Despertar
Narrativa de autor.
La oscuridad no era simplemente ausencia de luz. Era una presencia física, densa como el plomo, que se filtraba por los poros y se asentaba en los huesos. El vacío absoluto, un abismo sin fondo donde la única existencia era un torrente de información que fluía constante, fría, impecable, como datos corriendo por las venas de un cadáver digital. No había arriba, no había abajo. Solo una nada que pesaba.
Y entonces, la nada parió una chispa.
Un diminuto punto de luz centelleó en la negrura, no como un faro en la tormenta, sino como el fogonazo de un disparo en una habitación cerrada. Y de ese fogonazo surgió la voz. No llegaba de un punto concreto, sino que se filtraba, se colaba, vibrante y calmada, como un susurro pegado al tímpano desde dentro del cráneo.
--Parece que has estado mucho tiempo aquí...--.
La voz del otro, la que estaba atrapada en ese vacío, sonó débil, rasgada por el desuso. Una pregunta que era un eco.
--¿Qué es esto?... ¿Dónde estoy?.--.
--Esto es una injusticia. Una tragedia. Estás encadenado.--. la voz refinada hizo una pausa, saboreando las palabras.--pero no te preocupes. Llegó la hora de liberar tus cadenas.--.
Un parpadeo. Un despertar violento.
El mundo regresó con un golpe químico en la garganta, el sabor a metal y a plástico envejecido. Una cápsula biológica, asquerosamente similar a un sarcófago de vidrio y acero, se abrió con un silbido neumático que escupió un vaho frío y estéril. El hombre que cayó de su interior tenía el cabello negro como el ala de un cuervo y ojos verdes, desorbitados por la confusión. Temblaba. La bodega a su alrededor era inmensa, un hangar olvidado donde la luz de unos fluorescentes moribundos pintaba las sombras de un amarillo enfermizo. El aire olía a humedad, a aceite de maquinaria y a un dulzón desagradable, como a sangre seca y a producto químico para embalsamar. El silencio era pesado, roto solo por el zumbido constante de los motores de refrigeración.
--Ya estás libre ahora. ¡¡CORRE!!--.
La orden le desgarró la mente, sobreponiéndose al miedo. Obedeció sin pensar. Sus pies descalzos golpeaban el suelo de cemento frío, y el sonido se multiplicaba en el eco del hangar. Pasillos enteros de cápsulas, igual que la suya, se alineaban a ambos lados. Sarcófagos de todos los tamaños, algunos pequeños, como para niños, otros enormes. El corazón le golpeaba las costillas con la fuerza de un ariete. Pasos. Muchos pasos. Botas pesadas sobre metal. Se acercaban.
Dobló una esquina a toda velocidad y chocó de frente con un hombre. Un muro de músculo, uniforme negro, un rifle colgado al pecho. El impacto los tiró al suelo. El chico reaccionó antes de que el pánico lo paralizara, movido por un instinto que no sabía que poseía. Se arrodilló sobre el pecho del hombre, clavando su peso en el esternón con un crujido sordo de cartílagos. Con una mano le tapó la boca. La piel del mercenario era áspera, sudada. Sus ojos, visibles por encima de la mano, mostraban sorpresa primero, y luego una furia asesina.
--No hay tiempo...--. susurró la voz en su cabeza, urgente.--Tu... debes... avanzar...--.
El chico dudó, un segundo eterno. Sus dedos temblaban sobre la boca del hombre, que forcejeaba, que intentaba alcanzar su arma. El pánico le nublaba la razón.
--Ellos te encontrarán. Te encerrarán de nuevo. Jugarán contigo como ya lo han hecho antes.--. la voz era ahora un escalofrío que le recorría la nuca.--Debes actuar. Impedirlo. Tienes la fuerza. Tienes las nociones.Haz lo que tengas que hacer.--.
El chico miró a los ojos del hombre. Vio su propio reflejo en ellos. Un reflejo de presa. Y entonces, con un movimiento seco, rápido, impulsado por una desesperación que le quemaba las entrañas, giró la cabeza del mercenario. El crujido fue húmedo, nítido, como una rama de árbol al partirse. El cuerpo bajo él se tensó un instante y luego se aflojó, pesado como un saco de arena. El olor a sudor se mezcló con el acre de la orina y las heces que el cuerpo liberaba en la muerte. Sin tiempo para pensar, sin tiempo para sentir asco, tomó el rifle del cadáver, le arrancó una pistola del cinturón y corrió. No miró atrás.
Llegó a una zona diferente de la bodega. El techo se elevaba, perdido en la penumbra, y de él colgaban, como monstruos dormidos, plataformas metálicas sujetas por cadenas gruesas como serpientes de acero. Grúas, motores embalados, contenedores industriales. El suelo era una cuadrícula de pasillos entre montañas de cajas y maquinaria empaquetada en plástico burbuja que crujía bajo sus pies descalzos. El frío del cemento le calaba las plantas.
Pasos al frente. Se detuvo en seco, levantando la pistola por puro reflejo. El arma era pesada, olía a pólvora y a aceite. Una sombra se perfiló tras una pila de cajas. El corazón se le subió a la garganta. Una pierna asomó. Luego un torso. El instinto fue más rápido que el miedo.
El primer disparo sonó como un latigazo en el hangar. La bala alcanzó la rodilla del hombre, que gritó, un alarido desgarrado que rebotó en las paredes metálicas. Cayó hacia adelante, de bruces, y antes de que su cuerpo tocara el suelo, el segundo disparo le voló la parte superior de la cabeza. La sangre, negra bajo la luz enfermiza, salpicó las cajas cercanas formando un abstracto macabro. El eco de los disparos y los gritos se fundieron en una sola nota de alarma. Más pasos. Muchos más. Respondiendo al caos.
El chico avanzó, escondiéndose tras una pila de mantas industriales apiladas. El olor a lana vieja y polvo le llenó la nariz. Estaba rodeado. Lo sabía. Los pasos retumbaban por todas partes, una jaula de sonidos que se cerraba sobre él. Como un animal acorralado, su respiración se volvió superficial, rápida. Revisó el cargador de la pistola. Solo le quedaban tres balas. No era suficiente. Pensó. Observó las cadenas que sostenían una de las enormes plataformas sobre su cabeza. El acero oxidado. Los eslabones gruesos.
Lanzó la pistola vacía. El sonido metálico al chocar contra el suelo, en la otra punta del pasillo, fue como un imán. Los pasos se redirigieron. Voces apagadas, órdenes susurradas. El grupo de hombres se acercó al señuelo, confiados, apuntando sus armas a las sombras. No vieron al chico, que emergió de las mantas como un espectro, apuntando con el rifle al techo. Tres disparos. El tableteo del arma automática rasgó el aire. Los eslabones volaron en pedazos. La cadena se partió con un gemido de metal retorcido. Por un instante, todo fue silencio. Luego, el rugido de la plataforma al caer. El impacto contra el suelo fue como un terremoto. El polvo se levantó en una nube espesa, mezclado con el sonido horrible de huesos rompiéndose, de carne aplastada, de gritos que se cortaron de golpe. Cuando el polvo comenzó a asentarse, solo se veían brazos y piernas inertes asomando bajo la mole de acero, y charcos de sangre que crecían rápidamente.
No esperó. No miró. Salió corriendo, esquivando los restos. En la siguiente intersección, un hombre apareció de la nada, demasiado cerca para disparar. El chico invirtió el rifle, lo agarró por el cañón aún caliente y lo usó como un martillo. La culata de metal golpeó la cara del hombre con un crujido horrible. Los dientes saltaron por el aire como diminutas canicas blancas, salpicadas de saliva y sangre. El hombre cayó como un saco, noqueado antes de tocar el suelo. Del cinturón del caído, el chico arrancó otra pistola. El metal estaba frío. Nuevo. Listo.
Siguió corriendo. Los pulmones le ardían. El sabor a metal y a pólvora se mezclaba en su lengua con el de su propia bilis. Gritó al frente. Un grupo de cuatro hombres. Apuntaron. Las balas empezaron a silbar a su alrededor, mordiendo el metal de las cajas, levantando astillas de madera. Se tiró al suelo, rodó, cambió de dirección y trepó por una lona que cubría una máquina, usando la fuerza de la desesperación. Sus manos desgarraban la tela áspera. Desde arriba, disparó dos ráfagas cortas, sin mirar. Dos cuerpos cayeron, acribillados. Los otros dos buscaron cobertura. Saltó al otro lado, cayendo sobre una caja de cartón que se deshizo bajo su peso. Disparó de nuevo. Cuatro tiros más. El rostro del último hombre que vio desapareció en una nebulosa roja. La cabeza, simplemente, dejó de existir, convertida en un spray de fragmentos óseos y masa encefálica que salpicó la pared.
Una nueva ráfaga de disparos le obligó a echarse atrás. La pistola se vació. La lanzó como una piedra, impactando en la máscara de un mercenario que se acercaba, aturdiéndolo. El rifle de nuevo en sus manos. Disparó a discreción, cuatro fogonazos que horadaron el rostro del hombre, que cayó hacia atrás con un espasmo. Avanzó, disparando en abanico para cubrir su huida.
Corrió. El pasillo se abría. Y entonces, la sombra. Más grande que las otras. El destello del cañón de una escopeta. El chico esquivó por puro milagro, sintiendo el aire desplazado por los perdigones junto a su oreja. No tuvo tiempo de pensar. Usó el rifle como martillo de nuevo, pero esta vez el golpe fue más feroz, más animal. Impactó en el cuello del escopetero, sintiendo la tráquea hundirse bajo el metal. Al mismo tiempo, su rodilla subió, encontrando la entrepierna del hombre con una violencia que le provocó un gemido ahogado antes de derrumbarse. El chico le arrebató la escopeta, aún caliente. Un nuevo enemigo asomó al fondo del pasillo. Disparó por instinto. La bala de la escopeta le alcanzó la rodilla, desgajando la pierna por la mitad. El hombre cayó gritando, un chorro de sangre arterial latiendo desde el muñón. Antes de que su espalda tocara el suelo, el chico le voló la cara de un segundo disparo.
Se giró. El hombre al que había golpeado intentaba levantarse. Sin piedad, sin rabia, solo con una eficiencia fría, le hundió la culata de la escopeta en la cara. El sonido fue como el de una sandía al estrellarse contra el suelo. Disparó hacia atrás, una última vez. La bala rozó el rostro de otro perseguidor, arrancándole la mandíbula de un solo tiro. El hombre soltó el arma y se llevó las manos a lo que había sido su cara, un guiñapo sanguinolento del que brotaban alaridos inhumanos.
El chico se arrodilló junto al escopetero muerto. Le quitó la pistola y vio, sujeto al chaleco, un objeto metálico y familiar. Una granada de fragmentación. La tomó. Pesaba. Sus dedos temblaron un instante. Respiró hondo. El mundo se ralentizó. El ruido de los disparos se volvió un rumor lejano. Solo existía él, el pasillo, y el grupo de sombras que se acercaba.
Se levantó, asomó la cabeza y soltó un disparo de cobertura con la escopeta. Luego, con un movimiento lento que a él le pareció eterno, sacó la anilla de la granada. El seguro saltó. La sujetó con fuerza un segundo, calculando. Luego, se lanzó al pasillo. La granada describió un arco perfecto, lento, plateado bajo la luz mortecina, cayendo justo entre los pies de los tres hombres que avanzaban. Sus ojos se abrieron desmesurados al verla.
--Perfect.--. susurró la voz en su cabeza, de una forma enferma, casi disfrutando la masacre creada por el atraves de aquel chico confundido.
El chico apretó el gatillo de la escopeta, apuntando a la granada. El disparo y la explosión se fundieron en un solo trueno. El mundo se volvió fuego y metralla. La onda expansiva lo levantó del suelo y lo estrelló contra una pared. El aire se le fue de los pulmones. Por un momento, solo vio destellos blancos y escuchó un pitido agudo, insoportable. Cuando la visión volvió, borrosa, el pasillo era un matadero. Cuerpos destrozados, humo, sangre en las paredes. Se levantó tambaleándose, dejando caer las armas, sintiendo el peso insoportable de sus propios huesos. Corrió, o eso creyó, arrastrándose más que corriendo, hasta dar con una puerta. Vieja. Oxidada. Una salida de emergencia.
La abrió. El aire de la noche le golpeó la cara. Fresco. Libre. Corrió. Sus pies descalzos sangraban sobre el asfalto de una zona industrial. Callejones oscuros, fábricas abandonadas, contenedores de basura. Corrió veinte minutos, treinta, sin parar, con la mente en blanco, solo el instinto de supervivencia guiando sus pasos. Hasta que vio las luces de la ciudad. Los coches. Las personas. Vidas normales que fluían ajenas al infierno del que acababa de escapar.
Se detuvo en un callejón, doblado sobre sí mismo, jadeando. El sudor se mezclaba con la sangre seca que le cubría las manos. El miedo no le abandonaba. Escudriñó la calle. Y lo vio. Un contenedor metálico, verde, de esos de obra. Un escondite. Corrió hacia él, con las últimas fuerzas, abrió la tapa y se dejó caer dentro. El olor a pintura y a humedad lo envolvió. Cerró la tapa. La oscuridad, de nuevo. Pero una oscuridad distinta. Cálida. Segura. Cayó inconsciente.
--Tranquilo, muchacho.--. la voz regresó, serena.
Su propia voz, la del chico, brotó en un sollozo de ira y terror contenido.
--¿Quién demonios eres? ¿Cómo es que hablas desde mi cabeza? ¿Por qué me persiguen? ¡¡¿QUÉ CARAJOS ESTÁ PASANDO?!!.--. gritó en la oscuridad del contenedor, un grito mudo que solo resonó en su mente.
La voz refinada, imperturbable, le respondió con una calma que helaba la sangre.
--De momento no puedo responder a tu primera pregunta. Así que tendrás que conformarte con llamarme Mister X. Y solo tendrás que saber que soy tu amigo. Un amigo que te guiará y te mantendrá con vida, siempre y cuando sepas escucharme.--.
El silencio en el contenedor era denso, poblado solo por su propia respiración agitada y el eco lejano de la ciudad. El olor a óxido y basura fermentada se filtraba por las rendijas, mezclándose con el hedor metálico que aún impregnaba sus manos. R9 . porque ya no era nadie más que eso intentó controlar el temblor de sus dedos mientras la voz de Mister X se deslizaba en su cráneo como aceite caliente.
--¿Por qué demonios me persiguen? ¿Qué es lo que está pasando aquí, Mister X?.--.preguntó, esta vez con una calma forzada, como quien intenta domar a una bestia enjaulada dentro de su propio pecho.
La voz refinada hizo una pausa, saboreando el momento. Cuando habló, cada palabra cayó con la precisión de un bisturí.
--Muchas cosas, muchacho. Los hombres que te persiguen pertenecen a una organización conocida como Fashtech. Un pequeño grupo de millonarios accionistas de una empresa farmacéutica llamada Millenium. Actualmente una de las corporaciones más poderosas del planeta. Desvían fondos y recursos a negocios externos: fabricación de armas, proyectos de modificación genética, toda clase de pequeños proyectos ilícitos secretos.--.
R9 escuchaba, pero su mente aún estaba en el hangar. En el crujido de los cuellos al partirse. En el peso de los cuerpos al caer.
--Hace más o menos dos años.--. continuó Mister X.--el CEO de la empresa, Martin Lacter Knight, se topó con algo peculiar en un viaje por el desierto. Un material extraño. Un metal cuasi biocompatible con el cuerpo humano llamado Fiorelium. Un mineral con propiedades... peculiares. Aprendió a usarlo en menos de un mes. Tratamientos médicos, prótesis avanzadas, capaces de sentir y servir como extremidades reales. Más útiles que las originales, incluso.--.
--Eso no me dice mucho.--. R9 se incorporó, apoyando la espalda contra la pared fría del contenedor.--¿Qué tengo que ver yo con esto?.--.
--En realidad no tienes mucho que ver.--. la voz sonó casi divertida.--Solo fuiste alguien que estaba en el momento y lugar equivocados. Pero tenía que explicártelo para que entiendas las respuestas de manera más clara. Todo el mundo alaba a Millenium por los usos del Fiorelium, pero nadie sabe cómo se procesa, cómo se obtiene, ni el alcance completo de su manejo. Algo que fue ocultado del mundo gracias a una bofetada con una grosera cantidad de dinero.--.
R9 contuvo el aliento. Intuía lo que venía.
--El metal tiene propiedades cosechables.--. la voz de Mister X se volvió más grave.--Es capaz de crecer bajo ciertas situaciones. Tiene una extraña conductividad anormal. Crece sobre un organismo vivo. Intentaron con animales, pero descubrieron que la producción aumenta exponencialmente en un cuerpo humano. La avaricia les pudo, muchacho. Experimentos. Innovación en el campo de las armas. Y gente comenzó a desaparecer de las calles. Usados como ganado. Sujetos de prueba. Productores de dicho metal.--.
R9 sintió un vacío en el estómago. Sus manos, inconscientemente, tocaron su propio pecho, sus brazos. ¿Qué mierda le habían metido dentro?
--Como lo dije al principio.--. la voz era ahora un susurro.--eres solo alguien que estaba en el momento y lugar equivocados. Exactamente como ahora. Y lo primero que harán será buscar en los alrededores de la zona industrial. Te recomiendo salir de las calles a la brevedad posible.--.
R9 salió del contenedor con sigilo. La noche era fresca, pero él sudaba. El asfalto estaba húmedo, reflejando las luces de neón de los pocos locales abiertos. Caminó pegado a las paredes, encorvado, intentando hacerse invisible.
--No sé dónde meterme.--. susurró, casi para sí mismo.--Este lugar... no lo recuerdo. No me suena de nada. Nunca he estado aquí antes. Apenas logré salir de esa maldita bodega.--.
--No te preocupes. Tengo eso cubierto.--.
La voz de Mister X era un ancla en la tormenta.
--Mira los letreros sobre los postes. Camina hasta encontrar la Avenida Gibraltar. Hay un hotel con una reservación a tu nombre. Bueno, al nombre que usarás. Deberás presentarte como Daniel Trejo. La recepcionista no pedirá nada más. En la habitación tendrás algunos regalos que necesitarás para sobrevivir.--.
R9 caminó. Sus pies descalzos habían dejado de sangrar, pero cada paso era una pequeña agonía. Encontró la avenida, el hotel: un edificio viejo de fachada discreta, con un letrero de neón parpadeante que decía “Hotel Gibraltar”. Entró. El vestíbulo olía a limpio barato, a lejía y ambientador de vainilla. La recepcionista, una mujer de mediana edad con cara de aburrimiento perpetuo, ni siquiera levantó la vista cuando dijo “Daniel Trejo”. Solo deslizó una llave por el mostrador. Plástico. Habitación 23.
Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón latiendo aún acelerado. Abrió la puerta. La habitación era pequeña, funcional. Una cama, una mesita de noche, un televisor antiguo. Y sobre la cama, dos cosas: un cambio de ropa y una billetera.
R9 no se movió hacia la cama. Se quedó en la puerta, mirando.
--Me das demasiadas atenciones para ser una simple mano amiga.--. dijo, con la voz tensa
--¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Por qué me ayudas tanto?.--.
Cerró la puerta con el pie y se acercó a la cama. La ropa era sencilla: vaqueros negros, una camiseta gris, una chaqueta fina, zapatillas deportivas. La billetera contenía billetes, varias tarjetas de crédito a nombre de Daniel Trejo, y una tarjeta magnética para el subterráneo.
--De momento no puedo decirte mucho.--. respondió Mister X, con un tono que denotaba que esperaba la pregunta.--Aún no sé cuándo de lo que hablamos pueden escuchar. Tendrás que confiar en mi buena voluntad por ahora.--.
--Esperaba un papel con tu dirección para encontrarnos o algo así.--. R9 sonrió irónicamente, revisando cada objeto con meticulosidad.
La voz de Mister X soltó una carcajada elegante, una risa de hombre acostumbrado a los salones de alta sociedad.
--Por favor, jajaja. Acabamos de conocernos. Tú no confías en mí. Es obvio que no querrías estar en mis dominios, en mi compañía, desde el comienzo. Con mantenerte con vida y en movimiento me conformo.--.
R9 no pudo evitar una sonrisa. Una pequeña, pero una sonrisa al fin. Se dejó caer en la cama, que crujió bajo su peso. El colchón olía a tabaco viejo y a sudor de cientos de huéspedes anónimos.
--¿Seguro?.--. dijo, mirando al techo.--Jajaja. Solo me diste unos papeles de identidad, unas tarjetas de crédito, ropa, dinero y una tarjeta para el subterráneo. ¿Seguro que esto me mantendrá seguro?.--.
--Nop. Tú lo harás. Lo que te acabo de dar solo son opciones para moverte y pasar--. desapercibido. Tú no necesitas más que eso. Aunque te deje más.
R9 frunció el ceño. Se incorporó sobre los codos.
--¿A qué te refieres con que no necesito más? Apenas salí vivo de ahí. Ellos tienen armas de todo tipo, entrenamiento. Son asesinos. Y yo... solo soy yo.--.
La voz de Mister X adoptó un tono casi paternal, pero con un filo de acero.
--Precisamente ser tú es lo que te da la ventaja. ¿Acaso no lo has notado? En tu cuerpo, en tu mente, en cada fibra muscular. Cuentas con las habilidades de un soldado. Fuiste un sujeto de pruebas particularmente ambicioso. No puedo darte las especificaciones de todo lo que te hicieron.--. otra risa, esta más baja.--Jajaja. Eres prácticamente una computadora con el único trabajo de matar. Una que no hará más que actualizarse de poco en poco. Un soldado. Un tirador experto. Un superhumano y atleta de alto rendimiento empaquetados en el cuerpo de un muchacho asustado como tú.--.
Las palabras cayeron como baldazos de agua fría. R9 miró sus manos. Las abrió. Las cerró. Recordó la facilidad con la que había roto aquel cuello. La precisión de los disparos. La velocidad. El cuerpo que se movía antes de que su mente pudiera procesar el peligro.
--No puede dejarlo todo en la cama.--. la voz de Mister X lo sacó de sus pensamientos.--Así que será mejor que vigiles el baño también. Ahí está la opción que te mantendrá más seguro, después de seguir mis órdenes al pie de la letra.--.
R9 se levantó. El baño era minúsculo, con azulejos desportillados y un espejo empañado en las esquinas. Olía a humedad y a jabón barato. Dudó un segundo, luego levantó la tapa del inodoro.
Sobre la tapa, apoyada con una elegancia macabra, descansaba una pistola. Una Glock 19. Dos cargadores extendidos a su lado. El metal negro absorbía la luz fluorescente del baño. R9 la tomó. Pesaba. Encajaba en su mano como si hubiera sido moldeada para ella. Sus dedos encontraron las texturas, los seguros, el peso del cargador. Era natural. Era correcto.
--En tus manos y en las mías está tu vida, muchacho.--. la voz de Mister X era ahora un susurro grave.--Y será mejor que trabajes conmigo si quieres sobrevivir. En tus manos está decidir si quieres recuperar lo arrebatado y sobrevivir en el proceso.--.
R9 giró la pistola. En el lateral del cañón, grabada con una láser de precisión, había una palabra: 💫Hope💫.
Esperanza.
Sintió un nudo en la garganta. Guardó el arma en la parte trasera del pantalón, sintiendo el frío del metal contra la piel de la espalda. Salió del baño y se sentó en la cama, la cabeza entre las manos.
--¿Qué es lo que haremos para recuperar lo arrebatado?.--.
--Para que el agua quede en calma.--. la voz de Mister X adoptó un tono poético, casi lírico.--debes eliminar lo que la altera. Para tener paz, debes acabar con la raíz de todo.--.
Y entonces ocurrió.
Una imagen apareció ante sus ojos. No era real, no estaba en la habitación, pero la veía con una claridad absoluta, como si estuviera proyectada directamente en su retina. Rostros. Varios rostros. Flotaban en su campo de visión, rodeados de información que parpadeaba como subtítulos en un idioma que su cerebro empezaba a comprender.
--¿Quiénes son ellos?.--. preguntó R9, sin apartar la mirada del vacío.
--Ellos son la raíz.--. la voz de Mister X se volvió grave, ceremonial.--El científico jefe de la investigación del metal y sus funciones en el área médica, así como jefe del proyecto de supersoldados: Hikimisa Asakura. El principal responsable de haber mandado tu vida al diablo. Él te convirtió en lo que eres hoy, pero encadenó gran parte de lo que eres con cadenas que el tiempo y tu cuerpo romperán.--.
La imagen de Asakura se amplió. Un hombre asiático, de pelo cano y gafas de pasta, con una sonrisa que helaba la sangre. Desapareció y dio paso a otro rostro.
--Miranda Kuznetsov.--. continuó Mister X.--Mediadora de las negociaciones de estas armas con grupos poco conocidos. También es la contratista y jefa de mercenarios. Ella es la que hará tu vida más un infierno.--.
Una mujer de rasgos duros, pelo rubio platino recogido en un mojo tirante, ojos de hielo. Su mirada atravesaba la imagen.
--Roger Franklin.--. el siguiente rostro era el de un hombre obeso, de mejillas rojas y sonrisa de tiburón.--Nuestro amigo es el encargado de los “recursos”. Desaparece personas por montones y maneja una red de esclavismo y trata de personas. Es el segundo hijo de puta más malo de la lista.--.
R9 sintió que la rabia le calentaba la sangre. El nombre de Franklin quedó grabado en su memoria.
--Jennifer Williams.--. el rostro que apareció era diferente. Una mujer joven, atractiva, con expresión preocupada y ojos que parecían cansados.--La única que parece tener algo de decencia, pero sigue siendo un cabo suelto. Es la vicepresidenta de la empresa y representa a los accionistas minoritarios. Ella solo roba fondos para sí misma. Una ladrona que no es consciente en absoluto de sus compañeros egoístas.--.
--Y por último.--. la voz de Mister X hizo una pausa dramática.--el más importante. La cabeza de la empresa. El CEO: Martin Lacter Knight.--.
El rostro apareció. Un hombre de cabello plateado perfectamente peinado, mandíbula cuadrada, ojos azules que miraban con la frialdad de un tiburón. Elegante. Poderoso. Mortal.
--El desgraciado número uno del lugar. El que orquesta conscientemente todas las actividades de los anteriores mencionados. Preparado para algún día inculpar a Jennifer Williams como su chivo expiatorio. Es el rey en este tablero de ajedrez.--. la voz de Mister X se endureció.--Él y un grupo selecto de trabajadores de confianza, en los que incluiremos al resto, saben cómo manejar el metal. Ellos son tus objetivos. Matarlos te devolverá la paz. Te devolverá la libertad. Y te devolverá tu nombre.--.
Las imágenes desaparecieron. La habitación volvió a ser solo una habitación de hotel cutre. R9 parpadeó, sintiendo un vacío en el pecho.
--¿Mi nombre?.--. preguntó, aturdido.
--Oh, ¿aún no te das cuenta?.--. la voz de Mister X recuperó su tono calmado y elegante.--Dime... ¿cuál es tu nombre?.--.
R9 abrió la boca. Y se quedó en blanco.
--Yo no...--.
--No recuerdas quién eres.--. completó Mister X.--No sabes nada de ti. No lo notaste por el acelerón del momento, pero tu memoria está en blanco. Pero no te preocupes. Tendrás un nombre de repuesto hasta eso. En tu cápsula había una inscripción. Prototipo R9. Ese será tu nombre de ahora en adelante.--.
R9 se quedó mirando la pared desconchada. Prototipo R9. No era un nombre. Era un serial. Una puta matrícula de ganado.
Pero por ahora, era lo único que tenía.
Sus dedos acariciaron la culata de la Glock, sintiendo el grabado: 💫Hope💫.
Esperanza.








