Manual para Condenarse

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Summary

¿Se puede llamar justicia a la venganza? Lázaro Vargas siempre creyó en Dios, en la ley y en que el mal recibe su castigo… hasta que asesinan a su hermano. Cuando todos dicen “ya se hizo justicia”, él descubre que nada la devolverá. Consumido por la rabia, emprende un camino que lo aleja cada vez más del hombre recto que fue. Porque cuando la justicia falla, algunos están dispuestos a perder su alma para hacerla realidad.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Causa

Era una cálida noche de abril, de esas donde uno no recuerda que hacía solo unos días atrás, había sido invierno y que el tiempo de los días fríos llegó a su fin. A lo lejos, hambrientos de todo, los nubarrones venían apagando las estrellas en el cielo, pintándolo todo de gris oscuro, levantando el calor del suelo y haciendo que la humedad se te adhiriera a la piel.

En esa quietud que precede a la tormenta, Valentín Román acechaba a su presa desde el fondo de un callejón. Se mantenía imperturbable ante el hedor de la basura y las alimañas que lo acompañaban en ese rincón oscuro, solo se movería cuando el portal que llevaba horas vigilando se encendiera. Un par de noctámbulos se detuvieron frente a su escondite; entre humo, risas y el roce de sus cuerpos, no advirtieron la presencia que respiraba detrás de ellos. No se inmutó; aunque de su garganta salió un leve gruñido, siguió recostado a la pared con las manos y los pies cruzados. Tener obstáculos se estaba haciendo frecuente; tendría que aprender a enfrentarlos y resolverlos con astucia antes de que se volvieran un problema. Se limitó a ignorar a los sujetos para seguir enfocado en su objetivo.

Finalmente, la puerta se abrió.

Bajo su umbral, una feliz pareja se despedía. Se abrazaron a escondidas. El roce de los cuerpos fue íntimo e intenso. Ella, sonreía con una felicidad que no pertenecía a esas horas; él, le besaba las manos con la torpeza de los hombres enamorados. Rieron juntos, dilatando el momento en que debían separarse, intercambiando miradas por última vez con la promesa de volver a verse mañana. Entonces él se marchó al ritmo lento del amor correspondido.

Valentín observó a los amantes. Esperó con paciencia el abrazo, el beso, la despedida. Cuando la mujer acarició el rostro del novio, sintió un ligero hormigueo en su propia mejilla que se convirtió en un calambre que bajó hasta su espalda pegada al ladrillo. Ladeó la cabeza rápido, casi imperceptible, como si con el gesto borrara el recuerdo que surcó su mente.

Entonces se despegó de la pared.

Se escabulló entre las sombras, invisible a los intrusos de su guarida, y caminó a la par del muchacho desde el otro lado de la calle escurriéndose entre los portales. Se deslizaba en la oscuridad con facilidad; sabía dónde pisar, qué esquivar, cuándo detenerse. Conocía la ruta, la había recorrido junto al joven tantas veces hasta que su cuerpo aprendió el camino; tanto, que a veces no necesitaba mirar. Así de bien conocía a su objetivo, sus rutas, sus horas, sus secretos.

En el cielo las nubes destellaron y una ráfaga sureña comenzó a soplar.

Al llegar a la esquina de la cuadra, cazador y presa se separaron. El segundo escogió la ruta iluminada, andando despacio con las manos en los bolsillos. El primero, en cambio, atravesó el estacionamiento y siguió recto hasta el parque. Caminó con paso ligero hasta el final sin interrumpir el sueño de los perros callejeros. Allí, se quedó agazapado a los pies de un árbol; entre los arbustos y el olor dulzón de las flores nocturnas, con el corazón retumbándole con fuerza.

Andrés Vargas reapareció con un andar tranquilo. Absorto en sus planes futuros, caminaba por la orilla del parque. Tenía la sonrisa amplia mientras veía desaparecer las estrellas. Su novia le había dado una buena noticia y ahora más que nunca le urgía estar casado y dejar la vida de noviazgo. El teléfono sonó; era su hermano preguntando si volvería a casa. El deje de incomodidad fugaz fue reemplazado por la felicidad que traía, y le respondió que sí, que tenían que hablar.

La brisa del sur enfrió su cara y un cosquilleo gélido trepó por su espalda, como si la oscuridad tras él lo llamara. Giró rápido y hurgó en la penumbra.

Las hojas caídas de los árboles se arrastraban por el cemento, pero la calle estaba vacía.

En la arboleda del parque descubrió el brillo de unos ojos, y el mismo cosquilleo gélido le hizo tensar las manos al lado del cuerpo.

El viento se alejó, llevándose consigo la hojarasca, el sonido y la respiración de Andrés.

Entonces, un felino tan negro como las tinieblas saltó de la rama del árbol. Pasó por su lado con la cola erguida, recorriendo con sus ojos amarillos el punto de dónde venía, le dedicó una mirada al muchacho y continuó hasta desaparecer más adelante. Vargas suspiró hondo, devolviéndole a su cuerpo el oxígeno mientras veía al gato cruzar la calle, trepar por las cajas de la esquina y subir al tejado de la vieja bodega. Se rio nervioso de sí mismo y siguió caminando.

Al llegar a la ruina abandonada, el eco de unos pasos tras los suyos, lo hizo mirar atrás. En el límite iluminado de la calle, había una silueta humana. Aceleró el paso. Su casa no quedaba lejos.

Valentín se paralizó cuando Andrés miró en su dirección como si hubiese advertido su presencia. Hasta ahora, se había asegurado de haber tomado todas las medidas para pasar inadvertido en la vida de Andrés. Y como él, se alivió al ver al vigilante nocturno saltar por encima de su cabeza con la gracia que precede a los de su especie. Lo vio observarlo, mirar al muchacho y escurrirse en el tejado. Y como el gato, se deslizó entre las flores listo para el ataque final. Pero fue descubierto. Se detuvo a tiempo; justo al pie del aro de luz de la farola. Desde su posición, la cara asustada de Andrés activó en su cuerpo una chispa de corriente que lo invadió entero, haciéndole salivar hasta escupir. Esta sensación no dejaba de sorprenderlo; cada vez que se encontraba cara a cara con sus objetivos el calor lo absorbía, un fuego que se alojaba en su garganta y subía por su cabeza hasta casi hacerle perder el control. Esta era una sensación muy distinta a la del matadero. Era algo nuevo que lo satisfacía y lo dejaba con hambre a la vez. Y como si el espacio entre ellos se estrechara, o sus ojos ganaran más visión, salivó más al notar la vena en el cuello del otro que saltaba con furia, queriendo rajar la piel.

Un trueno estremeció el cielo y la carrera empezó antes de tiempo.

Andrés vigilaba su espalda sin dejar de avanzar. El sudor le quemaba los ojos y el ruido de sus pisadas le impedía distinguir las del perseguidor. Sentía la amenaza cada vez más cerca, pero se sabría a salvo en unos cuantos metros.

Seis. Sus zapatos apenas tocaban el suelo.

Cuatro. El aire ardía en su garganta.

Dos. Tropezó.

Se levantó.

Miró atrás.

No había nadie.

Aflojó la marcha.

Chocó contra un bloque sólido.

Su respiración se cortó en seco cuando un dolor agudo le atravesó el pecho. El aire que había tomado se le empezó a escapar en hilos cortos, robándole las palabras. La punzada que le atravesaba el corazón era una mordida fría que lo roía por dentro, dejándolo sin fuerzas.

Valentín había perdido el elemento sorpresa. Corrió, reaccionando más rápido que Andrés. Trepó por las cajas apiladas hasta el borde de concreto del alero por donde se había escurrido el gato. Corrió como una flecha por el tejado y saltó delante de Andrés justo cuando este alzaba la vista, cayendo frente a él en el momento exacto.

El tiempo parecía favorecer más a uno que a otro. Parecía haber alargado la distancia que los separaba y darle a Valentín los segundos que necesitaba para sacar el puñal.

No hubo ruido ni torpeza en el acto. La mano buscó mecánicamente el mango que una vez tuvo grabados, y cerró los dedos sobre las siluetas borrosas del marfil. El cuerpo tensó los músculos, volviéndose un bloque sobre el que se estampó el pobre Andrés. Entonces, la hoja gastada y filosa, con memoria propia, atravesó la piel con la precisión de una aguja, y su punta alargada se encajó en el corazón.

Desde lejos, quien los viera, dejaría a los amigos despedirse, sin sospechar siquiera que ese abrazo envolvía a la muerte.

Andrés enterró sus uñas en los hombros de Valentín en un esfuerzo inútil de alejarse. Valentín apretó a Andrés contra sí y, con un giro de la muñeca, hizo que el acero mordiera más fuerte dentro de la carne.

Un rayo partió el cielo cuando se miraron el uno al otro.

Andrés, con los ojos llenos de lágrimas, solo alcanzó a soltar:

—¿Por qué?

Valentín lo miró fijo, con la necesidad de disfrutar el momento exacto en que la llama se apagase, pero cuando las lágrimas del otro rodaron sin control, su cuerpo se quedó paralizado, rígido como una piedra mientras Andrés le arañaba el cuello. El sudor corrió por su frente y rodó por su mejilla. Tardó unos segundos, mientras el marrón de los ojos que tenía en frente se opacaba, en controlar el torbellino de voces que creció en su mente a última hora; todas gritando a la vez, en convencerse de que no importaba cómo, todos llorarían al final. Entonces apagó las voces con mofa, y con ira contenida le susurró al oído:

—Saluda al Señor de mi parte —y sacó el metal de la carne.

La camisa blanca se tiñó de rojo; el líquido tibio se escurrió por los dedos que apretaron la herida y resbaló por el cuerpo como una cascada. Aún aferrado a Valentín, Andrés gemía mientras se desplomaba de rodillas sin fuerzas para más, hasta terminar deslizándose contra la pared hasta quedar tirado en el suelo. Un último sollozo salió de él con notas de rabia e impotencia; Valentín hubiese jurado que aquella boca a punto de sellarse lo iba a maldecir. Desde su altura, siguió el camino que trazaban los ojos de Andrés; a dos metros más arriba, estaba la puerta de su casa.

El asesino guardó el puñal, miró a su alrededor, y desapareció de nuevo en el laberinto de sombras.

Desde el alero, los ojos amarillos del gato lo siguieron hasta verlo desaparecer.

Bajo las gotas de lluvia que comenzaron a caer, la noche de abril siguió tan cálida y silenciosa como antes.



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