Capítulo 1
Halloween, la época donde las bromas se hacían de día y de noche, las luces naranjas y los alaridos de los niños al ser asustados, los disfraces tontos y los dulces en las calles, celebraciones muggles que habían traspasado los velos mágicos y llegado a los salones de Hogwarts, los adornos otoñales en las paredes, las hojas cayendo y pintando el frío paisaje del atardecer eterno durante las noches.
Para los magos era la época donde los espíritus bajaban al plano terrenal, donde los deseos se cumplen y las protecciones se debilitan, la magia se intensifica, la última cosecha del año anunciaba su paso, las calabazas con su característico aroma por los pasillos y los campos con el aroma del anís y naranja, era relajante y encantador.
Era el segundo lunes de octubre, las clases se reanudaron como cada día, los alumnos corrían despavoridos por llegar a sus clases con desesperación por tardar en asearse. Entre ellos se encontraban Harry Potter y Ron Weasley, bajando las escaleras entre tropezones hasta los salones de las mazmorras. Tocaron la puerta del salón de pociones, esperando una reprimenda de ese hombre de tez pálida y cabello lacio y oscuro. Contrario a lo que esperaban, se encontraba un hombre de cabello blanco y barba corta, con la sonrisa más grande que habían conocido y una alegría contrariada, invitándolos a pasar.
—Harry, gracias por acompañarnos —hizo ademanes con las manos para saludarlos, invitando su ingreso—. Únanse a los demás.
—Profesor, aún no tenemos nuestros libros.
—¡Oh! No hay problema, tomen los que están en los casilleros, siempre quedan libros sueltos por el área.
Asintieron, ambos abrieron el corroído casillero encontrando dos libros, uno en mejores condiciones que el otro. Ambos comenzaron una batalla silenciosa por tomar el mejor libro, siendo ganado por el pelirrojo, quien le dirigió una sonrisa de suficiencia a su compañero, quien resignado tomó el gastado libro, ojeando con desinterés.
La clase comenzó con cuatro posiciones que no le importaron en realidad. Se quedó absorto en la pulcra letra del interior de ese libro; no tenía más que notas corrigiendo las instrucciones de cada posición en él, lo cual lo confundió. “Este libro es propiedad del Príncipe Mestizo”, ese reclamo sobre el libro le hizo soltar una sonrisa divertida.
—Muy bien, este elixir será entregado a la persona que pueda lograr con éxito una poción de muertos en vida, ¡comiencen!—Les informo que solo una persona ha sido capaz de realizarla con éxito.
Leyó cada instrucción, confundido si debía seguir las del libro o las correcciones del príncipe. Siguiendo sus instintos, realizó las correcciones del libro evitando batallar como sus compañeros en ese momento. No pudo evitar la diversión al ver a su amiga Hermione completamente frustrada por su mal desempeño.
—¡Aplástalos, no los cortes!
—Las instrucciones dicen cortar, Harry —refunfuñó enojada en su dirección.
—Haz lo que quieras entonces —rodó los ojos, ya acostumbrado a la terquedad de la castaña.
Siguió con los pasos exactos, logrando la mejor segunda poción en décadas, lo cual se llevó el halago de sus compañeros y del profesor, quien lo comenzó a ver como una proeza en la materia. Por el contrario, los celos de la castaña solo aumentaron al verse desvalorizada y opacada por uno de sus mejores amigos.
—Debes deshacerte de ese libro, te está consumiendo.
—¿Qué tonterías dices? Solo es muy interesante.
—¿De quién es? Déjame ver —trató de arrebatárselo de las manos, ya con la frustración consumiendo su juicio—. ¡Harry, entrégamelo!
—¿Por qué? —se levantó alejándose de ella, siendo sorprendido por la menor de los Weasley, quien le quitó el libro—. ¡Oye!
—¿Quién es el Príncipe Mestizo?
—Debes devolverlo, Harry, lo que haces es trampa.
—Lo que pasa es que estás celosa, admítelo, no puedes evitar que alguien pueda ser mejor que tú en alguna materia.
Salió de la sala en dirección a la Torre de Astronomía, disfrutando de la irritabilidad de su amiga y esos celos descontrolados que no podía evitar, al igual que el pelirrojo.
Era consciente de sus dobles insinuaciones para mantenerse tras ellos; se estaba divirtiendo con sus juegos, no podía evitar esa pequeña serpiente en su interior removiéndose en gracia por sus acciones.
Siguió admirando el libro con entusiasmo, disfrutando cada una de las anotaciones y hechizos creados desde cero, practicó el movimiento de varita una y otra vez hasta que lo vio perfeccionado, se comenzó a escabullirse al Bosque Tenebroso donde practicaba cada hechizo para conocer su intensidad, estaba encantado con el poder que le daba ese libro, que se vio incapaz de dejarlo.
Su ensoñación lo había hecho llegar tarde a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras con el profesor de capa negra; ingresó ganándose un castigo inmediatamente por su poco interés y disciplina, solo suspiró resignado, realmente no valía la pena discutir con ese hombre o solo aumentaría su castigo.
Se encontraba en el Gran Comedor, resignado por su estadía en las mazmorras, hasta que una lechuza ingresó soltando una pequeña caja púrpura en sus manos con una nota.
“La mejor broma de tu vida. Utilízala con sabiduría.ATT. F y G”
Sonrió por las ocurrencias de los gemelos, destapando la pequeña caja y encontrando en su interior un frasco con una poción lila brillante, llamando la atención de todos sus amigos y compañeros. Leyó la pequeña etiqueta del frasco, arqueando una ceja confundido: “Híbrido por un día”. Reconoció la poción, había jugado con ella durante el verano; te transformaba en un animal al azar y al final del día volvías a tu forma original. Sus ojos se desviaron al profesor de cabello negro, aún con el rencor en su mirada por el castigo que le impuso.
—¿Qué es, Harry?
—Oh, nada, Ron, solo una pequeña broma.
—Has estado guardando muchos secretos últimamente, Harry, desde que encontraste ese libro.
—¿Otra vez culpando al libro? Hermione, solo admite que estás celosa de que sea mejor que tú.
—No, porque estás haciendo trampa.
Se comenzaron a reír en la cara de la castaña por encontrarse repentinamente ofendida. La cena continuó con risas de por medio. Al finalizar, el castaño se despidió de sus compañeros, bajando a un paso muy lento hasta el despacho del profesor, encontrándolo revisando algunos pergaminos con un rostro cansado y casi soñoliento a pesar de la hora.
—Profesor.
—Potter, necesito que organices todos esos ingredientes por orden alfabético —anunció, apuntando 10 cajas con lo que parecían ser pequeños tarros con productos para sus pociones—, y sé cuidadoso, que son caros.
—¿Todo eso?
—Sí, todo eso, y cuando termines quiero un ensayo de 10 mil palabras sobre por qué las Artes Oscuras son indispensables.
Asintió sin decir palabras, iniciando con su trabajo. Había pasado alrededor de una hora cuando la primera caja había quedado completamente vacía; había acomodado 82 frascos de ingredientes en la estantería. El frío comenzó a calar por su cuerpo por la falta de calefacción. Admiró el lugar, encontrando la piedra caliza humedecida a su alrededor.
—Profesor, puedo encender la ch—
La oración murió en su boca al ver al mayor completamente dormido en su asiento, luciendo más cansado y demacrado de lo que reconocía, sosteniendo un par de libros en sus manos y su escritorio completamente cubierto por pergaminos de lo que parecían ser las notas de la clase anterior a ese día. Sintió una opresión en su pecho al verse limpiando, cual elfo doméstico, el despacho de su temible profesor, quien dormía aparentemente con tranquilidad en ese escritorio.
Recordó la poción en su túnica, sacándola con picardía. La idea de una buena broma cruzó su mente, sintió el pequeño frasco en su mano y por alguna razón quería que su profesor sufriera las consecuencias de hacerlo pasar tal “humillación”. Sacó el libro de pociones con las anotaciones hasta encontrar un potenciador de efectos, no le llevaría más de tres minutos prepararla. Buscó los ingredientes entre las cajas junto a un caldero y, desplazándose sigilosamente hasta el laboratorio privado que había divisado, comenzó la preparación:
—Dos garras de grifo.—Tres gusanos de seda negra.—Cuatro gotas de sangre de dragón.—Cuatro gotas de anís.—Dos hojas de lirio de fuego.
Recitó ingrediente por ingrediente, agregando al caldero como marcaban los apuntes. Lo que no detectó el joven fue la mínima diferencia entre lirio de fuego y lirio de sangre, la cual en la oscuridad del despacho no era evidente, ya que el lirio de fuego contaba con un color particularmente cristalino y en su interior una llama de fuego anaranjado encerrada. Por el contrario, el lirio de sangre era en su totalidad de una tonalidad roja y un aroma metálico, ambos con el mismo color en las sombras.
Mezcló ambas pociones con la pequeña diferencia de ingredientes. Aparentemente, su experimento había sido un éxito, la poción con el color que marcaban las notas, un carmín brilloso, con la diferencia de un hilo negro nadando imperceptible al remover. Esperó un minuto más a que enfriara y agregó la segunda poción, logrando una coloración púrpura casi negruzca. Lo desconcertó el aroma dulce que desprendía; inconscientemente y casi por inercia, bebió una pequeña cucharada para comprobar su indetectable sabor. Al final, se encontraba seguro de que los efectos acabarían 24 horas después.
Vertió la poción en una taza de té, volviendo con su profesor, quien seguía en la misma posición imperturbable. Sonrió con diversión, acercándose y tomando su rostro para hacerlo tomar la poción. Tapó su nariz para evitar que la escupiera, al igual que su boca, despertando al instante por la asfixia, ocasionando que la poción viajará por su garganta. Se alejó de su alcance, saltando casi hasta la otra esquina del despacho.
—¿Qué hiciste, Potter? ¿Qué fue lo que me diste?
—Solo fue un poco de agua, profesor.
—¿Agua? ¿Cree que soy estúpido, Potter?
Un mareo se apoderó de él, obligándolo a sostenerse del borde del escritorio; sus piernas flaquearon inconscientemente. El joven castaño se aproximó a su lado, sosteniéndolo para mantenerlo en pie.
—Profesor, ¿se encuentra bien?
—¿Te parece que estoy bien? ¡Suéltame! —se zafó del agarre rápidamente, apoyándose en ambas manos, su vista comenzó a nublarse—. ¡Largo de aquí!
—Pero…
—¡LARGO!
Trastabilló el joven, retrocediendo. No podía negar la confusión por el repentino malestar del mayor. Él se sentía bien a pesar de haber tomado la poción. Caminó hacia la puerta hasta que un ruido sordo a sus espaldas llamó su atención. Giró su rostro, encontrando al profesor en el suelo inconsciente y sudando.
—¡Profesor! ¡Profesor! ¡Snape, por favor, despierte!
Se alteró al no recibir respuesta y notar su respiración cada vez más lenta. La ansiedad subió por su rostro, ya que no tenía idea de qué hacer, así que se dirigió a la chimenea, donde llamó al director con urgencia, quien apareció en el despacho socorriendo al ansioso joven que no paraba de dar vueltas.
—¿Muchacho? ¿Qué ocurrió? —dirigió su vista al maestro en el suelo, corriendo hacia él—. ¡Severus, por Merlín!
—No, no era mi intención, solo debía ser una broma.
No dijeron más. El anciano solo le regaló una mirada disgustada y los llevó a ambos hasta la enfermería, donde la medimaga atendió al mayor con velocidad, sin dar la posibilidad al joven de escapar de la sala. Fue guiado hacia una camilla, ya que también comenzó a sentirse somnoliento o mareado.