Manos manchadas, corazón limpio | Kookmin

All Rights Reserved ©

Summary

Un mecánico con las manos manchadas de grasa. Un novio acostumbrado al brillo de los restaurantes caros. Y un San Valentín que no sale como estaba planeado. Jungkook no tiene tiempo para trajes elegantes ni perfumes costosos; solo llega con el olor del taller pegado a la piel y el cansancio tatuado en los ojos. Cree que arruinó la noche. Cree que no es suficiente. Pero Jimin no se enamoró del lujo… se enamoró del chico que trabaja hasta que el mundo deja de girar. Entre gasolina y camisas blancas manchadas, esta historia demuestra que el amor real no se compra, no se plancha y no necesita filtros. Solo necesita valentía para tocar la puerta tal como eres.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

ÚNICA PARTE


Jungkook no tenía tiempo para poemas.

Tenía aceite bajo las uñas, una camiseta gris que alguna vez fue blanca y un motor abierto frente a él como si fuera un corazón desarmado pidiendo segundas oportunidades.

El taller olía a metal caliente y gasolina. Afuera, la ciudad celebraba San Valentín con vitrinas rojas, globos en forma de corazón y parejas fingiendo perfección para Instagram.

Jungkook ni siquiera había revisado el celular en todo el día.

—Kook, ya son las ocho —le gritó su compañero desde la oficina—. ¿No ibas a salir hoy?

Jungkook levantó la vista. Maldijo en voz baja.

San Valentín.

Mierda.

Se limpió las manos con un trapo que solo logró esparcir más la grasa. Miró su reflejo en la ventanilla del auto que estaba arreglando. Cabello desordenado. Mancha negra en la mejilla. Ojeras marcadas.

Perfecto. Un desastre premium.

Jimin, en cambio, vivía en otro universo.

Un departamento enorme en la zona más elegante de la ciudad. Ventanas gigantes. Muebles minimalistas que parecían salidos de una revista. Perfumes caros alineados como soldados.

Jimin, con su ropa impecable, su piel suave y esa sonrisa que parecía saber que el mundo lo consentiría siempre.

Y aun así… lo había elegido a él.

Un mecánico con más deudas que ahorros.

Un tipo que olía a motor en vez de colonia importada.

Jungkook miró la hora otra vez. No llegaba a su cuarto alquilado para bañarse. Si iba y volvía, sería demasiado tarde.

Pensó en no ir.

Pensó en mandar un mensaje.

“Lo siento, amor. El trabajo se complicó.”

Pero sabía que Jimin llevaba semanas hablando de esta noche. No por el restaurante caro que reservó. No por el traje que compró especialmente.

Sino porque era su primera San Valentín oficial viviendo juntos.

Jungkook apretó los dientes.

Que sea lo que tenga que ser.


Cuando el ascensor del edificio de Jimin se abrió, Jungkook sintió que desentonaba incluso con el aire. Todo olía limpio, brillante, casi irreal.

Él era la nota fuera de lugar.

Tocó el timbre.

Un segundo.

Dos.

La puerta se abrió y ahí estaba Jimin.

Camisa blanca perfectamente planchada. Cabello peinado hacia atrás. Labios suaves. Ojos brillantes.

Y una expresión que cambió de expectativa romántica… a sorpresa.

Jungkook bajó la mirada.

—Lo siento —dijo antes de que Jimin pudiera hablar—. El motor de un cliente explotó y tuve que quedarme. No me dio tiempo de… —se señaló la ropa— esto.

Hubo silencio.

Jungkook sintió que el pecho se le encogía.

—Si quieres… puedo irme a cambiar y volvemos a salir. O si prefieres ir sin mí, está bien. No quiero arruinar—

Jimin lo interrumpió acercándose.

Un paso.

Luego otro.

Jungkook pensó que iba a apartarse por el olor.

Pero no.

Jimin apoyó la frente contra su pecho manchado.

Respiró profundo.

—Hueles a ti —murmuró.

Jungkook se quedó congelado.

—¿A gasolina?

—A esfuerzo. A trabajo duro. A todo lo que haces cada día sin quejarte.

Levantó la mirada y sus ojos brillaban, pero no por decepción.

Por orgullo.

—¿Sabes cuánto cuesta mi reloj? —preguntó Jimin de repente.

Jungkook parpadeó.

—No quiero saber.

—Más que lo que ganas en meses.

Silencio incómodo.

—Y aun así —continuó Jimin, sonriendo suave—, nunca me he sentido más rico que cuando me abrazas después de un día como hoy.

Jungkook sintió algo romperse dentro. Algo que llevaba años apretado.

—Jimin… estoy sucio.

—Ven acá.

Y lo abrazó.

Sin miedo a mancharse.

La camisa blanca perfecta ahora tenía una huella negra en la espalda.

Jungkook intentó apartarse.

—Te voy a arruinar la ropa.

—Entonces la lavamos —respondió Jimin como si fuera lo más obvio del mundo.

Se separó un poco, mirándolo de arriba abajo.

—¿Sabes qué? Cancelo el restaurante.

—¿Qué? No, Jimin, pagaste—

—No me importa.

Tomó su mano áspera, llena de pequeños cortes y cicatrices.

—Prefiero pizza en el suelo contigo que una cena elegante fingiendo que necesito lujo para ser feliz.

Jungkook tragó saliva.

—No quiero que te prives de cosas por mí.

Jimin soltó una risa suave.

—Kook… yo no me estoy privando. Estoy eligiendo.

Y esa palabra golpeó más fuerte que cualquier otra.

Elegir.

Jimin lo elegía.

No por rebeldía.

No por capricho.

No por drama romántico.

Lo elegía porque quería.

Lo llevó dentro del departamento. Cerró la puerta.

—Espérame aquí.

Jungkook se quedó parado en la entrada, sintiendo que su presencia era una mancha en un cuadro caro.

Jimin volvió con una caja.

—Feliz San Valentín.

Jungkook abrió los ojos.

—No te compré nada.

—Sí me compraste.

—¿Qué?

Jimin señaló su pecho.

—Eso. Llegaste.

Jungkook abrió la caja. Dentro había un llavero pequeño de plata. Tenía grabado un motor diminuto… y sus iniciales.

JK.

—Pensé que podrías ponerlo en el taller —dijo Jimin—. Para que recuerdes que alguien cree en ti incluso cuando tú no lo haces.

El mecánico sintió que los ojos le ardían.

—Yo no… —rió nervioso—. No tengo nada elegante para darte.

Jimin lo miró con intensidad.

—Entonces dame la verdad.

Jungkook dudó.

—A veces siento que no soy suficiente para ti.

La confesión cayó pesada.

—Que un día te vas a cansar de esperar que tenga más tiempo, más dinero, más… todo.

Jimin se acercó hasta quedar frente a él.

—Escúchame bien —dijo suave pero firme—. No me enamoré de tu cuenta bancaria. Me enamoré del chico que arregla motores como si les estuviera salvando la vida. Del que se queda horas extra para que nadie se quede sin auto. Del que me mira como si yo fuera un milagro.

Tomó sus manos manchadas y las besó sin asco.

—Estas manos construyen cosas. Eso es más sexy que cualquier traje caro.

Jungkook soltó una risa entre lágrimas.

—Estás loco.

—Sí. Por ti.

Y ahí, en medio de la sala impecable, con olor a gasolina mezclándose con perfume caro, se besaron.

Sin glamour.

Sin filtros.

Solo verdad.

Jimin lo llevó al sofá, se quitó la chaqueta elegante y la dejó caer sin cuidado.

—Ensúciame también —susurró divertido.

—Park Jimin…

—Relájate, mecánico. Solo estoy abrazando a mi novio.

Se acurrucaron.

Pidieron pizza.

Comieron con las manos, riendo cuando la grasa de la comida se mezclaba con la del taller.

Y por primera vez en la noche, Jungkook dejó de sentirse pequeño.

Porque Jimin lo miraba como si fuera gigante.

Más tarde, cuando el reloj marcaba casi medianoche, Jungkook se levantó.

—Voy a bañarme antes de tocar tu cama de millonario consentido.

—Oye.

—¿Qué?

Jimin lo miró serio.

—Es nuestra cama.

Esa simple corrección cambió algo profundo.

Nuestra.

Jungkook se acercó otra vez, besándolo lento, esta vez con calma.

—Gracias por no avergonzarte de mí.

Jimin sonrió, rozando su nariz.

—Gracias por enseñarme que el amor no se plancha ni se compra. Se trabaja. Como tú trabajas esos motores.

Jungkook apoyó la frente contra la suya.

—Prometo que algún día te daré todo lo que mereces.

Jimin negó suavemente.

—Ya lo haces.

Y esa noche no importó el olor a gasolina.

No importó la camisa manchada.

No importó el restaurante cancelado.

Porque el amor no era la cena elegante.

Era el chico que llegaba cansado, sucio y aun así elegía tocar el timbre.

Y el otro que abría la puerta sin importar nada más.

San Valentín no olía a rosas.

Olía a motor caliente.

Y a un corazón que, por fin, entendía que valía lo suficiente.


Fin?