El juramento

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Summary

Entre nosotras, el juramento no nació en un papel ni en un altar... nació en miradas que prometían quedarse, incluso cuando el miedo nos empujaba a huir. OBRA ORIGINAL Y DE MI CREACIÓN, SE PROHÍBE LA COPIA, ADAPTACIÓN O EL PLAGIO. ©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Genre
Lgbtq
Author
GL
Status
Complete
Chapters
82
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

POV: Lingling

Mi nombre es Lingling Kwong, tengo veintinueve años y soy médico clínico.

Me conocen como OOK, mi apodo o Dra. Kwong, la forma en que suelo presentarme, aunque la mayoría termina llamándome Dra. Kwong.

Nací en Hong Kong, pero mis padres decidieron migrar a Tailandia, específicamente a Phuket, donde estudié y me gradué en la universidad.

Apenas recibida, inicié mi especialidad, que terminé hace un año. Trabajaba en un pequeño consultorio en Phuket cuando un profesor me contactó para una entrevista en Bangkok, hace unos meses. Creí que no había quedado seleccionada, pero dos semanas después me llamaron para decirme que estaba calificada para el puesto.

Mudarse a Bangkok fue toda una aventura: buscar un lugar donde vivir y que no quedara demasiado lejos del hospital. Finalmente, encontré un pequeño apartamento a treinta minutos de aquí. Prefiero moverme en taxi, porque manejar me estresa.

A veces realizo trabajos extra atendiendo a algunos vecinos en mi edificio. Nunca les cobro, pero suelen traerme comida como agradecimiento, y así también ahorro un poco.

Mi trabajo principal es en el Svasti International Hospital, un lugar tan grande que, si ignoras las señales, podrías perderte fácilmente.

El ala principal es un pequeño edificio que data de 1980, cuando el hospital abrió sus puertas. Hoy alberga las oficinas administrativas, talento humano y archivos.

Por detrás, se extienden tres enormes alas:

La primera cuenta con urgencias, emergencias, salas de internación y una pequeña sección de terapia intensiva para que el traslado desde emergencias sea más rápido.

La segunda alberga los consultorios de las cuarenta y nueve especialidades, el resto de terapia intensiva, quirófanos y más salas de internación.

La tercera incluye fisioterapia, recuperación, guardería para hijos de funcionarios, habitaciones para médicos de guardias largas, lavandería, comedor y cafetería.

Cada ala tiene su propia cafetería, pero la más grande está en la tercera.

Es un lugar mágico, y por eso cada quince días voy al templo para agradecer la bendición de haber sido seleccionada para trabajar aquí. Todo esto lo debo a los profesionales que me guiaron durante mi carrera, quienes me hicieron una carta de recomendación impecable.

Mi meta ahora es comprar una casa no muy lejos de aquí. Ya tengo algo ahorrado, porque la paga es muy buena: sueldo base, comisión por cada paciente que atiendo en consultorio o urgencias y un porcentaje extra por riesgo y salubridad.

Hoy era mi día en urgencias, pero salí un momento para almorzar. Me serví un plato de pad thai.

Giré el tenedor para recoger unas gambas y las llevé a la boca.

—¿Te molesta si me siento aquí, compañera? —preguntó el Dr. Ton, cirujano especialista en cardiocirugía.

—Adelante —indiqué la silla frente a mí.

Volví mi atención a lo importante: mi comida.

—¿Cómo va urgencias? —preguntó.

—Bien, por ahora solo resfríos y dolores de cabeza —sonreí levemente y seguí comiendo.

Bebí un poco de agua y me apresuré a terminar; no quería dejar demasiado tiempo solos a mis compañeros, y siempre trato de ayudar a las licenciadas para agilizar el trabajo.

Al acabar, llevé el plato sucio al mostrador y fui a la caja.

—Permiso —dijo el Dr. Ton, poniéndose a mi lado—. ¿Puedo pagar por ti?

—Te lo agradezco —pasé mi tarjeta a la cajera—, pero pago yo.

—Cuando gustes, podemos salir a comer algo —añadió mientras caminaba a mi lado—. Como compañeros, claro.

—Armamos un grupo y vamos todos juntos —respondí con una media sonrisa.

Salí del comedor y me apoyé un momento en la pared. No estaba interesada en salir con nadie, y menos si me presionaban. Tengo demasiado trabajo.

—Dra. Kwong —una licenciada entró con una carpeta—, quieren que vea a este paciente en el ala de cirugía.

Tomé la carpeta, revisé el expediente y me puse en camino a urgencias quirúrgicas.

Mis tacones resonaban en el pasillo blanco. La bata caía por debajo de mis rodillas y recogí mi cabello en una coleta antes de entrar.

—Buenas noches —saludé; algunos respondieron con una pequeña reverencia—. ¿Se encuentra el Dr. Sithong?

La licenciada me guió hasta una habitación.

—Buenas noches, Dra. Kwong —me saludó él—, la llamamos para aclarar una duda.

—Es un paciente añoso —le entregué la carpeta—. La hemoglobina, antes de ayer, estaba en seis con ocho.

—Recibió un volumen —asentí.

—Dos días después subió a nueve con cinco. Según el informe de la mañana, el sangrado paró.

—Así es, por lo tanto, no es necesario que reciba más transfusiones por ahora. El hematocrito está por encima de treinta.

—¿Puede dejarlo escrito en la evolución?

—Ya lo hice, con sello y firma —se la mostré—. Si vuelve a sangrar, sí debe recibir otro volumen.

—Excelente.

Me acerqué al paciente.

—¿Cómo se encuentra esta noche?

—Mejor, al ver a un hermoso ángel como usted —sonreí.

—Pronto volverá a su casa.

—Estoy en buenas manos, muchas gracias.

—Cualquier duda, puede llamarme —saqué una tarjeta y se la entregué al doctor y a la mujer que lo acompañaba.

Terminé mi guardia a las siete en punto, hice la última ronda y entregué todos los pacientes internados y en observación.

—Por último, el paciente con gastroenteritis aguda que está recibiendo metoclopramida para las náuseas. Puede ir a casa tras completar la hidratación; dejé indicada la prescripción y reposo —la Dra. Saechueng tomaba nota.

Fui al área de descanso para buscar mis cosas y registrar mi salida. Ya pasaban de las nueve y me apresuré a casa, mañana por la mañana tenía consultorio, así que quería descansar.

Desde que llegué aquí, casi no he tenido tiempo libre. Mis amigos están en Phuket o en otras ciudades. Paso mis días libres durmiendo o saliendo a comer sola, ya que no conozco a mucha gente en Bangkok.

Nunca me han interesado los hombres, especialmente los que intentan llamar mi atención todo el tiempo. Prefiero estar sola.

Al llegar a mi apartamento, me quité los zapatos y los guardé. Puse la ropa sucia en el lavasecarropas, descongelé pescado para la cena, me di una ducha rápida y me tiré en la cama.

El olor a sábanas limpias y a mi perfume en la ropa era un pequeño placer que quería guardar en la memoria. Me tapé hasta el cuello y cerré los ojos, lista para descansar hasta que sonara mi alarma.