Espejos by Matthew Leroy at Inkitt
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Espejos

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Summary

Henri Aubert vive solo en una casa antigua, donde la rutina es lo único que le asegura que todavía está cuerdo. Todo comienza con detalles pequeños: un gesto que su reflejo no imita al instante, una mirada que se sostiene demasiado tiempo, un parpadeo que no coincide. Al principio lo atribuye al cansancio. Luego a la sugestión. Después, a la locura. Pero cuando el reflejo empieza a actuar por su cuenta fuera del espejo… Henri comprende que algo lo observa desde el otro lado. Y esa “otra versión” no parece imitarlo. Parece reemplazarlo. Empieza a actuar como si su vida le perteneciera, moviéndose con la calma de quien ya conoce el resultado de todo. No intenta ocultarse. No intenta copiarlo. Lo observa como un error que debe ser corregido. Y su objetivo no es convivir con Henri… es ocupar su lugar y borrar al impostor.

Status
Complete
Chapters
30
Rating
n/a
Age Rating
16+

Un comienzo normal en Corgoloin

. Corgoloin era un pueblo francés tranquilo.

Henri Aubert trabajaba en una pequeña librería a unas calles de su casa.

No era el dueño. El lugar pertenecía a un hombre mayor llamado Bernard que, con el paso de los años, había dejado muchas de las responsabilidades en manos de Henri. A Henri no le molestaba. El trabajo era tranquilo. Pasaba la mayor parte del tiempo organizando estanterías, revisando inventarios y atendiendo a los pocos clientes que entraban buscando novelas, manuales antiguos o, en ocasiones, simples conversaciones.

Después de algunos minutos de silencio, Henri se levantó.

Caminó hacia el baño con pasos lentos, todavía arrastrando un poco el sueño en la espalda.

El baño era pequeño, pero suficiente. Un lavabo sencillo, una repisa con algunos frascos de vidrio y, sobre el lavamanos, un espejo rectangular fijado a la pared desde hacía muchos años.

Henri abrió la llave del agua.

Mientras esperaba a que el agua alcanzara una temperatura agradable, levantó la vista hacia el espejo.

Su reflejo le devolvió la imagen habitual: cabello oscuro ligeramente despeinado, una sombra tenue de barba que no se había molestado en afeitar la noche anterior, y unos ojos grises que, a esa hora de la mañana, todavía no parecían completamente despiertos.

Nada fuera de lo común.

Se inclinó hacia adelante, dejó correr el agua sobre sus manos y se lavó la cara con movimientos automáticos.

Cuando volvió a levantar la cabeza, el espejo seguía mostrando exactamente lo que debía mostrar.

Henri tomó una toalla, se secó el rostro y salió del baño sin pensar demasiado en ello.

La cocina era el espacio más luminoso de la casa.

La ventana daba hacia un pequeño jardín trasero donde crecían algunas plantas que Henri cuidaba de manera irregular. No era un jardinero particularmente dedicado, pero tampoco le gustaba ver el lugar abandonado. De vez en cuando arrancaba alguna hierba invasora o regaba las macetas cuando el clima lo pedía.

Puso agua a calentar y preparó café.

El sonido suave de la cafetera llenó la cocina mientras Henri se apoyaba ligeramente contra la encimera. Afuera, el pueblo comenzaba a moverse con más claridad: una bicicleta pasó frente a la casa, alguien cerró la puerta de un coche, y a lo lejos se escuchó el motor de una camioneta.

Cuando el café estuvo listo, Henri se sirvió una taza y la llevó hasta la mesa.

Allí permaneció sentado durante varios minutos, mirando distraídamente por la ventana.

No estaba pensando en nada específico.

En realidad, Henri era un hombre que había aprendido a convivir con el silencio. No lo sentía incómodo. De hecho, muchas veces lo prefería.

Terminó su café, dejó la taza en el fregadero y regresó al baño para afeitarse.

Encendió la luz.

El espejo reflejó la habitación sin cambios.

Henri tomó la navaja, aplicó espuma sobre su barbilla y comenzó a afeitarse con movimientos lentos y precisos.

En algún punto, mientras deslizaba la hoja por su mandíbula, levantó la mirada hacia el espejo.

Durante un instante muy breve —tan breve que apenas pudo registrarlo como pensamiento— tuvo la sensación de que algo en la imagen no estaba completamente sincronizado con él.

Como si el reflejo hubiera tardado una fracción de segundo en seguir su movimiento.

Henri se detuvo.

La navaja quedó suspendida en su mano.

Observó el espejo.

El reflejo lo observaba de vuelta, inmóvil, exactamente igual.

Pasaron varios segundos.

Nada ocurrió.

Henri soltó una pequeña exhalación por la nariz, como quien descarta una distracción menor.

Probablemente había movido la cabeza demasiado rápido.

Terminó de afeitarse sin volver a pensar en ello.

Cuando salió de casa unos minutos después, Corgoloin ya estaba completamente despierto.

La librería abrió a las nueve.

El pequeño letrero de madera colgaba sobre la puerta, balanceándose suavemente cuando Henri la empujó para entrar.

El interior olía a papel antiguo y a madera pulida.

Era un lugar silencioso, ordenado, con estanterías altas que formaban pasillos estrechos entre cientos de libros. Henri encendió las luces, abrió una de las ventanas delanteras y comenzó su rutina diaria: revisar el mostrador, acomodar algunos títulos que habían quedado fuera de lugar la tarde anterior, y anotar en un cuaderno los pedidos pendientes.

A media mañana entró la primera cliente.

Una mujer mayor que buscaba una novela que había leído hacía muchos años. Henri la ayudó a encontrarla después de revisar un par de estanterías.

Conversaron unos minutos.

Nada inusual.

Nada extraño.

La jornada transcurrió con la misma tranquilidad habitual.

Sin embargo, cuando el día comenzó a inclinarse hacia la tarde y la luz del sol entró por la ventana frontal en un ángulo más bajo, Henri pasó frente al pequeño espejo que colgaba detrás del mostrador.

Era un espejo viejo, colocado allí para que los empleados pudieran arreglarse rápidamente si era necesario.

Henri no pensaba mirarse.

Simplemente pasó frente a él.

Pero por alguna razón, su mirada se detuvo.

El reflejo estaba allí.

Exactamente donde debía estar.

Quieto.

Normal.

Henri permaneció observándolo durante unos segundos más de lo necesario.

Luego negó ligeramente con la cabeza, como si se reprochara una distracción absurda, y volvió a concentrarse en el inventario del día.

El espejo siguió colgado en la pared.

Inmóvil.

Silencioso.

Esperando.

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