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La misma tormenta

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Summary

Cuando la fotógrafa Carla Vega llega al pequeño pueblo costero de Valoria para documentar una vieja casa antes de su restauración, lo último que espera es encontrar a Daniel Arce: el arquitecto que lleva dos años intentando salvar el edificio… y quizá algo más. Entre planos, grietas y cielos pintados en la bóveda de la casa, la tensión entre ellos crece como una tormenta que ninguno de los dos vio venir. Daniel se quedó en Valoria huyendo de una culpa que nunca ha sabido reparar. Carla lleva años moviéndose de ciudad en ciudad para no quedarse el tiempo suficiente como para romperse otra vez. Pero hay casas que guardan historias, tormentas que obligan a quedarse… y encuentros que cambian la forma en que uno mira el futuro. En la Casa del Faro descubrirán que algunas grietas no se arreglan. Se convierten en parte del dibujo.

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. La mujer que no debería estar aquí

La Casa del Faro llevaba noventa años mirando al mar y Daniel Arce llevaba dos años mirándola a ella. La conocía como se conocen las cosas que uno ha decidido salvar: palmo a palmo, grieta a grieta, con esa mezcla extraña de cariño y responsabilidad que te deja sin dormir las noches de tormenta. Sabía qué crujía cuando cambiaba la presión atmosférica, qué olor tenía el sótano después de la lluvia, en qué punto exacto del corredor sur la luz de la tarde se fragmentaba en algo que no había ninguna razón técnica para llamar hermoso y que sin embargo lo era.

Por eso cuando llegó aquella mañana de febrero y encontró a una desconocida encaramada a la verja principal con una cámara colgada al cuello y la expresión concentrada de quien lleva tiempo haciendo lo que está haciendo, lo primero que sintió no fue curiosidad.

Lo primero que sintió fue que aquello iba a ser un problema.

—Bájese de ahí.

La mujer no se bajó. Tampoco le miró. Siguió ajustando el objetivo como si él no hubiera abierto la boca, como si la verja que estaba medio escalabrando fuera suya y el viento que le revolvía el pelo castaño oscuro fuera cómplice de la operación. Llevaba una mochila grande que le desequilibraba levemente hacia la derecha, botas de trabajo con barro seco de otra jornada, y la indiferencia específica de quien ha aprendido que los porteros, los vigilantes y los hombres con carpetas bajo el brazo suelen ser un obstáculo temporal.

—He dicho que se baje.

Ahora sí le miró. Unos ojos color miel con algo dentro que Daniel no supo identificar de inmediato, algo entre la irritación y la diversión, como si él fuera un elemento del paisaje que resultaba levemente inconveniente pero no lo suficiente para alterar los planes.

—Soy fotógrafa. Tengo autorización del Ministerio de Cultura para documentar el edificio antes de la restauración.

—Nadie me ha avisado de eso.

—Pues deberían haberlo hecho.

Se bajó de la verja con una agilidad que habría sido elegante de no ser porque la mochila se le enganchó en el hierro y durante tres segundos luchó con ella en silencio, con la mandíbula apretada, sin pedir ayuda. El resultado fue una pequeña batalla ganada a solas que terminó con ella de pie frente a él, la mochila en orden y el gesto de quien jamás ha necesitado que nadie le tienda la mano. Daniel no se había movido durante esos tres segundos. Tampoco ella le miró mientras se liberaba.

—Carla Vega —dijo tendiéndole la mano con una documentación en la otra—. El encargo llega directamente de Patrimonio. Necesito entre tres y cinco días para fotografiar el interior y el exterior antes de que empiece la obra. Es protocolo obligatorio para cualquier intervención de este nivel.

Daniel cogió el papel. Lo leyó despacio, aunque en realidad lo que hacía era ganar tiempo para ordenar lo que sentía, que era una mezcla incómoda de irritación profesional y algo que no quería identificar pero que tenía que ver con la manera en que ella le había mirado desde la verja. Era oficial. Era correcto. Era exactamente el tipo de intromisión que había intentado evitar durante meses, porque la Casa del Faro era suya en el sentido en que son tuyas las cosas que has elegido salvar cuando todo lo demás se ha roto.

—Daniel Arce. Arquitecto responsable de la restauración. —Le devolvió la documentación sin estrecharle la mano—. Las obras empiezan el lunes. Tiene hasta el viernes.

—Son cinco días.

—Son cuatro. Hoy es lunes.

Ella le sostuvo la mirada un segundo exacto. No era el tipo de mirada que cede. Era el tipo de mirada que toma nota y decide que la pelea no vale el esfuerzo ahora mismo. Luego se giró hacia la casa con una pequeña sonrisa que a Daniel le resultó inexplicablemente irritante, la sonrisa de alguien que ya ha decidido que va a salirse con la suya de todas formas.

—¿Tiene las llaves o tengo que seguir usando la verja?

Daniel sacó el llavero. Lo buscó más tiempo del necesario.

—La puerta del fondo no abre bien con humedad —dijo mientras caminaba—. Y la tercera planta está apuntalada. No entre sin avisarme.

—Entendido.

—No es sugerencia.

—Entendido —repitió ella, con exactamente el mismo tono, y Daniel tuvo la certeza molesta de que aquella mujer llevaba años perfeccionando la técnica de decir lo que la gente quería escuchar mientras se reservaba el derecho a hacer lo que le diera la gana.

Abrió la puerta principal. El olor de la casa llegó como siempre: madera vieja, cal, el rastro fantasmal de algo que en otro siglo había sido un hogar. Carla entró detrás de él y se detuvo en el umbral, y durante un momento no sacó la cámara. Solo miró.

Era un segundo pequeño. Un segundo que Daniel guardó sin saber por qué.

Luego ella levantó el objetivo y empezó a trabajar, y él se dijo que los cuatro días iban a ser los cuatro días más largos de los últimos dos años.

No se equivocó en eso. Pero se equivocó en casi todo lo demás.

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