CAPITULO I
⚠️ : Esta historia contiene maltrato, abuso sexual, asesinatos, prostitución y lenguaje fuerte. Si eres sensible a este tipo de contenido, te pido amablemente que te retires y no juzgues mi trabajo.
Estados Unidos, año 2026.
El invierno caía con una frialdad metálica sobre las calles de los angeles, como si el país entero intentara congelar los pecados ajenos bajo capas de nieve sucia. Las luces de neón temblaban sobre el asfalto mojado, reflejándose en charcos oscuros que parecían pequeños espejos rotos. El aire olía a gasolina, humo y café barato; una mezcla áspera que se pegaba a la garganta y recordaba que aquel lugar no ofrecía segundas oportunidades, solo escenarios distintos para cometer los mismos errores.
Jungkook tenía treinta y seis años, pero el peso en su mirada pertenecía a un hombre mucho mayor. Su espalda ancha se encorvaba apenas, no por debilidad, sino por costumbre: quince años aprendiendo a caminar con cautela entre rejas, concreto y miradas que buscaban provocación. Quince años en una celda donde el tiempo no avanzaba, sino que se oxidaba.
Había dirigido uno de los carteles más grandes de Corea del Sur. No fue un ascenso casual ni una herencia improvisada; construyó su imperio con precisión quirúrgica, estrategia fría y una capacidad innata para inspirar miedo sin alzar demasiado la voz. Su nombre, susurrado en callejones y salas privadas, tenía el mismo efecto que un disparo. Pero la lealtad es una moneda que siempre se devalúa. Fueron sus propios aliados quienes lo entregaron. Una firma equivocada, una llamada interceptada, una puerta derribada antes del amanecer.
Lo arrestaron en silencio, como si capturar a un rey caído no mereciera aplausos. Y en prisión, su reinado se redujo a sobrevivir día tras día.
Las cicatrices que cruzaban su torso y cara eran un mapa de esa vida. Una línea irregular bajo las costillas, recuerdo de una emboscada en un muelle. Una marca más pálida en el hombro izquierdo, resultado de una pelea en el patio de la cárcel donde la nieve se mezclaba con sangre. Sus nudillos, deformados, hablaban de incontables combates donde la única regla era no caer primero. Cada marca tenía historia; cada historia, un nombre que prefería no recordar.
Al salir, no volvió la vista atrás. No regresó a Corea. Eligió el exilio voluntario antes que el fantasma constante de la traición. Estados Unidos era lo suficientemente grande para perderse, lo suficientemente caótico para camuflarse. Un país donde nadie preguntaba demasiado si pagabas en efectivo y mantenías la cabeza baja.
Pero el pasado no se desintegra; solo cambia de sombra.
A varias calles de distancia, bajo un letrero rojo que parpadeaba con intermitencia enfermiza, Jimin esperaba apoyado contra una pared cubierta de grafitis. La pintura descascarada dejaba ver capas antiguas de otros colores, como si el muro también hubiera sido golpeado demasiadas veces. El frío atravesaba su chaqueta delgada, pero él apenas reaccionaba. Se había acostumbrado a ignorar el dolor físico; era más sencillo que enfrentar el otro.
Trabajaba todas las noches. Sonreía cuando debía sonreír, tocaba cuando debía tocar, fingía cuando era necesario. Cada billete que guardaba en el bolsillo interior era una cuenta regresiva:
¿sería suficiente hoy?
¿Evitaría los golpes?
¿O simplemente los retrasaría?
Su esposo, Taemin, no era un hombre que gritara en público. Su violencia prefería la intimidad de las paredes cerradas. Si el dinero no alcanzaba la cifra que él consideraba digna, descargaba su frustración sin medida. Los moretones en los brazos de Jimin se ocultaban bajo mangas largas; las marcas en su espalda no tenían testigos. Había noches peores que otras, noches en las que Taemin permitía que sus amigos cruzaran límites impensables, reduciendo el hogar a un escenario de humillación y silencio forzado.
El apartamento donde vivían olía a humedad y alcohol rancio. Las ventanas apenas cerraban bien, dejando que el viento silbara entre los marcos. El papel tapiz se levantaba en las esquinas, como si también quisiera escapar. Sobre la mesa, siempre había una botella a medio terminar y un cenicero desbordado. Era un lugar donde la luz parecía cansarse antes de tocar el suelo.
Jimin vivía en un infierno que no tenía llamas visibles, pero sí brasas constantes bajo la piel. Su reflejo en el espejo le devolvía unos ojos grandes, hermosos incluso en el agotamiento, pero apagados. Como si cada noche se llevara una parte de su brillo, su cabello rosado que lo caracteriza, su hermosa figura y sus labios.
El destino, sin embargo, tiene una manera cruel de entrelazar caminos rotos.
El edificio donde vivían no tenía nombre, solo un número oxidado colgando torcido junto a la puerta principal. Era uno de esos complejos viejos en algún barrio olvidado de los angeles, donde el ascensor rara vez funcionaba y el pasillo siempre olía a una mezcla de humedad, comida recalentada y pintura vieja.
Jungkook ocupaba el apartamento 4B.
Jimin, el 4C.
Solo una pared los separaba.
La puerta de Jungkook era distinta a las demás. No tenía decoraciones, ni felpudo, ni marcas personales. Solo una superficie lisa, reforzada desde dentro. Si alguien se detenía lo suficiente, notaría que la cerradura había sido cambiada más de una vez. Que la madera tenía pequeños golpes, como si alguien hubiera comprobado su resistencia con demasiada fuerza.
Él salía temprano algunas mañanas y regresaba tarde, siempre con pasos firmes, medidos. Nunca saludaba. Nunca miraba directamente a nadie más de lo necesario. Su rostro permanecía impasible, casi esculpido en piedra. Si algún vecino intentaba iniciar conversación en el pasillo, Jungkook simplemente asentía una vez, breve, y seguía caminando.
No era arrogancia.
Era costumbre.
En prisión aprendió que hablar de más era una invitación al peligro. Que observar era más útil que participar. Que el silencio podía ser una armadura más gruesa que cualquier chaleco antibalas.
Dentro de su apartamento no había mucho: un sofá oscuro, una mesa pequeña, una cocina impecablemente ordenada. No fotografías. No recuerdos visibles. Solo una bolsa de gimnasio siempre lista en el armario y una caja metálica bajo la cama que jamás abría cuando había luz de día.
Las cicatrices en su cuerpo no eran lo único que había sobrevivido; también lo había hecho su desconfianza.
Al otro lado de la pared, la vida era todo lo contrario.
El apartamento 4C estaba lleno de ruido.
Tacones cayendo al suelo. Botellas rodando por la mesa. Música alta que se apagaba de golpe. Risas ajenas que se transformaban en silencio incómodo. La voz de Taemin, cortante, cargada de desprecio. Y, a veces, sonidos más bajos. Más difíciles de ignorar.
Jimin intentaba no hacer ruido cuando volvía de madrugada. Se quitaba los zapatos en la entrada, caminaba despacio hacia el baño, limpiaba cualquier rastro visible antes de que amaneciera. Pero el edificio tenía paredes delgadas. Demasiado delgadas.
Una noche, algo golpeó la pared compartida.
No fue fuerte. No lo suficiente para romper nada. Pero sí lo suficiente para que Jungkook levantara la mirada desde la mesa donde estaba limpiando meticulosamente un viejo cuchillo de cocina.
Se quedó inmóvil.
Del otro lado, un sonido ahogado. Después, un objeto cayendo al suelo. Luego silencio.
Jungkook no frunció el ceño. No se levantó. No golpeó la pared de vuelta.
Simplemente escuchó.
Porque ignorar no significaba no darse cuenta.
Había aprendido a distinguir tipos de ruido: el de una pelea callejera, el de una emboscada, el de alguien suplicando. Y ese sonido… ese no era nuevo para él.
Sin embargo, no hizo nada.
No era su problema.
No quería problemas.
Se levantó, dejó el cuchillo sobre la mesa y apagó la luz. La oscuridad llenó la habitación, envolviéndolo como algo familiar. Se recostó en el sofá, mirando el techo, mientras del otro lado el silencio se volvía pesado. Jimin, apoyado contra la misma pared que compartían, respiraba con dificultad. Tenía el labio partido y la mejilla ardiendo. Sus dedos rozaron el yeso frío, inconscientemente, como si esa superficie sólida pudiera sostenerlo.
No sabía que al otro lado había un hombre despierto.
Un hombre que escuchaba.
Un hombre que había sido peor que el infierno…
pero que entendía perfectamente cómo sonaba alguien atrapado en él.
Bienvenidos a mi nueva historia. Espero que les guste y que respeten cada capítulo. Trataré de actualizar a su debido tiempo, ya que a veces tengo bloqueos al escribir.
No olviden seguirme en Wattpad; aparezco como: jeon_dann97. Allí también tengo un AU.
Sin más, espero que disfruten la historia. 🤍








