Querido diario
Recuerdo la primera vez que me enamoré, tenía tan solo once años. Sucedió durante el recreo, la pequeña Iris se sentó en una de esas gradas para ver partidos de básquetbol esperando por su amiga. Y apareció.
Primero tiró suavemente de mi pie por entre los espacios de los asientos en las gradas, la escuché reír por la broma, luego se acercó desde un lado. Ella era alta, delgada y sus rizos castaños adornados de pequeños moños rosas rebotaban sobre sus hombros. No podía parar de ver sus delgados labios moverse mientras se burlaban de mí y subía por los asientos usándolos de escaleras. Cuando estuvo sentada a mi lado compartió sus golosinas conmigo sin pedir nada a cambio. Dulce era simplemente Dulce y a mí eso me gustaba. Era un gusto puro e inocente.
Ojalá se hubiese quedado así.
Hasta que llegué a secundaria comprendí el peligro y horror de haberme enamorado de mi mejor amiga. Ese pequeño dulce y tierno primer amor fue convertido, por terceros, en un perturbador, sucio e indecente deseo. No estaba bien o eso me hicieron creer por un largo tiempo. Dejaron sus huellas indelebles en mi.
Once años después llegas tú, atravesando esa puerta de laboratorio con la respiración agitada, la ropa desaliñada y ese llamativo color de cabello pegado a tu frente por el sudor. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, supe que eras todo lo que está mal conmigo desde hace tiempo.








