Día 0
El sonido de la música retumbaba en todas las paredes de la discoteca y me vibraba en los huesos. Las luces neón giraban por todos lados, igual que mi cabeza. ¿Era mi séptimo trago? ¿El octavo? No tenía idea. Todo estaba borroso. Había fumado casi una cajetilla entera y, si no estaba mal, también le había dado un par de caladas a un puro que uno de mis compañeros me pasó. Las chicas se turnaban para bailar conmigo, y los chicos rondaban cerca esperando que alguna me dejara para poder bailar con ella.
Como pude, con las piernas sintiéndose como si flotaran, caminé hasta el baño. Estaba llenísimo; unos orinaban, otros se drogaban. Esperé mi turno, cerré los ojos y me arrepentí enseguida—sentí que todo lo que había tomado quería salir de golpe. Cuando alguien salió de un cubículo, entre mi neblina de alcohol vi a un chico de cabello naranja. Me quedé mirándolo, tratando de enfocarlo. Se veía... bien. Muy presentable, de hecho.
Él me miró por el reflejo del espejo y me sobresalté. Caminé tambaleándome hasta el cubículo vacío y cerré la puerta con más fuerza de la que pretendía. Respiré hondo, bajé la cremallera y traté de apuntar al centro... sin mucho éxito.
Cuando salí, fui directo al lavamanos. Me mojé las manos, me eché agua en la cara, intentando sentirme más lúcido. Me apoyé mirando mi reflejo, un poco mareado. Me costó ver cómo lucía yo, pero no tuve ningún problema en ver al chico de cabello naranja detrás de mí.
Me observaba por el espejo, recorriéndome de pies a cabeza. Enderecé la espalda por inercia. Sí, estaba borracho, pero siempre lucía bien. No importaba cuántos chicos de cabello naranja aparecieran.
Me di la vuelta. Él se acercó.
—Tú eres el famoso Jungkook —dijo, en un inglés perfecto—. Escuché que venías de Corea.
—Escuchaste bien —respondí, con ese acento que aveces me daba pena—. ¿Y tú eres...?
—¿Importa?
¿Importaba? No. Probablemente no lo volvería a ver jamás.
Entonces me besó. Un beso desordenado, con sabor a alcohol, humo y algo dulce que no supe identificar. Le correspondí de inmediato, lo tomé del cabello y lo acerqué más. Gimió contra mis labios y sus manos se movieron sin vergüenza. Pero de pronto recordé que había gente. Me separé bruscamente, mirando alrededor. Nadie estaba pendiente, cada uno iba en su propio viaje.
—¿Qué? ¿Te da miedo? —se burló.
—N-no... solo...
—No tienes que tenerlo —dijo encogiéndose de hombros—. Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas. Ven, vamos a terminar bien esta noche.
Me tomó de la mano sin ningún pudor.
La música, que antes se escuchaba amortiguada por las paredes del baño, me golpeó de lleno al salir. Me llevó a una mesa llena de gente. No me presentó, solo me sentó y él mismo se acomodó en mis piernas. Empezó a bailarme. Las luces parpadeaban como estallidos y me mareaban aún más.
Alguien—una chica, creo—me puso un vaso en la mano. Lo probé. Amargo. Me lo acabé de un solo trago. El chico naranja se levantó, volvió a tomarme de la mano y me llevó al centro de la pista. Las luces se convertían en puntos borrosos alrededor de su rostro.
Puse mis manos en su cintura. Bailábamos sin ritmo, sin pudor, sin filtros. Nuestros labios volvieron a encontrarse y yo ya no tenía fuerzas para negarme. No sabía qué me embriagaba más: ese último trago o los labios pecaminosos gruesos que parecían quererse devorar los míos.
—Besas bien —murmuró, todavía rozando mi boca.
Se tambaleó, y lo sujeté por las caderas.
—Tú también... pero trata de mantenerte en pie.
—Todo me está pegando de golpe —admitió.
Lo que vino después se sintió como una película en cámara lenta. Shots, vasos llenos, risas, humo. La despedida de graduación de la universidad era un ritual de excesos. Marihuana pasando entre manos desconocidas, besos con gente que jamás recordaría y decisiones tomadas sin pensar ni un segundo.
—Park Jimin, ¿aceptas como esposo a Jeon Jungkook? —dijo un hombre de traje. No sabía quién era. Tampoco sabía quién diablos era Jimin.
—Sí —respondió el chico frente a mí, tomando un shot de tequila como si fuera agua.
Park Jimin. ¿Ese era su nombre?
—Jeon Jungkook, ¿aceptas como esposo a Park Jimin?
Lo miré, intentando enfocar algo en su rostro. Me dio un codazo que casi me hace caer encima de él.
—Sí, está bien —dije, enderezándome. Él respondió con una sonrisa boba.
—Habiendo ambos expresado su consentimiento, en nombre de la ley y la autoridad que se me ha conferido, los declaro legalmente unidos en matrimonio.
Firmé papeles que ni veía. Puse la huella donde me dijeron. La gente gritaba. La música de un piano empezó a sonar. Escuché que decían "beso". Jimin me besó de nuevo. Lo correspondí. Me mareé, pero sus besos ardían... y me gustaban. No me importaba si vomitaba después.
La noche terminó siendo un borrón. Un recuerdo difuso de mi graduación. Y de un matrimonio accidental que olvidaría al día siguiente.
