Capítulo 73: Un Comienzo Hostil
El jueves desperté y supe que algo era diferente. Flotaba una quietud en el aire, una especie de expectación que se sentía como si el mundo contuviera la respiración ante lo que estaba por venir. Marleen, como siempre, pasó por mi casa para recogerme. Su sonrisa radiante fue un bálsamo para la ligera inquietud que se arremolinaba en mi interior. Juntos, nos dirigimos a la escuela, aferrándonos a la normalidad de nuestra charla antes de sumergirnos en lo desconocido.
Al llegar, el pasillo principal estaba extrañamente silencioso. Entramos al salón de clases, un espacio vacío donde las sillas apiladas y las pizarras limpias parecían esperar a ser llenadas con nuevas lecciones. Nos sentamos en nuestros asientos habituales, los mismos desde el inicio del año, y disfrutamos de esa calma, un pequeño oasis antes de que la rutina nos engullera.
La puerta se abrió con un suave crujido. Paulina entró, sus hombros ligeramente encorvados, como si llevara el peso de una carga invisible. Se acercó a nosotros con pasos deliberados, cada uno acercándola a una verdad incómoda.
—Marleen… —su voz fue apenas un susurro que se esforzó por romper el silencio—. Siempre me pone nerviosa este último trimestre. El año pasado, con la llegada de los nuevos, hubo muchos problemas, y no quiero que se repita.
Marleen la miró, una genuina confusión en su rostro. —¿Por qué?
—Cierto, también eres nueva en la escuela, Marleen —intervine, tratando de explicarle.
Ella respondió con un puchero juguetón. —Oye, ya tengo casi seis meses aquí, no soy nueva.
—Sí, pero hay cosas que no sabes de esta escuela —insistió Paulina, su voz teñida de preocupación—. Quizá no lo hayas notado porque siempre estás con Zeven, pero esta escuela no es muy bonita que digamos. No es como las otras, las que tienen fama. Aquí, las cosas son diferentes.
Marleen frunció el ceño, su mirada buscando respuestas en Paulina. —¿A qué te refieres?
—Bueno, si recuerdas, entraste a la escuela muy rápido —le dije.
Marleen asintió lentamente, una pequeña arruga de pensamiento en su frente. —En eso tienes razón. Entré de un día para otro.
—Eso es porque esta escuela tiene muy pocos alumnos comparada con otras. Por lo general, cuando alguien quiere entrar, lo aceptan sin hacer muchas preguntas.
Paulina afirmó. —Exacto. Casi siempre al final del ciclo hay una oleada de alumnos que entran porque los corrieron de otros lados. Son los que no encajan en ningún otro lugar.
—Estudiantes transferidos con problemas, que necesitan ayuda para ‘mejorar’ sus calificaciones —añadí.
Marleen parpadeó, asimilando la información. —Vaya, eso es mucho.
—Sí, y por eso estoy preocupada —respondió Paulina, encogiéndose ligeramente de hombros.
—Estoy seguro de que todo saldrá bien —intenté tranquilizarla—. Además, solo es un trimestre. Siempre podemos ignorar a los que causen problemas.
Los ojos de Marleen se iluminaron. —¡Exacto! ¡O podríamos hacer nuevos amigos! ¿Quién sabe qué tipo de personas interesantes podríamos conocer?
La miré, sorprendido. —Yo nunca dije eso. De hecho, dije lo contrario.
Marleen soltó una risa que llenó el silencio del salón. —Vamos, Zeven, sería genial tener más amigos.
—En verdad no lo creo.
Paulina sonrió al vernos. —Supongo que tienes razón. Solo espero que todo salga bien.
—Lo hará —aseguró Marleen con una confianza inquebrantable—. Y si no, estaremos allí el uno para el otro. Como siempre. —Su mano se posó un instante en mi hombro.
Solté un suspiro, una mezcla de resignación y afecto. —A veces tu exceso de confianza es algo molesto, Marleen.
—De hecho —añadió Paulina con una sonrisa cómplice.
—Vamos, chicos, no se quejen. Así me quieren.
Paulina y yo nos miramos antes de soltar un sonido de aprobación y derrota al unísono. —Mmm-hmm.
—Oigan, no sean malos —dijo Marleen, todavía riendo.
El maestro abrió la puerta y una figura emergió de la luz del pasillo, recortándose contra ella. Era una chica de estatura promedio, pero su postura, con una mano en la cadera y el mentón ligeramente levantado, ocupaba el espacio con una autoridad desafiante.
Su uniforme escolar parecía más una formalidad ignorada que una prenda de vestir. La corbata roja colgaba floja y torcida, el nudo a medio hacer. La camisa blanca asomaba por fuera de la falda, cuyo dobladillo era irregular y parecía deshilachado, como si lo hubieran rasgado. Su complexión era fibrosa, de hombros rectos y una constitución que no era delicada, sino fuerte, forjada en la clase de deportes que no requerían animadoras. Buscaba deliberadamente una apariencia desarreglada, casi masculina.
Lo más llamativo era su cabello. Corto, oscuro y revuelto, era un mapa de decisiones apresuradas. Un lado era notablemente más largo que el otro, con mechones que apuntaban en ángulos imposibles. Daba la impresión de que había tomado unas tijeras de cocina y se lo había cortado ella misma, sin molestarse en usar un espejo. Enmarcaba un rostro de rasgos afilados y una piel clara con matices morenos. Sus ojos, de un marrón profundo, nos barrieron a todos con un desdén que helaba. Al bajar la vista, noté un raspón violáceo en una de sus rodillas, la piel rota como testimonio de una caída reciente o una pelea.
—Soy Erika —su voz, aunque baja, cortó el murmullo del salón. Su mirada se detuvo un instante en mí—. No tengo mucho que decir. No me gusta leer, prefiero escuchar música, sobre todo rock. Me gustan los deportes individuales, como correr o nadar.
Hizo una pausa, y su siguiente frase se sintió como una advertencia directa. —Y eso es todo. Mientras no se metan conmigo, yo no les haré nada malo… o lo intentaré.
Marleen, fiel a sí misma, le ofreció una sonrisa cálida, imperturbable. —¡Bienvenida, Erika! Espero que te sientas cómoda aquí.
La chica nueva se limitó a exhalar un suspiro de fastidio, mirando a Marleen con fría indiferencia. Vi cómo los labios de Marleen se apretaron por un instante; su sonrisa se reafirmó, pero ahora era un poco más tensa. A pesar de la hostilidad de Erika, sentí un extraño respeto por ella. No tenía miedo de ser quien era, una cualidad que, en la misma medida, me intimidaba y admiraba.
El maestro buscaba un lugar para sentarla cuando Marleen se levantó de un salto, se movió al asiento detrás del mío y exclamó: —Maestro, maestro, ¿por qué no sienta a Erika enfrente de Zeven?
Tras el agradecimiento del profesor, Erika bufó, un sonido cargado de desaprobación. —Si no tengo otra opción…
Arrastró la silla con un ruido estridente y, al sentarse, me lanzó una mirada de puro desprecio, como si mi simple presencia la ofendiera. Me encogí en mi asiento, con el corazón martilleándome en el pecho y las palabras atrapadas en la garganta.
Las clases comenzaron, con Erika sentada justo delante de mí. Su presencia era imposible de ignorar. Constantemente echaba su silla hacia atrás con brusquedad, haciendo que las patas de metal chocaran contra mi escritorio con un rechinido estridente. De vez en cuando, se giraba para mirarme, no por completo, sino solo lo suficiente para que pudiera ver su desprecio antes de volverse. Sus agresiones no se limitaban a mí; la vi tomarle el lápiz a un chico a su lado sin preguntar y garabatear en su cuaderno antes de devolvérselo con desdén. También interrumpió al maestro con un comentario sarcástico que le ganó una advertencia.
Desde mi lugar, podía ver a Marleen sentada detrás de mí. Cada vez que Erika hacía algo, yo miraba de reojo a Marleen. Su optimismo inicial se fue desmoronando a lo largo del día. La sonrisa con la que había comenzado la mañana se desvaneció, reemplazada por una línea tensa en sus labios. Pude ver cómo la idea de “hacer nuevos amigos” se evaporaba de su mente, sustituida por una fría cautela. Se cruzó de brazos, y su mirada ya no era de curiosidad, sino de análisis, como si estuviera midiendo a un oponente. Estaba presenciando el momento exacto en que Marleen dejaba de ver a una posible amiga y comenzaba a ver lo que Erika proyectaba ser: una busca problemas.
Cuando sonó el timbre del recreo, me levanté de inmediato. —Busquemos a Kanae para comer —les dije a Marleen y a Paulina, mi voz teñida de urgencia.
Quería escapar del campo de fuerza hostil de Erika, pero al dar el primer paso, su pie se interpuso en mi camino. Mis piernas se enredaron y caí al suelo con un golpe seco que me robó el aliento. Mientras Marleen y Paulina corrían a ayudarme, escuché la voz de Erika, cargada de una burla mal disimulada.
—Ten más cuidado, chocaste con mi pie.
Soltó una risa cruel y salió del salón, dejándome en el suelo, adolorido y humillado.
Marleen me ayudó a ponerme de pie. Su mirada, ahora dura como el acero, estaba fija en la puerta por la que Erika había desaparecido. Ya no había sorpresa en su expresión, solo una ira gélida y confirmada. Paulina le puso una mano en el brazo. —No vale la pena, Marleen.
—No te preocupes por ella —me dijo Paulina con suavidad—. Erika es así. No es nada personal.
Salimos a buscar a Kanae, pero la risa de Erika resonaba en mi cabeza. El desprecio en su mirada parecía seguirme como una sombra. No podía evitar preguntarme por qué. ¿Qué la impulsaba a ser tan agresiva, a disfrutar haciéndome la vida imposible? Me preguntaba si alguna vez cambiaría, si existía alguna forma de romper esa barrera de hostilidad que la rodeaba. La incertidumbre me carcomía, dejándome con un nudo de preguntas sin respuesta.