Chapter 1 la mentira que respiraba
El pueblo de San Elías no aparecía en los mapas.
No porque fuera pequeño… sino porque nadie quería recordarlo.
Rodeado por una niebla perpetua que parecía tener voluntad propia, San Elías vivía en un silencio extraño, como si el tiempo caminara más lento allí. Las casas eran antiguas, con madera que crujía incluso cuando no había viento, y las calles permanecían vacías después del atardecer.
Pero lo más inquietante no era el ambiente.
Era la gente.
Nadie hablaba de lo que había ocurrido hace treinta años.
Nadie… excepto Mateo.
Mateo tenía diecisiete años y una obsesión que lo consumía: descubrir por qué su padre había muerto en circunstancias que todos evitaban mencionar.
—Fue un accidente —le decían siempre.
Pero los accidentes no dejan marcas como esas.
Mateo aún recordaba el cuerpo… pálido, rígido… y aquella marca en el pecho.
Un símbolo.
Un círculo imperfecto, atravesado por líneas que parecían moverse cuando uno las miraba demasiado tiempo.
Y lo peor…
Su padre había muerto con una sonrisa.
Capítulo II: El susurro en la sangre
Todo comenzó la noche en que Mateo encontró el diario.
Estaba escondido bajo las tablas del suelo, en la habitación que había pertenecido a su padre. Nadie sabía que existía… o al menos eso parecía.
El cuaderno era viejo, con páginas amarillentas y bordes ennegrecidos, como si hubiera sido expuesto al fuego.
Al abrirlo, una sensación helada recorrió su cuerpo.
Las primeras páginas hablaban de cosas normales: trabajo, clima, recuerdos familiares.
Pero luego…
La escritura cambiaba.
Se volvía errática.
Temblorosa.
Desesperada.
“No es un pacto… es una condena disfrazada.”
Mateo sintió cómo su corazón comenzaba a latir más rápido.
Siguió leyendo.
“Nos dijeron que era poder. Nos dijeron que era control. Nos mintieron.”
Una página estaba manchada con algo oscuro.
Sangre.
“El demonio no te da nada… solo toma lo que siempre fue suyo.”
Mateo cerró el diario de golpe.
Pero ya era tarde.
Porque en ese momento…
Escuchó algo.
Un susurro.
Muy cerca de su oído.
—Tú también llevas la marca…
Capítulo III: Los pactos
Esa noche, Mateo no durmió.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el símbolo.
No solo en su mente…
Sino en su piel.
Despertó sobresaltado y corrió al espejo.
Y entonces lo vio.
Débil… casi invisible…
Pero estaba ahí.
El mismo símbolo que su padre tenía en el pecho.
Grabado en su propia piel.
—No… no puede ser…
Su respiración se volvió irregular.
Recordó las palabras del diario.
“Nos mintieron.”
¿Quiénes?
¿Y sobre qué?
Al día siguiente, decidió buscar respuestas.
Pero en San Elías, buscar la verdad era como cavar tu propia tumba.
Capítulo IV: La primera mentira
El sacerdote del pueblo, el padre Gabriel, era el único que podría saber algo.
O eso pensaba Mateo.
La iglesia estaba vacía cuando llegó.
El aire era denso… pesado… como si algo invisible estuviera observándolo.
—Padre Gabriel… —dijo con voz temblorosa.
El hombre apareció desde las sombras.
Era alto, delgado, con ojos hundidos que parecían esconder algo más que cansancio.
—Mateo… —respondió—. Sabía que vendrías.
Eso lo paralizó.
—¿Cómo…?
El sacerdote sonrió.
Pero no era una sonrisa normal.
Era… incómoda.
Forzada.
—Porque la marca ya despertó en ti.
El corazón de Mateo se detuvo por un segundo.
—¿Qué es esto? —preguntó mostrando su pecho—. ¿Qué le pasó a mi padre?
El sacerdote lo miró fijamente.
Y luego dijo algo que cambiaría todo:
—Tu padre no murió por accidente.
Silencio.
—Murió porque rompió el pacto.
Capítulo V: Lo que nadie debía saber
Mateo sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
—¿Qué pacto?
El sacerdote caminó lentamente hacia el altar.
—Hace muchos años… este pueblo hizo un trato.
—¿Con quién?
El silencio se alargó demasiado.
Hasta que finalmente…
—Con algo que no pertenece a este mundo.
El aire se volvió más frío.
—¿Un demonio…?
El sacerdote cerró los ojos.
—No uno.
—Muchos.
Mateo retrocedió.
—Eso es imposible…
—Lo era —respondió el sacerdote—. Hasta que alguien dijo la primera mentira.
—¿Cuál?
El sacerdote lo miró directamente a los ojos.
—Que podíamos controlarlos.
Capítulo VI: La sangre como llave
El pacto no era simple.
No era como en las historias.
No se trataba de vender el alma por riqueza o poder inmediato.
Era algo más profundo.
Más oscuro.
Cada familia del pueblo había entregado algo…
Sangre.
Pero no cualquier sangre.
Sangre heredada.
Generación tras generación.
El pacto no terminaba.
Se transmitía.
Como una enfermedad.
Como una maldición.
—Tu padre intentó romperlo —dijo el sacerdote—. Pero nadie rompe un pacto así sin pagar el precio.
Mateo apretó los puños.
—Entonces… ¿yo también estoy condenado?
El sacerdote no respondió de inmediato.
Y eso fue peor que cualquier respuesta.
Capítulo VII: La verdad oculta
Esa noche, Mateo regresó a casa con una sola idea:
Todo era mentira.
Pero no en el sentido que creía.
La mentira no era que los demonios existían.
La mentira era otra.
Algo más grande.
Algo que nadie quería decir.
Abrió el diario nuevamente.
Y encontró una página que no había visto antes.
Como si hubiera aparecido ahí… de la nada.
“La verdadera maldición no es el pacto…
es la mentira que lo sostiene.”
Mateo sintió un escalofrío.
Y entonces lo entendió.
Si el pacto seguía existiendo…
Era porque alguien lo mantenía.
Alguien mentía.
Alguien ocultaba la verdad.
Y ese alguien…
Seguía en el pueblo.
Capítulo VIII: La sombra detrás del sacerdote
Mateo no confiaba en el padre Gabriel.
Había algo en su mirada…
Algo que no encajaba.
Decidió seguirlo.
Esa misma noche.
Lo vio salir de la iglesia cerca de la medianoche.
Pero no iba al cementerio…
Ni a ninguna casa.
Se dirigía al bosque.
El mismo bosque donde habían encontrado el cuerpo de su padre.
Mateo lo siguió en silencio.
Cada paso se sentía más pesado.
Más difícil.
Como si algo intentara detenerlo.
Pero continuó.
Hasta que llegó a un claro.
Y lo que vio…
No debía existir.
Capítulo IX: El ritual
Había un círculo.
Tallado en la tierra.
El mismo símbolo.
El sacerdote estaba de pie en el centro.
Y no estaba solo.
Figuras…
Oscuras…
Distorsionadas…
No eran completamente visibles.
Pero estaban ahí.
Y susurraban.
—La sangre continúa… —decían.
Mateo sintió que el miedo lo paralizaba.
Pero no podía apartar la mirada.
Entonces el sacerdote habló:
—El hijo está listo.
El corazón de Mateo se detuvo.
—La mentira sigue intacta.
Silencio.
Y entonces…
Una de las figuras respondió:
—Pero la verdad… está despertando.
Continuará…