FRENTE A FRENTE
EsMis dedos entrelazados sobre la mesa demuestran algo evidente.
Nervios.
Nervios de verlo por primera vez.
Por mi cabeza los mismos pensamientos de siempre:
—¿Le gustaré?
El hecho de tener diez años más, cuarenta y tres, me hace más insegura. Pero me miro en el reflejo de la ventana. Mi cuerpo sigue siendo atlético, mis curvas bien marcadas.
Esas cosquillas en la panza, que van bajando hasta el centro de mi deseo, me dicen que en mí todo sigue igual.
Levanto la vista…
Y lo veo.
Estaciono el auto a media cuadra.
Dudo.
Me paso las manos por la cara, aprieto fuerte el volante y me miro en el espejo retrovisor.
Estoy más viejo.
Pero eso no me impide sentirme un adolescente por dentro.
Salgo del auto y camino pensando en cómo se verá, en cómo me verá.
Entro al café.
Es ella.
La reconozco al instante.
No tengo dudas.
La reacción de mi cuerpo me lo dice.
Durante años la vi a través de una pantalla.
La vi reír, fruncir la nariz, hacer muecas a la cámara.
Pero ahora está ahí.
A pocos metrosde mí.
De verdad.
Camina hacia la mesa.
Cuando queda frente a ella, se miran un segundo que parece más largo de lo que debería. Morena sonríe.
Se saludan con un beso.
Se sientan. Piden algo para tomar, casi sin prestar atención a lo que dice la moza.
Hay un silencio extraño. No incómodo. Solo distinto.
Después de tantos años de palabras, de repente están frente a frente.
Santiago estira la mano sobre la mesa.
No la toma de la mano.
No la abraza.
Solo toca con dos dedos la punta de uno de los dedos de Morena..
—Necesitaba confirmar que no eras una fantasía.
Morena sonríe.
No retira la mano.
Pero tampoco la acerca.
—Yo también.
Santiago no suelta su dedo enseguida. Sus manos están tibias.
La moza deja las tazas sobre la mesa y el ruido de la loza los devuelve al café.
Por primera vez desde que entró, Morena lo mira con calma.
Lo reconoce en cada gesto.
En la forma en que sonríe.
En la manera en que inclina apenas la cabeza cuando la mira.
Lo había visto cientos de veces.
Pero nunca así.
Santiago retira la mano despacio, como si ese pequeño contacto hubiera sido suficiente para confirmar algo importante.
—No puedo creer que estés acá —dice.
Morena baja la mirada hacia su taza.
—Yo tampoco.
Durante años se vieron a través de una pantalla.
A veces durante horas.
Pero todo había empezado mucho antes.
Con un mensaje.








