Capítulo 1. El color de la cera
El aire de Granada olía a flores nocturnas y a algo sin nombre cuando Federico cruzó el patio de su casa en la calle de Gracia. Su madre le esperaba en el umbral con las manos enharinadas y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Federico, hijo. Tienes correspondencia.
Le tendió un sobre pequeño, casi cuadrado, sellado con cera negra. No había remitente. Solo su nombre, trazado con una caligrafía que disimulaba la propia mano de quien la escribió.
—¿Quién lo trajo?
—Un muchacho. Desapareció antes de que pudiera preguntarle nada.
Federico giró el sobre entre los dedos. La cera era más densa de lo normal, casi como brea, y olía a incienso quemado. Subió a su habitación, cerró el pestillo y rompió el sello con cuidado. El papel era grueso. En el centro de la página, una sola línea:
Tú también puedes verlos.
Tres días antes, en la biblioteca del instituto, había tenido la certeza inexplicable de ser observado. Al levantar la vista del libro —Bécquer, siempre Bécquer— vio una sombra moverse entre las estanterías del fondo, en la sección donde nadie iba porque los libros estaban en latín. Cuando se acercó, no había nadie. Pero había un libro abierto sobre una mesa que segundos antes estaba vacía: Phenomenologia Spirituum. Lo hojeó. Grabados de figuras encapuchadas, círculos con símbolos, rostros emergiendo de las sombras. Cerró el libro de golpe. La última imagen, sin embargo, quedó grabada: un muchacho de su edad señalando hacia algo que el lector no podía ver.
Ahora alguien sabía que él también había visto algo. Pero, ¿qué era exactamente lo que se suponía que podía ver?
En clase de literatura, al día siguiente, Federico no lograba concentrarse en las décimas de Calderón. Sus ojos volvían constantemente a Casiano Pérez, que se sentaba dos filas más adelante. Había algo en la forma en que Casiano sostenía la pluma —una tensión en la muñeca, una deliberación en cada trazo— que le producía un calor extraño e inexplicable.
Casiano se volvió en ese momento, como si hubiera sentido la mirada. Sus ojos se encontraron apenas un segundo, pero fue suficiente para que Federico se ruborizara. Casiano sostuvo la mirada un instante más de lo necesario, luego bajó la vista a su cuaderno y escribió algo con trazos rápidos. Cuando devolvió la atención al profesor, había una sonrisa casi imperceptible en sus labios.
Federico bajó la vista a su cuaderno, fingiendo apuntes. Lo que escribía eran fragmentos que no controlaba: el ángulo de su sonrisa, luz dorada en sus pestañas, ¿por qué me mira así?
Al final de la clase, cuando los alumnos recogían sus cosas, Casiano pasó junto a su pupitre sin mirarlo. Pero justo al cruzar a su lado, con la misma naturalidad con la que se dice algo sobre el tiempo, murmuró algo que Federico tardó unos segundos en comprender:
—Bécquer también tenía tu edad cuando empezó a recibir cartas.
Y siguió caminando sin esperar respuesta, sin volverse, como si no hubiera dicho nada.
Federico se quedó con los libros a medio guardar. Para cuando llegó al pasillo, Casiano ya no estaba. Pasó el resto del día buscando una explicación que no había: ¿había visto la carta? ¿Lo había seguido? ¿Era una coincidencia —Bécquer, cartas, alguien de su misma edad— o era el tipo de frase que solo se dice cuando se sabe exactamente lo que se está diciendo?
No encontró respuesta. Lo que sí encontró, esa noche, fue que había estado pensando en Casiano Pérez durante seis horas seguidas y que eso era, en sí mismo, una especie de respuesta.
Esa noche, mientras cenaba, examinó la carta una vez más. El papel olía a jazmín nocturno —esas flores que solo se abrían después de la medianoche—. En Granada crecían en dos lugares: el Carmen de los Mártires y el jardín abandonado detrás de la iglesia de San Gil.
Se disculpó de la mesa alegando dolor de cabeza. Sus padres apenas levantaron la vista.
El jardín de San Gil lo conocía bien: había perseguido libélulas entre los rosales y se había caído del columpio de hierro oxidado, antes de que cerraran el lugar para unas obras que nunca llegaron. Llegó cuando las campanas daban las diez. La luna llena convertía las sombras en figuras. El portón de hierro estaba entreabierto —siempre había estado cerrado con cadenas—.
Se adentró. Los jazmines habían florecido, llenando el aire de un perfume denso y mareante. En la fuente seca del centro, sobre el borde de piedra agrietada, había otra carta.
Sin sello esta vez. Al contacto con el sudor de sus dedos, las palabras comenzaron a aparecer como escritas con tinta invisible:
Uno ya ha muerto. El siguiente eres tú.
El perfume se volvió asfixiante. Una ráfaga de viento le trajo el crujido de hojas pisadas, pero el aire estaba en calma.
Desde algún lugar del jardín llegó el sonido de pasos que se acercaban, lentos y deliberados, como si quien caminaba conociera perfectamente cada piedra del sendero.
No se quedó a averiguar quién venía.