Huir Contigo by Ximena Campos at Inkitt
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Huir Contigo

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Summary

Kira lleva diez años haciendo lo que le enseñaron: infiltrarse, ganarse la confianza de alguien, matar y desaparecer antes de que importe. No fallar. No sentir. No dudar. Cuando su agencia la asigna a proteger a Jane Saetang —hija del embajador tailandés en Londres— la misión parece sencilla: entrar a la maestría bajo un nombre falso, mantenerse cerca, mantenerla con vida. Kira sabe cómo hacer eso. Lo que no sabe es cómo dejar de mirarla. Jane vive atrapada entre la vida que su padre diseñó para ella y la que nunca se ha atrevido a elegir. Desconfía de los extraños, pero hay algo en Kieran —la compañera de clase que apareció de la nada— que no logra catalogar. Algo que la hace querer quedarse cerca, aunque no sepa bien por qué. Entre ellas crece algo que ninguna de las dos puede nombrarse a sí misma: una atracción que Kira intenta archivar como riesgo profesional y Jane intenta ignorar como mala costumbre. Pero alguien quiere a Jane muerta. Y cuando la misión se derrumba, Kira tiene que elegir entre el trabajo que siempre ha sido y la única persona que ha conseguido atravesarla. Huir contigo es una novela sobre el peligro de acercarse demasiado, y sobre lo que ocurre cuando ya no quieres detenerte.

Status
Complete
Chapters
26
Rating
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18+

Capítulo sin título 1

HUIR CONTIGO

Capítulo 1

La misión parecía sencilla, al menos sobre el papel. Kira observó la carta y luego la fotografía de la chica. No tendría más de veintisiete años: ojos almendrados de un café oscuro, cabello negro y ondulado, facciones definidas. Parecía sacada de un anime.

En las instrucciones leyó: “Es la hija del comisionado Saetang, embajador de Tailandia en Londres”. Kira miró fijamente la imagen y pensó que, muchas veces, los hijos pagan por los pecados de los padres. Y ella no sería la excepción.

Caminó en círculos por su apartamento. Un lugar lujoso, silencioso, cálido. Todo lo contrario al clima londinense. De repente, un golpe en la puerta rompió la calma. Al abrir, apareció

Kaya: treinta y tres años, muy guapa, ojos azules y un marcado acento inglés.

—Tienes una misión —dijo.

Kira suspiró.

—¿Otra?

Kaya asintió con sequedad.

—Aquí está.

Cuando abrió el sobre, volvió a ver la foto de la misma chica. La hija de Saetang.

—¿Ella?

La mujer asintió.

—Su padre te pagará bien por cuidarla.

Kira abrió los ojos, sorprendida.

—¿Cuidarla de quién?

Kaya se encogió de hombros.

—De asesinos a sueldo. Como tú.

Kira sonrió para sus adentros. Kaya trabajaba en la agencia de investigación secreta y conocía su doble vida desde el principio. No había secretos entre ellas, solo un acuerdo tácito de no preguntar demasiado. Ser asesina a sueldo e investigadora no era precisamente ético, pero la paga era buena en ambos trabajos. Y en su mundo, la ética era un lujo que pocos podían permitirse.

La mayoría de las veces no sabía quién le pagaba por los asesinatos. Nombres falsos, cuentas offshore, sobres anónimos con billetes y fotografías. No le importaba. La habían entrenado para eso. Para matar sin preguntar, para obedecer sin dudar, para ser un arma sin conciencia.

Aunque muchas veces se preguntaba si realmente no tenía conciencia o simplemente se había acostumbrado. Esa pregunta la visitaba en las noches, cuando el insomnio la mantenía despierta y los recuerdos se agolpaban como fantasmas. Recordaba el primer asesinato, las manos temblorosas, las náuseas después. Recordaba el décimo, la frialdad ya instalada.

Recordaba el vigésimo, la indiferencia total.

Las manos. Siempre empezaba por las manos. Las suyas, temblorosas la primera vez —diecisiete años, una habitación sin ventanas, olor a gasolina y miedo ajeno. Luego quietas. Luego frías. Como si no fueran suyas.

No lo eran. Eso le habían enseñado. Que las manos eran herramientas.

Algunas noches el estómago le recordaba que no siempre lo creía.

Kaya le dio un fajo de billetes, grueso, caliente aún de alguna transacción que no necesitaba entender.

—Inscríbete en la universidad. Busca una maestría.

Kira lo tomó sin mirarlo, guardándolo en el bolsillo interior de su chaqueta. El peso del dinero contra su pecho era tan familiar como el de una pistola.

Kira puso los ojos en blanco.

—¿Para cuidarla?

Kaya asintió.

—Su padre busca discreción ante todo.

—Mañana mismo, mi sueño es volver a la universidad— dijo Kira con sarcasmo.

Kaya negó con la cabeza.

—Sabes que haré la llamada. Entrarás a su misma maestría. Tiene una semana que comenzó el curso.

Kira asintió en silencio.

—Te haré llegar tu documentación estudiantil. Con ese dinero, compra ropa yo que sé, pero hazte pasar por una alumna más.

Kira asintió, aunque por dentro sentía el peso de una decisión que no podía postergar. No sabía si aquella vez aceptaría el trabajo como asesina o como protectora. Ambas le pagaban, ambos los hacía bien. Pero tenía que elegir pronto, porque la simple idea de volver a la universidad ya le llenaba la cabeza de un fastidio denso, pegajoso, de esos que se instalan en los huesos y no se van con nada.

***

Jane se sentó en una de las mesas de la cafetería universitaria, apoyando la mochila a un lado. Enfrente, como cada mañana, estaba Ryan, intentando coquetearle con esa seguridad que solo da ser hijo de un político londinense reconocido. Él parecía creer que eso era suficiente para que pudieran ser algo.

Jane suspiró, la mirada perdida en algún punto más allá de las ventanas de la cafetería, mientras Ryan seguía hablando sin notar su ausencia. Su voz era un murmullo lejano, un ruido de fondo que no lograba atravesar la burbuja de sus pensamientos.

Se preguntaba, en silencio, sobre el amor. Sobre el futuro también. Nunca se había enamorado, al menos no de verdad. Había salido con algunos chicos en la universidad, citas protocolarias que su madre aprobaba y que terminaban siempre con un apretón de manos incómodo. Con Kate sintió que podía ser especial. Por un momento, creyó haber encontrado esa chispa de la que todos hablaban. Pero Kate terminó siendo distinta a lo que pensó. Distante. Calculadora. Otra persona usando una máscara.

Había momentos en que Kate hacía preguntas que no correspondían a alguien que solo era una estudiante de posgrado: sobre sus horarios, sobre sus rutas habituales, sobre quién la acompañaba a los eventos. Jane lo achacó a curiosidad, o quizás a cierto snobismo social. Ahora, desde la distancia, ya no estaba tan segura. Aunque Kate le hizo darse cuenta que le gustaban más las mujeres que los hombres y le estaba agradecida por ese autodescubrimiento.

Tal vez, pensó, simplemente no existía. Ese amor que te hace pensar en películas, novelas, o sentir las canciones. O tal vez existía, pero no para ella. Quizá su destino era conformarse, aceptar las citas que su padre aprobaba, sonreír en las fotos de compromisos políticos, y vivir una vida correcta pero vacía.

Ryan seguía hablando. Ella siguió mirando por la ventana, sin ver nada.

Jane se levantó de golpe.

—Me voy a clase.

El hombre se quedó callado, y aunque intentó disimularlo, la molestia le atravesó la cara. Jane lo notó, pero realmente le importaba un comino si Ryan se enojaba o no.

Llegó al salón de clases. El profesor la saludó con una reverencia, y el asistente, de pie a su lado, aprovechó para preguntar con esa sonrisa que Jane conocía demasiado bien:

—¿Qué hará cuando vuelva a Bangkok, señorita Jane?

Jane respondió con amabilidad, midiendo cada palabra, sabiendo perfectamente que estaba coqueteando con ella. Siempre lo hacía. Desde el primer día, sus cumplidos habían sido demasiado insistentes, sus miradas demasiado largas. Pero ella había aprendido a navegar esas aguas.

—Voy a transferir mis créditos al terminar el semestre.

El asistente sonrió, complacido, como si la respuesta fuera un premio.

—Tal vez haga una estancia allá —comentó él, inclinándose ligeramente.

—El idioma es difícil —respondió Jane con dulzura—. Si usted lo domina, no será problema.

El hombre soltó una risa ligera, halagado, el pecho hinchado por el cumplido. Jane mantuvo la sonrisa, aunque por dentro el esfuerzo le pesara como una losa. Su padre se lo había repetido hasta el cansancio: ser amable con todos, aunque no le agradaran. En su mundo, las formas lo eran todo. Una sonrisa podía abrir puertas que una queja cerraría para siempre.

Y ella había aprendido a cumplirlas. A sonreír cuando quería gruñir. A ser amable cuando quería ignorar. A navegar ese mundo de hombres que confundían cortesía con interés.

Pero cuando se sentó en su pupitre y el asistente finalmente se alejó, Jane dejó caer la sonrisa como quien se quita una máscara. Y pensó, no por primera vez, en lo agotador que era ser siempre la correcta.

Una chica de buen aspecto irrumpió en el aula justo cuando el profesor comenzaba a organizar los materiales. Era alta, esbelta, de cabello castaño casi rojizo suelto que le caía sobre los hombros como si no le importara demasiado dónde terminaba. Tenía el rostro salpicado de pecas, pequeñas y sutiles, que le daban un aire fresco, casi juvenil, aunque su expresión decía todo lo contrario.

Jane contuvo el aire. Por un momento, algo en ella se removió, una impresión que no supo nombrar. La chica era hermosa, sí, pero había algo más, algo en la forma en que caminaba, en cómo sostenía la mirada, como si el mundo le debiera algo y ella hubiera ido a cobrar.

Sin embargo, su voz no acompañaba su aspecto, un tono de voz seco y frío.

—Este es mi registro —dijo al llegar al escritorio del profesor, con una sonrisa apenas esbozada, más un trámite que un gesto de cortesía.

El profesor la miró con incredulidad, como si evaluara si valía la pena pedirle algo más. Al final asintió, con un dejo de resignación.

—Siéntese por allá y no moleste.

La chica asintió con la misma indiferencia con la que había entrado. Jane sintió un impulso repentino, casi absurdo: quería que se sentara a su lado. No sabía por qué. Tal vez era la curiosidad, tal vez esa extraña atracción que a veces despiertan los desconocidos, esa necesidad de saber quién es el que camina sin pedir permiso.

Pero en ese instante, Ryan se adelantó. Se levantó de su sitio y, con esa sonrisa de político en formación que siempre llevaba puesta, le indicó a la chica un lugar vacío junto a él.

—Por aquí hay espacio —dijo, con un tono que pretendía ser útil pero sonaba a oportunidad.

La chica le lanzó una mirada rápida, de esas que miden sin que el otro lo note. Luego se encogió de hombros y se dirigió hacia allí. Jane la siguió con la mirada, sin poder evitarlo, preguntándose por qué le importaba.

Kira observó a Jane durante toda la clase. No podía evitarlo.

Era el tipo de atención que Kira catalogaba como deformación profesional. Analizabas a la gente. Medías a la gente. Era lo que te enseñaban. La forma en que tomaba apuntes, concentrada, mordiéndose el labio inferior mientras subrayaba. La manera en que fruncía el ceño cuando algo no le cuadraba, como si las palabras del profesor le hubieran fallado personalmente. Una sonrisa tímida cuando sus miradas se cruzaron por accidente.

Kira apuntó en el cuaderno: “Objetivo: estudiante modelo, abierta, sin paranoia. Fácil de ganar. No hay desafío.”

Era trabajo. Solo trabajo. Se repitió eso tres veces, con la misma frialdad con que memorizaba planos de edificios.

Lo que ocurrió en los veinte minutos siguientes fue más complicado de catalogar. No fue un momento, fue una acumulación: Jane escribiendo, Jane riendo en voz baja de algo que el profesor dijo, Jane mirando por la ventana con esa expresión de quien vive en otro lugar aunque su cuerpo esté en el aula. Cada detalle llegó a ella como datos, y cada dato se negó a quedarse como un simple dato.

Se dijo que era la misión. Que eso era exactamente lo que debía hacer: observar, aprender, acercarse. Que no había diferencia entre esto y cualquier otro trabajo de infiltración.

Pero lo había. Lo sabía mientras lo pensaba. Y que lo supiera la irritó profundamente.

Cuando terminó la clase, Kira recogió sus cosas con movimientos mecánicos. La decisión no había llegado de golpe —esas nunca llegaban de golpe, o al menos eso se había contado a sí misma durante años. Había llegado como un filtraje lento, como agua que encuentra la grieta sin que nadie la invite.

Aceptaría la misión de Saetang. Eso era todo. Cuidaría a la chica, cobraría, seguiría adelante.

Lo de Dimitri lo resolvería después.

Se mintió con eficiencia, que era lo que mejor sabía hacer. Y salió del aula sin mirar atrás, porque mirar atrás era exactamente el tipo de cosa que no hacía.

Kira intentaba ordenar sus pensamientos, pero la voz de Ryan lo atravesaba todo. Susurraba comentarios sin importancia, reía de cosas que nadie más reía, ocupaba un espacio que no le correspondía. El calor de la irritación comenzó a extendérsele por el cuerpo, empezando por la nuca, bajando por los hombros.

—¿Puedes guardar silencio? —le pidió, con un tono que todavía intentaba sonar amable.

Ryan asintió, sorprendido. No quería líos. Además, la mujer era atractiva. Mejor no buscarlos.

Al terminar la clase, Ryan se pegó a Jane como una sombra. Kira exhaló, cansada.

—Que imbécil —murmuró para sí misma, mientras recogía sus cosas.

Alcanzó a escuchar, sin querer, el final del intercambio:

—Oye, Jane. ¿Tu padre viene al evento del embajador Morrison el jueves?

—No lo sé. ¿Por qué?

Ryan sonrió, pero sus ojos no acompañaron la sonrisa.

—Solo curiosidad.

Kira guardó la información sin saber todavía por qué le importaba.

Fue entonces cuando lo vio. Un hombre en el marco de la puerta. No tenía cara de estudiante, ni de profesor. Vestía discreto, pero su postura lo delataba: era de los suyos. Y la estaba buscando a ella.

Ryan, siempre tan observador cuando le convenía, lo notó. Quizá fue el instinto de quienes crecen rodeados de seguridad privada, o quizá el miedo disfrazado de precaución. Señaló al hombre con un gesto apenas perceptible, suficiente para que sus guardaespaldas pusieran atención.

—Ese hombre parece perdido —dijo en voz alta, buscando proyectar control.

Kira respondió desde atrás, con una calma que helaba:

—Es amigo mío.

Ryan hizo una seña a sus guaruras para que se detuvieran. Luego la miró con esa sonrisa que creía encantadora.

—Tal vez una mujer tan bella como tú debería tener mejores amigos.

Kira asintió, seria.

—Lo consideraré.

Ryan se alejó. Pero antes de girar la esquina, lanzó una última mirada hacia donde Jane estaba. No era el vistazo distraído de alguien que seguía con su día. Era lenta, posesiva, como quien revisa el inventario de algo que cree suyo. Kira lo captó. Algo frío se instaló en su nuca.

Y sin agregar nada más, Kira se acercó al hombre.

—Largo —dijo, apenas a un paso de él.

El hombre sonrió, sin inmutarse.

—Kira. El jefe te busca.

—Puede buscarme en otro lado.

Él negó con la cabeza, firme.

—No. Quiere verte ahora.

Kira observó de reojo a Ryan, que se alejaba junto a Jane, ajeno a todo. Luego volvió la mirada al hombre.

—De acuerdo.

***

Jane observó a Kira desde la distancia, justo cuando abordaba un auto lujoso que parecía más propio de una embajada que de una estudiante de posgrado. Se detuvo unos metros adelante de sus guardaespaldas, ignorando por un momento el protocolo de seguridad que su padre le había grabado a fuego. No entendía por qué, pero aquella mujer le resultaba fascinante.

Había algo en ella que no encajaba con el resto, una energía distinta, como si caminara por el mundo sin pedir permiso, sin necesitarlo. No era solo su aspecto, aunque eso también. Era la forma en que se había sentado en clase, en que había callado a Ryan con una frase, en que se había levantado y hablado con ese hombre del umbral. Todo en ella parecía medido, contenido, pero al mismo tiempo salvaje. Como un animal domesticado que nunca olvida lo que es.

Jane se quedó mirando el auto hasta que dobló la esquina y desapareció. Luego suspiró, sin saber muy bien por qué. Quería que llegara el miércoles siguiente. Solo para volver a verla.

Al día siguiente, cuando Jane llegó al salón, su mirada encontró a Kira antes que cualquier otra cosa. Ya estaba ahí, sentada cerca de la ventana, con esa calma que parecía rodearla siempre.

Jane sintió un leve vuelco en el pecho y, sin pensarlo demasiado, se encaminó hacia ella.

—¡Jane, por aquí!

La voz de Rachel la detuvo a medio paso. Su amiga le hacía señas desde el fondo, junto a un par de asientos vacíos. Jane dudó una fracción de segundo, lo suficiente para que Rachel arrugara el ceño con extrañeza. Entonces bajó la mirada, tímida, y se desvió hacia donde le indicaban.

Se sentó junto a Rachel, aunque su atención quedó en otra parte. De reojo, vigilaba a Kira, que hojeaba un cuaderno sin mirar a nadie. Jane no sabía qué le pasaba. Nunca le había costado tanto mantener la vista al frente.

De pronto, unos nudillos golpearon suavemente la mesa. Jane levantó la cabeza y se encontró con Kira de pie a su lado.

—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó, con una voz neutra, como si no esperara otra cosa que un sí.

Jane sonrió antes de responder.

—Claro.

Kira dejó caer la mochila al suelo y ocupó el asiento libre. Hubo un silencio breve, apenas incómodo, hasta que Kira añadió, casi como una disculpa:

—El profesor comentó que eres la más avanzada del curso. Pensé que tal vez podrías ayudarme con algunas dudas.

Jane asintió, aunque por dentro sintió una punzada. La razón era práctica, por supuesto. ¿Qué otra cosa podía ser?

—Solo que pronto voy a transferir mis créditos —explicó—. Tal vez no te sea de mucha ayuda a largo plazo.

Kira la miró un instante más de lo necesario.

—El tiempo que estés aquí me basta.

Jane sostuvo su mirada y asintió, sonriente.

Rachel observó aquello y le dio un ligero golpe en el hombro, una sonrisa cómplice asomando en sus labios. Jane se sonrojó intensamente, apartando la mirada como si hubiera sido sorprendida en falta.

Rachel era su mejor amiga. Se conocían desde la universidad, cuando sus padres, ambos inmersos en el mundo de la diplomacia, las sentaban juntas en recepciones interminables. Pero mientras Jane había crecido atrapada entre las paredes de su casa, Rachel había aprendido a moverse por el mundo con una soltura que ella envidiaba.

Era bastante perspicaz para el coqueteo y las intenciones de las personas. Sabía leer una mirada, interpretar un gesto, anticipar un movimiento. Tenía mucha más experiencia que ella socialmente hablando, porque mientras Jane apenas podía escabullirse de casa con cuentagotas, Rachel salía, conocía gente, se equivocaba, aprendía.

—Ya era hora —susurró Rachel, divertida—. Pensé que nunca ibas a mirar a nadie así.

Jane le dio un codazo, pero no pudo evitar sonreír. Con Rachel, al menos, no tenía que fingir.

Al salir del salón, Rachel se despidió apresurada tras lanzarle a Jane un guiño cómplice que ella no supo cómo interpretar. Pero no le importó. Por fin, pensó mientras veía alejarse a su amiga, por fin tenía tiempo a solas con aquella mujer.

Caminaron juntas unos pasos en silencio, ese tipo de silencio que aún no sabe si es cómodo o está por volverse incómodo. Jane buscaba las palabras adecuadas, algo que sonara natural, que no delatara el interés que le quemaba por dentro.

Fue Kira quien habló primero.

—Me llamo Ki…– se detuvo, por poco revelaba su nombre real—Kieran —dijo, con una seguridad que pretendía ser convincente.

Jane parpadeó, desconcertada.

—¿Kieran? Eso es nombre de hombre, ¿no?

Kira contuvo un gesto de fastidio, aunque por dentro ya se estaba reprendiendo. ¿Kieran? ¿En serio? ¿De dónde había sacado ese nombre? Demasiado tarde para rectificar ahora.

—Es unisex —respondió, con la mayor naturalidad que pudo fingir.

Jane asintió, pero notó el roce extraño en la respuesta. No dijo nada, aunque sintió que había metido la pata con su comentario. Se sintió torpe, como si hubiera señalado algo que no debía.

Kira, a su lado, también se sentía torpe,no estaba acostumbrada a esas sensaciones. Y eso no podía pasar. No en este trabajo. No con ella.

Ambas continuaron caminando, cada una atrapada en su propia incomodidad, sin saber que la otra sentía exactamente lo mismo.

—¿Vamos por un café? —preguntó Jane, con un entusiasmo que le brillaba en los ojos, como si temiera que el momento se escapara si no lo agarraba con fuerza.

Kira asintió.

—Claro.

Mientras caminaban hacia la cafetería, Kira no pudo evitar una reflexión interna.

Acercarse había resultado mucho más fácil de lo que imaginó. Jane era abierta, genuina, de esas personas que parecen llevar la confianza cosida a la piel. No levantaba barreras, no hacía preguntas incómodas. Simplemente... confiaba.

Demasiado fácil. El pensamiento le rozó la nuca como un aviso. En su mundo, lo fácil siempre tenía trampa. Lo fácil era un cebo.

No le sorprendería que algún día Jane terminara confiando en la persona equivocada. Y lo irónico, lo retorcido del asunto, era que esa persona ya estaba a su lado. Caminando junto a ella. Aceptando un café que no merecía.

Pero ese era el trabajo. Y Kira había aprendido hacía mucho que los sentimientos se pagaban con sangre.

Jane trató de no parecer desesperada con Kieran, aunque por dentro le costara un esfuerzo titánico. Había algo en ella que la atraía como un imán, una combinación de seguridad y misterio que no había encontrado en nadie más.

Kieran le transmitía esa calma de quien no necesita impresionar a nadie. Parecía del tipo de personas que salen en las películas y son rebeldes, de esas que llegan a una ciudad y la cambian sin proponérselo. Del tipo que su madre y su padre jamás aprobarían. No era de buena familia. O al menos eso parecía. Sus modales no eran los mejores y su forma de vestir era demasiado sencilla para los estándares de Victoria. Siempre era poco amable con el resto, respondía con monosílabos, apenas miraba a nadie que no fuera Jane.

Y sin embargo, con ella era diferente. Con ella sus ojos se suavizaban, su voz se volvía más cálida, sus gestos más cuidados. Y eso, pensaba Jane, era quizá lo más peligroso de todo. En tan solo dos días lo había notado, algo que le preocupó.

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