una de las muchas caras conocidas en las misas. Extiende los brazos con una gran sonrisa.
No puedo rechazarla.
Mantente.
Le devuelvo el gesto curvando las comisuras de los labios a duras penas hacia arriba. La rodeo entre brazos, apenas tocándola para corresponder. Y, aun así, busco la salida.
En medio, una figura baja irrumpe el camino. Las canas caen descuidadamente sobre el ceño fruncido. Las personas alrededor se distancian de ella. Me evalúa fijo. Yo también lo hago antes de darme cuenta.
¿Qué le sucede?
Con una mano, la saludo con amabilidad desde lejos.
Me despido de la mujer mediante un par de palmadas amistosas en el hombro. Cuando la dejo atrás, refriego los dedos en el pantalón. Mientras tanto, mi atención persiste en la anciana que no me quita la expresión ni por un instante. Camino entre pasos lentos, seguros, y frente a ella, me inclino en señal de respeto.
—Que la paz te acompañe, hermana —estrecho la mano.
Dos metros bastan para que lo note.
No fue Dios quién me juzgó. Fue ella durante toda la oración.
Su mano sujeta la mía luego de echarle un vistazo apático. Está fría, áspera. Los ojos se le oscurecen al estudiarme de arriba abajo. No entiendo cuál es el problema, pero lo repararé. Decido sostener el apretón con menos fuerza y doy un pequeño paso atrás.
No me suelta.
Intento una vez mas y se resiste. Ni siquiera parpadea. Muerdo el interior de mis mejillas en lo que desvío la vista. A cualquiera, el que esté cerca. De pronto lo veo, mi salvador. Se acerca en cuanto comprende la situación.
—Eunho, ¿cómo has estado?—se anuncia al llegar, frotando mi brazo encerrado una y otra vez.
De inmediato, la señora me deja caer en silencio. Nadie dice nada por unos segundos que parecen interminables. Solo yo reúno el valor para romper el hielo incómodo que se apodera del ambiente.
—Muy bien, ¿puedes creerlo? —río con calma, esforzándome en despistar la tensión— Trabajé en una investigación sobre la negligencia animal que pronto publicaré. Confío en que concientizará —cuento, conservando esa calidez que siempre tranquilizó a las personas.
—¿Negligencia animal? ¿de verdad? —la cuestión en la voz acusadora de la anciana me golpea de improvisto. Aprieto los labios, sintiendo la resequedad que se forma. Una risita incrédula se me escapa al momento.
—Claro, es un tema importante.
Mi compañero me envuelve los hombros rígidos con un brazo, y ante una ojeada breve, capto el apoyo inminente.
—Él siempre se enfocó en esas problemáticas, incluso antes de iniciar como periodista. Créeme, lo conozco —explica sin rastro de duda. El respaldo me permite aliviarme momentáneamente.
Asiente con lentitud, entrecerrando los ojos. Es la única que, en años, no me dirigió la palabra a menos que yo lo hiciera. ¿Qué fue lo que vio, y yo no?
—¿Y por qué cada noche escucho tu ventana abrirse? Lo haces… con tanto recelo, como si fuera secreto —la pregunta me suena torpe, fácil de responder. Sin embargo, me interrumpe cuando estoy a punto de contestar—. Allí te quedas, de pie por horas observando algo. ¿Será a los perros de la calle?
La acusación indirecta me cae como un balde de agua helada.
¿Qué sabes?
La interrogaría por cada noche que aseguraba ser espiado, por las veces que mi cámara fotografió una forma indistinguible a los costados.
No lo consigo. Me quedo en blanco.
El mundo se congela por un minuto. Trato de recobrar el coraje para defenderme de lo que sea que me incrimine.
—Sufro de insomnio —confieso con la respiración más pesada de lo normal—. El aire nocturno es cómodo.
Tenso la mandíbula en la espera de una expresión. No habla, pero no lo necesito para distinguir que no la convencí.
—Espera, ¿cómo sabes eso? —pregunta el hombre con un dejo de confusión a la anciana, pero me adelanto a responder.
—Es mi vecina, vive al frente.
Cállate.
—Oh, pero…
Estás arruinándolo.
—Señora Myungja —nombro de repente, cortando cualquier indagación innecesaria—, lamento si hubo molestias —doy un paso, forzando la proximidad. El brazo rodeado en mí se ve obligado a bajar—. Prometo que no fue intencional. De todas formas, no volverá a pasar —enmarco cada sílaba.
No aparta la vista, pero acaba retrocediendo precipitadamente. Se mantiene firme pese al casi invisible temblor de sus pestañeos.
Por fin, tal vez el acercamiento la devolvió a la realidad.
No hay nada de que preocuparse.
Soy solo el vecino educado que también va a la iglesia.
Al no haber respuesta, se dibuja una sonrisa satisfecha en mis labios, que termino dedicando a ambas personas.
Doy por finalizada la interacción.
Los saludo y camino sin mirar atrás, apresurando el paso cuando me encuentro lo adecuadamente lejano.
Mierda, ¿qué fue eso?
Logré equilibrar las perspectivas, ¿pero cuánto durará? Me descubrió. Lo vi en su mirada. Tengo que ser cuidadoso.
Acomodo con torpeza la onda rebelde que estropea mi peinado, mientras humedezco la sequedad de los labios.
Necesito despejarme.
Necesito verla.